Azahara fue caminando al
lugar de la cita con Conrado, para así relajarse con el paseo y afrontar el
encuentro con tranquilidad. No conocía al artista más que de oídas y de, creía
recordar, un fugaz encuentro en alguna exposición. Alguien debió de
presentarles; algún amigo en común tenían que tener, lo que no podía sino
facilitar el diálogo y el acercamiento de posturas.
Cuando, tras doblar una
esquina, apareció ante sus ojos el soportal del café donde tenían que
encontrarse, Azahara ralentizó su paso y tomó aire antes de traspasar el umbral
del establecimiento. Un jardín con algunos veladores dispersos precedía la
entrada del local propiamente dicha. La joven técnico de cultura recorrió esa
distancia aún más despacio, abriéndose camino entre las hojas secas que ya
tapizaban ligeramente el suelo. Antes de entrar en el local extrajo su teléfono
móvil del bolso, para infundirse ánimos ante la posible presencia de Conrado.
Ya dentro, Azahara escudriñó la sala del café, una tras otra todas las mesas,
para constatar satisfecha que su cita aún no había llegado. Ello le permitiría
elegir la mesa conveniente, cerca de una ventana por la que observar el
movimiento del exterior y desentenderse por un momento de la tensión que se
pudiera crear durante la negociación. Y no era que la joven fuera especialmente
tímida y temiera encontrarse con un desconocido; pero esta vez no eran sus
propias convicciones, ni sus propias posiciones, las que tenía que defender. Su
nerviosismo procedía precisamente de que era depositaria de un encargo, de una
misión de cuyo éxito no dependía en ese caso su entereza o su presencia de
ánimo, sino el porvenir de algunas personas que tenían mucho que perder si la negociación
no era llevada con sabiduría.
Después de cinco
minutos, Conrado apareció por la puerta del café, localizando enseguida a la
técnico sentada a su mesa al lado de la ventana. Se acercó y saludó a la
sonriente joven levantada de su asiento.
– Eres Azahara, ¿verdad?
– Sí. Y tú, Conrado.
Encantada de conocerte.
– Lo mismo digo.
El artista vestía con
sobriedad. Una chaqueta de ante claro cubría un polo negro y la cintura de un
pantalón también negro, ajustado al talle por una correa de cuero marrón oscuro
que hacía juego con sus botines de piel vuelta. Su cabello, atusado para dotar
a su media melena de más volumen, enmarcaba una mirada de expresión intrigante,
pero tranquila. No era Conrado un jovencito recién salido de la escuela de
Bellas Artes, sino un adulto ya instalado en su profesión y convencido de su
permanencia en la misma. Azahara intentó tomar fuerzas en los arabescos de su
vestido Desigual.
– Te agradezco que hayas
acudido a este encuentro: no estaba del todo asegura de que accedieras.
– No hay de qué. Te
aseguro que esta cita me parece de lo más estimulante, pues imagino que tu
cometido es el de negociar.
– No tan deprisa
–replicó Azahara sonriendo, más entera de lo que ella habría esperado de sí
misma–. Tal vez prefieras tomar algo antes de entrar de lleno en el asunto que,
has adivinado, nos trae a los dos aquí.
Conrado pidió al
camarero un café solo y un vasito de whisky.
– Creo que nos
conocemos, Conrado; o que, por lo menos, tenemos amigos comunes. Creo que
conoces a Marisa y a Eloísa, del CGF: son viejas amigas mías.
– Sí, las conozco
–respondió Conrado con un brillo de amenaza en la mirada–. Pero son personas de
cuya amistad pasada no me enorgullezco actualmente. Preferiría que dejáramos a
un lado nuestras coincidencias sociales y pasáramos directamente a tratar el
tema.
Azahara aceptó con la
mirada mientras sorbía largamente de su taza de té con leche, arrepentida de su
torpeza: un artista, consideró, se tiene a sí mismo como referencia, por lo que
recurrir a nombres ajenos a él mismo es como negar su existencia. No le
convenció el argumento y tuvo que admitir que no había pulsado la tecla
correcta.
– Está bien –añadió en un
suspiro–. Imagino que no se te escapa en absoluto que he venido a pedirte
disculpas, en nombre de la consejera, por los inconvenientes que te haya podido
causar la errónea adjudicación del concurso. Ella lo lamenta profundamente, y
si no ha venido ella misma a disculparse es porque esto le provoca mucha
vergüenza.
– ¿Vergüenza? Permíteme que
me ría: ¡ja, ja ja! Demasiadas horas de vuelo tiene Carmen como para sentir
lástima por nadie que se haya interpuesto en su camino. Lo que le pasa a la
consejera es que tiene miedo de que la denuncie, a ella y a sus acólitos, y le
caiga encima un puro del que difícilmente se recuperará.
– ¿Dices "del que
difícilmente se recuperará"? ¿Es que estás convencido de emprender
acciones legales?
El artista no contestó,
refugiándose en el paladeo de su bebida.
– De todas maneras, Conrado,
te veo realmente muy cabreado. No creo que eso ayude a que nos entendamos.
– ¡Pues claro que estoy
cabreado! Pero..., bueno –reconoció, bajando el tono–, es cierto que no nos
llevará a buen puerto. Te pido que me disculpes y que empecemos esta
conversación desde cero.
– Bien –reinició Azahara tras
unos segundos de pausa–. Por lo que he podido entrever, no descartas llevar el
asunto a los tribunales. ¿Puedo saber con qué intención?
– Con la sencilla intención
de que se castigue no sólo a quien infringe las leyes, sino a quien cree poder
manejar la Administración según sus deseos.
– ¿Afirmas que es eso lo que
ha hecho la consejera?
– La consejera y sus
subordinados, sí. Y lo afirmo con suficiente aplomo porque un juez así lo vio
al dirimir sobre la legalidad del asunto de las ermitas serranas.
– ¿Y por qué no lo persiguió
ese mismo juez?
– Porque los asuntos de la
Administración –aclaró Conrado, didáctico– se dirimen en un tribunal de lo
contencioso-administrativo, sin potestad para perseguir los delitos que se
cometan en el seno de la propia Administración. Esa potestad la posee la
consejería de cultura, pero dudo mucho de que haga uso de ella para sancionar
debidamente tanto a la consejera como al director general de cultura y a todos
los que se han manchado las manos. Lo que toca ahora es poner el asunto en
conocimiento de los juzgados de lo penal para que sean ellos quienes, pruebas
en mano, estimen delictivas ciertas prácticas contempladas en el Código Penal.
– ¿Y qué consecuencias
podría tener esa denuncia?
– La inhabilitación por un
largo tiempo de la vida pública de quien haya sido hallado en delito. Y créeme:
Carmen merece salir de la representación política, por todo lo que ha venido
haciendo y deshaciendo durante tanto tiempo. Ella lo merece y, la
ciudadanía..., lo necesita.
– Eres consciente de que eso
supondría un obstáculo importante para el desarrollo de su profesión, ¿no?
Porque no sé en qué podría colocarse Carmen, a su edad...
– No temas, amiga –espetó el
artista en tono irónico–, que ya sé encargará su partido de ponerla a sueldo. Y
si no, que trabaje de lo suyo, que es, creo, la enseñanza. ¡Ah, qué tonto!: ¿no
ha descubierto alguien que ni siquiera había terminado la carrera? Pues que se
ponga a estudiar y se la saque, que no le vendrá nada mal.
Azahara suspiró al
percatarse de cuán difícil sería negociar con un interlocutor tan corroído por
las ansias de venganza. Se le antojaba complicado alcanzar un terreno de
entendimiento en el que ambas partes se vieran beneficiadas.
– De acuerdo –aceptó la
técnica–. Lamento comprobar que tu propósito de denunciar a Carmen ante los
tribunales sea firme e inamovible. Te voy a pedir no obstante que pienses por
un momento que sería posible que el juez a quien asignaran el asunto no
encontrara motivos para condenarla y todos tus esfuerzos probatorios no
hubieran dado ningún fruto.
– Desde luego –concedió
Conrado–, esa es una posibilidad que he contemplado. Y no es poco probable que
haya jueces que no se atrevan a condenar a toda una consejera autonómica, pues
dudo mucho de la extensión de la independencia judicial en una comunidad que ya
ha conseguido la transferencia de competencias en materia de justicia. Sí, la
impunidad de Carmen ante una denuncia es una posibilidad que he tenido en
cuenta. Pero también quedarán esos delitos sin castigo en caso de que no los
denuncie. Y a iguales resultados, entre hacer algo y no hacer nada, prefiero lo
primero.
– Entiendo. ¿Qué podría
ofrecerte a cambio de que no hicieras nada?
– ¿A cambio de que no
denunciara los hechos? ¡Ja, ja, ja! ¡No lo sé, la verdad! Tengo tantas ganas de
ver poner a alguien en la picota que no se me ocurre nada que Carmen pudiera
ofrecerme para satisfacerlas. ¿Un cargo? No sé qué pintaría yo en la
Administración. ¿Un encargo? No me veo capaz de aceptar. No se me ocurre
ninguna prebenda que tu consejera me concediera para hacerme callar. El único
premio a que aspiro es su defenestración; verla humillada y mancillada por los
periódicos.
– Pero, Conrado, ¿no crees
que eso va a ser un poco improbable?
– ¿El qué, que la pongan a
caer de un burro en los medios de comunicación?
– Sí, a eso me refiero. Yo
encuentro poco probable que algún grupo mediático de nuestra comunidad se
encargue de airear sus vergüenzas arriesgándose con ello a perder muchos
encargos.
– En eso tienes razón:
nuestra prensa no es en absoluto independiente. ¡Es mucho lo que se juega!:
anuncios, campañas, reportajes...
– Permíteme que
recapitulemos, Conrado, poniéndonos en el caso más ventajoso para tus
aspiraciones. Carmen es denunciada y condenada a inhabilitación durante
"x" años; su partido le da un cargo dentro de su organigrama con el
que percibe un salario que poco tiene que envidiar a sus honorarios como
consejera; ese cargo le concede unas competencias ejecutivas perfectamente
equiparables a las que disfruta ahora desde su sillón de consejera; por eso
mismo, y por la conocida falta de independencia de nuestros medios de
comunicación, ningún periódico ni emisora se atreve a emborronar su imagen
pública, presentando su destitución como un recambio dentro del gobierno
autonómico. ¿Y tú? Tú te habrías cerrado las puertas de la cultura pública
mientras gobernase el partido de Carmen. Ella habría perdido poco o casi nada,
y tú...: tus pérdidas serían sin duda mayores.
– Alabo tu capacidad de
síntesis y tu visión de futuro –señaló cínicamente el artista–. Pero hay un par
de cosas que has dejado de tener en cuenta. La primera es que, y perdona mi
aparente suficiencia, no necesito la cultura institucional para vivir de mi
trabajo; hace tiempo que vuestro partido me tiene vetado, y las adjudicaciones
de las ermitas serranas sólo son un ejemplo más. Conseguir que tu consejería me
ofreciese más encargos y me programase más exposiciones me impediría ocuparme
al cien por cien de mis compromisos fuera de esta región, y son esos
compromisos los que me han dado cierto prestigio fuera de la cultura
subvencionada y clientelista. Eso es –añadió como quien exclama 'eureka'–: no
dependo del maná público.
– ¿Y la segunda?
– La segunda es incluso más
importante que la primera, y no es otra que el ansia de dar ejemplo. O, mejor
dicho, de crear ejemplo. Querría que mis conciudadanos se dieran cuenta de que
sus dirigentes políticos no son intocables, y con ello, que se atrevieran a
plantarles cara con todas las de la ley. Y, por otra parte, querría que quien
tiene responsabilidades en la Administración se lo piense dos veces antes de
cometer o de amparar irregularidades. La condena de nuestra querida consejera
puede resultar ejemplarizante para sus compañeros de profesión. No me digas que
no es digno de un superhéroe de tebeo...
Azahara no rió el chiste del
artista, preocupada como estaba ante la posibilidad de volver con las manos
vacías, sin haber logrado arrancar un compromiso a ese petulante individuo y
sin saber qué ofrecerle a cambio de que no moviera nada en los tribunales. Su
fracaso como mediadora involuntaria pondría en un compromiso su cargo de
confianza. Y no sabía aún si le importaba o no, cansada ya de la manipulaciones
y componendas de la clase política con que convivía y, además, empezando a compartir
algunos de los argumentos de su interlocutor. No quería, sin embargo, ni
permitir que secuestraran su voluntad tan fácilmente ni facilitar con ello su
despido. Prefería conservar su poder de decisión en las áreas en las que
todavía le cabía decidir; y su trabajo, ese trabajo, era una de ellas. Por eso
quería saldar el encuentro con un éxito para poder, llegado el caso, abandonar
su puesto con la cabeza bien alta. Descubrió con sorpresa que le interesaba más
eso que la buena imagen de su jefa, desengañada como estaba de la cultura
pública.
– Dime entonces qué te
seduciría...
– Creo que lo que más me
gustaría... sería... –Conrado guardó silencio para, misterioso, añadir de
sopetón– que colaboraras conmigo.
– Venga, sí... –contestó la
técnica en tono sarcástico.
– Sí. Que cambiaras tu
complicidad de bando, y que, en lugar de hacer de correveidile de quien sabes
que ha podido cometer algún delito que otro, te pusieras del lado de quien
desee hacérselo pagar. Porque en estos momentos de la película, lo quieras o
no, eres cómplice de tu consejera: tu silencio la protege. Sin embargo, si
quisieras hablar, con todo lo que has visto y las instancias de decisión en las
que has participado, caerían con todo su equipo esos engreídos politicastros de
tres al cuarto.
– Sí, claro. Y qué me dices
de mi trabajo, ¿eh? No olvides que soy un cargo de confianza, y que si
traiciono esa confianza ya puedo decir adiós a mis posibilidades de promoción.
– Pero, ¿de verdad aspiras a
hacer carrera ahí dentro? –le espetó el artista más asombrado que irónico:
quería ganarse su adhesión, por lo que no le convenía burlarse de sus
decisiones, cualesquiera que fueran éstas–. ¿Ahí dentro, en ese nido de
víboras? ¿De verdad que te lo has pensado bien?
Azahara calló para intentar
contestar interiormente a esas preguntas; preguntas que muchas veces se había
formulado y a las que nunca había osado responder: el día a día acarrea
demasiados pequeños problemas que requieren pronta solución como para resolver
enigmas de más hondo calado. Tal vez necesitara una oportunidad que le obligara
a decidir; un empujón que, de una vez por todas, provocara una crisis
irreversible que condujera inevitablemente a un cambio. Cambiar, sí, quería
cambiar; pero temía que el cambio no fuera a mejor.
– La verdad es que hacer
carrera no me importa tanto como simplemente conservar el puesto. Tengo claro
que, a mayor poder de decisión, mayor nivel de responsabilidad; y eso desgasta.
Tal vez el puesto que mejor se adaptaría a mi perfil sería el de conserje: ocho
horas contestanto al teléfono, haciendo fotocopias, saliendo a por recados... Y
cero implicaciones, cero conflictos ideológicos, cero comeduras de tarro...
– Ya veo. Aunque no sé si tu
temperamento te permitiría soportar las muchas humillaciones que debe de sufrir
alguien que esté en el escalafón más bajo. El poder de algunos se concreta, en
parte, en hacérselo sentir a los más débiles. Deberías aguantar que no te
saludasen cuando pasaran a tu lado, que te dieran órdenes en total ausencia de
cortesía, que te utilizaran como a un mero instrumento carente de sentimientos:
un bisturí dura poco tiempo en manos de un carnicero...
– No creas que no me lo he
planteado. Y aunque me parezca admirable lo bien que aguantan los conserjes de
la consejería las brusquedades e invectivas de sus toscos jefecillos, no
querría aprender; no me gustaría tener que recorrer el camino que lleva desde
encajar dolorosamente la primera humillación a la total impermeabilización a
los insultos: debe de ser un camino realmente tortuoso.
– ¿Y crees que llevas el
calzado adecuado para recorrerlo?
Azahara guardó nuevamente
silencio. Suspirando, miró por la ventana para ver cómo la brisa vespertina
removía la hojarasca seca esparcida por el jardín. Una hoja cayó en ese momento
de un árbol y, mecida por el aire, entre piruetas que le hacían descubrir ora
su lado claro ora su lado más oscuro, fue a dar con la superficie arrugada de
un pequeño estanque. Conrado aprovechó para llamar al camarero, quien enseguida
se puso a disposición de los dos intrigantes.
– La cuenta, por favor
–pidió el artista–. O..., ¿prefieres tomar algo más?
– Sí. Tal vez lo necesite.
– En ese caso –apostilló
Conrado sonriendo–, tráiganos si es tan amable otros dos como éste.
– El mío que sea con
hielo... –solicitó Azahara–.
Los cómplices intercambiaron
una mirada sin que ninguno de los dos se atreviera a romper el silencio. La
técnica volvió a dirigir sus ojos al jardín, en cuyo estanque la hoja seguía
flotando sobre el agua vibrante. El camarero trajo las bebidas. Conrado elevó
la suya invitando a Azahara a hacer lo mismo.
– Entonces..., ¿por nuestro
éxito y su derrota?
– No lo veo yo tan claro...
No debes olvidar que estoy a sueldo de ese mismo organismo que tú pretendes
dinamitar con mi ayuda... En caso de derrumbarse, yo me derrumbaría con él...
– No necesariamente
–disintió Conrado–. Cuando sienten los primeros temblores de un terremoto, los
vecinos de un edificio salen a la calle para que no les caiga encima. Y, en ese
caso, poco les importa lo que dejen detrás: es posible que tengan que abandonar
toda una vida de recuerdos y de cachivaches acumulados. Pero, gracias a esa
escapada a tiempo, pueden recomponer sus existencias, empezar desde nuevas
premisas...
– No creo que se pueda
comparar una cosa con la otra. En mi consejería no se produciría un terremoto
que me obligase a escapar; lo que me estás proponiendo es que sea yo quien
tumbe el edificio. Y sin ofrecer compensación alguna a quien se haya atrevido a
permanecer dentro, a quien aguante viendo como el techo se le viene abajo con
tal de conservar lo que tiene...
– Sí: es una decisión
difícil, lo reconozco. Si eligieras pelear a mi lado, tendrías que violentar tu
propio corazón obligándole a aceptar dañar a alguien. Tus dudas dicen mucho de
ti...
– Eres un liante, Conrado.
No creas que alabando mis buenos sentimientos conseguirás que forme equipo
contigo... Además, seguro que no se te escapa qué le ocurrirá a mi trabajo si
decido declarar en contra de mis jefes...
– No creo que ése sea el
obstáculo más importante para ti. Eres joven y que se te cierre una puerta no
debiera impedirte alcanzar tus aspiraciones, sean cuales sean...
– Es posible. Pero tengo
claro que eliminaría toda posibilidad de volver a trabajar en la
Administración, ¿no te parece?
– Yo no lo veo tan claro. En
cualquier concurso u oposición podrías demostrar tu valía, y acudir a los
tribunales en caso de que no te evaluaran como tú creyeras que merecías. Te
aseguro que no pocas plazas, y de importancia, se han ganado en un juzgado.
Bebieron. El primer sorbo
entró agresivo en la garganta de Azahara. Poco a poco el hielo suavizó el poder
del licor, permitiendo que la joven apurara su copa hasta casi la última gota.
– No lo sé. No es tan fácil.
Dame unos días para reflexionar. Podrás esperar, ¿verdad?
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