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domingo, 6 de septiembre de 2015

4. MATA Y MELÉNDEZ



         Durante el mes de agosto se paraliza casi toda la maquinaria judicial española: los plazos dejan de contar, no se celebran juicios, secretarios y jueces están de vacaciones... Y hay que decir que es una pausa merecida, pues es tal el volumen de trabajo que debe soportar durante el resto del año ese pesado mecanismo que se hace completamente necesario detener los engranajes por un momento, lo cual debería ser útil para retomar aire y reemprender, ya en septiembre, los procedimientos con ánimos renovados. Aunque hay que añadir a esto que, por muchas vacaciones que se tomen, los jueces no dejan de hallarse sobrecargados de trabajo, lo que podría impedirles, en puridad, administrar justicia con suficiente conocimiento de causa de los elementos que actúan en los diferentes procesos. La interpretación de esos hechos, por mucho que se insista en que se efectúa según lo expresado por las leyes, se produce con un alto contenido de subjetividad; la Justicia no es una ciencia exacta, pues depende precisamente del criterio con que los jueces y juezas leen los hechos probados y los contrastan con la normativa al respecto. Si se une a esa subjetividad el escaso tiempo que jueces y juezas pueden dedicar a cada uno de los casos que se dirimen en sus juzgados, el resultado no favorece a la ciudadanía.
         Era, pues, agosto cuando el juez Mata recibió en su domicilio la visita de Jorge Meléndez, compañero de facultad y amigo de confidencias varias. Soltero como Mata, Meléndez ejercía como abogado independiente en un despacho cuya tenencia compartía con otros dos compañeros especialistas, principalmente, en Derecho administrativo. Meléndez contaba 45 años de edad, que parecía lucir bastante mejor que su amigo juez: alto, esbelto, con una complexión atlética que le impedía atrapar esos kilos de más que afofaban el cuerpo de Mata; relativamente agraciado de cara, peinaba un flequillo con una onda que le rozaba las cejas y que intentaba elegantemente colocar hacia atrás, en un gesto que repetía con frecuencia. Siempre impoluto en su indumentaria, no podía separarse ni en vacaciones de la raya diplomática que estampaba sus camisas –que siempre llevaba con los puños vueltos para lucir unas cuantas pulseritas de todo tipo en la muñeca izquierda y un enorme reloj de pulsera en la derecha–, que, de colores claros –rosa, azul celeste– casaban perfectamente con el pantalón de pinzas que indefectiblemente las zafaba por la cintura.
         Mata y Meléndez formaban una irregular pareja de amigos: el primero, descuidado y torpe, de palabra interrumpida ya por al tartamudeo ya por un descarado gangoseo, poco encantador en definitiva; el segundo, seductor y sonriente, con prestancia y elegante, cautivador gracias a su cuidado verbo, cultivado en mil y una batallas judiciales como abogado. Y sin embargo, juntos se encontraban muy a gusto, se respetaban y escuchaban mutuamente desde los ya lejanos años de la facultad.
         Mata lo recibió en el domicilio familiar, calurosamente, casi con cariño y dejándose llevar por la alegría de volverlo a ver; su madre, con quien el juez convivía desde que se instalara en la ciudad tras aprobar las oposiciones, quiso agasajar a un antiguo amigo de la familia, a quien incluso su marido, que en paz descansara, había honrado con la deferencia de su amistad. Doña Aurora había dispuesto una estupenda comida para el apuesto abogado, con la que pretendía ganarse su aprobación y, de rebote, la de su desafecto hijo. Es cierto que la señora de la casa –de 70 años de edad pero conservando los aires elegantes que antaño la hicieran destacar entre las mujeres de su clase y edad– era muy coqueta y gustaba de agradar a los hombres; pero sus intenciones tenían más que ver con el hijo que con el amigo.
         Mata, quien no había entrado todavía en el comedor del gran apartamento del centro de la ciudad, se quedó sorprendido ante la decoración de la mesa: los mejores cristales, la mejor vajilla, los más antiguos cubiertos de la familia engalanaban la amplia mesa central, que, repleta de detalles y añadidos, apenas sí dejaba espacio para más de tres comensales. El hijo se sintió apabullado ante tanta magnificencia, que jamás se desplegara para él, y vio en ello un obstáculo que su madre interponía entre los dos amigos. Tras soportar los elogios que Meléndez hizo ante el servicio desplegado, Mata solicitó a su madre que les ofreciera algún aperitivo.
         – ¿Un dry martini, Meléndez?
         – Eso sería estupendo para abrir el apetito ante la de seguro formidable comida que nos habrá preparado doña Aurora. Puedo esperar que nos acompañe, ¿verdad, señora?
         – Huy, Meléndez, quita –replicó el juez, tan incisivo como se lo permitía un repentino tartamudeó que se apoderó de él–, que aunque a mi madre le gustaran mucho esos brebajes en su juventud, no le convienen demasiado. ¿Verdad, mamá, que es mejor que no nos acompañes con un peligroso dry martini?
         Doña Aurora tembló ante la sugerencia de su hijo, que dejó flotando en el ambiente una incómoda tensión. No podía permitir que ese botarate le impidiera disfrutar del rico almuerzo en que había puesto sus mejores aptitudes y conocimientos.
         – Hijo mío, hay que ver lo desagradable que puedes llegar a ser conmigo. Y tu amigo Meléndez debe de saber –y si no se lo has dicho tú se lo digo yo– que ya estoy más curada de mi enfermedad y que se acabaron mis problemas con el alcohol.
         – ¡Ah, ¿sí?! –le espetó Mata desafiante–. Pues no se hable más: un dry martini también para la señora.
         Él mismo tomó la coctelera agitada por el mayordomo para servir a su madre un largo martini, que ofreció con un un gesto de falsa servidumbre. "Beba usted, señora", le ordenó. Doña Aurora miró a su hijo con una expresión en la que se leían los restos de mil conflictos pretéritos, y, tras levantar el cristal saludando a Meléndez, bebió su martini de un único trago, largo y tembloroso, que hizo desaparecer todo su contenido.
         – ¡Muy bien, señora! –le lanzó Mata con una sonrisa cínica–. ¡Excelente! Permítame que llene de nuevo su copa.
         Sirvió de nuevo a su madre, a su amigo y a sí mismo, y los tres brindaron. Meléndez tan apenas probó un sorbo; Mata y doña Aurora vaciaron la mitad.
         – ¿Ves como estoy curada?
         – Sí, eso habrá que verlo después.
         Humillada, la señora rogó a los letrados que le permitieran un momento perderse en la cocina para hacer que fueran trayendo el primer plato.
         – ¿Qué tenemos, mamá?
         – Cóctel de gambas –contestó nerviosa la madre.
         Desapareció por la lujosa puerta del salón y los dos amigos vaciaron pausadamente sus copas, mientras departían sobre los nuevos fichajes del Real Madrid. Al punto entró la asistenta, vestida de uniforme y cofia, con una bandeja con tres pequeños recipientes de loza, que colocó en los tres sitios dispuestos para ellos en la mesa. Los amigos se sentaron, desplegaron las servilletas mientras seguían con sus asuntos deportivos.
         – Este Florentino Pérez es un genio: tenía que volver para poner al Madrid en el sitio que le corresponde –observó Meléndez.
         – Pues sí, qué quieres que te diga. A ver si por fin damos a esos catalanes lo que se merecen...
         Doña Aurora parecía retrasarse, por lo que Mata, interrumpiendo a su amigo, la llamó con un grito para que volviese de la cocina. Enseguida salió la asistenta anunciando que la señora se había sentido indispuesta de repente y que les rogaba que empezaran a comer sin ella, que, una vez repuesta, se uniría a ellos.
         – ¡No, si ya lo sabía yo! –rugió Mata, al que ni siquiera su cinismo libraba del tartamudeo, levantándose de la mesa y dirigiéndose ya hacia la cocina vociferando–. ¡Con que curada, ¿eh?! ¡Qué curada ni qué cuatro leches!
         En la cocina no encontró a su madre, pero percibió rápidamente encima de una mesa la descorchada botella de vino que, casi vacía, ya no podía ser llevada al comedor sin un cierto arrobo. Mata la cogió por el cuello y, con ella en la mano, fue a dar con su madre a su dormitorio. Meléndez escuchó perfectamente los gritos del hijo.
         – ¡Con que curada, ¿eh?! ¡Qué vergüenza! ¡Delante de mi amigo!
         Se oyó un portazo y los apresurados pasos del juez antes de entrar de nuevo en el salón. Cuando se sentó a la mesa, soltó aire para expulsar un mal demonio de su interior.
         – ¡Qué desgracia, tener una madre así! Bueno, Meléndez, más vale que no la esperemos si queremos comer a nuestras anchas...
         Él mismo descorchó una nueva botella, a la que siguió otra para las carnes y un par de copas de pedro ximénez con los postres. Ahítos y satisfechos, los dos hombres hicieron ademán de recolocarse el estómago al estirarse, que, en el caso de Mata requirió del aflojamiento del cinturón mientras se dirigían hacia el sofá. Café, copa y puro relajaron del todo el todavía enrarecido ambiente.
         – Deberías darte más a los placeres de este tipo, Mata –le señaló, amistoso, su amigo–: te tomarías la existencia con más calma.
         El juez inhaló una gran calada de su cigarro en la que pareció buscar el sentido de lo dicho por Meléndez; tras exhalar una enorme bocanada de humo, dio la razón al abogado.
         – Lo cierto es que, si no fuera por estos momentos.... –contestó, casi melancólico–.
         – Venga, no me vengas con esas: no me digas que ser juez no te proporciona estupendos momentos de placer... ¿Qué me dices de esa ebriedad que da saber que tu dictado irá irremisiblemente a misa?
         – Pues no es para tanto, para qué te voy a decir lo contrario. Creí en un principio que la judicatura me iba a dar muchas alegrías –ya sabes: proteger al indefenso de los excesos del poder, hacer justicia, en una palabra–, y sin embargo..., como lo oyes. ¡Cansadito estoy de esta audiencia provincial en la que no trato más que asuntos de medio pelo y sin interés jurídico alguno!
         – Tómatelo como un simple episodio previo a tu desembarco en la capital ¡Allí sí que los asuntos son de enjundia!: pleitos contra el Estado, indemnizaciones multimillonarias, con consecuencias importantísimas no sólo para la jurisprudencia, ¡sino también para todo el país...!
         – Pues aquí, nada de eso: un buen paquete de procesos sin emoción, en los que yo, como juez, no puedo como me gustaría exprimir la ley como si fuera el orujo del vino para hacerla destilar en finas gotas, y dictar sentencias que se hicieran célebres por sus alardes retóricos e interpretativos. ¿Y los abogados? ¡Válgame Dios, qué gañanes!
         – Ya imagino que la abogacía en provincias ha de ser por fuerza diferente a la de las capitales.
         – ¿Te puedes creer que, en una demanda que un señor le puso a una constructora, hubo que ir a buscar al abogado de la defensa a su despacho, pues había olvidado la fecha de la audiencia previa? Y no sólo eso: una vez allí –se conoce que el caballerete había pasado mala noche–, se quedó dormido y su procuradora tuvo que despertarlo para que iniciara su alegato...
         – Ja, ja, ja –rió de buena gana Meléndez–. Supongo que lo pondrías de vuelta y media y, luego, en el juicio, le harías arrepentirse...
         – Pues sí a lo primero y no a lo segundo, ya que en el juicio desplegó una hábil estrategia retórica que consiguió hacerme perder de vista por un momento lo prosaico del caso y hasta las razones del demandante –que hasta entonces me habían parecido meridianas–. Y, contra todo pronóstico, absolví al constructor de indemnizar a su ex-cliente. Este whisky que estás bebiendo –añadió, alzando un enorme vaso llano– viene de su parte...
         – Escaso pago en agradecimiento al favor que le hiciste a su representado... El mundo está lleno de desagradecidos: ¡adónde iremos a parar!
         Los dos amigos lanzaron una carcajada, rellenando sus vasos con el líquido del abogado de la constructora.
         – En la capital se han puesto muy puntillosos con los regalos –observó Meléndez–, sobre todo a raíz de las denuncias por cohecho pasivo formuladas contra altos cargos del PP. Nadie quiere verse salpicado por la más mínima sospecha de corrupción.
         – ¡Qué quieres que te diga! La Administración de Justicia sigue estando, como quien dice, en la Edad Media. ¡Cómo quieres que se aparquen prácticas del pasado cuando las cosas funcionan como funcionan! Y no por mucho que se haya transferido la Administración de Justicia a las autonomías van a cambiar las cosas...
         – Yo creo que sí que ha servido para descargar un tanto al Estado, lo cual debería repercutir en una mejor lubricación de todo el sistema. Y si no lo ha hecho ya es debido a la bisoñez de las autonomías para encargarse del asunto. O a la falta de medios, claro...
         – Lo uno y lo otro, Meléndez. ¡O acaso crees que por poner un ordenador más en cada juzgado las cosas van a ir a mejor? Además, la transferencia de competencias ha hecho que los jueces tengamos un vínculo más estrecho con quien decide cómo se ordena la Administración autonómica. O sea, que el poder ejecutivo controla más de cerca al poder judicial, con todas las consecuencias que de ello se pueden derivar...
         – ¿Existe manipulación? ¿Tú crees?
         – Claro que lo creo: ¡lo aseguro! La Administración exige respeto a sus funcionarios, y ya sabes cómo arrincona a quien se muestra díscolo... Más de uno conozco que ha hecho lo imposible por beneficiar al gobierno autonómico o provincial –incluso local, ¡hasta dónde llega la mano del poder político!– para asegurarse un traslado. Es una bendición para los jueces poco virtuosos y una enorme tentación para los descontentos y desencantados con sus posibilidades de hacer algo por la sociedad. Y, desencantados, ¡hay tantos! No veas en qué condiciones trabajamos, Meléndez, siempre contrarreloj, con dos y hasta tres casos por mañana, debiendo sacar adelante hasta cien sentencias al mes, en medio de un maremoto de expedientes, informes técnicos, pruebas periciales, testimonios... ¡Por fuerza tenemos que equivocarnos a veces y dar la razón a quien no la tiene...!
         – Y tú –le formuló, granuja, el abogado–, ¿te has visto tú alguna vez...?
         – ¿Presionado por el poder político? Pues claro que sí. Antes menos que ahora, ya que en la sección penal eran pocos los casos posibles. Hace poco se me presentó una denuncia de violencia doméstica en la que alguien me pidió que me mostrara muy contundente; y no era la consejería de igualdad, no, la interesada en que se hiciera justicia en el asunto. Bueno, huelgo decirte que, sobre esto, discreción absoluta, ¿eh? Así que acepté el pacto a cambio de facilitarme el traslado; pero, nada, la cosa fue imposible pues, a última hora, la chica se echó atrás. Por lo visto había sido todo un montaje de un grupo de activistas feministas a la  caza y captura del macho violador... Se quedó todo en agua de borrajas. Pero, en pago a mi compromiso, me ofrecieron venir a lo contencioso, donde puedo estar más cerca de la Administración y, por tanto, de mi propia promoción.
         – La verdad es que me alegro de que no tuvieras que forzar la condena de ese desgraciado; pero no por él: seguro que era culpable de algo de lo que se le acusaba en esa denuncia. Me alegro más bien de que hayas dejado atrás el fantasma de la prevaricación...
         – Ya sé por dónde vas, querido Meléndez, pero no pases pena: es tan difícil demostrar la intención prevaricadora de un juez como encontrar una aguja en un pajar. Muy reñido tendría que estar uno con toda la judicatura y la magistratura para que éstas hicieran caso y ahondaran en una acusación de ese jaez. Ya sabes: primero tendría que haber algún juez que no desestimara el caso; incluso si lo hubiese, la parte denunciante debería enfrentarse a infinidad de suplicatorios que alargasen el procedimiento más allá de lo aceptable por una bolsa humilde. Y, en su curso final, son tales las presiones políticas sobre el CGPJ que ningún juez debidamente protegido por un partido vería su caso expuesto en las altas instancias.
         – La responsabilidad recae estrictamente en la conciencia y el celo profesional de cada juez, ¿no es así? El Estado la ha depositado en él y confía plenamente en que administrará justicia de la mejor manera posible. Mientras no se demuestre lo contrario; pero, como tú dices, en tan costoso demostrar eso que...
         – Eso mismo; pero siempre y cuando uno se pueda sentir seguro de sus apoyos extrajudiciales. Hay que tener contenta a la clase política, pues, lo quieras o no, los nombramientos dependen de ellos tanto como de la propia magistratura.
         – Te interesa por lo tanto estar a bien con el gobierno autonómico...
         – En efecto; y toda oportunidad es buena para quien desee medrar en el escalafón regional y aspirar a los más altos honores, que sólo se alcanzan tras muchos esfuerzos e intercambios de favores. El pobre diablo que fue denunciado en el asunto sobre violencia de género del que te he hablado antes –un holgazán que se gana la vida de mala manera vendiendo cuadros y figurillas: un vago, en definitiva–, pues bien, ese tipo debía ser condenado para amedrentarle. Me explico. Antes de que le acusaran por malos tratos, interpuso varios recursos contra un concurso convocado por la consejería de Cultura, por un tema en el que, de sustanciarse en tribunales, cualquier abogado podría demostrar que ha habido fraude. Como los políticos, además de torpes, son muy miedosos y lo que más temen es que sus partidos los releguen por haber provocado un escándalo mediático, tienen miedo de que el fraude se descubra y sean acusados de haber favorecido a quien no lo merecía.
         – Lo de las subvenciones y concursos..., bueno, ya se sabe: una de las principales herramientas del clientelismo...
         – Veo que lo captas. Pues bien, la consejería convocó un concurso para restaurar unas cuantas capillas; el artistucho éste en cuestión quiso participar y, por encontronazos pasados con la Administración, se lo han negado; pero, claro, él sospecha que los beneficiarios de ese concurso –artistas como él– no merecen encargarse de ese trabajo porque su proyecto es mejor.
         – Y reclamó, recurrió en reposición, alzada... –le interrumpió Meléndez, perspicaz–, ¡y como si nada! Le han negado la consulta de los informes de la comisión encargada de evaluar los proyectos presentados y, sobre todo, el contenido profundo de cada uno de ellos, con algún pretexto poco sostenible jurídicamente.
         – Nada más y nada menos que la defensa de la propiedad intelectual y de la intimidad de los participantes. ¡Soberana tontería!
         – El tipo habrá interpuesto un contencioso aunque sólo sea para poder consultar esos proyectos y toda la documentación ad hoc. ¿Y qué pasará?
         – ¡Qué va a pasar, querido Meléndez! Que le permitiré consultar la documentación y, habiendo convertido el asunto en un procedimiento ordinario, todo se resolverá por vía documental. Pocas posibilidades tiene el pintamonas ése, te lo aseguro yo.
         – Pero, Mata –le inquirió su amigo mientras se acercaba a la mesa baja para atrapar su ancho vaso de whisky–, si el tipo logra demostrar que el concurso se adjudicó a dedo y tú te sientes en la necesidad de disculpar a los de Cultura, ¿no temes que tu sentencia sea un ejercicio de acrobacia jurídica y que deje ver claramente tu posicionamiento a favor de la consejería?
         – Te agradezco la preocupación, de verdad, amigo; pero para que eso se produjera tendrían que reunirse dos elementos: uno, que la consejería hubiera hecho tan mal las cosas como para hacer evidente su prevaricación; y dos, que la parte actora fuera tan hábil como para presentar su demanda de manera absolutamente incriminatoria y que el juez se viera empujado a sólo aceptar esa visión y no otra. Que se den esos dos extremos es tan poco habitual como difícil.
         – Pongámonos en esa posibilidad, pues hay que preverlo todo. ¿Qué podría suceder?
         – Lo cierto es que bien poco, querido Menéndez –replicó Mata con suficiencia, mientras exhalaba una enorme bocanada de humo–. Todo lo más, habría que echar atrás el concurso y resolver de nuevo, encargándole a ese artistucho la restauración que propuso en su proyecto.
         – No te olvides de los altos cargos que hayan inclinado la balanza a favor de sus amiguetes...
         – Poco tienen que temer esos, pues..., ponte en situación: por muy clara que apareciese su intervención activa en la adjudicación, ya me dirás que juzgado se atrevería a estimar una demanda que busque condenar a unos políticos ya asentados. El juez se juega su puesto... Pero es que, además, tratándose de faltas administrativas, ningún juzgado puede sustituir a la Administración en el ejercicio de su poder disciplinario, ya que la jurisdicción contencioso-administrativa sólo tiene carácter de revisión. Es decir, que aunque yo quisiera inculpar a, qué sé yo, el director general de subvenciones, o el director general de Cultura, o a la propia consejera, no podría más que instar a esa consejería a investigar el asunto y, llegado el caso, sancionar debidamente a quien lo mereciera. Ahora bien, ya puedes imaginar que esa investigación interna sería infructuosa.
         – Eres un maquiavelo, Mata. Te auguro grandes éxitos en tu carrera. Pero, si me permites: yo no le expondría a los de la consejería el asunto tal y como me lo has expuesto a mí; yo dejaría de lado muchos detalles para poner de manifiesto que no son las singularidades procesales sino yo mismo, como juez, quien hace que todo concluya para el mejor beneficio de la consejería. En caso contrario, corres el riesgo de que tu actuación en el caso sea minusvalorada por quien tiene que apreciarla y que te pague en consecuencia.
         – Tú también eres un pequeño maquinador, ¿eh, bribóon? –le espetó, bromista, el juez para recocijo de ambos–. Pierde cuidado, pues así lo hice cuando me entrevisté con la consejera.
         – ¿Y cómo fue eso? ¿Te envió el coche oficial para que acudieras a su despacho en la capital autonómica? ¿Te citó en el reservado de un restaurante? ¡Ay, los entresijos del poder!
         – Te aseguro que no son ni la mitad de atractivos que los que tú conoces en primera persona, pues tus clientes disponen de muchos más medios y soltura que los palurdos que tenemos por políticos. ¡Venga, no te hagas el despistado que sabes de qué estoy hablando! ¡A que sí!
         – No se pueden comparar los intereses de un gran banco con los miedos al desprestigio de un político regional, por muy apoyado que esté por la ejecutiva federal de su partido... El nivel de lo que se halla en juego –reveló Meléndez explicativo– determina el nivel de las apuestas... Pero, bueno, ¡cuéntame cómo fue lo de la consejera!
         – Tampoco creas que fue nada del otro mundo. Su primer aviso se produjo en una cena ofrecida a toda la judicatura por el presidente autonómico, los diferentes salones y recovecos del palacio presidencial favorecen los encuentros y..., así fue como me atrapó en un aparte la consejera y me expuso brevemente el asunto. Unos días más tarde, sí, vino el coche oficial y me llevó a la sede de Cultura, donde ya pudimos hablar sin temor a intromisiones.
         – ¿Y qué te ofreció a cambio?
         – Eso dependerá del resultado final y del contenido de mi sentencia. Pero ya empiezo a oler el cuero viejo de los sillones del Tribunal Superior...
         – ¡Bravo! ¡Enhorabuena! ¡Coño, Mata, espero que todo salga a pedir de boca...!
         – Yo también lo espero –sentenció mientras extraía con la uña del meñique un resto de comida de entre los dientes.
         – En nuestros tiempos, un juez en el tribunal superior es como ser mariscal de campo en el siglo XIX... ¡Tu padre habría estado orgulloso de ti!
         En ese momento, y perturbada por las voces de Meléndez, apareció la cabeza de la madre de Mata por la entreabierta puerta, preguntando por el motivo de ese griterío. El juez se levantó y, para evitar que su amigo viera a doña Aurora en camisón, corrió a cerrar la puerta y mandó a la señora de vuelta a la cama con un improperio.

         – No sé qué voy a hacer con esta mujer... ¡Me tiene ya harto! –apostilló, con el tartamudeo que de nuevo se apoderaba de él.

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