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domingo, 6 de septiembre de 2015

7. ALEJANDRO Y CONRADO

Para dar mayor realce a su denuncia contra el gobierno autonómico en el asunto del concurso para la restauración de las capillas, Conrado pensó que sería útil poner el caso en conocimiento de los medios de comunicación locales. Lo noticiable de la cosa no radicaba simplemente en la decisión gubernamental de restaurar con gusto contemporáneo parte del patrimonio histórico-artístico, sino también en la autoría, naturaleza y descripción de los proyectos seleccionados. Todo ello tenía por fuerza que interesar al público y, por ende, a La voz del pueblo.
         Consiguió Conrado, pues, fijar una entrevista con Alejandro, el director del diario.
         Los dos hombres se habían encontrado ya en varias ocasiones; algo habitual en una pequeña población en la que no era difícil coincidir en diversos eventos institucionales. Sus encuentros no habían carecido de simpatía, por el mutuo interés que uno y otro veían en el mantenimiento del trato cordial y continuado: el periodista, sobre todo si trabaja en un marco normalmente falto de hechos noticiables, necesita de quien tenga algo que decir y presentar; el artista requiere especialmente a alguien que le ofrezca la mejor difusión de sus producciones. Incluso a pesar de la vida retirada del bombo, el platillo y los canapés institucionales de Conrado, Alejandro seguía departiendo animada y cortésmente con él, ya que no se sabía nunca de qué ocurrencia artística podría aprovecharse para la venta de sus periódicos.
         No obstante esta sintonía, no podía obviar Conrado la larga amistad que unía a Alejandro con Eloísa: la activista del Grupo Crítico Femenino a instancias de la cual Marisa, la ex-compañera sentimental del artista, presentara una querella criminal por maltrato psicológico. Ello despertaba sus recelos, tremendo que la cercanía del periodista a la beligerante feminista le impidiera asumir la publicación del caso.
         Otro incoveniente para que La voz del pueblo se hiciera eco de sus diferendos con la cultura institucional era de naturaleza estratégica: el periódico no había mostrado jamás –salvo en raras ocasiones alentadas por el propio poder para crear una gruesa cortina de humo– la actitud crítica que cabía esperar de todo medio que analice la realidad con temperamento independiente. La estabilidad económica de La voz dependía en buena medida de los espacios de publicidad que vendía a las instituciones locales y regionales; sin esas ventas, no podría el periódico mantener su nutrida plantilla ni el salario de su director. Por estrategia, difícilmente podía el diario poner en peligro sus interesadas relaciones con el gobierno regional –y mucho menos con la cultura, cuyas manifestaciones (festivales, exposiciones...) se anunciaban preferentemente en La voz del pueblo antes que en cualquier otro rotativo–.
         Recelos aparte, Conrado estaba decidido a exponer con aplomo y seguridad su argumentario ante el periodista. Sentados ambos ante la mesa destinada a las visitas que traen algo que contar, el artista inició didáctico el relato de los hechos.
         – La convocatoria indica que uno de los criterios de selección de las propuestas reside en la trayectoria de sus autores. "Profesionales de reconocidos prestigio y proyección en el mundo del arte". La ambigüedad y, por lo tanto, la arbitrariedad se dan ya en el texto de la convocatoria, ¿no te parece?
         – Bueno, depende de cómo lo mires, Conrado. A ti no debería causarte ningún temor esa premisa, puesto que tu prestigio y tu proyección están fuera de toda duda. Exposiciones en casa, exposiciones fuera, internacionales incluso...: eres uno de los candidatos perfectos.
         – Es posible, Alejandro. Pero fíjate en que ese criterio de selección no se concreta numéricamente, con lo que se deja al albedrío de la comisión de evaluación de los proyectos su calificación en el listado de admitidos y rechazados. Y me temo que ese albedrío no sólo sea de carácter subjetivo, sino también estratégico: reparto de favores, cultivo del amiguismo, fomento de los tratos privilegiados ...
         – No sé de qué guindo te estás cayendo, Conrado. Pero, a estas alturas de la película, deberías aceptar que eso forme parte de la normalidad en los asuntos de este tipo... Quien no cultive sus amistades de manera estratégica sufre por fuerza el ostracismo de las camarillas y de los grupos de presión –que, en la cultureta, tú y yo sabemos que están dentro y fuera de los propios órganos de decisión...–.
         – Desde luego que conozco esa realidad; quieras que no, una parte de mi carrera profesional se ha desarrollado en el terreno institucional. Pero ese funcionamiento es más propio del ámbito privado que del público, en el que sería deseable una transparencia fuera de toda duda para que la igualdad de oportunidades quedara garantizada. Y eso es, en cierto modo, lo que denuncio.
         Ante el uso de ese verbo, el periodista enmudeció, pues hablar de denuncias suponía adentrarse en un espinoso terreno en el que todo era posible. Alejandro no era hombre valiente ni mucho menos decidido a transformar la realidad en un lugar más vivible.
         – Pongamos, pues –añadió Conrado–, que ese criterio introduzca, de entrada, una disfunción. Máxime si tenemos en cuenta que en la exposición de motivos se habla de promover la creación a nivel local incluso de artistas de proyección menor en el mercado.
         – Conrado, amigo: no estás hablando ante un juez. Los dos estamos de acuerdo en que en ese mundillo las cosas se dan así. Dime por favor qué esperas de mí y yo veré de qué manera puedo ayudarte. Siempre y cuando vea interés en ello, ya sea económico o social. Lo entiendes, ¿verdad?
         El artista se revolvió en su silla. Respiró profundamente como para reconocer en el nuevo aire que entraba en sus pulmones el sosiego que necesitaba para hacerse valer ante el periodista. Decidió que no perdería nada al hacerlo, incluso en el caso más que probable de que Alejandro considerara su historia sin interés.
         – De acuerdo. Vayamos a ello. Resumo el procedimiento si te parece. Yo presenté un proyecto que considero importante; en él invertí muchas horas de trabajo, y estimo que el resultado es muy válido
         Alcanzó a Alejandro el dossier de su propuesta, encuadernada con un canutillo. El periodista estudió el índice de la segunda página, donde encontró el apartado dedicado a la exposición resumida del proyecto y, directamente, avanzó las páginas hasta detenerse en el mismo. Redactado en tercera persona, Conrado había hecho una exposición sucinta de su experiencia en tratamiento de cristalería y vidrios zincados, que, por una parte, acreditaban su conocimiento de las técnicas de creación de vidrieras y cómo éstas se incardinarían en medio de la decoración renovada del ábside oriental de varias ermitas serranas de la provincia. Los nombres de Viollet-le-Duc, Gaudí, Pierre Soulages y Barceló destacaban en las referencias que Conrado pretendía renovar y revolucionar sin perderlas del todo de vista. A continuación, unas imágenes de síntesis mostraban gráficamente el resultado de la ejecución del proyecto, tanto en detalle como en conjunto. El periodista se maravilló ante los gráficos y no pudo evitar exclamar que todo ello le parecía muy interesante.
         – Y esto lo habrías hecho también en Santa María del Monte, por lo que veo. ¡Estupendo! ¿Y no propusiste nada para San Miguel, que está cerca de ahí?
         – No. San Miguel es Monumento Nacional, y ahí no entra la jurisdicción autonómica. Habría sido bonito proyectar algo allí, pero en balde. Fíjate un poco más adelante lo que habría hecho en San Fertús, que no está demasiado lejos de esa zona.
         El periodista pasó un par de páginas y dio con la pequeña y casi derruida ermita, perdida en medio de la campiña en la que los vecinos del pueblo natal de Alejandro seguían cultivando olivos y cereal.
         – Pero..., si toda la techumbre está caída...
         El proyecto mostraba cómo se iba a sustentar el tejado de la capillita gótica por medio de un sistema de nervaduras y un crucero decorados con motivos contemporáneos. La efigie del santo, inspirada en las estilizadas figuras de Giacometti, ocupaba la parte central de la vidriera del ábside y terminó de convencer a Alejandro, quien, embelesado, devoraba las ideas de Conrado en el papel.
         – ¿Sabías que mi primo y yo fuimos los últimos niños que recibimos la primera comunión en esa ermita? Ya entonces había agujeros en la techumbre, y, poco a poco, el edificio se fue degradando hasta llegar a su estado actual.
         Conrado empatizó con la nostálgica melancolía del periodista, aunque su mirada se tornó felina: proyectar la restauración de esa ermitita había sido un acierto, ya que de seguro le proporcionaría el apoyo mediático de La voz del pueblo. Alejandro siguió revisando el dossier, tan pronto avanzando en las páginas como retrocediendo; una especie de paroxismo, de fiebre por conocer los detalles de la propuesta de Conrado, se había apoderado de él.
         – Esto es muy interesante. ¿Me lo puedo quedar durante unos días?
         – No hay problema –le aseguró el artista–. La verdad es que me emociona que tengas ganas de estudiarlo con tanto detenimiento, aunque no sólo he venido aquí para eso. Si quieres, te dejo también el texto que presenté al Juzgado, en el que expongo los motivos de la denuncia.
         – De acuerdo. Si te parece bien, me quedo los dos, los estudio y te digo algo dentro de un par de días.
         Conrado salió de allí con una incipiente sensación de triunfo. En parte porque había logrado convencer al periodista de la bondad de su proyecto; pero también, desde luego, porque había sembrado en él una confianza apta a la mejor admisión de sus reivindicaciones. Con los principales documentos en sus manos, la decisión que debía tomar ahora Alejandro era de carácter político.
         El domingo siguiente a la entrevista, La voz del pueblo incluyó en su suplemento de fin de semana un pequeño reportaje sobre San Fertús, con fotos acompañadas de protestas por el estado de abandono en que habían dejado esa ermita los responsables del patrimonio autonómico. E incidía en ello directamente indicando algunos detalles e imágenes de síntesis del proyecto de Conrado. No gustó mucho al artista la publicación sin permiso de su trabajo, aunque lo aceptó como parte del acuerdo. Ese mismo lunes, Alejandro le citó de nuevo en el periódico.
         – ¿Qué te ha parecido el reportaje? Las fotos eran muy ilustrativas, ¿no crees? Y, lo que es mejor, ya hemos recibido cartas y mensajes de los habitantes de la zona de San Fertús. ¡Estamos removiendo la conciencia de la gente! Es emocionante esperar a ver en qué queda todo esto.
         – Bueno..., ya sabes en qué me gustaría a mí que quedara... –apuntó Conrado–. No sólo deseo que se restaure San Fertús y otras ermitas de la región que lo merecen tanto como ella; espero también que quien haya decidido por qué unas ermitas sí y otras no explique su elección. Y que aclare los motivos que le han llevado a escoger a unos artistas y a otros no.
         – No hay que ser un lince para imaginar por qué no te han elegido a ti, Conrado: el sano escándalo que creaste con tu "Homo sacer" te cerró las puertas de la promoción institucional; y estoy seguro de que es por orden expresa del presidente. Pusiste en evidencia a toda la plana mayor del gobierno autonómico; la soberbia de los políticos les impide aceptar que alguien haga mofa de ellos gracias a un dinero que, además, consideran suyo. Estás... ¡tachadito de la lista!
         – Estoy de acuerdo con lo que dices. Pero eso no impide considerar el concurso para la restauración de las ermitas como un procedimiento abierto e igualitario en el que, si alguien es excluido por motivos que no figuran entre los criterios de selección, quepa la posibilidad de averiguar por qué. Y teniendo en cuenta los nombres de los seleccionados, no es nada difícil establecer vínculos de cercanía y de interés con los seleccionadores. Supongo que te habrá quedado claro al leer el texto de mi demanda...
         – Por supuesto que sí –aseguró Alejandro mientras extraía ese escrito de entre los papeles que le había dejado Conrado–. Veamos un poco así, por encima... Lo cierto es que todos los elegidos son conocidos gracias a su participación en proyectos públicos... Mira, era más que seguro que éste –indicó señalando un nombre con el dedo en el papel– sería seleccionado. Y éste; y éste otro. ¡Vaya mundillo éste del artisteo! ¡Todos mamando de la teta gubernamental! ¡Y luego tienen el valor de lanzarte a la cara su independencia y su libertad...! ¡Hatajo de chupópteros!
         Conrado permaneció en silencio para calibrar la intensidad de la rabia del periodista.
         – La verdad es que la farándula y la cultureta han perdido toda credibilidad. Si ya hasta los más bohemios viajan en business class... Eso sí, a cargo del erario público...
         – En cierto modo, no es difícil de comprender –atajó Conrado–. Se trata de personas que, como tú y como yo, tienen que comer. Han decidido ganarse la vida vendiendo los objetos que salen de sus talleres, y ello pueden hacerlo gracias a que las instituciones se los compran; lo que implica tal vez desarrollar un trabajo complementario consistente en mover sus influencias y reírles las gracias a los mandamases cuando toque. Es un trabajo como otro cualquiera que requiere unas competencias determinadas; y no sólo, desde luego, competencias artísticas...
         – No me convencerás de que toda esa gente no son más que unos vagos aprovechados...
         – Así son las cosas. Pero no es eso, Alejandro, lo que me gustaría puntualizar, sino las posibles conexiones interesadas entre esos "vagos", como tú los llamas, y las autoridades políticas que les han concedido jugosas partidas para lanzar sus proyectos. Yo creo que es perfectamente rastreable el vínculo que une a cada uno de los artistas seleccionados con la comisión o el capitoste que los ha seleccionado. ¡Eso es lo importante! ¡Eso es lo que hay que denunciar!
         – Y eso es lo que tú denuncias...
         – Y mi trabajo me ha costado, Alejandro. Y mira que, cuando se publicó la resolución de la consejera de cultura con la lista de los seleccionados, podría haber aceptado que no me eligieran a mí. Pero era tan evidente, era tan descarado que muchos de los proyectos premiados no se ajustaban a los criterios de selección publicados en la convocatoria, que decidí luchármelo. Por ejemplo, ¿no te parece difícil determinar sobre bases objetivas el interés y la relevancia cultural de un proyecto? Pues ése es el primer criterio, que no define nada. El segundo criterio tiene en cuenta el número y características de la población a la que se destina la actividad; y está claro que Santa María del Monte no recibirá más visitas que cualquier otra capillita montana. Pero el quid de la cuestión no es tanto dónde o cómo se hace sino quién lo propone; y eso es contra lo que yo me enfrento. Se valoran, además, aquí, en el criterio tecero, los proyectos que tengan un alcance supracomarcal y regional; ¿cómo se determina eso? ¿En qué tablas puede consultar el contribuyente el alcance supracomarcal comparativo de cada ermita para confirmar la imparcialidad de la comisión de selección? Y ya, por último pero no menos sangrante –añadió Conrado visiblemente enfadado–, poner como criterio el prestigio y la proyección del autor del proyecto..., me parece insultante. Mira todos estos estudiantes de la Escuela de Arte, seleccionados tras acreditar únicamente ¡una exposición!, en una casa de cultura del mismo pueblo cuya ermita van a restaurar. ¿Y el resto? ¿Acaso Pedro Pan –¡menudo fantoche!– tiene más curriculum que yo? Ah, lo que pasa es que es primo del consejero de Fomento... ¡Ahora se entiende todo!
         Alejandro estudiaba alternativamente los papeles de Conrado y su rostro; en ambos creyó ver la plasmación de los motivos de queja del artista. Su rabia, sobre todo, dejaba traslucir un sentimiento de hastío huero y terminal, de hartazgo ante una muestra más de los favoritismos que denunciaban. En su mirada creyó leer la determinación del perdedor convencido, que se lanza a la lucha a pesar de su débil certeza de éxito. Tal vez Conrado buscase en ello la definitiva confirmación de su aislamiento, o la fuente de la mala sangre con la que, en lo sucesivo, alimentaría su creación artística.
         – Así que reclamé –continuó Conrado– señalando algunos parentescos y amistades conocidas entre los seleccionados y aquellas personas del departamento de Cultura que tuvieron algo que ver con el proceso de selección.
         – ¿Y qué encontraste? Cuéntame.
         – Varias coincidencias. Como podrás comprobar si estudias un poco los documentos de mi recurso, intento demostrar que el director general de cultura es amigo habitual de correrías de Carlos Mendín, uno de los artistas agraciados: los dos son miembros de la peña cultural de su pueblo, y tengo fotos en las que aparecen juntos, brindando, en una cena de hermandad.
         – ¡No me digas! Eso es pura dinamita, Conrado...
         – Desde luego que lo es. Y no es lo único, pues también tuvo la desfachatez ese director general de conceder una subvención a su peña para que sea ésta quien decida a quien encarga la restauración de una capilla sita en su municipio. Vergüenza le tendría que dar...
         – Esas fotos de la cena, me las tienes que enseñar. ¿De dónde las has sacado?
         – Eso es secreto de sumario –le espetó el artista no sin sorna–. Pero, si quieres, te cuento más. Uno de los requisitos exige que los participantes sean naturales o que residan en la comunidad autonóma. Un escultor de nombre Juancho Lagarto –un apodo que se las trae–, cuyo proyecto de 25.000 € ha sido seleccionado, vive en Francia. Eso no debería ser un problema. Ahora bien, cómo demostrar que es nacido en esta región si esa era una información que no se incluia entre los datos necesarios para rellenar la solicitud. Tal vez enviando su DNI, seguro que sí, que además forma parte de la documentación requerida a las personas físicas. Aun a pesar de eso, solicité a Cultura que me enviaran las actas de las reuniones de la comisión de selección: uno de los pocos documentos del expediente que me han permitido consultar. Y héte aquí que entre los miembros de esa selección, todos ellos especialistas en el mundo del arte y la restauración de edificios históricos, figura una señorita que, en su día, componía la junta directiva de la asociación cultural Kalantas?, en la que...
         – También estaba el tal Juancho Lagarto –le interrumpió Alejandro.
         – Eso mismo. ¿Devolución de favores? Lo sabremos cuando el juzgado me permita consultar el expediente administrativo remitido por Cultura. Tengo una curiosidad salvaje por echarle un buen ojo a ese expediente. ¡Me pongo frenético nada más pensar en lo que encontraré! –añadió Conrado, presa ya de la excitación.
         – Seguro que tienes más hipótesis de favoritismo y corruptelas varias...
         – Qué quieres que te diga, Alejandro: en este país hay poca gente y los profesionales de la cosa artística no abundan. Nos conocemos entre todos; todos sabemos de las andanzas de cada uno. Es normal que, entre ellos, se devuelvan favores para poder repartirse el pastel sin obstáculos. ¿Te suena un tal Raúl Coscullano?
         – Sí, pero... ¿Ese no es escritor?
         – Sí, el mismo. Pues está en la comisión de selección: ¡ya ves tú qué especialista en el mundo del arte y la restauración de edificios históricos! Puede parecer un poco embrollado lo que te voy a contar, pero hazte a la idea de que su comisión ha decidido que el dibujante Pepe Susín lleve adelante su proyecto para una ermita en la montaña. El mismo Pepe Susín que formaba parte de la comisión que, en su día, subvencionó hasta tres proyectos audiovisuales en los que, ya fuera como guionista o como productor, participaba Raúl Coscullano.
         – ¿Y cómo era posible que se dieran tres subvenciones al mismo proyecto?
         – Porque dividieron el importe global en tres proyectos independientes: Cuatro Cigüeñas parte I, Cuatro Cigüeñas parte II, Cuatro Cigüeñas parte III. ¿Crees tú que ese reparto pudo pasar desapercibido a los miembros de esa comisión? Están todos enmarañados, podridos, corruptos; no queda ya nadie que abogue por una cierta independencia artística, pues todo debe pasar por el filtro totalitario de nuestros cultos socialistas.
         Conrado suspiró, agotado tras su febril exposición. Alejandro guardó silencio mientras terminaba de procesar la información recibida. Hizo ademán de sacar el paquete de cigarrillos de su chaqueta, recordando a tiempo que él mismo había ordenado que se prohibiera fumar en las oficinas de La voz del pueblo.
         – ¿Sabes que lo que te traes entre manos puede hacer caer muchos cargos? ¿Y que, además, te vas a crear muchísimos enemigos? Desde luego, tras esto, quítate de la cabeza exponer por aquí...
         – Eso es algo que ya tengo en cuenta. Pero, ¿no me vetaron ya hace tiempo? No quiero que parezca que lo digo con suficiencia, pero tengo suficiente mercado fuera de las fronteras de nuestro cochino país como para necesitar lamerle el culo a esta tribu de... ganapanes. Alejandro, si consigo demostrar todo lo que te he contado y tú lo publicas, será imposible que algunos responsables de la cultura institucional sigan pavoneándose por festivales y saraos. ¡Elige tus enemigos y vamos a por ellos!
         Alejandro escudriñaba el rostro del artista en busca de un indicio, una señal, algo que le convenciera de escoger la vía de la denuncia y dejar de seguir la corriente a los vanidosos cuadros del socialismo cultural regional. Fugazmente pensó en el desánimo de Marta, su mujer, al saber que no acudiría como invitada a los cócteles de la clase política local; tal vez incluso fuera deseable, cansado como estaba de falsear su estado de ánimo y su opinión ante los regidores locales y autonómicos, de quienes tenía el peor de los conceptos. No obstante, ¿de verdad le convenía alinearse con Conrado y apoyar con su periódico una campaña de desprestigio del partido en el poder?
         – Qué me dices, ¿eh?
         – Tengo que pensarlo. Tú tráeme las pruebas y estudiaré qué podemos hacer. Pero es una patata muy caliente: ¡demasiado!
         – La oportunidad que siempre has esperado para dotar a La voz del pueblo del prestigio que merece.
         El periodista miró con recelo al artista, preguntándole con la mirada si es que su periódico no contaba ya con ese prestigio que Conrado decía merecer.
         – Y pondrás en su sitio a unos cuantos politicastros de tres al cuarto...
         – Lo dicho: tráeme las pruebas y lo estudiaré.
         Conrado le hizo un informe detallado al periodista, con las copias de aquellos documentos que probaban la vinculación de altos cargos de cultura, técnicos, miembros de comisión y artistas. Esperó unos cuantos días tras el envío por mensajero, en los que ya veía su nombre manejado en La voz del pueblo y el resto de medios de comunicación que se hiciesen eco del asunto. Artículos de opinión ensalzando el papel de la consejera en la promoción de la cultura regional; reportajes en los que el director general de cultura apareciera como el adalid de la producción artística desde sus comienzos como alcalde de una pequeña población de la media montaña; más reportajes sobre las obras financiadas por diputaciones y ayuntamientos. En caso de que finalmente lograra empapelar a los peces gordos de la cultura, el juicio paralelo orquestado por los medios afines los absolvería haciendo caso omiso de los cargos que se les imputaran.
         Cuando ya había pasado una semana larga desde que enviara sus pruebas a Alejandro, Conrado telefoneó a La voz del pueblo. Tuvo que pasar por varios intermediarios antes de dar, tras algunos minutos de espera, con el director.
         – Hola, Alejandro: ¿ya has decidido algo?
         – Estimado Conrado –el periodista suspiró–: tu material es muy interesante, pero creo que me queda grande. No sé por dónde cogerlo, y lanzarme ahora mismo a emitir sospechas de amiguismo y clientelismo de la cultura autonómica es algo que no favorecerá a la credibilidad de mi diario.
         El artista se quedó callado, bloqueado por la profusión de pensamientos que, cual marabunta, asolaban su cerebro.
         – ¿Decepcionado? –le preguntó Alejandro, sacándole de su marasmo.
         – En parte lo esperaba. Lo contrario me habría sorprendido de verdad. La trayectoria editorial de La voz del pueblo no brilla precisamente por haber señalado las corruptelas que su director haya conocido casi de primera mano...
         – ¿Qué estás insinuando, Conrado? –le interrumpió un asombrado Alejandro.
         – No pretendo insinuar nada más que la acostumbrada tibieza con la que tu periódico ha tratado los indicios de favoritismo en nuestra ciudad me hacía difícilmente creíble, si no imposible, tu participación activa en este asunto.
         – ¿Qué puedo decirte que tú no hayas imaginado ya? No puedo pretender desprestigiar a unos cuantos altos cargos sin que haya una investigación judicial y una sentencia incriminatoria por medio. Somos un medio de comunicación social pero no por ello somos una ONG que busque solucionar los males del mundo. Somos, simple y llanamente, una empresa que hace lo que buenamente puede para pagar a todos sus empleados a final de cada mes.
         – Y, ¡claro! –le espetó Conrado con cinismo–, perder la fuente de ingresos que supone la publicidad institucional sería como abocar a tus empleados y a ti mismo a la indigencia, ¿no es así?
         – Si crees, Conrado –le respondió con contenido enfado el periodista–, que te he dicho que no porque tema perder los anuncios de las instituciones dirigidas por los socialistas, es que no me conoces.
         – No te conocía antes; pero ahora sí que te conozco. Y sé que no tienes valor para enfrentarte a quien te permite poner en tu mesa un segundo plato y regarlo con un buen vino. Prefieres no morder la mano de quien tanto te da de comer, aunque para ello tengas que pasar por ser un dócil y fácilmente manejable periodista de una ciudad de provincias –en lugar del líder de la denuncia y la contestación social que tú y yo creemos tan necesario poner de manifiesto en este pueblo de comodones–.
         – Mira, amigo mío –le replicó Alejandro con evidente sorna–: la denuncia y la contestación social os las dejo a vosotros, los artistas que pretendéis cambiar la vida y el mundo con vuestra obra. Cuando podáis vivir del aire y dejar de bajar la cabeza ante los artífices de lo que sólo sois capaces de denunciar en petit comité, entonces creeré que ser artista es algo heroico y digno de elogio. Mientras tanto, no podré dejar de consideraros como unos aprovechados y unos jetas, en definitiva.
         Conrado no quiso responder a las invectivas del periodista, y permitió que el silencio se instalase a ambos lados del telefóno. Tras unos 20 segundos durante los cuales los dos interlocutores sólo escucharon la respiración agitada del otro, el artista, decepcionado, añadió con un suave hilillo de voz:
         – Si consigo incriminarlos, te volveré a llamar. Que tengas buena suerte.
         Y, sin esperar respuesta, colgó. Se levantó de su asiento y dio un par de vueltas en su salón mientras se acariciaba el penacho de pelo que se había dejado crecer bajo el labio inferior. Meditabundo, pensativo, con una corriente de desánimo que parecía invadirle desde el pecho todo el cuerpo, contempló desde la ventana los devaneos de una pareja de palomas en el balcón de la casa de enfrente. La gente se afanaba en la calle, andando con prisa.

         – Creo que me voy a afeitar esta estúpida perilla...

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