Para dar mayor realce a
su denuncia contra el gobierno autonómico en el asunto del concurso para la
restauración de las capillas, Conrado pensó que sería útil poner el caso en
conocimiento de los medios de comunicación locales. Lo noticiable de la cosa no
radicaba simplemente en la decisión gubernamental de restaurar con gusto contemporáneo
parte del patrimonio histórico-artístico, sino también en la autoría,
naturaleza y descripción de los proyectos seleccionados. Todo ello tenía por
fuerza que interesar al público y, por ende, a La voz del pueblo.
Consiguió Conrado, pues,
fijar una entrevista con Alejandro, el director del diario.
Los dos hombres se
habían encontrado ya en varias ocasiones; algo habitual en una pequeña
población en la que no era difícil coincidir en diversos eventos
institucionales. Sus encuentros no habían carecido de simpatía, por el mutuo
interés que uno y otro veían en el mantenimiento del trato cordial y
continuado: el periodista, sobre todo si trabaja en un marco normalmente falto
de hechos noticiables, necesita de quien tenga algo que decir y presentar; el
artista requiere especialmente a alguien que le ofrezca la mejor difusión de
sus producciones. Incluso a pesar de la vida retirada del bombo, el platillo y
los canapés institucionales de Conrado, Alejandro seguía departiendo animada y
cortésmente con él, ya que no se sabía nunca de qué ocurrencia artística podría
aprovecharse para la venta de sus periódicos.
No obstante esta
sintonía, no podía obviar Conrado la larga amistad que unía a Alejandro con
Eloísa: la activista del Grupo Crítico Femenino a instancias de la cual Marisa,
la ex-compañera sentimental del artista, presentara una querella criminal por
maltrato psicológico. Ello despertaba sus recelos, tremendo que la cercanía del
periodista a la beligerante feminista le impidiera asumir la publicación del
caso.
Otro incoveniente para
que La voz del pueblo se hiciera eco
de sus diferendos con la cultura institucional era de naturaleza estratégica:
el periódico no había mostrado jamás –salvo en raras ocasiones alentadas por el
propio poder para crear una gruesa cortina de humo– la actitud crítica que
cabía esperar de todo medio que analice la realidad con temperamento
independiente. La estabilidad económica de La
voz dependía en buena medida de los espacios de publicidad que vendía a las
instituciones locales y regionales; sin esas ventas, no podría el periódico
mantener su nutrida plantilla ni el salario de su director. Por estrategia,
difícilmente podía el diario poner en peligro sus interesadas relaciones con el
gobierno regional –y mucho menos con la cultura, cuyas manifestaciones
(festivales, exposiciones...) se anunciaban preferentemente en La voz del pueblo antes que en cualquier
otro rotativo–.
Recelos aparte, Conrado
estaba decidido a exponer con aplomo y seguridad su argumentario ante el
periodista. Sentados ambos ante la mesa destinada a las visitas que traen algo
que contar, el artista inició didáctico el relato de los hechos.
– La convocatoria indica
que uno de los criterios de selección de las propuestas reside en la
trayectoria de sus autores. "Profesionales de reconocidos prestigio y
proyección en el mundo del arte". La ambigüedad y, por lo tanto, la
arbitrariedad se dan ya en el texto de la convocatoria, ¿no te parece?
– Bueno, depende de cómo
lo mires, Conrado. A ti no debería causarte ningún temor esa premisa, puesto
que tu prestigio y tu proyección están fuera de toda duda. Exposiciones en
casa, exposiciones fuera, internacionales incluso...: eres uno de los
candidatos perfectos.
– Es posible, Alejandro.
Pero fíjate en que ese criterio de selección no se concreta numéricamente, con
lo que se deja al albedrío de la comisión de evaluación de los proyectos su
calificación en el listado de admitidos y rechazados. Y me temo que ese
albedrío no sólo sea de carácter subjetivo, sino también estratégico: reparto
de favores, cultivo del amiguismo, fomento de los tratos privilegiados ...
– No sé de qué guindo te
estás cayendo, Conrado. Pero, a estas alturas de la película, deberías aceptar
que eso forme parte de la normalidad en los asuntos de este tipo... Quien no
cultive sus amistades de manera estratégica sufre por fuerza el ostracismo de
las camarillas y de los grupos de presión –que, en la cultureta, tú y yo
sabemos que están dentro y fuera de los propios órganos de decisión...–.
– Desde luego que
conozco esa realidad; quieras que no, una parte de mi carrera profesional se ha
desarrollado en el terreno institucional. Pero ese funcionamiento es más propio
del ámbito privado que del público, en el que sería deseable una transparencia
fuera de toda duda para que la igualdad de oportunidades quedara garantizada. Y
eso es, en cierto modo, lo que denuncio.
Ante el uso de ese
verbo, el periodista enmudeció, pues hablar de denuncias suponía adentrarse en
un espinoso terreno en el que todo era posible. Alejandro no era hombre
valiente ni mucho menos decidido a transformar la realidad en un lugar más
vivible.
– Pongamos, pues –añadió
Conrado–, que ese criterio introduzca, de entrada, una disfunción. Máxime si
tenemos en cuenta que en la exposición de motivos se habla de promover la
creación a nivel local incluso de artistas de proyección menor en el mercado.
– Conrado, amigo: no
estás hablando ante un juez. Los dos estamos de acuerdo en que en ese mundillo
las cosas se dan así. Dime por favor qué esperas de mí y yo veré de qué manera
puedo ayudarte. Siempre y cuando vea interés en ello, ya sea económico o
social. Lo entiendes, ¿verdad?
El artista se revolvió
en su silla. Respiró profundamente como para reconocer en el nuevo aire que
entraba en sus pulmones el sosiego que necesitaba para hacerse valer ante el
periodista. Decidió que no perdería nada al hacerlo, incluso en el caso más que
probable de que Alejandro considerara su historia sin interés.
– De acuerdo. Vayamos a
ello. Resumo el procedimiento si te parece. Yo presenté un proyecto que
considero importante; en él invertí muchas horas de trabajo, y estimo que el
resultado es muy válido
Alcanzó a Alejandro el
dossier de su propuesta, encuadernada con un canutillo. El periodista estudió
el índice de la segunda página, donde encontró el apartado dedicado a la
exposición resumida del proyecto y, directamente, avanzó las páginas hasta
detenerse en el mismo. Redactado en tercera persona, Conrado había hecho una
exposición sucinta de su experiencia en tratamiento de cristalería y vidrios
zincados, que, por una parte, acreditaban su conocimiento de las técnicas de
creación de vidrieras y cómo éstas se incardinarían en medio de la decoración
renovada del ábside oriental de varias ermitas serranas de la provincia. Los
nombres de Viollet-le-Duc, Gaudí, Pierre Soulages y Barceló destacaban en las
referencias que Conrado pretendía renovar y revolucionar sin perderlas del todo
de vista. A continuación, unas imágenes de síntesis mostraban gráficamente el
resultado de la ejecución del proyecto, tanto en detalle como en conjunto. El
periodista se maravilló ante los gráficos y no pudo evitar exclamar que todo
ello le parecía muy interesante.
– Y esto lo habrías
hecho también en Santa María del Monte, por lo que veo. ¡Estupendo! ¿Y no
propusiste nada para San Miguel, que está cerca de ahí?
– No. San Miguel es
Monumento Nacional, y ahí no entra la jurisdicción autonómica. Habría sido
bonito proyectar algo allí, pero en balde. Fíjate un poco más adelante lo que
habría hecho en San Fertús, que no está demasiado lejos de esa zona.
El periodista pasó un
par de páginas y dio con la pequeña y casi derruida ermita, perdida en medio de
la campiña en la que los vecinos del pueblo natal de Alejandro seguían
cultivando olivos y cereal.
– Pero..., si toda la
techumbre está caída...
El proyecto mostraba
cómo se iba a sustentar el tejado de la capillita gótica por medio de un
sistema de nervaduras y un crucero decorados con motivos contemporáneos. La
efigie del santo, inspirada en las estilizadas figuras de Giacometti, ocupaba
la parte central de la vidriera del ábside y terminó de convencer a Alejandro,
quien, embelesado, devoraba las ideas de Conrado en el papel.
– ¿Sabías que mi primo y
yo fuimos los últimos niños que recibimos la primera comunión en esa ermita? Ya
entonces había agujeros en la techumbre, y, poco a poco, el edificio se fue
degradando hasta llegar a su estado actual.
Conrado empatizó con la
nostálgica melancolía del periodista, aunque su mirada se tornó felina: proyectar
la restauración de esa ermitita había sido un acierto, ya que de seguro le
proporcionaría el apoyo mediático de La
voz del pueblo. Alejandro siguió revisando el dossier, tan pronto avanzando
en las páginas como retrocediendo; una especie de paroxismo, de fiebre por
conocer los detalles de la propuesta de Conrado, se había apoderado de él.
– Esto es muy
interesante. ¿Me lo puedo quedar durante unos días?
– No hay problema –le
aseguró el artista–. La verdad es que me emociona que tengas ganas de estudiarlo
con tanto detenimiento, aunque no sólo he venido aquí para eso. Si quieres, te
dejo también el texto que presenté al Juzgado, en el que expongo los motivos de
la denuncia.
– De acuerdo. Si te
parece bien, me quedo los dos, los estudio y te digo algo dentro de un par de
días.
Conrado salió de allí
con una incipiente sensación de triunfo. En parte porque había logrado
convencer al periodista de la bondad de su proyecto; pero también, desde luego,
porque había sembrado en él una confianza apta a la mejor admisión de sus
reivindicaciones. Con los principales documentos en sus manos, la decisión que
debía tomar ahora Alejandro era de carácter político.
El domingo siguiente a
la entrevista, La voz del pueblo
incluyó en su suplemento de fin de semana un pequeño reportaje sobre San
Fertús, con fotos acompañadas de protestas por el estado de abandono en que
habían dejado esa ermita los responsables del patrimonio autonómico. E incidía
en ello directamente indicando algunos detalles e imágenes de síntesis del
proyecto de Conrado. No gustó mucho al artista la publicación sin permiso de su
trabajo, aunque lo aceptó como parte del acuerdo. Ese mismo lunes, Alejandro le
citó de nuevo en el periódico.
– ¿Qué te ha parecido el
reportaje? Las fotos eran muy ilustrativas, ¿no crees? Y, lo que es mejor, ya
hemos recibido cartas y mensajes de los habitantes de la zona de San Fertús.
¡Estamos removiendo la conciencia de la gente! Es emocionante esperar a ver en
qué queda todo esto.
– Bueno..., ya sabes en
qué me gustaría a mí que quedara... –apuntó Conrado–. No sólo deseo que se
restaure San Fertús y otras ermitas de la región que lo merecen tanto como
ella; espero también que quien haya decidido por qué unas ermitas sí y otras no
explique su elección. Y que aclare los motivos que le han llevado a escoger a
unos artistas y a otros no.
– No hay que ser un
lince para imaginar por qué no te han elegido a ti, Conrado: el sano escándalo
que creaste con tu "Homo sacer" te cerró las puertas de la promoción
institucional; y estoy seguro de que es por orden expresa del presidente.
Pusiste en evidencia a toda la plana mayor del gobierno autonómico; la soberbia
de los políticos les impide aceptar que alguien haga mofa de ellos gracias a un
dinero que, además, consideran suyo. Estás... ¡tachadito de la lista!
– Estoy de acuerdo con
lo que dices. Pero eso no impide considerar el concurso para la restauración de
las ermitas como un procedimiento abierto e igualitario en el que, si alguien
es excluido por motivos que no figuran entre los criterios de selección, quepa
la posibilidad de averiguar por qué. Y teniendo en cuenta los nombres de los
seleccionados, no es nada difícil establecer vínculos de cercanía y de interés
con los seleccionadores. Supongo que te habrá quedado claro al leer el texto de
mi demanda...
– Por supuesto que sí
–aseguró Alejandro mientras extraía ese escrito de entre los papeles que le
había dejado Conrado–. Veamos un poco así, por encima... Lo cierto es que todos
los elegidos son conocidos gracias a su participación en proyectos públicos...
Mira, era más que seguro que éste –indicó señalando un nombre con el dedo en el
papel– sería seleccionado. Y éste; y éste otro. ¡Vaya mundillo éste del
artisteo! ¡Todos mamando de la teta gubernamental! ¡Y luego tienen el valor de
lanzarte a la cara su independencia y su libertad...! ¡Hatajo de chupópteros!
Conrado permaneció en
silencio para calibrar la intensidad de la rabia del periodista.
– La verdad es que la
farándula y la cultureta han perdido toda credibilidad. Si ya hasta los más
bohemios viajan en business class...
Eso sí, a cargo del erario público...
– En cierto modo, no es
difícil de comprender –atajó Conrado–. Se trata de personas que, como tú y como
yo, tienen que comer. Han decidido ganarse la vida vendiendo los objetos que
salen de sus talleres, y ello pueden hacerlo gracias a que las instituciones se
los compran; lo que implica tal vez desarrollar un trabajo complementario
consistente en mover sus influencias y reírles las gracias a los mandamases
cuando toque. Es un trabajo como otro cualquiera que requiere unas competencias
determinadas; y no sólo, desde luego, competencias artísticas...
– No me convencerás de
que toda esa gente no son más que unos vagos aprovechados...
– Así son las cosas.
Pero no es eso, Alejandro, lo que me gustaría puntualizar, sino las posibles
conexiones interesadas entre esos
"vagos", como tú los llamas, y las autoridades políticas que les han
concedido jugosas partidas para lanzar sus proyectos. Yo creo que es
perfectamente rastreable el vínculo que une a cada uno de los artistas
seleccionados con la comisión o el capitoste que los ha seleccionado. ¡Eso es lo importante! ¡Eso es lo que hay que denunciar!
– Y eso es lo que tú
denuncias...
– Y mi trabajo me ha costado, Alejandro. Y mira que, cuando
se publicó la resolución de la consejera de cultura con la lista de los
seleccionados, podría haber aceptado que no me eligieran a mí. Pero era tan evidente, era tan descarado que muchos de los proyectos premiados no se ajustaban
a los criterios de selección publicados en la convocatoria, que decidí
luchármelo. Por ejemplo, ¿no te parece difícil determinar sobre bases objetivas
el interés y la
relevancia cultural de un proyecto? Pues ése es el primer criterio, que no
define nada. El segundo criterio tiene en cuenta el número y características de
la población a la que se destina la actividad; y está claro que Santa María del
Monte no recibirá más visitas que cualquier otra capillita montana. Pero el
quid de la cuestión no es tanto dónde o cómo se hace sino quién lo propone; y eso es contra lo que yo me enfrento. Se
valoran, además, aquí, en el criterio tecero, los proyectos que tengan un
alcance supracomarcal y regional; ¿cómo se determina eso? ¿En qué tablas puede
consultar el contribuyente el alcance supracomarcal comparativo de cada ermita
para confirmar la imparcialidad de la comisión de selección? Y ya, por último
pero no menos sangrante –añadió Conrado visiblemente enfadado–, poner como
criterio el prestigio y la proyección del autor del proyecto..., me parece
insultante. Mira todos estos estudiantes de la Escuela de Arte, seleccionados
tras acreditar únicamente ¡una exposición!, en una casa de cultura del mismo
pueblo cuya ermita van a restaurar. ¿Y el resto? ¿Acaso Pedro Pan –¡menudo fantoche!–
tiene más curriculum que yo? Ah, lo que pasa es que es primo del consejero de
Fomento... ¡Ahora se entiende todo!
Alejandro estudiaba alternativamente los papeles de Conrado
y su rostro; en ambos creyó ver la plasmación de los motivos de queja del artista.
Su rabia, sobre todo, dejaba traslucir un sentimiento de hastío huero y
terminal, de hartazgo ante una muestra más de los favoritismos que denunciaban.
En su mirada creyó leer la determinación del perdedor convencido, que se lanza
a la lucha a pesar de su débil certeza de éxito. Tal vez Conrado buscase en
ello la definitiva confirmación de su aislamiento, o la fuente de la mala
sangre con la que, en lo sucesivo, alimentaría su creación artística.
– Así que reclamé –continuó Conrado– señalando algunos
parentescos y amistades conocidas entre los seleccionados y aquellas personas
del departamento de Cultura que tuvieron algo que ver con el proceso de
selección.
– ¿Y qué encontraste? Cuéntame.
– Varias coincidencias. Como podrás comprobar si estudias un
poco los documentos de mi recurso, intento demostrar que el director general de
cultura es amigo habitual de correrías de Carlos Mendín, uno de los artistas
agraciados: los dos son miembros de la peña cultural de su pueblo, y tengo
fotos en las que aparecen juntos, brindando, en una cena de hermandad.
– ¡No me digas! Eso es pura dinamita, Conrado...
– Desde luego que lo es. Y no es lo único, pues también tuvo
la desfachatez ese director general de conceder una subvención a su peña para
que sea ésta quien decida a quien encarga la restauración de una capilla sita
en su municipio. Vergüenza le tendría que dar...
– Esas fotos de la cena, me las tienes que enseñar. ¿De
dónde las has sacado?
– Eso es secreto de sumario –le espetó el artista no sin
sorna–. Pero, si quieres, te cuento más. Uno de los requisitos exige que los
participantes sean naturales o que residan en la comunidad autonóma. Un
escultor de nombre Juancho Lagarto –un apodo que se las trae–, cuyo proyecto de
25.000 € ha sido seleccionado, vive en Francia. Eso no debería ser un problema.
Ahora bien, cómo demostrar que es nacido en esta región si esa era una
información que no se incluia entre los datos necesarios para rellenar la
solicitud. Tal vez enviando su DNI, seguro que sí, que además forma parte de la
documentación requerida a las personas físicas. Aun a pesar de eso, solicité a
Cultura que me enviaran las actas de las reuniones de la comisión de selección:
uno de los pocos documentos del expediente que me han permitido consultar. Y héte
aquí que entre los miembros de esa selección, todos ellos especialistas en el
mundo del arte y la restauración de edificios históricos, figura una señorita
que, en su día, componía la junta directiva de la asociación cultural
Kalantas?, en la que...
– También estaba el tal Juancho Lagarto –le interrumpió
Alejandro.
– Eso mismo. ¿Devolución de favores? Lo sabremos cuando el
juzgado me permita consultar el expediente administrativo remitido por Cultura.
Tengo una curiosidad salvaje por echarle un buen ojo a ese expediente. ¡Me
pongo frenético nada más pensar en lo que encontraré! –añadió Conrado, presa ya
de la excitación.
– Seguro que tienes más hipótesis de favoritismo y
corruptelas varias...
– Qué quieres que te diga, Alejandro: en este país hay poca
gente y los profesionales de la cosa artística no abundan. Nos conocemos entre
todos; todos sabemos de las andanzas de cada uno. Es normal que, entre ellos,
se devuelvan favores para poder repartirse el pastel sin obstáculos. ¿Te suena
un tal Raúl Coscullano?
– Sí, pero... ¿Ese no es escritor?
– Sí, el mismo. Pues está en la comisión de selección: ¡ya
ves tú qué especialista en el mundo del arte y la restauración de edificios
históricos! Puede parecer un poco embrollado lo que te voy a contar, pero hazte
a la idea de que su comisión ha decidido que el dibujante Pepe Susín lleve
adelante su proyecto para una ermita en la montaña. El mismo Pepe Susín que
formaba parte de la comisión que, en su día, subvencionó hasta tres proyectos
audiovisuales en los que, ya fuera como guionista o como productor, participaba
Raúl Coscullano.
– ¿Y cómo era posible que se dieran tres subvenciones al
mismo proyecto?
– Porque dividieron el importe global en tres proyectos
independientes: Cuatro Cigüeñas parte
I, Cuatro Cigüeñas parte II, Cuatro Cigüeñas parte III. ¿Crees tú que
ese reparto pudo pasar desapercibido a los miembros de esa comisión? Están
todos enmarañados, podridos, corruptos; no queda ya nadie que abogue por una
cierta independencia artística, pues todo debe pasar por el filtro totalitario
de nuestros cultos socialistas.
Conrado suspiró, agotado tras su febril exposición.
Alejandro guardó silencio mientras terminaba de procesar la información
recibida. Hizo ademán de sacar el paquete de cigarrillos de su chaqueta,
recordando a tiempo que él mismo había ordenado que se prohibiera fumar en las
oficinas de La voz del pueblo.
– ¿Sabes que lo que te traes entre manos puede hacer caer
muchos cargos? ¿Y que, además, te vas a crear muchísimos enemigos? Desde luego,
tras esto, quítate de la cabeza exponer por aquí...
– Eso es algo que ya tengo en cuenta. Pero, ¿no me vetaron
ya hace tiempo? No quiero que parezca que lo digo con suficiencia, pero tengo
suficiente mercado fuera de las fronteras de nuestro cochino país como para
necesitar lamerle el culo a esta tribu de... ganapanes. Alejandro, si consigo
demostrar todo lo que te he contado y tú lo publicas, será imposible que
algunos responsables de la cultura institucional sigan pavoneándose por
festivales y saraos. ¡Elige tus enemigos y vamos a por ellos!
Alejandro escudriñaba el rostro del artista en busca de un
indicio, una señal, algo que le convenciera de escoger la vía de la denuncia y
dejar de seguir la corriente a los vanidosos cuadros del socialismo cultural
regional. Fugazmente pensó en el desánimo de Marta, su mujer, al saber que no
acudiría como invitada a los cócteles de la clase política local; tal vez
incluso fuera deseable, cansado como estaba de falsear su estado de ánimo y su
opinión ante los regidores locales y autonómicos, de quienes tenía el peor de
los conceptos. No obstante, ¿de verdad le convenía alinearse con Conrado y
apoyar con su periódico una campaña de desprestigio del partido en el poder?
– Qué me dices, ¿eh?
– Tengo que pensarlo. Tú tráeme las pruebas y estudiaré qué
podemos hacer. Pero es una patata muy caliente: ¡demasiado!
– La oportunidad que siempre has esperado para dotar a La voz del pueblo del prestigio que
merece.
El periodista miró con recelo al artista, preguntándole con
la mirada si es que su periódico no contaba ya con ese prestigio que Conrado
decía merecer.
– Y pondrás en su sitio a unos cuantos politicastros de tres
al cuarto...
– Lo dicho: tráeme las pruebas y lo estudiaré.
Conrado le hizo un informe detallado al periodista, con las
copias de aquellos documentos que probaban la vinculación de altos cargos de
cultura, técnicos, miembros de comisión y artistas. Esperó unos cuantos días
tras el envío por mensajero, en los que ya veía su nombre manejado en La voz del pueblo y el resto de medios
de comunicación que se hiciesen eco del asunto. Artículos de opinión ensalzando
el papel de la consejera en la promoción de la cultura regional; reportajes en
los que el director general de cultura apareciera como el adalid de la producción
artística desde sus comienzos como alcalde de una pequeña población de la media
montaña; más reportajes sobre las obras financiadas por diputaciones y
ayuntamientos. En caso de que finalmente lograra empapelar a los peces gordos
de la cultura, el juicio paralelo orquestado por los medios afines los
absolvería haciendo caso omiso de los cargos que se les imputaran.
Cuando ya había pasado una semana larga desde que enviara
sus pruebas a Alejandro, Conrado telefoneó a La voz del pueblo. Tuvo que pasar por varios intermediarios antes
de dar, tras algunos minutos de espera, con el director.
– Hola, Alejandro: ¿ya has decidido algo?
– Estimado Conrado –el periodista suspiró–: tu material es
muy interesante, pero creo que me queda grande. No sé por dónde cogerlo, y
lanzarme ahora mismo a emitir sospechas de amiguismo y clientelismo de la
cultura autonómica es algo que no favorecerá a la credibilidad de mi diario.
El artista se quedó callado, bloqueado por la profusión de
pensamientos que, cual marabunta, asolaban su cerebro.
– ¿Decepcionado? –le preguntó Alejandro, sacándole de su
marasmo.
– En parte lo esperaba. Lo contrario me habría sorprendido
de verdad. La trayectoria editorial de La
voz del pueblo no brilla precisamente por haber señalado las corruptelas
que su director haya conocido casi de primera mano...
– ¿Qué estás insinuando, Conrado? –le interrumpió un
asombrado Alejandro.
– No pretendo insinuar nada más que la acostumbrada tibieza
con la que tu periódico ha tratado los indicios de favoritismo en nuestra
ciudad me hacía difícilmente creíble, si no imposible, tu participación activa
en este asunto.
– ¿Qué puedo decirte que tú no hayas imaginado ya? No puedo
pretender desprestigiar a unos cuantos altos cargos sin que haya una
investigación judicial y una sentencia incriminatoria por medio. Somos un medio
de comunicación social pero no por
ello somos una ONG que busque solucionar los males del mundo. Somos, simple y
llanamente, una empresa que hace lo que buenamente puede para pagar a todos sus
empleados a final de cada mes.
– Y, ¡claro! –le espetó Conrado con cinismo–, perder la
fuente de ingresos que supone la publicidad institucional sería como abocar a
tus empleados y a ti mismo a la indigencia, ¿no es así?
– Si crees, Conrado –le respondió con contenido enfado el
periodista–, que te he dicho que no porque tema perder los anuncios de las
instituciones dirigidas por los socialistas, es que no me conoces.
– No te conocía antes; pero ahora sí que te conozco. Y sé
que no tienes valor para enfrentarte a quien te permite poner en tu mesa un
segundo plato y regarlo con un buen vino. Prefieres no morder la mano de quien
tanto te da de comer, aunque para ello tengas que pasar por ser un dócil y
fácilmente manejable periodista de una ciudad de provincias –en lugar del líder
de la denuncia y la contestación social que tú y yo creemos tan necesario poner
de manifiesto en este pueblo de comodones–.
– Mira, amigo mío –le replicó Alejandro con evidente sorna–:
la denuncia y la contestación social os las dejo a vosotros, los artistas que
pretendéis cambiar la vida y el mundo con vuestra obra. Cuando podáis vivir del
aire y dejar de bajar la cabeza ante los artífices de lo que sólo sois capaces
de denunciar en petit comité,
entonces creeré que ser artista es algo heroico y digno de elogio. Mientras
tanto, no podré dejar de consideraros como unos aprovechados y unos jetas, en
definitiva.
Conrado no quiso responder a las invectivas del periodista,
y permitió que el silencio se instalase a ambos lados del telefóno. Tras unos
20 segundos durante los cuales los dos interlocutores sólo escucharon la
respiración agitada del otro, el artista, decepcionado, añadió con un suave
hilillo de voz:
– Si consigo incriminarlos, te volveré a llamar. Que tengas
buena suerte.
Y, sin esperar respuesta, colgó. Se levantó de su asiento y
dio un par de vueltas en su salón mientras se acariciaba el penacho de pelo que
se había dejado crecer bajo el labio inferior. Meditabundo, pensativo, con una
corriente de desánimo que parecía invadirle desde el pecho todo el cuerpo,
contempló desde la ventana los devaneos de una pareja de palomas en el balcón
de la casa de enfrente. La gente se afanaba en la calle, andando con prisa.
– Creo que me voy a afeitar esta estúpida perilla...
No hay comentarios:
Publicar un comentario