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domingo, 6 de septiembre de 2015

1. ALEJANDRO Y ELOÍSA

Alejandro sentía que estaba atravesando una crisis. No era la primera vez que encajaba mal la ruptura con una de las becarias del periódico; sin embargo, en esta ocasión, el abandono de la joven Berta le estaba sumiendo en un estado de ánimo que él identificaba con una depresión y que, además, estaba afectando a su identidad viril. Con 48 años, Alejandro creía estar percibiendo el derrumbe de su vida, que entraba –irremediablemente, según pensaba él– en la decadencia propia de su edad. Era consciente de que Berta le había hecho vivir un espejismo, introduciendo en su baldío corazón las semillas de una juvenil esperanza. Sus escapadas a bonitos hoteles de la costa, el carácter furtivo de su relación y, sobre todo, la facilidad con que la joven despertaba su deseo –que ya antes de conocerla considerara finalizado–, le habían insuflado nuevas fuerzas y unas terribles ganas de vivir junto a la bella Berta. La joven, de 22 años, con la carrera de Periodismo recién terminada, era todo lo guapa y sumisa que el talante de Alejandro, acostumbrado a que nada ni nadie se le resistiera, podía desear. Ni tres días tardó el director de La voz del pueblo en seducir a la guapa aspirante a redactora. Primero, declaró querer ocuparse personalmente del desarrollo de sus prácticas –como ya había hecho con todas las becarías elegidas por él mismo–; segundo, la confinó a su despacho, donde pudo desplegar todos los encantos del poder; tercero, prometió apoyo incondicional a su futuro profesional y le aseguró la proyección de su carrera; y, por fin, la hizo suya para asegurarse la coincidencia de sus intereses. Su relación, tímida al principio, torrencial al cabo de los primeros diez días, duró casi tres meses: ese fue el tiempo que necesitó la joven e inexperta Berta para darse cuenta de que su futuro como profesional del periodismo consistiría en ser la secretaria y querida del director hasta que a éste le entrara por los ojos otra guapa becaria. Así que, antes de que eso ocurriera, Berta dio un ultimátum a su amante, consistente en, por una parte, la amenaza de abandonarlo y, por la otra, de airearlo todo para que la sociedad local y su intachable familia se enteraran de sus líos de faldas. Alejandro reaccionó con un arranque de orgullosa furia que casi le hizo tirar la casa por la ventana; pero la contemplación del bello rostro de la becaria, el amor que ésta no había dejado de inyectar en su aburrido corazón y un resto de solidaridad con la víctima que aún decoraba, como medalla al mérito, su cínica armadura de hombre hecho a todas las batallas, le hicieron aceptar las condiciones de su amante. Con un par de llamadas de teléfono, puso a disposición de Berta dos puestos de redactora en otros tantos importantes periódicos de la capital regional, desde donde la licenciada podría soñar con alcanzar los bellos ideales que hinchaban su sólido pecho cada vez que hablaba con su novio de toda la vida de la función social del periodista. Berta se colocó ventajosamente en La gaceta ilustrada y, sintiéndose segura en su puesto, rechazó cualquier nueva invitación de Alejandro, lo que éste atribuyó al declive de su atractivo sexual para una joven con miras más altas y, desde luego, más solidas.
Era la primera vez que se saldaba de esa manera una de sus historias de erótica laboral, quedándose por ello sin recursos para contrarrestar las consecuencias de la no deseada ruptura. Pensó en hacer uso de sus poderes en el periódico para resarcirse mediante la seducción de una nueva becaria, pero ésta no le gustaba: como no fue él quien se ocupó de la selección, al hallarse en ese momento de vacaciones agostinas y despreocupado de todo lo que no tuviera que ver con Berta, no pudo evitar que el redactor-jefe contratara a alguien que despuntara por su oficio antes que por su físico. Así que veía imposible que hallara en el periódico, en su periódico, en La voz del pueblo, consuelo a su tristeza y freno a la pendiente por la que se lanzaba su ánimo.
Concibió reconstruir su aburrida vida conyugal para encontrar apoyo en el calor del redil, pues estaba seguro de que Marta, su esposa, sabría posicionarse a su lado mediando una difusa promesa de participación en la proyección de la pareja. Su esposa le parecía, sin embargo, tan aburrida, tan falsa, sólo preocupada de su aspecto físico, de modas y decoración, y de la credibilidad de la familia como una unidad de destino en lo social, que vio imposible encontrar en ella la comprensión y el afecto que estaba necesitando su corazón herido.
Se le ocurrió que tal vez la amistad de su hijo sirviera de linimento a su alma, pues se había despreocupado de él y de su educación desde que éste empezara a manifestar personalidad propia y deseos completamente ajenos a los intereses de su padre. Óscar contaba en ese momento con 15 años, una estupenda edad para sentar las bases de una amistad duradera con él; pero también se hallaba en una disposición naturalmente negativa hacia cualquier torpe acercamiento de un mayor. Alejandro no era consciente de ello, por lo que fue hacia su hijo con la osadía del padre que considera a la familia como un territorio más de su poder; el chaval le dio un tremendo corte, se rió de sus amenazas de cortarle el grifo de las propinas semanales y salió dando un portazo de la bonita casa con jardín para juntarse con sus colegas.
El periodista decidió recurrir a una antigua compañera de instituto para hallar consuelo y consejo.
– Hola, Elo, ¿cómo estás?
– ¡Alejandro! ¡Cuánto tiempo sin saber de ti! ¿Cómo te van las cosas?
– Bueno...: así asá... ¿Te importaría que nos viéramos para tomar algo y... charlar? Hace mucho que no hablamos, ¿verdad?
La voz aguda aunque segura de Eloísa pronunció la aceptación a la invitación, viendo que su antiguo amigo de francachelas y confidencias de casi toda la vida estaba atravesando un mal momento. Con todos los desplantes que le diera Alejandro perdonados y olvidados, le propuso pasar esa noche o cuando quisiera por su casa, pues el niño pequeño tenía un dormir irregular y solía requerir el pecho de su madre con frecuencia.
– ¿No le parecerá mal a Iván? –preguntó preocupado el periodista.
– No te preocupes por él, que sabrá dejarnos a nuestras anchas.
Esa misma noche, después de la cena, apareció Alejandro en casa de Eloísa. A petición muda de él, se fundieron los dos en un largo abrazo que comprendía el tiempo transcurrido desde el último encuentro, el afecto que ambos sentían, y, sobre todo, la necesidad de apoyo del despechado amante.
– No estoy nada bien, Elo –le espetó Alejandro tras los saludos, preguntas y respuestas de rigor–. Aquí me ves, con casi 50 años, director del periódico más importante de la ciudad, padre de familia respetadísimo, envidiado por todas partes..., y, sin embargo, abandonado bochornosamente por una bella y estupenda mujer.
Eloísa no contemporizó con el semblante y la voz dolientes de su antiguo amigo; ninguna empatía despertaban en ella las aventuras extramatrimoniales del periodista.
– Ya sabes que no me gustan nada tus historias de ligues. Marta no se merece, ¡ni mucho menos!, sufrir lo que sufre con tus devaneos. Abusas de la confianza que ella pone en ti así como de tu posición de poder en el periódico. Déjame imaginar qué es lo que te ha pasado: te has liado, como tantas otras veces, con una jovencita; te ha dado puerta y tú te has sentido despechado; y todo lo has achacado a que tu atractivo y tu juventud están de capa caída y que ya nada vale la pena. ¡Sigues siendo un estúpido colegial, Alejandro! Así que no me cuentes nada de tus historias de faldas, ¡que no me interesan!
La que antaño fuera confidente y amiga del periodista se había convertido con el tiempo en una reivindicativa feminista, quien atribuía al imperio viril, en una fácil y simplista reducción, la culpabilidad de todos los males de la civilización. Desde el agotamiento de los recursos naturales, hasta la explotación del hombre por el hombre, pasando por la globalización económica, todo se debía, a ojos de Eloísa y de sus amigas del Grupo Crítico Femenino, a la manera masculina de apoderarse del mundo. Con cuatro años menos que Alejandro, una amistad nacida en la cafetería del instituto de Secundaria donde se conocieron propiciaron que ella se uniera a la banda de amigotes de él para salir por los bares y tabernas del casco antiguo de la ciudad; la diferencia de edad tal vez fomentara la docilidad primera de Eloísa, quien, una vez emancipada de la influencia de sus compañeros de juergas, desarrolló un discurso combativo en pro de la autonomía y la independencia femeninas, que fácilmente arremetía contra la actitud interesada de los hombres a la hora de callar ante los excesos del machismo de la sociedad. Negó el saludo amistoso que siempre había ofrecido a sus amigos hombres y lo limitó a sus amigas mujeres, siempre dispuesta a la rápida reivindicación y a la emisión de consignas y eslóganes a poco que el saludo, el encuentro y la charla lo propiciaran. Ella reconocía que eso le había agriado el carácter y enturbiado su manera de relacionarse con los demás. Casada, para sorpresa de propios y extraños, con un tranquilo agricultor, llevaba dos años alternando los períodos de baja por maternidad con el desempeño de su puesto de profesora de Lengua y Literatura españolas, desde donde pretendía divulgar la filosofía feminista de la sospecha, el ataque y el derribo del patriarcado. A Alejandro no le extrañó, por consiguiente, la reacción de su amiga.
– No me martirices, Elo, que, si tú me fallas también..., ¡no sé a qué tablón agarrarme! ¡El suelo se hunde bajo mis pies!
Eloísa comprendió que parte del papel que se esperaba de ella como mujer feminista era el de procurar el cuidado de la gente que dependía de ella. Ser una combativa agente del cambio de la sociedad no podía cumplirse sin el cultivo de las capacidades amatorias y comprensivas de las mujeres. Así que ordenó un cambio a sus facciones y las dispuso de manera que su amigo se sintiera reconfortado y apoyado.
– No sólo es una cuestión de faldas, Elo, sino que todo aquello en lo que creía se tambalea. ¿Qué he estado haciendo durante todos estos años? ¡Desaprovechar lo que la Fortuna me ha deparado y servido en bandeja de plata! Sí, de acuerdo con que me he aprovechado de mi posición para hacer de mi capa un sayo y he abusado de las jovencitas que han llamado a las puertas de La voz solicitando un hueco.
– Ya iba siendo hora de que te arrepintieras de lo que has hecho, y de que te dieras cuenta de que el periódico podría haberte servido para algo más que para acostarte con chiquillas...
– ¡Es verdad! Siento como si en todos estos años de periodismo fácil y barato no hubiese hecho más que perder el tiempo. Y la última chica, Berta, que me ha dado una buena lección, no sólo me ha obligado a comerme mi chulería... Esas becarias, quiénes más quiénes menos, llegan al periódico –¡no sé qué les enseñan en la facultad!– con unas ideas que por fuerza chocan con las mías y con las de la sociedad establecida. Vienen con la convicción de que el periodismo tiene que servir a la causa del pueblo. Informando a la población, creen que conseguirán despertarla de su marasmo y movilizarla para acabar con la desigualdad de la que es víctima... Un idealismo que, al principio, yo acojo con una sonrisa bondadosa, pensando que ya se les pasará. Pero, ¡es tan fuerte, es tan poderosa su ilusión!, que yo me siento a veces indigno del cargo que ocupo, incompetente en el papel que ellas me conceden. Y tal vez en parte se deba a eso que Berta se haya ido, en busca de un lugar desde el que gritar sus cuatro verdades a los poderosos del capital y la política. Y eso que parecía una mosquita muerta, tan dócil y tan dispuesta...
El talante pedagógico de Eloísa se despertó, creyendo necesario aprovechar esa circunstancia para subrayar el error en que siempre había vivido su antiguo compañero de noches de alcohol. Era difícil que la militante cediera el puesto a la amiga, pues se sentía en la necesidad de cambiar el mundo empezando por su porción más cercana.
– No sé si te consolará algo lo que voy a decirte, pero creo que esa Berta te ha hecho reflexionar en positivo; te ha dado una lección que no sé si olvidarás, pero que seguro ha hecho que te replantees tu función en el mundo y hasta dónde puedes llegar. Creo que debes extraer de todo esto una enseñanza muy saludable que ya se está manifestando en tu manera de pensar y en toda tu persona. Sé consciente de que estás asistiendo... ¡a tu propia metamorfosis!
Alejandro no acogió esas palabras con el mismo entusiasmo con que fueron pronunciadas por su amiga; esperaba que Eloísa le diera su apoyo sin condiciones en lugar de amartillar la estaca que sentía clavada en el pecho. Pero, en parte, tenía razón: tal vez Berta le había hecho abrir por fin los ojos, y, en definitiva, darse cuenta del ridículo que había estado haciendo durante toda su vida adulta. No obstante, no era esa convicción lo que había ido a buscar a casa de Eloísa; Alejandro necesitaba ayuda, y, a pesar del empeño reivindicativo de su amiga, aún esperaba que ella se lo brindara.
– Todo se me aparece como una tremenda estupidez, Elo. ¿De qué me ha servido ganarme el liderazgo en la comunicación en esta ciudad? Te lo voy a decir: para pegarme cuatro comilonas y otras tantas juergas con quien estuviera al frente de la Cámara de Comercio, con quien presidiera la Asociación de Comerciantes, con el alcalde y con los altos cargos del gobierno autonómico. ¡Todos ellos unos gilipollas que no saben hacer la O con un canuto y que se creen el centro del mundo! Algún que otro regalo –una bonita pluma, un reloj de marca, unas vacaciones a todo tren en Salou...– y el dudoso privilegio de sentarme a su lado en las inauguraciones... ¡Eso es todo! Pero, de verdad, ¿eso es todo a lo que yo podía aspirar? A ti te lo pregunto, Elo, que eres una mujer completa y que siempre me has dicho cómo tengo que pensar.
– No lo sé, Alejandro. Dicen que el periodismo es el cuarto poder y que...
– ¡Quita, qué cuarto poder ni que...! Yo me sentaba ahí, al lado de los politicastros, y me daba la impresión que era más lo que unía a mi mujer con las suyas –cócteles, ropa, vacaciones lujosas y elegantes...– que lo que me unía a mí con ellos. Y, de vuelta a casa, en el coche, Marta me decía que la mujer de tal era divina –"¡qué clase tiene, y qué naturalidad!"–, y que la de cual era perfecta –"¡tienes que hacer lo imposible para que venga a ver nuestros Beulas!"–. Y Marta no era así antes: he hecho de ella una perfecta estúpida, sin conversación ninguna, sin interés por nada que no sea la apariencia y la construcción de una imagen impoluta. ¡Estoy casado con una imbécil, con la que ya no puedo hablar de nada y... no digamos nada de la cama! En fin, que estoy solo: ¡solo del todo! ¡Imposible estar más solo!
Alejandro se levantó y, como un imán, se dirigió a la parte del armario del salón donde él recordaba –o imaginaba– que se hallaría el mueble-bar. Lo abrió, y entre botellas de vino rancio sin etiqueta, una de pacharán, otra de Frangelico y una más de aguardiente de hierbas, localizó la del caro whisky de malta que les había enviado él mismo por Navidad y que tan apenas estaba empezada. "¡Necesito un trago!", y se sirvió un lingotazo en un vaso ancho que vació de un solo golpe. El licor pareció devolverle la continencia, permitiéndole un respiro en la narración de sus sinsabores.
– Menos mal que Óscar sale un poco de ese esquema: es un chaval magnífico del que deberías sentirte algo más que orgulloso. ¡Las horas que nos hemos pasado juntos discutiendo sobre lo divino y lo humano...! Es tanto lo que atesora ese chaval que tal vez deberías acercarte a él...
– Imposible: el tiempo que está en casa se lo pasa en su cuarto, ya sea leyendo, ya sea con internet en su ordenador...
– No me extraña lo que me cuentas...: si me lo permites, Álex, con una madre tan superficial y un padre ausente..., ¡cómo no va a refugiarse en su mundo! Pero estoy seguro de que , si su padre le pide ayuda, él sabrá estar a la altura. ¡Respondo de él!
– Pero..., si el otro día logré cogerlo por banda y que nos sentarámos frente a frente en la mesa de la cocina: ¡no veas cómo me costó reternerlo más de dos minutos! No tenemos nada que decirnos, Elo, nada que nos una ni que podamos compartir... ¿Le encargaste tú que leyera el libro ése de 1984?
– Bueno, sí...: es una propuesta conjunta entre la profesora de ética y yo. Creo que es una buena novela para un adolescente que desee comprender parte del mecanismo político de nuestra sociedad. Se trata de un caso extremo, ya lo sé, pero puede resultar tan revelador...
– Ya, ya –le cortó Alejandro ante la inminencia de un discurso–. Pues figúrate que, tras esa conversación de dos minutos en la cocina, se levantó y, antes de desaparecer por la puerta, me preguntó algo así como: "Oye , Papá, ¿tú crees que la información la dictan los poderosos, los que mandan en el país?" Yo me quedé de piedra y le respondí preguntándole que cómo se le había ocurrido eso. "En 1984 se habla de un ministerio en el que reescriben la Historia según le parece al partido en el poder". "Pero eso es una novela, hijo mío", le dije. "Sí, pero como tú eres periodista y diriges un periódico, quería saber tu opinión". Me quedé mudo, de verdad; no supe qué decirle, y antes que decir una gilipollez, me quedé callado. No quería que descubriera que su padre no había leído ese libro, lo que tal vez me empequeñecería ante sus ojos, y preferí no decir nada. "Ya hablaremos de eso en otro momento, que ahora tengo que hacer", le dije, escurriendo el bulto. Imagino que verás en ello una prueba más de mi condición de padre ausente, ¿no es verdad?
– Bueno, tampoco hay que ponerse así –contestó Eloísa, casi satisfecha de que el hijo golpeara al padre en su línea de flotación–. Un hombre no puede saberlo todo...: ¡y mucho menos haberlo leído todo!
– Sí, ya lo sé; pero, aun así, me hice con el libro y lo leí –¡aunque sólo fuera para estar a la altura de Óscar, lo confieso!–. Y no está mal, todo hay que decirlo. A ese libro le vendría muy bien una película...
– Ya la hay; y una serie para televisión.
– ¡Vaya!, tendré que verla. La cuestión es que me leí la novela en tres patadas, ¡y me quedé peor que antes! Me invadió la convicción profunda e irrebatible de no haber hecho más que el imbécil durante toda mi vida. En lugar de hacer honor al título de mi periódico y contar a mis lectores cómo se reían de ellos y los utilizaban los bancos, los comerciantes, las grandes empresas y el poder, no he hecho sino cubrir las espaldas de los poderosos, reírles los chistes, y, en fin, hacer todo lo posible para mostrarlos con su mejor cara, eliminando de sus retratos las imperfecciones y las contradicciones en que constantemente han incurrido. ¡Y todo para asegurarme los anuncios oficiales, la publicidad de ayuntamientos, diputaciones, departamentos, consejerías, grandes almacenes, cajas de ahorrro, automóviles...! ¡Menuda mierda: he convertido a mi periódico en un folleto comercial!
Eloísa asistía asombrada al cambio experimentado por su amigo, quien nunca hasta ese momento se habría atrevido a pronunciar un discurso semejante, que ponía en duda la validez de los medios que le habían procurado el bienestar material del que disfrutaba.
– Está muy bien lo que me dices, Alejandro. Pero, digamos que la opción que elegiste –en lugar de ser de verdad la voz del pueblo– te ha reportado numerosos beneficios, muchas ventajas y..., aún diría más: unos privilegios que siempre has creído merecer. Me estás dejando anodadada, de verdad te lo digo. Y tampoco veo claro cómo ha podido turbarte 1984 hasta ese punto...
– Lo del nombre del periódico importa poco fuera del aspecto meramente comercial de la cosa: el responsable de comunicación de La voz podría decirte muchas cosas al respecto. Con 1984 y ese ministerio de información que reescribía los periódicos antiguos y la Historia, me vi reflejado a mí mismo cuando optaba por no comentar ni criticar la pasmosa capacidad de nuestros gobernantes para olvidar lo prometido; para ceñirse al "donde dije digo, digo diego" que demuestran cada vez que llega a término un ejercicio tetranual; para reformular sus propios compromisos con tal de que no sean cogidos en una mentira.
– ¿Por ejemplo?
– ¿Un ejemplo? Recuerdo cuando el presidente autonómico prometió, ante tus colegas profesores en un congreso sobre enseñanza de idiomas, que si era reelegido implantaría una segunda lengua en colegios e institutos. En la última campaña electoral volvió a decir lo mismo: mi deber, como servidor de la verdad, habría sido recalcar esa repetición e insistir no sólo en la incapacidad del presidente para cumplir sus propias promesas, sino también en el cinismo con el que repite fórmulas que él sabe –y el tiempo así lo subraya– de imposible cumplimiento. Venden humo, y yo se lo publicito; a cambio, me llenan espacios de publicidad –que les vendo caros, he de confesarlo– y yo, por mi parte, coloco a mis lectores un producto defectuoso bajo su mejor luz. No soy un periodista, ¡sino un mercader de los cojones!
– Bueno, Alejandro, no emplees expresiones machistas, que nada tienen que ver tus testículos con la política.
Alejandro miró sorprendido a su amiga. Sabía ya que no iba a hallar ningún consuelo en Eloísa, pero eso no le impidió utilizarla como confesora de todos los reparos que se estaba poniendo a sí mismo.
– ¡Lo de la política es la leche! Aunque sepan ellos y ellas que nuestro sistema nos ofrece elegirlos a ellos y ellas para que dirijan nuestra sociedad, se empeñan en seguir una inercia de hacer cosas, acometer obras, inaugurar palacios, agrandar la ciudad sin que exista la más mínima necesidad para ello, dejando de lado, por otra parte, aquello que sí que necesitaría arreglo en nuestra ciudad y en la Comunidad. Pero, claro, su propósito no es ser aplaudido por la gente –sobre todo porque ésta difícilmente aprecia lo que le es útil, y cuya realización le parece evidente (¡cómo agradecer algo que hay que hacer porque sí!)–, sino ir acumulando una serie de acciones que, en conjunto, les muestre como artífices del estado actual de la sociedad. Y ese conjunto no ha de ser interpretado por sus electores, sino por sus propios dirigentes, quienes se basarán además en lo que hayan reflejado los periódicos sobre ello. ¡La prensa posee un enorme potencial de transformación de la sociedad! ¡Y desde luego que la transformamos según nuestros intereses! En lugar de criticar, aplaudimos sus festivales, sus enormes rotondas, sus innecesarias rondas de circunvalación, sus mastodónticas autovías, y apostamos, en definitiva, por su vago concepto de progreso en lugar de preguntarles por qué hacen eso de esa manera y no de esa otra.
– Yo creo que, alguna vez, sí que criticáis, ¿no, Alejandro? Recuerda cómo iniciasteis una campaña de información sobre el Palacio de Congresos de la ciudad y su desmesurado coste final...
– Sí, pero he de decir para tu desencanto que esas campañas forman parte de una estrategia. Con valentía fingida, el periodista empieza a criticar para preocupar a la población y, junto a ella, a la clase dirigente; ésta reacciona haciéndonos partícipe de sus temores y proponiéndonos una participación en los beneficios si, en lugar de continuar con nuestra investigación crítica, apoyamos el pretendido valor de esa iniciativa. Y así hicimos con el Palacio de Congresos: gracias a eso, tenemos asegurados tres años seguidos de publicidad institucional por parte de ayuntamiento, diputación provincial y gobierno autonómico, a razón de unos 10.000 € semanales. ¿Acaso no es esa una manera de reescribir los hechos? Damos voz a lo positivo y hacemos invisible lo negativo: el mundo se vuelve de color de rosa; la Historia juzgará esos hechos de manera equivocada, ¡y todo gracias a irresponsables como yo!

El llanto lejano de un niño vino a turbar la excitación de Alejandro, quien participó de la atención que Eloísa ponía en identificarlo. En medio del silencio que se creó en el salón, apareció Iván con el berreante chaval en brazos, al que entregó a su solícita madre. Obviando la presencia de Alejandro, extraña en ese intercambio entre madre e hijo, Eloísa descubrió su enorme seno derecho, al que se agarró como una lapa el crío. Ya era noche avanzada, y ningún sonido venía ni del vecindario ni de la apaciguada calle; el ruido de la succión del niño dominaba el salón: música celestial para el padre y la madre, quienes miraban embelesados y sonrientes a su retoño mientras Alejandro, presa todavía de su turbación, se servía un segundo malta que agotó de un trago. Como nadie le prestaba atención, se sintió de más y, sin apenas depedirse de su amiga y de Iván, desapareció tras la puerta.

2. ELOÍSA Y MARISA

Tras despedirse de los conserjes desde el quicio de la puerta del instituto, Eloísa salió del centro con el ánimo encendido. Había mantenido una enconada discusión con los dos profesores de ética alrededor del programa conjunto de explotación didáctica de 1984, en el que ella aportaba la visión más literaria. Sus argumentos giraban en torno a la obligación en que ella se sentía de hacer una lectura feminista junto con sus alumnos; y esperaba que esa obligación fuera sentida asimismo por sus compañeros. Pero no era así, pues los "éticos" privilegiaban los comentarios anti-sistema de la obra en detrimento de cualquier otra consideración. Eloísa pretendía hacerles ver que cualquier lectura feminista era, por definición, anti-sistema, y, por consiguiente, tremendamente crítica: algo que necesitaban y parecían pedir a gritos los adolescentes de ese instituto. Argumentaban los "éticos" que si se analizaba desde una óptica feminista, 1984 perdería gran parte de su poder, pues Orwell parecía no haberse planteado siquiera que las mujeres debieran cumplir con otro papel que el de comparsas de los hombres. Eloísa exigía que ese aspecto fuera considerado en la lectura y comentario de la obra, y, por lo tanto, incluido en los papeles; sus compañeros arguyeron que, aunque tuviera razón, incluir ese aspecto recargaría demasiado la propuesta y, lo que era peor, pondría en peligro la necesaria aquiescencia del inspector de Educación y del Director Provincial.
A punto estuvieron de deshacer el programa conjunto, pero, al final, Eloísa cedió al precio de infligirse una terrible violencia a sí misma; pensó que, una vez más, moderaba sus exigencias para que el discurso machista imperante le permitiera incluir alguna cuña. Era, desde luego, un comienzo, que parecía prometer un lento pero definitivo desmoronamiento de la ideología patriarcal; sin embargo, la paciencia de Eloísa era limitada y no se conformaba con que las ínfimas cuñas de discurso feminista que le permitían introducir sus compañeros fueran de tan limitado alcance.
En medio de estas cavilaciones se hallaba la profesora cuando se cruzó en su camino con Marisa, quien ni siquiera la vio.
– ¡Marisa! ¡Eh, Marisa!
La joven se percató de la llamada y giró un melancólico rostro en la dirección de donde venían los gritos. Ni siquiera reconocer a Eloísa le alegró la expresión.
         – ¡Marisa! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo estás? –le preguntó al tiempo que besaba sus mejillas.
         – Tirando: sólo tirando –respondió en un tono apesadumbrado.
         – ¿Cómo es eso? ¿Qué te pasa? Otra vez el dichoso Conrado: ¿a que sí?
         Marisa asintió levemente, con la mirada baja, que sólo levantó cuando Eloísa le pasó la mano por el cabello en señal de apaciguamiento.
         – ¿Quieres que hablemos? –le consultó la profesora, aunque se dijera que le apetecía bien poco en ese momento escuchar los problemas sentimentales de su amiga: siempre le había advertido de que liarse con ese Conrado no iba a traerle más que quebraderos de cabeza. Ante el triste asentimiento de Marisa, Eloísa la cogió suave pero decididamente del brazo para llevarla hacia una cafetería cercana, en cuya terraza exterior se sentaron. Pidieron algo de beber, y, tras el primer sorbo, Marisa empezó la narración de sus pesares.
         – Lo hemos dejado de nuevo; y esta vez creo que definitivamente. Y sé que es lo mejor que puedo hacer, que tengo que alejarme de él porque juntos no podemos estar. Pero no puedo evitar que se me desgarre algo por dentro al pensar que ya no estaremos juntos nunca más, y que por mucho daño que me haga estar con él lo echaré de menos.
         – Bueno, es lo que debías hacer; y no sólo porque te lo recomendara encarecidamente tu psicóloga: todas tus amigas estábamos de acuerdo en que tenías que romper con él, pues te estaba anulando del todo como persona.
         – Vale: acepto que me digas eso. Pero yo siempre he pensado que la influencia que ejercía Conrado sobre mí era positiva; que si me veíais diferente era porque me estaba ayudando a cambiar, a madurar; que si veíais que había cambiado mi opinión sobre las cosas y sobre la vida era porque empezaba a ver el mundo desde una perspectiva que jamás había sido la mía. Es lo mismo que tú has hecho con Iván: ¡si hay veces que al oírle hablar creo estar oyéndote a ti a través de sus palabras!
         – Aunque no venga al caso lo que me estás diciendo, creo que eres injusta: no se puede comparar la manera en que yo he convencido a Iván de algunas cosas que yo consideraba importantes y la manera en que Conrado ha intentado hacerlo contigo...Yo he utilizado con Iván..., no sé..., otro tipo de técnicas: una persuasión diferente, más cariñosa, más suave. Mientras que Conrado ha intentado separarte de tus amigas con la excusa de que éramos nocivas para ti... ¿O me equivoco?
         – Eso no es del todo cierto, Elo. Él me decía que el tipo de amistad que cultivábamos entre nosotras era falso, que era una perversión de la idea que él se hacía de la verdadera amistad. La lista de ejemplos que me ofrecía era tan amplia que por fuerza me convencía. Pero, por otra parte, me aconsejaba que no dejara de veros, porque en ello me iba parte de mis afectos; y que comprendía que deseara estar con vosotras, pero que el tiempo me haría ver y me convencería de la poca importancia que tenía en una vida éticamente responsable mantener relaciones de ese tipo. Así que no es que me dijera que no os viera, sino que me replanteara mi contacto con los demás, y, sobre todo, mis motivos íntimos.
         – Entiendo –atajó tajante Eloísa–: lo que intentaba era lavarte el cerebro y hacerte creer que la responsabilidad era tuya. ¡Menudo cobarde! Mira, Marisa: Conrado no quiso hacer de ti más que una marioneta a su gusto y que terminaras pensando lo mismo que él y diciendo lo que a él le parecía que dijeras. No era a ti a quien quería, sino a ti como proyecto. ¡Menudo Pigmalión de las narices! Jamás se le ocurrió pensar en ti: ¡jamás!
         – Yo creo que sí, que me quería. Y tanto era así que su amor estaba dispuesto a pasar por encima de todas las dificultades.
         – Venga, Marisa, ¡no me vengas con pamplinas de novelita rosa...!
         – Te digo yo que sí. ¿O puedes tú imaginar que Iván hubiese reaccionado como reaccionó Conrado cuando le conté que me había liado con Fabián? No, no, Elo: ahí Conrado estuvo soberbio, a pesar de que yo intentara tensar la cuerda hasta el extremo. ¡Pero qué imbécil que fui! Me enrollo con Fabián, se lo cuento a Conrado, y éste reacciona con total naturalidad, asegurándome que no le da ninguna importancia siempre y cuando le asegure que a quien realmente quiero es a él. ¡Y yo voy y me cojo un cabreo de mil demonios, convencida de que, si él había reaccionado así era porque, en realidad, no me quería! Y nada, seguí viéndome con Fabián esperando alguna reacción enérgica por parte de Conrado; y yo se lo contaba todo al detalle, como compartiendo mi aventura con él. Hasta que, ¡claro!, se cansó y me mandó a freír puñetas...
         – ¿Y no era eso lo que tú querías? –le replicó Eloísa–. ¿O es que, en principio, no utilizaste a Fabián como el trampolín que consiguiera alejarte de tu puñetero novio? Porque todas te estábamos recomendando que te apartaras de él...
         – Sí, pero era porque no lo conocíais bien... No lo conocíais como yo, que me di cuenta enseguida de lo gilipollas que había sido y volví con él. Pero, ¡qué quieres!, tras un par de semanas viendo cómo pintaba en su estudio, ajeno a todo y a todos, empecé a aburrirme y procuraba veros todos los días. Y él..., no es que me dijera nada; pero llegó un momento en que no le podía contar nada de mis salidas con vosotras, ni nuestros chismes, sin que torciera el gesto. Yo creo que él esperaba que yo cambiase de vida y que tuviese otras aspiraciones; pero no contaba con que yo no soy como él y que es muy difícil hacer cambiar a la gente.
         – Y has terminado por hartarte, ¿no?
         – La verdad es que he seguido viendo a Fabián, y a Antonio, el de los caballos; y yo voy y, tonta de mí, voy y se lo digo.
         – ¡Qué valiente has sido, Marisa!
         – Demasiado y todo. Pero él también se cansó, y me lanzó un ultimátum: "tendrás que elegir", me dijo.
         – ¡La oportunidad que estabas esperando!
         – Sí, es posible que, en mi fuero interno, esperase eso: que él me pusiera entre la espada y la pared y me hiciera tomar una decisión.
         – Y elegiste mandarlo al garete, ¿no?
         – Sí: le dije llorando que, en ese momento, prefería cultivar esas relaciones en lugar de quedarme con él; que de ello dependía mi felicidad y mis necesidades de expansión. Y tal y como se lo conté, me pidió que me llevara mis cosas cuanto antes y que esperaba que, al volver, no quedase ya ni rastro de mí en su casa. Estuve llorando a lágrima viva, sola, durante más de veinte minutos, repasando los momentos más importantes de nuestra relación, enfadándome por perder lo bueno y reafirmándome en mi decisión al recordar lo malo. Lo empaqueté todo y ¡adiós, muy buenas!
         – Hiciste muy bien, Marisa: te has liberado del influjo de un hombre que quería hacer de ti lo que no eras y te martirizaba cuando no conseguía lo que esperaba...
         – No lo sé, de verdad: no sé si he salido de Guatemala para ir a parar a Guatepeor.
         – Todos los cambios son provechosos, Marisa...
         – Es posible. Pero, qué puedo decirte. No tardé ni dos días en llamarlo otra vez, en pedirle que nos viéramos para darle una explicación. Como si nada, pues me aseguraba que la decisión tomada era la mejor para mí, y que quería que yo me diera cuenta de que su amor por mí le obligaba a dejarme marchar en busca de lo que yo necesitara...
         – ¡Paparruchas! Se estaba haciendo la víctima. Y seguro que esperaba además que consideraras su gesto como de gran generosidad, digna de un alma superior...
         – ¡Es que lo fue, Elo, es que lo fue! Y eso es lo que me empujó a llamarlo un par de veces más, y a insistir en que teníamos que hablar. Él se negó en las dos ocasiones y, en respuesta, me envió un par de cartas en las que repasaba nuestra relación, todos sus altibajos, todo lo que nos prometimos y nos dijimos: era como si lo hubiera conservado todo en una grabación... ¡Qué estúpida había sido! ¡Cuántas tonterías!
         – Pero..., ¿no te das cuenta, Marisa, de que pretendía así salir victorioso de la pelea y hacer que tú cargaras con toda la culpa? Así estás tú ahora, incapaz de quitarte los remordimientos de la cabeza...
         En ese mismo instante, dio a pasar por la terraza de aquella cafetería Julia, amiga común de ambas, quien tomó asiento a la mesa.
         – Hola, Julia... –le dijo Eloísa con pesadumbre para hacerle ver que el momento era de confidencias. Julia se percató del ambiente era de lo más triste.
         – ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué os ocurre, queridas?
         – Nada, que Marisa me ha contado cómo le ha estado maltratando su novio durante estas últimas semanas...
         – ¿Cómo que "maltratando"? –preguntó, asombrada, Julia.
         – No creo que pueda decirse eso de Conrado... –apuntilló con tristeza Marisa.
         – ¡Ya lo creo que sí! –replicó Eloísa–. Conrado te ha estado maltratando psicológicamente durante todo el tiempo que habéis estado juntos, con el único fin de doblegar tu voluntad a la suya, y de convertirte en una especie de esclava de sus deseos.
         – ¡Qué fuerte! –exclamó Julia–. ¿Quieres decir que...
         – ¡Desde luego que sí –aseguró Eloísa–. Ese cabrón la ha estado martirizando, y si no ha llegado a las manos es que porque tú has sabido cortar a tiempo. No utilizó violencia física, ¡pero ha sido violento psicológicamente contigo como tres y tres son seis!
         – Creo que exageras, Elo: Conrado no es un maltratador, ni psicológico ni nada...
         – ¡Cómo que no! –añadió Eloísa–. ¡La cosa está más que clara...!
         La profesora de Lengua y Literatura se extendió durante unos pocos minutos en su comentario de los hechos ante Julia, quien debió, no obstante, levantarse para celebrar el paso por ahí de una compañera del Grupo Crítico Feminino: el café se hallaba de camino entre el centro y el local social de la asociación, y esa tarde había reunión. Julia saludó con dos besos a la nueva llegada, quien se acercó a la mesa para decir hola a Eloísa, quien, a su vez, le presentó a Marisa; las tres componentes del Grupo Crítico Femenino invitaron a la despechada amante a asistir a la reunión, invitación que fue declinada poniendo por pretexto su estado de ánimo. Eloísa se levantó, hizo levantar a Marisa y le dio un largo abrazo entre las sillas de la terraza.
         – Si me necesitas no tienes más que llamarme. Sabes que puedes contar conmigo como amiga.
         Marisa recogió sus pertenencias y, cabizbaja, se fue por una de las estrechas  calles del centro de la ciudad. Las tres militantes iniciaron el camino hacia el local del Grupo Crítico, donde ya las estaba esperando el resto de activistas convocadas a esa reunión. Tras los saludos, abrazos y besos de rigor, se sentaron todas en torno a la mesa central y la moderadora leyó el orden del día, que sólo tenía cinco puntos, terminando con el habitual "ruegos y preguntas". Eloísa solicitó tomar la palabra.
         – Quiero proponeros, compañeras, que incluyamos un punto más en nuestra reunión, pues una amiga nuestra ha sufrido un incidente de violencia machista.
         La propuesta fue aceptada y, tras su exposición, debatida profundamente en el seno del Grupo. El posicionamiento de sus integrantes al respecto era claro y tajante, y, como ya era conocido por todas ellas, fue expuesto recurriendo a abstracciones filosóficas y planteamientos teóricos que se alejaron por completo de la narración con que Eloísa había introducido el asunto. Marisa y Conrado dejaron de ser protagonistas del incidente, para pasar a convertirse en meros personajes de una trama de la que, por su repetición, todas ellas conocían el desenlace.
         Dos días después de la reunión del Grupo Crítico Femenino, Julia se topó en la calle con Lucía, una buena amiga, a quien saludó brevemente al verla acompañada de Conrado, al que ni siquiera dedicó una mirada aunque llevara tratándolo amistosamente desde hacía más de tres años. Al día siguiente, ya en la oficina, Julia comentó con su compañera Silvia que había visto a Lucía, su amiga íntima, con Conrado, "en actitud de franca camaradería". Al preguntarle si estaban saliendo juntos, Silvia refirió no saber nada.
         – Pues que tenga cuidado –le señaló Julia–, ya que Conrado es un maltratador.
         Aunque Silvia no diera mucho crédito a lo que le contara Julia, se vio en la obligación de comunicárselo a Lucía:
         – Chica, no es que crea que sea verdad, pues ya conoces a Julia... Pero, bueno, tenías que saberlo antes de tomar cualquier decisión...
         La noticia contrarió a Lucía, quien empezaba a albergar sentimientos positivos hacia Conrado. En su siguiente encuentro, el pintor recibió la acusación a quemarropa:
         – ¿Sabes qué dicen de ti?: que eres un maltratador.
         Conrado se enfadó, en gran parte por la ligereza con que Lucía le había hecho partícipe de un rumor tan grave como infundado. Le preguntó por quién le había contado semejante barbaridad y ella le refirió la lista de mensajeros. El pintor sintió un escalofrío recorriéndole la espalda, pues era consciente de que las posibilidades de extensión de una noticia como ésa, generada por las airadas mujeres del GCF, eran inmensas. Pronto Conrado estuvo ojo avizor de las reacciones de los conocidos que tenía en común con la gente del Grupo, y creyó adivinar una mirada inquisitorial en todas las pupilas; poco después, se dio cuenta de que algunas personas, principalmente mujeres –y algunos hombres del Colectivo Antisexista– giraban la cabeza a su paso en lugar de recibirle con una sonrisa. Eloísa y Julia le negaron definitivamente el saludo. Cuando una amiga de toda la vida –vecina de escalera, compañera de juegos infantiles y estudiante con él de Bellas Artes– le preguntó que qué había de verdad en lo que había llegado a sus oídos –a saber: que le había dado una paliza a Marisa por haberse enrollado con un tipo–, Conrado supo que la bola de nieve era ya imparable y que por mucho que defendiera su credibilidad ante su amiga, ese ambiente tan chafardero en el que se había movido en los últimos años no merecía siquiera el gasto de saliva necesario para deshacer el rumor. Decidió refugiarse en los pocos amigos en los que realmente confiaba y, sobre todo, en el cultivo de su oficio; y rehuyó el contacto con los movimientos ciudadanos de la ciudad.

         A los dos meses del encuentro con su amiga de la infancia, Conrado recibió en su casa una citación judicial, en la que era conminado a comparecer como acusado en una denuncia por violencia de género.

3. MARISA Y CONRADO

Conrado se sentía muy orgulloso de la parte tan importante que, en su formación, dependía de su autodidactismo. Eso hizo que en la facultad de Bellas Artes despuntara como alguien acostumbrado a encontrar soluciones rápidas a ciertos problemas que planteaba la ejecución de una obra; su experiencia en el taller era en mucho superior a la de sus compañeros, quienes, mayoritariamente, habían cursado esa carrera en pos de un difuso sueño de celebridad. Conrado fue artesano antes que artista y, aunque considerara que ambos conceptos se solapaban, no dejaba de considerar que sus trabajos personales eran fruto del tesón y del saber hacer.
         Con 35 años, Conrado era ya un profesional establecido, con un estudio-taller propio y con un nivel de ventas que le permitía una existencia relativamente holgada, ajena a las preocupaciones de la bohemia artística al uso. Tras recorrerse todas las galerías privadas de la capital y su provincia, tomó posesión discretamente de los centros de exposición y museos de la capital autonómica, normalmente reacia a cualquier intrusión periférica. Convencido de que era difícil ser profeta en su propia tierra, amplió su listado de galerías amigas al extranjero, especialmente al sur de Francia, norte de Italia y Suiza, donde creía haberse ganado una gran seguridad en las ventas. Eso le proporcionaba un aplomo peculiar, una gallardía simpar, un carácter impermeable a los corrillos políticos en donde se repartían los sabrosos encargos institucionales; no los necesitaba, pero eso no impedía que le invadiera un ligero resquemor cuando se enteraba de que tal o cual compañero, de técnica e ideas muy inferiores a las suyas, se hacía con un jugoso contrato público.
         En su ciudad natal, las galerías habían desaparecido casi por completo, fagocitadas o arruinadas por el sector público, especialmente municipal, que había conseguido protagonizar en exclusiva la oferta cultural y arrumbar así la posible competencia generada por la iniciativa privada. Existía en esa ciudad, además, una escasa, casi inexistente tradición a la hora de adquirir obras de arte; la gente prefería de lejos –y los hechos parecían empeñados en demostrarlo– cualquier objeto estético que tuviera una finalidad decorativa. Los pintores costumbristas, especializados en la plasmación de rincones emblemáticos de la ciudad o en paisajes claramente reconocibles por sus habitantes, triunfaban –siempre y cuando sus cuadros no presentaran estridencias de mal tono–. Un reducido número de aficionados gustaba, sin embargo, de decorar sus salones con obras firmadas por los artistas "cultos", como si la firma de los mismos prestigiara de rebote el lugar donde quedaba expuesto y, por ende, a su propietario.
         Conrado no se engañaba a sí mismo, pues sabía que el valor de su obra dependía de su proyección personal, mucho más incluso que la capacidad de sugerencia que poseyeran sus cuadros. Sabía con exactitud cuánto costaba un lienzo de determinadas dimensiones pintado con X kilos de pintura al óleo; a ese coste había que añadirle el valor artístico de la obra, compuesto, en principio, por la maduración y la reflexión del creador, pero, en realidad, computable en horas de la misma manera que el trabajo de un artesano. El precio de un cuadro, en definitiva, dependía de la situación del creador en el mercado de arte, fuera éste de las dimensiones que fuera: local, provincial, estatal, internacional... Y también de ello dependía el grado de aceptación de cualquier producto, subproducto o simple ocurrencia que se le antojara presentar en una sala de exposiciones amiga.
         Laurent Schwarz, galerista en Arles, a la vista de la buena salida que tenían sus cuadros en la ciudad del Ródano, le propuso completar su propuesta con piezas de tres dimensiones: escultura, cerámica, alfarería..., lo que mejor le pareciera. Conrado se lo pensó y unió al siguiente conjunto de obras sobre lienzo una piedra de arenisca, limada y pulimentada por el agua, que presentaba un curioso hueco en su parte frontal. Huelga decir que esa piedra fue hallada por Conrado en uno de sus paseos por el entorno de su ciudad; pero el simple hecho de proponerla como un objeto digno de contemplación estética, firmada, titulada y presentada sobre una bella peana, le confería su estatus de obra de arte. Y como tal se vendió en la galería de Arles a un atrevido precio sugerido por Laurent –quien se encargó de glosar su importancia en la obra de Conrado con enormes ditirambos y referencias post-estructuralistas–, haciendo desear a los aficionados que el artista ahondase en esa vía y produjera más objetos como aquél. Dicho y hecho: la siguiente exposición presentó un número superior de objetos –entre los ready-mades y las verdaderas manufacturas– que de cuadros. Todo un éxito. Lo mismo en Bérgamo y en Basilea.
         Pero no por ello Conrado se sentía habitado por un genio especial, ni dotado de unas cualidades que lo diferenciaran del resto de los mortales: él trabajaba en un mercado que funcionaba según unas reglas muy determinadas, en el que había contado con la colaboración indispensable de sus mentores galeristas –tan interesados como él en que fuera considerado como alguien tocado por la mano de dios–. Ya hacía tiempo que evitaba cualquier conversación en la que necesitara convencer a aficionados y amigos de que él era un artista, porque le era en todo punto imposible sostener que su obra fuera una emanación pura de su espíritu. "¿Y por qué crees que el contenido de tus reflexiones pueda interesar a alguien?", le preguntó en una ocasión un alumno de la facultad, a la que acudió invitado para dar una charla; se quedó de piedra, incapaz de sacar pecho y afirmar algo como que el artista, por el simple hecho de serlo, está en contacto con lo más oculto del ser –o una frase en un tono similar, tan del gusto de redactores de catálogos y de libros de arte–.
         Descreído como estaba, y consciente de que su éxito de ventas se debía principalmente al apoyo de quien, con un aquilatado prestigio de conocedor, se enriquecía como él, rechazaba trabajar en el ámbito de lo público. Pensar que las condiciones en que su trabajo era apreciado –la ley de la oferta y la demanda, hábilmente manejada por Laurent y otros galeristas– se convertiesen en parte del patrimonio común le daba escalofríos. Las ventajas ofrecidas por el gobierno autonómico, o por el ayuntamiento, eran ciertamente muy golosas en el sentido de que no debía trabajar para vender: su libertad como creador de objetos era total. Pero esa misma libertad le asustaba, pues ya no se debía a un público ávido de decorar sus salones con un cuadro estampado con su firma, sino a otro obligado, ya que imposibilitado para hacerse materialmente con la obra, a apreciarla por su valor artístico. "¡Y eso qué es!", se preguntaba en voz alta.
         Aun así, aceptó un primer encargo, sobre todo para indagar en las reacciones de ese público no comprador que, sin embargo, tendría que estimar su obra con argumentos no mercantiles. Exigió que la difusión de su propio retrato fuera mínima, pues él deseaba estudiar a su público mientras deambulaba en la amplia sala de exposiciones municipal. Y presenció todo tipo de reacciones: rebuscadas lecturas, analogías asombrosas, sucios improperios, mutismo absoluto... "¡Tendríamos que traer aquí los dibujos de Antoñito!", decía un padre sorprendido ante un grabado; "¡una mierda pinchada en un palo..., pero sin el palo!", señalaba un joven ante una informe terracotta en una urna. Conrado se enfadó consigo mismo por haber aceptado la invitación, a pesar de que esa exposición le hubiera permitido ganar no poco dinero.
El arte era, exclusivamente aquello que era colgado en las salas de exposiciones. Y punto. Fuera de allí, sin peanas, ni marcos, ni firmas, ni vitrinas, sus objetos eran inservibles. Monos de feria. "¡Y yo no soy más que otro mono de feria!", se gritaba a sí mismo. Y como tal decidió comportarse en la siguiente exposición que le iba a montar el gobierno de su comunidad autónoma. Y como la condición de arte de los objetos presentados era conferida, principalmente, por la voluntad del espectador, decidió implicarlo.
Diseñó una instalación en la que, bajo un equívoco título de "Homo sacer", se prestaba, embutido en cuero, al sadismo de los visitantes; estos participaban arrojando al inerme artista huevos, tomates y fruta pasada, al tiempo que eran filmados por una cámara que recogía la expresión de sus rostros al cebarse con la víctima y la proyectaba en una pantalla en el lado opuesto de la sala. A la inauguración oficial de la exposición acudieron algunas autoridades, entre las cuales el presidente autonómico. Invitado a iniciar el juego, el más alto político de la región fue filmado lanzando huevos con verdadera pasión, como si en ello le fuera el puesto; y tras él, el vicepresidente, la consejera de cultura y hasta el alcalde de la ciudad. Las imágenes le parecieron tan representativas de lo que quería señalar que decidió proyectarlas durante todo el tiempo que durase la exposición en una pantalla dispuesta a ese efecto. Cuando la técnica de cultura de la institución autonómica, avisada por un guardia de seguridad, se percató de que sus jefes estaban siendo utilizados como elementos artísticos de dudosa conveniencia, requirió al artista para que detuviera la proyección y la sacara de allí definitivamente. Conrado se negó, aferrándose a la libertad de obra que le habían prometido al invitarle; y, empeñado, enfadado con su oficio y con los dispositivos de donde emanaba tanta miseria intelectual, se encadenó al proyector y a la pantalla y, desde el suelo, telefonéo a los medios de comunicación enemigos del partido en el poder –La voz del pueblo no acudió–. El escándalo fue mayúsculo.
A pesar de que sabía que las puertas de lo público permanecerían cerradas para él mientras se mantuviera ese mismo partido en el poder, Conrado participó en un concurso que le pareció interesante. El gobierno autonómico se propuso redecorar con gusto contemporáneo algunas capillas del patrimonio regional a las que no había llegado la restauración histórica. Pretendían con ello recabar los aplausos que las catedrales de Palma de Mallorca y de la Iglesia de los Catalanes de Palermo habían conseguido al contratar a Miquel Barceló, al tiempo que fomentaban la creación artística en el territorio y se ganaban la adhesión acrítica del mundillo del arte. Conrado visitó las capillas en cuestión y presentó un proyecto ambicioso, que, como en parte esperaba, fue denegado. Pero ya fuera porque se tomó en serio la concepción de su obra –dejando de lado su feroz anticlericalismo y sus propios intentos por poetizar su sentido de la existencia–, ya porque los proyectos seleccionados se hallaran a años luz del suyo, decidió impugnar la resolución de la consejera autonómica de cultura y rebatir cualquier argumento que le presentaran para defenderla.
Tras los preceptivos recursos, solicitó la documentación en la que se justificaba la elección de la comisión evaluadora así como los proyectos seleccionados. Le facilitaron el primer documento, que, en tan sólo tres páginas, pretendía separar el grano de la paja de entre las 30 propuestas presentadas a concurso; en cuanto a los proyectos ganadores, 12 en total, se le denegó su consulta con el pretexto de que en ellos figuraba información de carácter reservado e íntimo de los participantes. Y como le estaban negando el pan y la sal, recurrió a los tribunales.
Conrado estaba seguro de que la lectura de esos proyectos revelaría toda una red de clientelismo creada por Cultura en el territorio autonómico. Las subvenciones y los encargos públicos eran frecuentemente salarios encubiertos a familiares y amigos, pago de favores y prebendas a colaboradores en la sombra; todos ellos alimentados por el maná institucional y a cargo del erario público. Si lograba demostrar vínculos de ese tipo entre los artistas elegidos y los altos cargos de la consejería, las acusaciones de prevaricación y cohecho podrían ser fácilmente asumibles por cualquier fiscal. Conrado se sintió invadido por un arrojo quijotesco y romántico, parecido al que sentía cuando, adolescente, aspiraba a cambiar el mundo con su arte; y, de la misma manera que sus padres intentaron, hacía más de 20 años, hacerle desistir de estudiar Bellas Artes, sus íntimos y amigos le animaron a olvidarse del asunto; como entonces, Conrado siguió adelante con sus propósitos.
El juez de uno de los juzgados de lo contencioso de la ciudad fijó fecha 10 meses más tarde: 8 meses después de que se fuera a dirimir en tribunales la denuncia por violencia de género en la que estaba acusado. Demasiados juicios para alguien que jamás había tenido que ponerse a disposición de la más alta autoridad, capacitada para dirimir el bien del mal y lo fútil de lo punible.
Pocos días después de que se citara a las partes a la vista, Conrado recibió una llamada desde un número oculto. En contra de su costumbre, pues siempre temía ofertas comerciales escudadas en el anonimato, descolgó pensando en que tal vez fuera el abogado de Marisa quien le llamaba para anunciarle que habían retirado la denuncia. Una voz masculina trucada sonó al otro lado del hilo:
– Escucha, idiota: ¡vas a morder el polvo! ¡Cuando te metan en la cárcel por violador se te quitarán las ganas de pintar y hasta de vivir, pringao de los cojones! A ver si así dejas de menear la mierda y no te metes en donde no te llaman. Te aviso: retira la demanda contra Cultura o te irá mal..., ¡muy mal! Ya sabes lo que les hacen a los violadores nada más llegan a la cárcel, ¿verdad?
Conrado se amedrentó: nunca en su vida había recibido amenazas tan claras de desahucio absoluto de su persona; jamás se sintió objeto de un aviso tan contundente. Todo su mundo se tambaleó con ello.
No obstante su miedo, consultó a un abogado, a quien comentó ambos casos en profundidad. Javier, su letrado, le animó a que hiciera caso omiso de la amenaza telefónica y que siguiera adelante; que si los avisos se repetían, ya habría tiempo de acudir a la policía a dar parte. Conrado se dejó convencer y, a pesar de competer a diferentes instancias, contrató al abogado para que le representara en los dos casos.
Javier era de la misma edad que su defendido, aunque perteneciente a un universo completamente distinto. La facultad de Derecho había modelado tempranamente su imagen, su actitud ante la vida y su manera de pensar, dispuesto como estaba a medrar en un ámbito en el que las apariencias lo son todo y donde un discurso hueco pero bien hilvanado puede tener mayores posibilidades de éxito que un denso razonamiento. Gafas de pasta fina, camisa de cuadros con un jugador de polo sobre el pecho, pantalón azul marino de pinzas...; ése era el atuendo informal de Javier, que se transformaba los días de oficio en un oscuro y bien cortado terno que cubría con una cara toga de su propiedad, que llevaba desde su despacho y no compartía con ninguno de los compañeros del colegio de abogados.
Conrado no dejó nunca de pensar que Javier sospechaba de su culpabilidad como maltratador: tal es la ignominia que, como una pátina, cubre al acusado en esos asuntos. No obstante, la elevada minuta y una profesionalidad a toda prueba llevaba al abogado a no cuestionar jamás a su defendido, y a limitarse a consignar lo que éste le refiriese. Conrado, aun a pesar de su miedo a sentirse acusado incluso por quien debía defenderle de esa terrible denuncia, rechazó la práctica de algunas pruebas que podrían provocar una gran ansiedad sobre Marisa –y ello aunque así se lograra rebajar la credibilidad de su acusación.
Lo cierto es que le costaba trabajo –siempre le costó, desde el principio– dar crédito al hecho de que su ex-novia le llevase a los tribunales culpándole de acoso moral y psicológico, cuando era precisamente él quien se sentía abandonado y sustituido por otro hombre a lo largo de un doloroso proceso de separación en el que Conrado pensaba que Marisa había estado jugando con él, con su paciencia y su buena disposición. ¿Acaso compartir a su compañera con un amante conocido y aceptado no le supuso a él un coste psicológico importante, por el que su amor propio y su confianza en sí mismo se vieron terriblemente menoscabados? ¿No salió él de esa relación con el alma partida, habiendo agotado su resistencia al dolor a fuerza de sinsabores, pequeñas traiciones y verdades a medias? Había momentos en que una rabia enorme se apoderaba de él, engañado como se sentía por una persona en cuyos sentimientos se había volcado y a la que había dado todo cuanto había sido capaz de dar. Pensar simplemente en que había apostado ingenuamente por que su generosidad se viera recompensada con la más positiva de las actitudes y la mejor conducta de su compañera y que sólo hubiese conseguido ser larga y definitivamente insultado le revolvía las tripas, obligándole a levantarse de donde estuviera sentado para dar un frenético paseo por el salón de su casa. Afortunadamente, la calma seguía a la impotente rabia, y lograba a base de altas esperanzas, de ambiciosos proyectos, de planes de vino y rosas, curarse de sus enfados. Aunque..., "¡qué futuro me espera si el juez me manda a galeras!", se preguntaba apesadumbrado. Comprendía perfectamente que, en verdaderos casos de malos tratos, la víctima viese su ánimo y su concepto de sí segados de un golpe de guadaña, y que la ley debiera reprogramar al causante de esas penas a través de la comprensión en sus propias carnes del daño infligido a su víctima. Pero, él, ¿merecía él ese castigo, cuando sabía perfectamente que jamás hizo nada a Marisa que no fuera desde el más absoluto respeto? ¿Podía él hacer daño a alguien a quien había querido, cuando ese amor necesitaba del respeto de la persona amada para verificarse? ¡Cuántas veces argumentó de esa manera ante Marisa, incluso para explicarle por qué aceptaba de buen grado que se liase con Fabián!
Nada de todo ese argumentario serviría para su defensa, ya que el abogado Javier lo declaro de nula importancia para su exposición en un juzgado. Arrepentimiento, sumisión y absoluto sometimiento debían quedar patentes ante el juez, como si de un rasgo fisionómico se tratara, antes incluso de que Conrado pudiera abrir la boca. En eso tenía que consistir, insistía el abogado, la construcción de su personaje de víctima –y ésa era la base de la defensa que el letrado había ideado componer–.
Llegó el día del juicio y por fin vio a Marisa en la sala de espera del juzgado. Triste, llorosa incluso, no parecían convencerle ni la compostura de su abogada, ni los susurros depositados en su oído por Eloísa, ni la presencia de algunas mujeres del CGF; acompañada por Fabián, rompió el cerco que la rodeaba y se acercó hacia el banco donde había tomado asiento Conrado. Javier se levantó y, estirando el brazo defensor, le advirtió de que ese no era el lugar para resolver sus diferencias, sino ante el juez. Marisa se detuvo y le dijo, preocupada:
– No te preocupes, que voy a hacer que esto acabe enseguida.
Conrado la observó asombrado mientras ella, sin dejar de mirarle, se refugiaba de nuevo en el círculo de mujeres que la acompañaban. Javier se sentó a su lado e intentó calmarle, intentando que conservara la sangre fría que había demostrado hasta allí, necesaria para interpretar su papel ante el juez.
Fueron llamados a la sala y tomaron asiento frente al juez. El juez Mata tendría unos 45 años, alto, de unos 90 kilos, calvo aunque con unos cuantos pelos pretendiera cubrir parte de su cráneo, pesadas gafas de pasta y una tez lechosa que debía de haber adquirido durante las larguísimas sesiones de estudio para aprobar las temibles oposiciones de judicatura. Cuando, tras leer el tipo de procedimiento y las personas implicadas, se dirigió a los letrados de ambas partes con un hilillo de voz tartamudeante, incluso insegura, Conrado tuvo la certeza de que iba a ser condenado por ese caballerete que tan diferente era de él, tan divergentes sus motivaciones y manera de contemplar la existencia, y que seguro que intentaría vengarse de todas las privaciones sufridas durante la preparación de sus oposiciones castigando a un vividor y a un jeta. Su ánimo se derrumbó súbitamente.
El juicio se inició con la exposición de la abogada de la otra parte, quien describió a Conrado como a una bestia de violencia incontenible y de vida licenciosa y carente de toda moralidad. Todo eso explicaba que hubiese maltratado a Marisa a lo largo de toda su relación, cortando todas sus aspiraciones a la autonomía, criticando constantemente su forma de relacionarse con los demás, insultando a sus familiares y a sus amigas...; todo ello, en base a un firme propósito de dirigir su voluntad y someterla a sus propios designios. Tras un falso relato de cómo se había producido la ruptura entre ellos, solicitó la comparecencia de Eloísa, como amiga íntima de la víctima acusadora, confidente y conocedora de todos los detalles de la relación.
Eloísa se perdió en una larguísima narración de las circunstancias en que había conocido a Conrado, que, aunque no tuvieran nada que ver con el asunto, no fueron interrumpidas en ningún momento por el juez. Con su voz aguda y de bajo volumen –que incluso disminuía cuando su frase se hacía demasiado larga–, Eloísa refirió todos los accesos de mal humor del acusado que ella había presenciado. Lo conoció en una excursión montañera con amigos comunes y, a partir de ahí, nunca lo vio como trigo limpio: encuentros –que ella destacó como interesados–, desencuentros –con ella y con todo el mundo–, enfrentamientos constantes con todas y cada una de las personas que ambos conocían. Mal conversador y peor escuchador, Conrado era el perfecto ejemplo de un machista que pensaba que los hombres debían alabar su inteligencia y las mujeres ponerse a sus pies como servidoras y esclavas sexuales. Por eso, cuando se enteró de que se había liado con Marisa, ella misma inició una campaña para desprestigiarlo ante los ojos de su buena amiga. Pero Marisa estaba, claro, cegada por el amor que Conrado siempre fue hábil para inspirar en sus mujeres... Y cuando su amiga, víctima propiciatoria en el altar del ego de ese monstruo, quiso brillar por sí misma, ser en definitiva "alguien", él se empeñó en hacerle la vida imposible...
Marisa se levantó de su asiento para interrumpir a Eloísa. Pero el juez la hizo callar, pues no iba a permitir que nadie contraviniese el procedimiento. Hubo que esperar a que el abogado de Conrado la llamara a testificar para que la ex-compañera del pintor se despachase a gusto:
– Señoría, permítame pedirle que acepte que retire la denuncia contra el acusado, ya que me veo incapaz de mantener ninguno de los motivos que me llevaron a acusarle...
La abogada de Marisa se levantó como un resorte para protestar y pedir al juez que le permitiera hablar un instante a solas con su representada:
– Es evidente que mi cliente –dijo la letrada con patente nerviosismo– está padeciendo un acceso de piedad por quien la sometió durante largos meses. Pero ello no elimina la gravedad de los hechos cometidos y que estamos intentando demostrar en esta sala. Nos hallamos en presencia de un claro ejemplo de peligrosa conmiseración por el destino de un maltratador por parte de ...
El juez Mata parecía no hacer mucho caso de lo que la vociferante abogada le estaba largando. Más asombrado que otra cosa, calmó sus ojos abiertos como platos, se retiró las gafas, que limpió con su pañuelo en un gesto maquinal, y volvió a dirigir su mirada a la sala.
– Señora letrada, por favor –solicitó en un entrecortado tartamudeo–, tenga la bondad de permitir que la señorita manifieste su opinión. Continúe, si es usted tan amable.
– Señor Juez, he de confesarle que me he dejado llevar por el despecho, y que todo esto no ha sido más que un montaje en el que no he hecho sino seguir al pie de la letra lo que me estaban dictando las mujeres del Grupo Crítico Feminista. Eloísa y sus amigas me han querido convencer de que Conrado me había maltratado psicológicamente, a pesar de que yo no hiciera más que negarlo con argumentos que de nada valían ante su insistencia. Han difundido rumores completamente infundados entre mis conocidos para que me volvieran a mí en forma de insultos contra Conrado, de anécdotas magnificadas y sacadas de contexto para hacerme ver que mi ex-novio era un monstruo. Todo ha sido una enorme mentira, señor Juez, y si hay alguien aquí que merezca ser juzgada y acusada, ésa soy yo, por calumnias. Le pido que exculpe al acusado de sus cargos, porque son todos falsos.
Un silencio recorrió la sala. Tras unos 30 segundos durante los cuales los allí presentes debieron de recomponer sus ideas, el juez preguntó a las partes si tenían algo que añadir; su negativa condujo a que el caso fuera declarado visto para sentencia y la sala desalojada.

La sentencia fue remitida por Javier diez días más tarde: Conrado quedaba absuelto de todos los cargos.
4. MATA Y MELÉNDEZ



         Durante el mes de agosto se paraliza casi toda la maquinaria judicial española: los plazos dejan de contar, no se celebran juicios, secretarios y jueces están de vacaciones... Y hay que decir que es una pausa merecida, pues es tal el volumen de trabajo que debe soportar durante el resto del año ese pesado mecanismo que se hace completamente necesario detener los engranajes por un momento, lo cual debería ser útil para retomar aire y reemprender, ya en septiembre, los procedimientos con ánimos renovados. Aunque hay que añadir a esto que, por muchas vacaciones que se tomen, los jueces no dejan de hallarse sobrecargados de trabajo, lo que podría impedirles, en puridad, administrar justicia con suficiente conocimiento de causa de los elementos que actúan en los diferentes procesos. La interpretación de esos hechos, por mucho que se insista en que se efectúa según lo expresado por las leyes, se produce con un alto contenido de subjetividad; la Justicia no es una ciencia exacta, pues depende precisamente del criterio con que los jueces y juezas leen los hechos probados y los contrastan con la normativa al respecto. Si se une a esa subjetividad el escaso tiempo que jueces y juezas pueden dedicar a cada uno de los casos que se dirimen en sus juzgados, el resultado no favorece a la ciudadanía.
         Era, pues, agosto cuando el juez Mata recibió en su domicilio la visita de Jorge Meléndez, compañero de facultad y amigo de confidencias varias. Soltero como Mata, Meléndez ejercía como abogado independiente en un despacho cuya tenencia compartía con otros dos compañeros especialistas, principalmente, en Derecho administrativo. Meléndez contaba 45 años de edad, que parecía lucir bastante mejor que su amigo juez: alto, esbelto, con una complexión atlética que le impedía atrapar esos kilos de más que afofaban el cuerpo de Mata; relativamente agraciado de cara, peinaba un flequillo con una onda que le rozaba las cejas y que intentaba elegantemente colocar hacia atrás, en un gesto que repetía con frecuencia. Siempre impoluto en su indumentaria, no podía separarse ni en vacaciones de la raya diplomática que estampaba sus camisas –que siempre llevaba con los puños vueltos para lucir unas cuantas pulseritas de todo tipo en la muñeca izquierda y un enorme reloj de pulsera en la derecha–, que, de colores claros –rosa, azul celeste– casaban perfectamente con el pantalón de pinzas que indefectiblemente las zafaba por la cintura.
         Mata y Meléndez formaban una irregular pareja de amigos: el primero, descuidado y torpe, de palabra interrumpida ya por al tartamudeo ya por un descarado gangoseo, poco encantador en definitiva; el segundo, seductor y sonriente, con prestancia y elegante, cautivador gracias a su cuidado verbo, cultivado en mil y una batallas judiciales como abogado. Y sin embargo, juntos se encontraban muy a gusto, se respetaban y escuchaban mutuamente desde los ya lejanos años de la facultad.
         Mata lo recibió en el domicilio familiar, calurosamente, casi con cariño y dejándose llevar por la alegría de volverlo a ver; su madre, con quien el juez convivía desde que se instalara en la ciudad tras aprobar las oposiciones, quiso agasajar a un antiguo amigo de la familia, a quien incluso su marido, que en paz descansara, había honrado con la deferencia de su amistad. Doña Aurora había dispuesto una estupenda comida para el apuesto abogado, con la que pretendía ganarse su aprobación y, de rebote, la de su desafecto hijo. Es cierto que la señora de la casa –de 70 años de edad pero conservando los aires elegantes que antaño la hicieran destacar entre las mujeres de su clase y edad– era muy coqueta y gustaba de agradar a los hombres; pero sus intenciones tenían más que ver con el hijo que con el amigo.
         Mata, quien no había entrado todavía en el comedor del gran apartamento del centro de la ciudad, se quedó sorprendido ante la decoración de la mesa: los mejores cristales, la mejor vajilla, los más antiguos cubiertos de la familia engalanaban la amplia mesa central, que, repleta de detalles y añadidos, apenas sí dejaba espacio para más de tres comensales. El hijo se sintió apabullado ante tanta magnificencia, que jamás se desplegara para él, y vio en ello un obstáculo que su madre interponía entre los dos amigos. Tras soportar los elogios que Meléndez hizo ante el servicio desplegado, Mata solicitó a su madre que les ofreciera algún aperitivo.
         – ¿Un dry martini, Meléndez?
         – Eso sería estupendo para abrir el apetito ante la de seguro formidable comida que nos habrá preparado doña Aurora. Puedo esperar que nos acompañe, ¿verdad, señora?
         – Huy, Meléndez, quita –replicó el juez, tan incisivo como se lo permitía un repentino tartamudeó que se apoderó de él–, que aunque a mi madre le gustaran mucho esos brebajes en su juventud, no le convienen demasiado. ¿Verdad, mamá, que es mejor que no nos acompañes con un peligroso dry martini?
         Doña Aurora tembló ante la sugerencia de su hijo, que dejó flotando en el ambiente una incómoda tensión. No podía permitir que ese botarate le impidiera disfrutar del rico almuerzo en que había puesto sus mejores aptitudes y conocimientos.
         – Hijo mío, hay que ver lo desagradable que puedes llegar a ser conmigo. Y tu amigo Meléndez debe de saber –y si no se lo has dicho tú se lo digo yo– que ya estoy más curada de mi enfermedad y que se acabaron mis problemas con el alcohol.
         – ¡Ah, ¿sí?! –le espetó Mata desafiante–. Pues no se hable más: un dry martini también para la señora.
         Él mismo tomó la coctelera agitada por el mayordomo para servir a su madre un largo martini, que ofreció con un un gesto de falsa servidumbre. "Beba usted, señora", le ordenó. Doña Aurora miró a su hijo con una expresión en la que se leían los restos de mil conflictos pretéritos, y, tras levantar el cristal saludando a Meléndez, bebió su martini de un único trago, largo y tembloroso, que hizo desaparecer todo su contenido.
         – ¡Muy bien, señora! –le lanzó Mata con una sonrisa cínica–. ¡Excelente! Permítame que llene de nuevo su copa.
         Sirvió de nuevo a su madre, a su amigo y a sí mismo, y los tres brindaron. Meléndez tan apenas probó un sorbo; Mata y doña Aurora vaciaron la mitad.
         – ¿Ves como estoy curada?
         – Sí, eso habrá que verlo después.
         Humillada, la señora rogó a los letrados que le permitieran un momento perderse en la cocina para hacer que fueran trayendo el primer plato.
         – ¿Qué tenemos, mamá?
         – Cóctel de gambas –contestó nerviosa la madre.
         Desapareció por la lujosa puerta del salón y los dos amigos vaciaron pausadamente sus copas, mientras departían sobre los nuevos fichajes del Real Madrid. Al punto entró la asistenta, vestida de uniforme y cofia, con una bandeja con tres pequeños recipientes de loza, que colocó en los tres sitios dispuestos para ellos en la mesa. Los amigos se sentaron, desplegaron las servilletas mientras seguían con sus asuntos deportivos.
         – Este Florentino Pérez es un genio: tenía que volver para poner al Madrid en el sitio que le corresponde –observó Meléndez.
         – Pues sí, qué quieres que te diga. A ver si por fin damos a esos catalanes lo que se merecen...
         Doña Aurora parecía retrasarse, por lo que Mata, interrumpiendo a su amigo, la llamó con un grito para que volviese de la cocina. Enseguida salió la asistenta anunciando que la señora se había sentido indispuesta de repente y que les rogaba que empezaran a comer sin ella, que, una vez repuesta, se uniría a ellos.
         – ¡No, si ya lo sabía yo! –rugió Mata, al que ni siquiera su cinismo libraba del tartamudeo, levantándose de la mesa y dirigiéndose ya hacia la cocina vociferando–. ¡Con que curada, ¿eh?! ¡Qué curada ni qué cuatro leches!
         En la cocina no encontró a su madre, pero percibió rápidamente encima de una mesa la descorchada botella de vino que, casi vacía, ya no podía ser llevada al comedor sin un cierto arrobo. Mata la cogió por el cuello y, con ella en la mano, fue a dar con su madre a su dormitorio. Meléndez escuchó perfectamente los gritos del hijo.
         – ¡Con que curada, ¿eh?! ¡Qué vergüenza! ¡Delante de mi amigo!
         Se oyó un portazo y los apresurados pasos del juez antes de entrar de nuevo en el salón. Cuando se sentó a la mesa, soltó aire para expulsar un mal demonio de su interior.
         – ¡Qué desgracia, tener una madre así! Bueno, Meléndez, más vale que no la esperemos si queremos comer a nuestras anchas...
         Él mismo descorchó una nueva botella, a la que siguió otra para las carnes y un par de copas de pedro ximénez con los postres. Ahítos y satisfechos, los dos hombres hicieron ademán de recolocarse el estómago al estirarse, que, en el caso de Mata requirió del aflojamiento del cinturón mientras se dirigían hacia el sofá. Café, copa y puro relajaron del todo el todavía enrarecido ambiente.
         – Deberías darte más a los placeres de este tipo, Mata –le señaló, amistoso, su amigo–: te tomarías la existencia con más calma.
         El juez inhaló una gran calada de su cigarro en la que pareció buscar el sentido de lo dicho por Meléndez; tras exhalar una enorme bocanada de humo, dio la razón al abogado.
         – Lo cierto es que, si no fuera por estos momentos.... –contestó, casi melancólico–.
         – Venga, no me vengas con esas: no me digas que ser juez no te proporciona estupendos momentos de placer... ¿Qué me dices de esa ebriedad que da saber que tu dictado irá irremisiblemente a misa?
         – Pues no es para tanto, para qué te voy a decir lo contrario. Creí en un principio que la judicatura me iba a dar muchas alegrías –ya sabes: proteger al indefenso de los excesos del poder, hacer justicia, en una palabra–, y sin embargo..., como lo oyes. ¡Cansadito estoy de esta audiencia provincial en la que no trato más que asuntos de medio pelo y sin interés jurídico alguno!
         – Tómatelo como un simple episodio previo a tu desembarco en la capital ¡Allí sí que los asuntos son de enjundia!: pleitos contra el Estado, indemnizaciones multimillonarias, con consecuencias importantísimas no sólo para la jurisprudencia, ¡sino también para todo el país...!
         – Pues aquí, nada de eso: un buen paquete de procesos sin emoción, en los que yo, como juez, no puedo como me gustaría exprimir la ley como si fuera el orujo del vino para hacerla destilar en finas gotas, y dictar sentencias que se hicieran célebres por sus alardes retóricos e interpretativos. ¿Y los abogados? ¡Válgame Dios, qué gañanes!
         – Ya imagino que la abogacía en provincias ha de ser por fuerza diferente a la de las capitales.
         – ¿Te puedes creer que, en una demanda que un señor le puso a una constructora, hubo que ir a buscar al abogado de la defensa a su despacho, pues había olvidado la fecha de la audiencia previa? Y no sólo eso: una vez allí –se conoce que el caballerete había pasado mala noche–, se quedó dormido y su procuradora tuvo que despertarlo para que iniciara su alegato...
         – Ja, ja, ja –rió de buena gana Meléndez–. Supongo que lo pondrías de vuelta y media y, luego, en el juicio, le harías arrepentirse...
         – Pues sí a lo primero y no a lo segundo, ya que en el juicio desplegó una hábil estrategia retórica que consiguió hacerme perder de vista por un momento lo prosaico del caso y hasta las razones del demandante –que hasta entonces me habían parecido meridianas–. Y, contra todo pronóstico, absolví al constructor de indemnizar a su ex-cliente. Este whisky que estás bebiendo –añadió, alzando un enorme vaso llano– viene de su parte...
         – Escaso pago en agradecimiento al favor que le hiciste a su representado... El mundo está lleno de desagradecidos: ¡adónde iremos a parar!
         Los dos amigos lanzaron una carcajada, rellenando sus vasos con el líquido del abogado de la constructora.
         – En la capital se han puesto muy puntillosos con los regalos –observó Meléndez–, sobre todo a raíz de las denuncias por cohecho pasivo formuladas contra altos cargos del PP. Nadie quiere verse salpicado por la más mínima sospecha de corrupción.
         – ¡Qué quieres que te diga! La Administración de Justicia sigue estando, como quien dice, en la Edad Media. ¡Cómo quieres que se aparquen prácticas del pasado cuando las cosas funcionan como funcionan! Y no por mucho que se haya transferido la Administración de Justicia a las autonomías van a cambiar las cosas...
         – Yo creo que sí que ha servido para descargar un tanto al Estado, lo cual debería repercutir en una mejor lubricación de todo el sistema. Y si no lo ha hecho ya es debido a la bisoñez de las autonomías para encargarse del asunto. O a la falta de medios, claro...
         – Lo uno y lo otro, Meléndez. ¡O acaso crees que por poner un ordenador más en cada juzgado las cosas van a ir a mejor? Además, la transferencia de competencias ha hecho que los jueces tengamos un vínculo más estrecho con quien decide cómo se ordena la Administración autonómica. O sea, que el poder ejecutivo controla más de cerca al poder judicial, con todas las consecuencias que de ello se pueden derivar...
         – ¿Existe manipulación? ¿Tú crees?
         – Claro que lo creo: ¡lo aseguro! La Administración exige respeto a sus funcionarios, y ya sabes cómo arrincona a quien se muestra díscolo... Más de uno conozco que ha hecho lo imposible por beneficiar al gobierno autonómico o provincial –incluso local, ¡hasta dónde llega la mano del poder político!– para asegurarse un traslado. Es una bendición para los jueces poco virtuosos y una enorme tentación para los descontentos y desencantados con sus posibilidades de hacer algo por la sociedad. Y, desencantados, ¡hay tantos! No veas en qué condiciones trabajamos, Meléndez, siempre contrarreloj, con dos y hasta tres casos por mañana, debiendo sacar adelante hasta cien sentencias al mes, en medio de un maremoto de expedientes, informes técnicos, pruebas periciales, testimonios... ¡Por fuerza tenemos que equivocarnos a veces y dar la razón a quien no la tiene...!
         – Y tú –le formuló, granuja, el abogado–, ¿te has visto tú alguna vez...?
         – ¿Presionado por el poder político? Pues claro que sí. Antes menos que ahora, ya que en la sección penal eran pocos los casos posibles. Hace poco se me presentó una denuncia de violencia doméstica en la que alguien me pidió que me mostrara muy contundente; y no era la consejería de igualdad, no, la interesada en que se hiciera justicia en el asunto. Bueno, huelgo decirte que, sobre esto, discreción absoluta, ¿eh? Así que acepté el pacto a cambio de facilitarme el traslado; pero, nada, la cosa fue imposible pues, a última hora, la chica se echó atrás. Por lo visto había sido todo un montaje de un grupo de activistas feministas a la  caza y captura del macho violador... Se quedó todo en agua de borrajas. Pero, en pago a mi compromiso, me ofrecieron venir a lo contencioso, donde puedo estar más cerca de la Administración y, por tanto, de mi propia promoción.
         – La verdad es que me alegro de que no tuvieras que forzar la condena de ese desgraciado; pero no por él: seguro que era culpable de algo de lo que se le acusaba en esa denuncia. Me alegro más bien de que hayas dejado atrás el fantasma de la prevaricación...
         – Ya sé por dónde vas, querido Meléndez, pero no pases pena: es tan difícil demostrar la intención prevaricadora de un juez como encontrar una aguja en un pajar. Muy reñido tendría que estar uno con toda la judicatura y la magistratura para que éstas hicieran caso y ahondaran en una acusación de ese jaez. Ya sabes: primero tendría que haber algún juez que no desestimara el caso; incluso si lo hubiese, la parte denunciante debería enfrentarse a infinidad de suplicatorios que alargasen el procedimiento más allá de lo aceptable por una bolsa humilde. Y, en su curso final, son tales las presiones políticas sobre el CGPJ que ningún juez debidamente protegido por un partido vería su caso expuesto en las altas instancias.
         – La responsabilidad recae estrictamente en la conciencia y el celo profesional de cada juez, ¿no es así? El Estado la ha depositado en él y confía plenamente en que administrará justicia de la mejor manera posible. Mientras no se demuestre lo contrario; pero, como tú dices, en tan costoso demostrar eso que...
         – Eso mismo; pero siempre y cuando uno se pueda sentir seguro de sus apoyos extrajudiciales. Hay que tener contenta a la clase política, pues, lo quieras o no, los nombramientos dependen de ellos tanto como de la propia magistratura.
         – Te interesa por lo tanto estar a bien con el gobierno autonómico...
         – En efecto; y toda oportunidad es buena para quien desee medrar en el escalafón regional y aspirar a los más altos honores, que sólo se alcanzan tras muchos esfuerzos e intercambios de favores. El pobre diablo que fue denunciado en el asunto sobre violencia de género del que te he hablado antes –un holgazán que se gana la vida de mala manera vendiendo cuadros y figurillas: un vago, en definitiva–, pues bien, ese tipo debía ser condenado para amedrentarle. Me explico. Antes de que le acusaran por malos tratos, interpuso varios recursos contra un concurso convocado por la consejería de Cultura, por un tema en el que, de sustanciarse en tribunales, cualquier abogado podría demostrar que ha habido fraude. Como los políticos, además de torpes, son muy miedosos y lo que más temen es que sus partidos los releguen por haber provocado un escándalo mediático, tienen miedo de que el fraude se descubra y sean acusados de haber favorecido a quien no lo merecía.
         – Lo de las subvenciones y concursos..., bueno, ya se sabe: una de las principales herramientas del clientelismo...
         – Veo que lo captas. Pues bien, la consejería convocó un concurso para restaurar unas cuantas capillas; el artistucho éste en cuestión quiso participar y, por encontronazos pasados con la Administración, se lo han negado; pero, claro, él sospecha que los beneficiarios de ese concurso –artistas como él– no merecen encargarse de ese trabajo porque su proyecto es mejor.
         – Y reclamó, recurrió en reposición, alzada... –le interrumpió Meléndez, perspicaz–, ¡y como si nada! Le han negado la consulta de los informes de la comisión encargada de evaluar los proyectos presentados y, sobre todo, el contenido profundo de cada uno de ellos, con algún pretexto poco sostenible jurídicamente.
         – Nada más y nada menos que la defensa de la propiedad intelectual y de la intimidad de los participantes. ¡Soberana tontería!
         – El tipo habrá interpuesto un contencioso aunque sólo sea para poder consultar esos proyectos y toda la documentación ad hoc. ¿Y qué pasará?
         – ¡Qué va a pasar, querido Meléndez! Que le permitiré consultar la documentación y, habiendo convertido el asunto en un procedimiento ordinario, todo se resolverá por vía documental. Pocas posibilidades tiene el pintamonas ése, te lo aseguro yo.
         – Pero, Mata –le inquirió su amigo mientras se acercaba a la mesa baja para atrapar su ancho vaso de whisky–, si el tipo logra demostrar que el concurso se adjudicó a dedo y tú te sientes en la necesidad de disculpar a los de Cultura, ¿no temes que tu sentencia sea un ejercicio de acrobacia jurídica y que deje ver claramente tu posicionamiento a favor de la consejería?
         – Te agradezco la preocupación, de verdad, amigo; pero para que eso se produjera tendrían que reunirse dos elementos: uno, que la consejería hubiera hecho tan mal las cosas como para hacer evidente su prevaricación; y dos, que la parte actora fuera tan hábil como para presentar su demanda de manera absolutamente incriminatoria y que el juez se viera empujado a sólo aceptar esa visión y no otra. Que se den esos dos extremos es tan poco habitual como difícil.
         – Pongámonos en esa posibilidad, pues hay que preverlo todo. ¿Qué podría suceder?
         – Lo cierto es que bien poco, querido Menéndez –replicó Mata con suficiencia, mientras exhalaba una enorme bocanada de humo–. Todo lo más, habría que echar atrás el concurso y resolver de nuevo, encargándole a ese artistucho la restauración que propuso en su proyecto.
         – No te olvides de los altos cargos que hayan inclinado la balanza a favor de sus amiguetes...
         – Poco tienen que temer esos, pues..., ponte en situación: por muy clara que apareciese su intervención activa en la adjudicación, ya me dirás que juzgado se atrevería a estimar una demanda que busque condenar a unos políticos ya asentados. El juez se juega su puesto... Pero es que, además, tratándose de faltas administrativas, ningún juzgado puede sustituir a la Administración en el ejercicio de su poder disciplinario, ya que la jurisdicción contencioso-administrativa sólo tiene carácter de revisión. Es decir, que aunque yo quisiera inculpar a, qué sé yo, el director general de subvenciones, o el director general de Cultura, o a la propia consejera, no podría más que instar a esa consejería a investigar el asunto y, llegado el caso, sancionar debidamente a quien lo mereciera. Ahora bien, ya puedes imaginar que esa investigación interna sería infructuosa.
         – Eres un maquiavelo, Mata. Te auguro grandes éxitos en tu carrera. Pero, si me permites: yo no le expondría a los de la consejería el asunto tal y como me lo has expuesto a mí; yo dejaría de lado muchos detalles para poner de manifiesto que no son las singularidades procesales sino yo mismo, como juez, quien hace que todo concluya para el mejor beneficio de la consejería. En caso contrario, corres el riesgo de que tu actuación en el caso sea minusvalorada por quien tiene que apreciarla y que te pague en consecuencia.
         – Tú también eres un pequeño maquinador, ¿eh, bribóon? –le espetó, bromista, el juez para recocijo de ambos–. Pierde cuidado, pues así lo hice cuando me entrevisté con la consejera.
         – ¿Y cómo fue eso? ¿Te envió el coche oficial para que acudieras a su despacho en la capital autonómica? ¿Te citó en el reservado de un restaurante? ¡Ay, los entresijos del poder!
         – Te aseguro que no son ni la mitad de atractivos que los que tú conoces en primera persona, pues tus clientes disponen de muchos más medios y soltura que los palurdos que tenemos por políticos. ¡Venga, no te hagas el despistado que sabes de qué estoy hablando! ¡A que sí!
         – No se pueden comparar los intereses de un gran banco con los miedos al desprestigio de un político regional, por muy apoyado que esté por la ejecutiva federal de su partido... El nivel de lo que se halla en juego –reveló Meléndez explicativo– determina el nivel de las apuestas... Pero, bueno, ¡cuéntame cómo fue lo de la consejera!
         – Tampoco creas que fue nada del otro mundo. Su primer aviso se produjo en una cena ofrecida a toda la judicatura por el presidente autonómico, los diferentes salones y recovecos del palacio presidencial favorecen los encuentros y..., así fue como me atrapó en un aparte la consejera y me expuso brevemente el asunto. Unos días más tarde, sí, vino el coche oficial y me llevó a la sede de Cultura, donde ya pudimos hablar sin temor a intromisiones.
         – ¿Y qué te ofreció a cambio?
         – Eso dependerá del resultado final y del contenido de mi sentencia. Pero ya empiezo a oler el cuero viejo de los sillones del Tribunal Superior...
         – ¡Bravo! ¡Enhorabuena! ¡Coño, Mata, espero que todo salga a pedir de boca...!
         – Yo también lo espero –sentenció mientras extraía con la uña del meñique un resto de comida de entre los dientes.
         – En nuestros tiempos, un juez en el tribunal superior es como ser mariscal de campo en el siglo XIX... ¡Tu padre habría estado orgulloso de ti!
         En ese momento, y perturbada por las voces de Meléndez, apareció la cabeza de la madre de Mata por la entreabierta puerta, preguntando por el motivo de ese griterío. El juez se levantó y, para evitar que su amigo viera a doña Aurora en camisón, corrió a cerrar la puerta y mandó a la señora de vuelta a la cama con un improperio.

         – No sé qué voy a hacer con esta mujer... ¡Me tiene ya harto! –apostilló, con el tartamudeo que de nuevo se apoderaba de él.