Azahara estaba sentada a
su mesa de trabajo frente al ordenador, revisando una memoria de una
subvención, cuando aparecieron Carmen y Pascual, consejera y director general
de cultura respectivamente. Sin llamar ni pedir permiso para entrar, los dos
políticos, ya dentro de la oficina, ni siquiera interrumpieron su distendida
conversación, de la que la técnica recogió algún chascarrillo sobre el número
de botellas de que habían dado cuenta en una cena y sobre el estado de una tal
Maricruz. Sin apartar los ojos de la pantalla, Azahara abrió el grabador de
sonidos de su PC, se cercioró de que el micrófono estaba bien orientado, y
accionó la tecla de grabación.
– ¡No me cuentes más,
anda –exclamó entre risas la consejera–, que si no se va a enterar hasta el
último de los bedeles!
– Vale... –aceptó
Pascual–. ¡Pero que quede claro que quien se llevó ese par de botellas a la
habitación fueron Javier y Teresa y no yo!
– ¿No me digas que
fueron ellos? ¡Vaya par de dos que están hechos! –afirmó entre risas Carmen–.
En fin. Hola, Zara, qué tal va todo –dijo como si sólo entonces se hubiera
percatado de su presencia–.
– Aquí me tienes,
revisando las subvenciones para el año que viene...
– ¿Y qué tal se
presentan esas subvenciones?
– Pues..., como siempre,
Pascual: los mismos solicitantes de los años anteriores más otros nuevos con
proyectos de lo más variopinto.
– En esta ocasión me
gustaría que fueras tú quien informara los proyectos –opinó la consejera–. ¿No
te parece, Pascual? Este año debemos tenerlo todo bien atado antes de presentar
las propuestas a la comisión evaluadora.
– Sí: hay que evitar en
lo posible que existan resquicios por los que puedan colarse –dijo el director
general con un gesto ondulante de su mano– los malos olores ...
– Bueno..., no nos
pongamos dramáticos, Pascual, que ya se solucionará todo... ¿Verdad, Zara? ¿Qué
tal fue el encuentro con el señor Conrado?
La técnica se puso de
pie tanto para ganar tiempo como para iniciar la reunión que tanto temía.
– Yo diría que no fue
bien del todo. ¿Os parece que nos sentemos en esa mesita? ¿Os apetece un café,
un té, algo?
– ¿Cómo que no fue bien
del todo? ¿Significa eso que no hubo acuerdo?
– Pues..., me temo que
no, Carmen. No mostró interés alguno en nada de lo que pudiéramos ofrecerle.
– Eso es imposible...
–opinó la consejera–. Será que tú no supiste ofrecerle nada suficientemente
interesante...
– Será eso –admitió
Azahara–. Pero yo no fui enviada allí para ofrecerle nada, sino para escuchar
sus peticiones. Y pedir, lo que es pedir, no me pidió nada. Es más, aseguró que
no le atraía nada relacionado con esta consejería: ni premios, ni encargos, ni
cargos... ¡Nada de nada!
– ¡Qué estúpido
engreído! –exclamó Carmen– ¿Quién se habrá creído que es?
– Ya sabemos que vende
en Francia y Holanda en galerías independientes, y que, en realidad, vive de
eso –apostilló Pascual–. Pero... ¿ni siquiera se interesó por la posibilidad de
un regalo, de algo importante que pudiera pasar desapercibido ante sus colegas
de profesión?
– No nombró ni una vez
la palabra "dinero". Dice no necesitar más que satisfacer su sed de
venganza.
– ¡Vaya capullo! –gritó
en tono ascendente la consejera–. O sea, que quiere pleitear, ¿no?
– Eso creo –respondió
Azahara con timidez–. Me parece que va a echar toda la carne al asador con tal
de incriminarte, Carmen; y a ti también, Pascual.
– Bueno,
tranquilicémonos –apaciguó el director general–. No creo que pueda hacer gran
cosa con la documentación que le dimos... Todos esos papeles, en cualquier
caso, sólo demostrarían que nos equivocamos, y punto. Muy convencido tendría
que estar cualquier juez para condenarnos por unos hechos de escasa
trascendencia. Además, siempre podemos argüir que todo se produjo por una serie
de errores en la tramitación...
– O sea, los cargos medios
y los administrativos que se encargaron del papeleo, ¿no? –inquirió la técnico
con ácida ironía.
– Tampoco quería decir
eso, Zara... –se excusó el director–. A lo que me refiero es que le será muy
difícil demostrar que, realmente, nosotros tuvimos algo que ver con todo eso, y
que no nos limitamos a firmar lo que nos presentaron nuestros colaboradores...
– No quiero ser la
abogada del diablo, Pascual –apostilló la joven–, pero permíteme recordarte que
los cargos de los que quiere acusaros son prevaricación y omisión de perseguir
delitos en el seno de esta consejería.
– Ya, ya ...
– Tampoco hay que pensar
–dijo Carmen– que los hechos tienen poca trascendencia; no en vano, se trata de
casi 300.000 euros que repartimos en esas subvenciones. No está mal: cincuenta
millones de las antiguas pesetas. Y aunque no fuera por la cantidad, un juez
puntilloso podría ponernos de cara a la pared por mucho menos. Y..., ¡qué
carajo!, admitamos que hemos sido poco cuidadosos con las subvenciones y que
confiábamos en que nadie se enfrentara a nosotros perdiendo para siempre la
posibilidad de mamar de la teta de la Administración.
Un silencio reflexivo se
estableció en la sala; un marasmo durante el cual cada uno meditaba sobre la
magnitud de las pifias en la tramitación administrativa y el alcance de las
posibles sanciones.
– Bueno, qué queréis que
os diga –opinó súbitamente Pascual–: yo soy optimista y no creo que la sangre
llegue al río... Además, nosotros mismos estaremos allí para desmentir
cualquier interpretación interesada de la documentación que pueda hacer ese
Conrado. Tú y yo, Zara, estuvimos en la reunión de la comisión de evaluación y sabemos que allí todo fue correcto...
Todo lo más que se puede decir es que, de acuerdo, las deliberaciones fueron un
poco superficiales. Pero de ahí a afirmar que amañamos todo el proceso...
– Pero es que no es sólo
eso, Pascual –aclaró la joven–, sino que nuestro oponente cree estar en
capacidad de demostrar vuestra cercanía a algunos de los solicitantes así como
vuestro interés personal en que se les adjudicara el pastel... Vuestro y del
resto de miembros de la comisión evaluadora...
– ¡Qué tontería! –añadió
el director–. ¡Como si formar parte de una peña cultural de tu pueblo te
impidiera darle una subvención o adjudicarles un contrato! ¿Qué pasa, que
cuando uno es director general de cultura tiene que olvidarse de todo su pasado
para que no le puedan acusar de conchabarse con los amigos? ¡Estamos buenos!
¡Uno tendría que dejar de cultivar sus amistades y encerrarse en casa! ¡Y no
estar para nadie del mundo de la cultura, no vaya a ser que te acusen de
favoritismo...!
– ¡Pero es que tú
incluso fuiste presidente de esa peña...!
– Está bien, está bien
–dijo Carmen, tranquilizadora–. Dejemos las discusiones a un lado. Tenemos que
estar unidos y seguros de lo que vamos a hacer, pues mientras el Conrado ése no
cuente más que con sus documentitos para llevar adelante la acusación, pocas
opciones tiene si estamos nosotros frente a él como una piña.
– Precisamente –señaló
Azahara–, sobre eso..., algo querría decir.
– ¿Qué es?
– Que no estoy segura
del todo de querer formar parte de esa piña...
– ¿Qué quieres decir?
– Que creo que...
–balbuceó Azahara– Conrado no deja de tener razón en algunos puntos...
Carmen, sorprendida, escrutó
en la mirada de la joven técnica la solución al enigma; podía ser una broma, y
quería averiguarlo cuanto antes. En el rostro de Azahara no se adivinaba el más
mínimo destello de chanza; tan sólo un leve temblor en la comisura de los
labios que le crispaba una tímida sonrisa que, más que marcar seguridad y
firmeza, disculpábase de su osadía.
– ¡Acabáramos...!
–exclamó la consejera–. ¡Ea, no me vengas con bromas ahora...!
– No. Te pido que me
perdones, pues tengo que decirte que no voy a estar a vuestro lado en esta
movida.
– ¡Qué movida ni qué
carajo, Zara! ¿Qué te pasa ahora? Más vale que estés bromeando, porque me estás
enfadando de verdad. Ya sabes que aquí no caben medias tintas: o estás con
nosotros y sigues nuestro juego o estás en nuestra contra.
– Ya lo sé, ya... Pero
no creo querer seguir vuestro juego ahora. Tengo demasiadas... demasiadas
dudas. Creo que no podré ayudaros.
– Te pido que
recapacites, Azahara, ya que, en un momento u otro, el tema te salpicará, como
implicada en el proceso. Es posible incluso que tú misma aparezcas como acusada
–amenazó la consejera.
– No lo creo...
– ¿Qué, te crees que el
tío ese, sediento como está de venganza, te va a perdonar únicamente por ser la
última de a bordo?
– No es por eso, sino
porque..., yo voy a formar parte de la acusación. Declararé contra vosotros,
Carmen.
La consejera se quedó
muda, mirando fijamente a su subordinada, sorprendida de que ésta osara, ante
sus narices, declararle la guerra. Y además allí, en sus oficinas, en su
consejería.
– ¡Habrase visto...!
–exclamó dirigiéndose al director general de cultura–. ¡Pero tú quién te has
creído que eres, niñata! ¡Si he sido yo quien te ha colocado aquí y, como quien
dice, te he dado de comer durante todos estos años! Sabes que basta con que chasquee
los dedos para que te despidan inmediatamente, ¿no? ¿Eres consciente de eso?
– No me sería difícil
demostrar que me has despedido improcedentemente y me tendrías que pagar una
buena indemnización. Y..., ya sé que me estoy jugando el puesto, ya lo sé; pero
tú te estás jugando la inhabilitación para ejercer cargo público: ¡diez años!
No te conviene ponerte farruca conmigo, querida consejera...
– ¡Cómo que no me ponga
farruca contigo! ¡¡Pero si aquí no eres más que el último mono, imbécil!!
Pero..., ¡cómo es posible! ¡Esta cría se me ha rebelado! ¡Y no hay nada que
soporte menos que la traición, que confiar en alguien y que aproveche la más
mínima ocasión para metértela doblada!
Pascual se percataba de que
Carmen estaba subiendo ostensiblemente su tono de voz, permitiendo que los
trabajadores de los despachos vecinos se enteraran del asunto. En ese estado de
excitación, su jefa no podía ver claro, mucho menos convencer a nadie de lo que
fuera. Decidió tranquilizarla para sacarla a continuación de la oficina y, ya
en su despacho presidencial, sosegarla y encontrar juntos una solución.
– Venga, Carmen, cálmate.
Vamos a charlar a otro sitio que estamos dando un escándalo.
– Vale..., sí..., ya me
tranquilizo. Perdóname. Pero esto hay que resolverlo ahora mismo. ¡Azahara, te
quiero en mi despacho dentro de cinco minutos!
En parte satisfecha por
haber sacado de sus casillas a persona tan infatuada de su poder, la joven
consideró que había llegado su turno de ser ella quien decidiera.
– No, Carmen: las cosas no se
hacen así. A partir de ahora tendrás que darme todas tus órdenes por escrito. Y
si quieres que nos reunamos en tu despacho, ese escrito deberá reflejar el
motivo de la reunión y los puntos a tratar.
– Pero... – la consejera no
estaba evidentemente acostumbrada a que ningún subordinado mostrara tanta
soberbia ante ella. Tal vez fue eso lo que hizo que Carmen, como recién
recibido un jarrón de agua fría en pleno rostro, se sosegara de repente y se
diera cuenta de que posiblemente le conviniera escuchar qué ponía la técnico
sobre la mesa–. Está bien. Hablaremos aquí si quieres...
– Propongo –dijo Pascual–
que nos tranquilicemos todos un poco y que tomemos asiento de nuevo.
Los dos cargos se sentaron
en las sillas para las visitas, frente a la mesa de Azahara, quien volvió a
ocupar su sillón giratorio de cara al ordenador. El director, hombre de
extracción popular y más llano en el trato que casi todos los políticos en la
consejería, vio claro que había que saber qué quería la joven para sopesar la
magnitud de la amenaza.
– Veamos, Azahara. No sé qué
es lo que te ha hecho cambiar de idea. Yo creo que aquí siempre se te ha
tratado bien, y se te ha tenido en cuenta para todas las decisiones. Si fueras
consecuente y, sobre todo, agradecida, te darías cuenta de que estás pagando
muy pobremente la confianza que hemos depositado en ti. No se traiciona a quien
confía en ti, y menos a quien te beneficia. Te hemos dado un puesto de trabajo
que para sí querrían muchos jóvenes de tu edad; y tú, ¿cómo nos lo pagas? Puedo
comprender que te sientas defraudada al ver que en este trabajo a veces hay que
tomar decisiones que van en contra de nuestro propio sistema de valores; puedo
entender que la rabia se apodere de ti cuando creas estar presenciando una
injusticia. Eres joven, ya se te pasará, te lo aseguro; y cuando se te pase,
comprenderás que lo justo no coincide siempre con lo conveniente. Y, créeme, lo
que has presenciado en todo esto es lo mejor que podíamos hacer, o, por lo
menos, lo que más convenía a todos.
– No estoy del todo de
acuerdo con eso, Pascual, si para hacer lo conveniente hay que violentar la
ley. Se supone que en un Estado de derecho, todos hemos de actuar supeditando
nuestras acciones a lo exigido por los textos legales. ¿Con qué autoridad moral
pueden si no las instituciones exigir legalidad a la ciudadanía si ellas mismas
no se la exigen a sí mismas?
– Eso es perfectamente
cierto. Pero lo que ha pasado aquí con el asunto de las subvenciones es como un
grano de arena en el desierto, algo insignificante; y sobre todo si se compara
con lo que ocurre en las más altas esferas del Estado o de la Comisión Europea,
la ONU o lo que se te ocurra que esté por encima de nosotros. No vas a cambiar
el mundo por conseguir que dos de tus compañeros de trabajo sean inhabilitados
durante diez años para desempeñar puestos públicos; las cosas seguirán
haciéndose de la misma manera por mucho que Carmen y yo nos convirtiéramos de
la noche a la mañana en demandantes de empleo...
– Yo creo que las cosas se
hacen así porque nunca hay nadie que se tome la molestia ya no de analizarlas,
sino de denunciarlas. Los altos cargos hacen y deshacen según les viene en gana
porque saben que nadie va a poder hacer nada contra ellos. Qué sé yo, tal vez
sea la impotencia, la frustración y el miedo que nos legó la gente que vivió
bajo Franco lo que nos impida quejarnos activa y consecuentemente: es decir,
denunciando lo que no va bien en lugar de conformarnos con la protesta estéril
de todos los días, "por lo bajini". Pero si en este país hubiera no
sólo más denuncias sino, sobre todo, más condenas, estoy segura de que en los
despachos donde se reparte el dinero público se harían las cosas con más
cuidado. Y no a la buena de Dios, que es lo que se ha hecho en este caso. Y no
me podrás decir lo contrario, Pascual: en esto habéis hecho lo que os ha dado
la gana; habéis favorecido a quien os ha parecido sin tener en cuenta más que
su filiación política o la posibilidad de instrumentalizarlo...
– Pero, oye –le interrumpió
Carmen–, que aquí había unas bases y se han seguido a rajatabla...
– No sé si me lo estás
diciendo en serio –le espetó con sorna dolorosa Azahara– o si te estás riendo
de mí. Tal y como se han hecho las cosas, la única conclusión que es posible
extraer de todo eso es que las bases sirven para cubrir el expediente, porque
habéis repartido los 300.000 € como habéis querido, fijandoos bien poco en
quién cumplía esas bases y quién las dejaba de cumplir. ¡Pero si ha habido
algunos que ni siquiera presentaron a tiempo las solicitudes y se lo dejasteis
pasar...! Y a otros, todo lo contrario; lo que servía para unos no servía para
otros, dependiendo de qué amigos tuviera o qué padrinos los apoyaran. Y así no
se pueden hacer las cosas; así... ¡yo no quiero hacer las cosas!
– Bueno, y tú, ¿con qué argumentos
crees que vas a poder ir al juez? –le inquirió el director general–. ¡Si tú no
has visto nada!
– ¡Cómo que no he visto
nada! Te recuerdo que yo asistí a esas estériles reuniones de la comisión de
evaluación; reuniones donde estaba ya todo el pescado vendido de antemano.
– Y yo te recuerdo, Zara,
guapa –observó Carmen–, que tú avalaste con tu firma las decisiones que tomó la
comisión; lo que te hace tan responsable de lo que dices ser una ilegalidad
como los demás.
– Es un riesgo que puedo
correr, lo sé...
– Y debes tener en cuenta
que siempre será tu palabra contra la del resto de miembros de la comisión
–añadió Pascual.
– Eso es cierto. Pero mi
testimonio puede ser decisivo para apoyar los argumentos de Conrado. Si alguien
da fe de que las cosas no se han hecho como es debido en el órgano de
selección, creo que será una declaración de peso. Y sobre todo si ese testigo
no tiene nada que ganar, sino todo lo contrario, al declarar en contra de sus
jefes...
Un nuevo silencio se instaló
en la conversación. Carmen y Pascual se miraron como si se estuvieran
preguntando mutuamente qué hacer, mientras Azahara trasteaba en su ordenador.
La consejera tomó aire antes de hablar.
– No sé qué decirte, Zara:
me dejas de piedra. Deberías tener más en cuenta lo que te juegas en este
asunto, pues tu apuesta no es a ganar, sino todo lo contrario. Como imaginarás,
no puedo mantener en un puesto de confianza a alguien en quien no puedo
confiar...
– Eso lo comprendo
perfectamente, Carmen. Pero hace falta algo más que una puntual disparidad para
que un cargo público se deshaga de un trabajador; por mucho que haya dejado de
confiar en él. Si lo hicieras, me temo que sería una acusación más que añadir a
la que Conrado va a poner contra ti.
– ¿No me estarás amenazando,
pequeña? –inquirió Carmen con sorna.
– No: sólo te estoy
advirtiendo de lo que podría ocurrir en caso de despido infundado e
improcedente. A estas alturas –añadió la joven, sorprendida de su serenidad en
el tramo final de la discusión–, supongo que ya sabrás que no puedes deshacerte
por las buenas de quien quieras simplemente porque se te antoje. Esto no es una
empresa de tu propiedad, ni el coto de caza de tu marido: estamos en la
Administración, y no puedes hacer lo que te plazca saltándote a la torera la
normativa...
– ¡Cómo que no puedo!
–exclamó Carmen con soberbia–. ¡Ya verás si puedo o no!
– Me gustaría saber qué vas
a hacer, a ver –dijo Azahara, retadora.
– Por lo pronto, vas a
levantarte de ese sillón y abandonar esta oficina y el edificio, porque estás
despedida desde ahora mismo.
– ¿Y puedo saber por qué?
– Sí: porque a mí me da la
gana. ¡Mira si tengo o no tengo el poder de hacer con tu puesto lo que me
plazca!
– Muy bien: eso es lo que
quería oír –dijo la joven mientras manipulaba de nuevo su ordenador–. Creo que,
además, interesará a cualquier juez que tenga que dirimir en este asunto.
Guardar como..., adjuntar archivo..., enviar... ¡Ya está! ¡Ya he enviado la
grabación de esta conversación a un correo seguro! No vaya a ser que se te
ocurra hacer que revisen mi ordenador y añadan un nuevo cargo a tu ya larga
lista de acusaciones... ¿Quieres oírlo?
Sin esperar la respuesta de
sus superiores, Azahara reprodujo la conversación en los mismos términos en que
se había producido, saltando desde los cinco primeros segundos a otros cinco
segundos de un fragmento posterior, otros cinco segundos más allá y los últimos
diez de todo el archivo sonoro. Carmen había ido crispando progresivamente su
mirada, hasta que su enfado tuvo que liberarse por algún lado.
– ¡¡Fuera de aquí ahora
mismo!! ¡¡Abandona esta oficina ipso
facto!!
– No creas que lo voy a
hacer. Me he estado informando y no me iré mientras no me sea comunicado
oficialmente el despido. No vaya a ser que me acuséis de abandono del puesto y
encontréis motivo para mandarme al garete...
Pascual, que había agarrado
amistosamente los hombros de su jefa, consiguió serenar un tanto a la
consejera.
– De acuerdo –aceptó
Carmen–, de acuerdo. Tendrás ahora mismo la comunicación oficial de tu despido.
Sellada y firmada por mí.
La consejera inició el
camino hacia el exterior de la oficina junto a Pascual. Aún no habían terminado
de superar el umbral de la puerta cuando Azahara volvió a poner en
funcionamiento el reproductor de sonidos de su ordenador. " De acuerdo, de
acuerdo. Tendrás ahora mismo la comunicación oficial de tu despido. Sellada y
firmada por mí."
– Imbécil... –murmuró Carmen
entre dientes.
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