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domingo, 6 de septiembre de 2015

9. ZARA Y CONRADO

Azahara fue caminando al lugar de la cita con Conrado, para así relajarse con el paseo y afrontar el encuentro con tranquilidad. No conocía al artista más que de oídas y de, creía recordar, un fugaz encuentro en alguna exposición. Alguien debió de presentarles; algún amigo en común tenían que tener, lo que no podía sino facilitar el diálogo y el acercamiento de posturas.
         Cuando, tras doblar una esquina, apareció ante sus ojos el soportal del café donde tenían que encontrarse, Azahara ralentizó su paso y tomó aire antes de traspasar el umbral del establecimiento. Un jardín con algunos veladores dispersos precedía la entrada del local propiamente dicha. La joven técnico de cultura recorrió esa distancia aún más despacio, abriéndose camino entre las hojas secas que ya tapizaban ligeramente el suelo. Antes de entrar en el local extrajo su teléfono móvil del bolso, para infundirse ánimos ante la posible presencia de Conrado. Ya dentro, Azahara escudriñó la sala del café, una tras otra todas las mesas, para constatar satisfecha que su cita aún no había llegado. Ello le permitiría elegir la mesa conveniente, cerca de una ventana por la que observar el movimiento del exterior y desentenderse por un momento de la tensión que se pudiera crear durante la negociación. Y no era que la joven fuera especialmente tímida y temiera encontrarse con un desconocido; pero esta vez no eran sus propias convicciones, ni sus propias posiciones, las que tenía que defender. Su nerviosismo procedía precisamente de que era depositaria de un encargo, de una misión de cuyo éxito no dependía en ese caso su entereza o su presencia de ánimo, sino el porvenir de algunas personas que tenían mucho que perder si la negociación no era llevada con sabiduría.
         Después de cinco minutos, Conrado apareció por la puerta del café, localizando enseguida a la técnico sentada a su mesa al lado de la ventana. Se acercó y saludó a la sonriente joven levantada de su asiento.
         – Eres Azahara, ¿verdad?
         – Sí. Y tú, Conrado. Encantada de conocerte.
         – Lo mismo digo.
         El artista vestía con sobriedad. Una chaqueta de ante claro cubría un polo negro y la cintura de un pantalón también negro, ajustado al talle por una correa de cuero marrón oscuro que hacía juego con sus botines de piel vuelta. Su cabello, atusado para dotar a su media melena de más volumen, enmarcaba una mirada de expresión intrigante, pero tranquila. No era Conrado un jovencito recién salido de la escuela de Bellas Artes, sino un adulto ya instalado en su profesión y convencido de su permanencia en la misma. Azahara intentó tomar fuerzas en los arabescos de su vestido Desigual.
         – Te agradezco que hayas acudido a este encuentro: no estaba del todo asegura de que accedieras.
         – No hay de qué. Te aseguro que esta cita me parece de lo más estimulante, pues imagino que tu cometido es el de negociar.
         – No tan deprisa –replicó Azahara sonriendo, más entera de lo que ella habría esperado de sí misma–. Tal vez prefieras tomar algo antes de entrar de lleno en el asunto que, has adivinado, nos trae a los dos aquí.
         Conrado pidió al camarero un café solo y un vasito de whisky.
         – Creo que nos conocemos, Conrado; o que, por lo menos, tenemos amigos comunes. Creo que conoces a Marisa y a Eloísa, del CGF: son viejas amigas mías.
         – Sí, las conozco –respondió Conrado con un brillo de amenaza en la mirada–. Pero son personas de cuya amistad pasada no me enorgullezco actualmente. Preferiría que dejáramos a un lado nuestras coincidencias sociales y pasáramos directamente a tratar el tema.
         Azahara aceptó con la mirada mientras sorbía largamente de su taza de té con leche, arrepentida de su torpeza: un artista, consideró, se tiene a sí mismo como referencia, por lo que recurrir a nombres ajenos a él mismo es como negar su existencia. No le convenció el argumento y tuvo que admitir que no había pulsado la tecla correcta.
– Está bien –añadió en un suspiro–. Imagino que no se te escapa en absoluto que he venido a pedirte disculpas, en nombre de la consejera, por los inconvenientes que te haya podido causar la errónea adjudicación del concurso. Ella lo lamenta profundamente, y si no ha venido ella misma a disculparse es porque esto le provoca mucha vergüenza.
– ¿Vergüenza? Permíteme que me ría: ¡ja, ja ja! Demasiadas horas de vuelo tiene Carmen como para sentir lástima por nadie que se haya interpuesto en su camino. Lo que le pasa a la consejera es que tiene miedo de que la denuncie, a ella y a sus acólitos, y le caiga encima un puro del que difícilmente se recuperará.
– ¿Dices "del que difícilmente se recuperará"? ¿Es que estás convencido de emprender acciones legales?
El artista no contestó, refugiándose en el paladeo de su bebida.
– De todas maneras, Conrado, te veo realmente muy cabreado. No creo que eso ayude a que nos entendamos.
– ¡Pues claro que estoy cabreado! Pero..., bueno –reconoció, bajando el tono–, es cierto que no nos llevará a buen puerto. Te pido que me disculpes y que empecemos esta conversación desde cero.
– Bien –reinició Azahara tras unos segundos de pausa–. Por lo que he podido entrever, no descartas llevar el asunto a los tribunales. ¿Puedo saber con qué intención?
– Con la sencilla intención de que se castigue no sólo a quien infringe las leyes, sino a quien cree poder manejar la Administración según sus deseos.
– ¿Afirmas que es eso lo que ha hecho la consejera?
– La consejera y sus subordinados, sí. Y lo afirmo con suficiente aplomo porque un juez así lo vio al dirimir sobre la legalidad del asunto de las ermitas serranas.
– ¿Y por qué no lo persiguió ese mismo juez?
– Porque los asuntos de la Administración –aclaró Conrado, didáctico– se dirimen en un tribunal de lo contencioso-administrativo, sin potestad para perseguir los delitos que se cometan en el seno de la propia Administración. Esa potestad la posee la consejería de cultura, pero dudo mucho de que haga uso de ella para sancionar debidamente tanto a la consejera como al director general de cultura y a todos los que se han manchado las manos. Lo que toca ahora es poner el asunto en conocimiento de los juzgados de lo penal para que sean ellos quienes, pruebas en mano, estimen delictivas ciertas prácticas contempladas en el Código Penal.
– ¿Y qué consecuencias podría tener esa denuncia?
– La inhabilitación por un largo tiempo de la vida pública de quien haya sido hallado en delito. Y créeme: Carmen merece salir de la representación política, por todo lo que ha venido haciendo y deshaciendo durante tanto tiempo. Ella lo merece y, la ciudadanía..., lo necesita.
– Eres consciente de que eso supondría un obstáculo importante para el desarrollo de su profesión, ¿no? Porque no sé en qué podría colocarse Carmen, a su edad...
– No temas, amiga –espetó el artista en tono irónico–, que ya sé encargará su partido de ponerla a sueldo. Y si no, que trabaje de lo suyo, que es, creo, la enseñanza. ¡Ah, qué tonto!: ¿no ha descubierto alguien que ni siquiera había terminado la carrera? Pues que se ponga a estudiar y se la saque, que no le vendrá nada mal.
Azahara suspiró al percatarse de cuán difícil sería negociar con un interlocutor tan corroído por las ansias de venganza. Se le antojaba complicado alcanzar un terreno de entendimiento en el que ambas partes se vieran beneficiadas.
– De acuerdo –aceptó la técnica–. Lamento comprobar que tu propósito de denunciar a Carmen ante los tribunales sea firme e inamovible. Te voy a pedir no obstante que pienses por un momento que sería posible que el juez a quien asignaran el asunto no encontrara motivos para condenarla y todos tus esfuerzos probatorios no hubieran dado ningún fruto.
– Desde luego –concedió Conrado–, esa es una posibilidad que he contemplado. Y no es poco probable que haya jueces que no se atrevan a condenar a toda una consejera autonómica, pues dudo mucho de la extensión de la independencia judicial en una comunidad que ya ha conseguido la transferencia de competencias en materia de justicia. Sí, la impunidad de Carmen ante una denuncia es una posibilidad que he tenido en cuenta. Pero también quedarán esos delitos sin castigo en caso de que no los denuncie. Y a iguales resultados, entre hacer algo y no hacer nada, prefiero lo primero.
– Entiendo. ¿Qué podría ofrecerte a cambio de que no hicieras nada?
– ¿A cambio de que no denunciara los hechos? ¡Ja, ja, ja! ¡No lo sé, la verdad! Tengo tantas ganas de ver poner a alguien en la picota que no se me ocurre nada que Carmen pudiera ofrecerme para satisfacerlas. ¿Un cargo? No sé qué pintaría yo en la Administración. ¿Un encargo? No me veo capaz de aceptar. No se me ocurre ninguna prebenda que tu consejera me concediera para hacerme callar. El único premio a que aspiro es su defenestración; verla humillada y mancillada por los periódicos.
– Pero, Conrado, ¿no crees que eso va a ser un poco improbable?
– ¿El qué, que la pongan a caer de un burro en los medios de comunicación?
– Sí, a eso me refiero. Yo encuentro poco probable que algún grupo mediático de nuestra comunidad se encargue de airear sus vergüenzas arriesgándose con ello a perder muchos encargos.
– En eso tienes razón: nuestra prensa no es en absoluto independiente. ¡Es mucho lo que se juega!: anuncios, campañas, reportajes...
– Permíteme que recapitulemos, Conrado, poniéndonos en el caso más ventajoso para tus aspiraciones. Carmen es denunciada y condenada a inhabilitación durante "x" años; su partido le da un cargo dentro de su organigrama con el que percibe un salario que poco tiene que envidiar a sus honorarios como consejera; ese cargo le concede unas competencias ejecutivas perfectamente equiparables a las que disfruta ahora desde su sillón de consejera; por eso mismo, y por la conocida falta de independencia de nuestros medios de comunicación, ningún periódico ni emisora se atreve a emborronar su imagen pública, presentando su destitución como un recambio dentro del gobierno autonómico. ¿Y tú? Tú te habrías cerrado las puertas de la cultura pública mientras gobernase el partido de Carmen. Ella habría perdido poco o casi nada, y tú...: tus pérdidas serían sin duda mayores.
– Alabo tu capacidad de síntesis y tu visión de futuro –señaló cínicamente el artista–. Pero hay un par de cosas que has dejado de tener en cuenta. La primera es que, y perdona mi aparente suficiencia, no necesito la cultura institucional para vivir de mi trabajo; hace tiempo que vuestro partido me tiene vetado, y las adjudicaciones de las ermitas serranas sólo son un ejemplo más. Conseguir que tu consejería me ofreciese más encargos y me programase más exposiciones me impediría ocuparme al cien por cien de mis compromisos fuera de esta región, y son esos compromisos los que me han dado cierto prestigio fuera de la cultura subvencionada y clientelista. Eso es –añadió como quien exclama 'eureka'–: no dependo del maná público.
– ¿Y la segunda?
– La segunda es incluso más importante que la primera, y no es otra que el ansia de dar ejemplo. O, mejor dicho, de crear ejemplo. Querría que mis conciudadanos se dieran cuenta de que sus dirigentes políticos no son intocables, y con ello, que se atrevieran a plantarles cara con todas las de la ley. Y, por otra parte, querría que quien tiene responsabilidades en la Administración se lo piense dos veces antes de cometer o de amparar irregularidades. La condena de nuestra querida consejera puede resultar ejemplarizante para sus compañeros de profesión. No me digas que no es digno de un superhéroe de tebeo...
Azahara no rió el chiste del artista, preocupada como estaba ante la posibilidad de volver con las manos vacías, sin haber logrado arrancar un compromiso a ese petulante individuo y sin saber qué ofrecerle a cambio de que no moviera nada en los tribunales. Su fracaso como mediadora involuntaria pondría en un compromiso su cargo de confianza. Y no sabía aún si le importaba o no, cansada ya de la manipulaciones y componendas de la clase política con que convivía y, además, empezando a compartir algunos de los argumentos de su interlocutor. No quería, sin embargo, ni permitir que secuestraran su voluntad tan fácilmente ni facilitar con ello su despido. Prefería conservar su poder de decisión en las áreas en las que todavía le cabía decidir; y su trabajo, ese trabajo, era una de ellas. Por eso quería saldar el encuentro con un éxito para poder, llegado el caso, abandonar su puesto con la cabeza bien alta. Descubrió con sorpresa que le interesaba más eso que la buena imagen de su jefa, desengañada como estaba de la cultura pública.
– Dime entonces qué te seduciría...
– Creo que lo que más me gustaría... sería... –Conrado guardó silencio para, misterioso, añadir de sopetón– que colaboraras conmigo.
– Venga, sí... –contestó la técnica en tono sarcástico.
– Sí. Que cambiaras tu complicidad de bando, y que, en lugar de hacer de correveidile de quien sabes que ha podido cometer algún delito que otro, te pusieras del lado de quien desee hacérselo pagar. Porque en estos momentos de la película, lo quieras o no, eres cómplice de tu consejera: tu silencio la protege. Sin embargo, si quisieras hablar, con todo lo que has visto y las instancias de decisión en las que has participado, caerían con todo su equipo esos engreídos politicastros de tres al cuarto.
– Sí, claro. Y qué me dices de mi trabajo, ¿eh? No olvides que soy un cargo de confianza, y que si traiciono esa confianza ya puedo decir adiós a mis posibilidades de promoción.
– Pero, ¿de verdad aspiras a hacer carrera ahí dentro? –le espetó el artista más asombrado que irónico: quería ganarse su adhesión, por lo que no le convenía burlarse de sus decisiones, cualesquiera que fueran éstas–. ¿Ahí dentro, en ese nido de víboras? ¿De verdad que te lo has pensado bien?
Azahara calló para intentar contestar interiormente a esas preguntas; preguntas que muchas veces se había formulado y a las que nunca había osado responder: el día a día acarrea demasiados pequeños problemas que requieren pronta solución como para resolver enigmas de más hondo calado. Tal vez necesitara una oportunidad que le obligara a decidir; un empujón que, de una vez por todas, provocara una crisis irreversible que condujera inevitablemente a un cambio. Cambiar, sí, quería cambiar; pero temía que el cambio no fuera a mejor.
– La verdad es que hacer carrera no me importa tanto como simplemente conservar el puesto. Tengo claro que, a mayor poder de decisión, mayor nivel de responsabilidad; y eso desgasta. Tal vez el puesto que mejor se adaptaría a mi perfil sería el de conserje: ocho horas contestanto al teléfono, haciendo fotocopias, saliendo a por recados... Y cero implicaciones, cero conflictos ideológicos, cero comeduras de tarro...
– Ya veo. Aunque no sé si tu temperamento te permitiría soportar las muchas humillaciones que debe de sufrir alguien que esté en el escalafón más bajo. El poder de algunos se concreta, en parte, en hacérselo sentir a los más débiles. Deberías aguantar que no te saludasen cuando pasaran a tu lado, que te dieran órdenes en total ausencia de cortesía, que te utilizaran como a un mero instrumento carente de sentimientos: un bisturí dura poco tiempo en manos de un carnicero...
– No creas que no me lo he planteado. Y aunque me parezca admirable lo bien que aguantan los conserjes de la consejería las brusquedades e invectivas de sus toscos jefecillos, no querría aprender; no me gustaría tener que recorrer el camino que lleva desde encajar dolorosamente la primera humillación a la total impermeabilización a los insultos: debe de ser un camino realmente tortuoso.
– ¿Y crees que llevas el calzado adecuado para recorrerlo?
Azahara guardó nuevamente silencio. Suspirando, miró por la ventana para ver cómo la brisa vespertina removía la hojarasca seca esparcida por el jardín. Una hoja cayó en ese momento de un árbol y, mecida por el aire, entre piruetas que le hacían descubrir ora su lado claro ora su lado más oscuro, fue a dar con la superficie arrugada de un pequeño estanque. Conrado aprovechó para llamar al camarero, quien enseguida se puso a disposición de los dos intrigantes.
– La cuenta, por favor –pidió el artista–. O..., ¿prefieres tomar algo más?
– Sí. Tal vez lo necesite.
– En ese caso –apostilló Conrado sonriendo–, tráiganos si es tan amable otros dos como éste.
– El mío que sea con hielo... –solicitó Azahara–.
Los cómplices intercambiaron una mirada sin que ninguno de los dos se atreviera a romper el silencio. La técnica volvió a dirigir sus ojos al jardín, en cuyo estanque la hoja seguía flotando sobre el agua vibrante. El camarero trajo las bebidas. Conrado elevó la suya invitando a Azahara a hacer lo mismo.
– Entonces..., ¿por nuestro éxito y su derrota?
– No lo veo yo tan claro... No debes olvidar que estoy a sueldo de ese mismo organismo que tú pretendes dinamitar con mi ayuda... En caso de derrumbarse, yo me derrumbaría con él...
– No necesariamente –disintió Conrado–. Cuando sienten los primeros temblores de un terremoto, los vecinos de un edificio salen a la calle para que no les caiga encima. Y, en ese caso, poco les importa lo que dejen detrás: es posible que tengan que abandonar toda una vida de recuerdos y de cachivaches acumulados. Pero, gracias a esa escapada a tiempo, pueden recomponer sus existencias, empezar desde nuevas premisas...
– No creo que se pueda comparar una cosa con la otra. En mi consejería no se produciría un terremoto que me obligase a escapar; lo que me estás proponiendo es que sea yo quien tumbe el edificio. Y sin ofrecer compensación alguna a quien se haya atrevido a permanecer dentro, a quien aguante viendo como el techo se le viene abajo con tal de conservar lo que tiene...
– Sí: es una decisión difícil, lo reconozco. Si eligieras pelear a mi lado, tendrías que violentar tu propio corazón obligándole a aceptar dañar a alguien. Tus dudas dicen mucho de ti...
– Eres un liante, Conrado. No creas que alabando mis buenos sentimientos conseguirás que forme equipo contigo... Además, seguro que no se te escapa qué le ocurrirá a mi trabajo si decido declarar en contra de mis jefes...
– No creo que ése sea el obstáculo más importante para ti. Eres joven y que se te cierre una puerta no debiera impedirte alcanzar tus aspiraciones, sean cuales sean...
– Es posible. Pero tengo claro que eliminaría toda posibilidad de volver a trabajar en la Administración, ¿no te parece?
– Yo no lo veo tan claro. En cualquier concurso u oposición podrías demostrar tu valía, y acudir a los tribunales en caso de que no te evaluaran como tú creyeras que merecías. Te aseguro que no pocas plazas, y de importancia, se han ganado en un juzgado.
Bebieron. El primer sorbo entró agresivo en la garganta de Azahara. Poco a poco el hielo suavizó el poder del licor, permitiendo que la joven apurara su copa hasta casi la última gota.

– No lo sé. No es tan fácil. Dame unos días para reflexionar. Podrás esperar, ¿verdad?

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