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domingo, 6 de septiembre de 2015

6. ROSA Y ZARA

         Azahara siempre tenía prisa a causa de la constante ansiedad que le había contagiado el entorno del departamento de cultura en que trabajaba. Habiendo entrado relativamente joven a ocupar ese cargo de confianza –que Carmen, la consejera, le ofreció por su común amistad con Rosa, su profesora de crítica literaria en la universidad–, tuvo que demostrar su valía a base de tesón y diligencia, con los que pensaba que borraría ante sus compañeros su inexperiencia y su estigma de enchufada. Trabajó denodadamente para ello, invirtiendo los fines de semana –que cualquier joven de su edad ocupaba en tomar infinitos cafés con las amigas y copas en los antros nocturnos– organizando actos en pueblos y comarcas, dándose a conocer a alcaldes, concejales, presidentes vecinales y de asociaciones culturales. La espontaneidad se le había perdido, inmolada en el altar del qué dirán y de las conversaciones chismosas provocadas por el aburrimiento de una oficina carente de líneas maestras, planeando con detalle la impresión que deseaba dar a sus interlocutores.
         Rosa seguía utilizando para nombrarla el mote nacido de la deformación de su gracia, ya que, a partir del poco habitual en esas latitudes Azahara, los amigos de la facultad la habían rebautizado como Zahara –por el éxito súbito que cobró una población gaditana para el veraneo de ciertos televisivos–. La inutilidad de esa sílaba intercalada y su costumbre por vestirse a precios baratos en las tiendas de una conocida cadena de ropa, la hizo merecedora de la reducción a dos sílabas de su largo nombre de pila. Rosa, pues, la seguía llamando Zara a pesar de que los más de 2.000 euros mensuales que recibía del departamento de Carmen en concepto de salario la hubiesen hecho cambiar de hábitos vestimentarios, adoptando la marca Desigual para hacerse valer como alguien de gusto personal en medio de sus compañeras administrativas –quienes solían adoptar indumentarias modosas y nada estridentes–.
Un pequeño cascabel se dejaba oír en el interior del vehículo cada vez que Azahara cambiaba de velocidad, amarrado a la palanca; y, con cada bandeo del coche, una pequeña bolita de discoteca, colgada del espejo retrovisor, proyectaba sus espejeantes destellos.
         – Te has convertido en una verdadera Fitipaldi –observó Rosa–: ¡150 km/h por autovía! Te aseguro que no tengo prisa alguna por esperar en la sala de embarque...
         – Yo tampoco tengo prisa, pero es mi costumbre. Imagino que cuando me metan una buena multa me acostumbraré a levantar el pie del pedal...
         Rosa contestó con una sonrisa a la sonrisa de su ex-alumna, incapaz de exigir que aminorara la marcha a quien cortésmente se había prestado a llevarla al aeropuerto regional.
         – Así que a Fuerteventura... ¡Cómo vivís los profesores! En pleno curso, un viajecito pagado a una isla con la excusa de participar en un congreso... No está nada mal, ¿eh?
         – La verdad es que estos viajes no dejan de provocarme cargo de conciencia: la universidad no está como para financiar inútiles viajes de sus profesores, y más ahora que le han denegado la etiqueta de excelencia. El rector considera, sin embargo, que este es el momento en que más profesores conferenciantes debe enviar a los centros de investigación de todas partes, para que esa falta de excelencia institucional se vea desmentida por el alto nivel de sus docentes investigadores. Y en ello se está yendo una parte considerable de los ingresos de la universidad, en una promoción encubierta. Digamos que los profesores que, como yo, aceptamos las invitaciones de otras universidades para debatir sobre cosas tan fútiles como la vigencia del estructuralismo como sistema crítico, tranquilizamos nuestra conciencia convenciéndonos de que gastamos fondos públicos en una buena causa.
         – ¿Y lo consigues?
         – Ni creo que la causa sea buena ni que el estructuralismo merezca ya ninguna inversión. Y, para responder a tu pregunta: no, no consigo tranquilizar mi conciencia. Me consuelo diciéndome que, por lo menos, disminuyo el gasto de mi estancia alojándome en casa de mi amigo Rafa en lugar de en el lujoso hotel que nos ha reservado la organización del congreso. Pero el vuelo de ida y vuelta, sí: lo pagan las donaciones de la caja de ahorros que tú ya sabes.
         – Si eso sirve para reducir aunque sea un poco los beneficios de esa caja, no me parece mal.
         – A mí tampoco; pero no hay que olvidar que esas donaciones les proporcionan importantes exenciones fiscales: la famosa obra social –le aclaró Rosa, didáctica–. Ellos donan y, donando, reducen impuestos, nos obligan a hacerles publicidad y consiguen presentar su mejor cara ante la opinión pública, lo que contribuye a aumentar su cartera de clientes. Una operación de marketing que, te aseguro, no les sale demasiado cara.
         – O sea, que si no he entendido mal –preguntó Azahara en un tono entre mordaz e ingenuo–, no estás de acuerdo con que los bancos financien determinadas actuaciones públicas. No te parece bien, por ejemplo, que esa caja haya puesto el 40% del coste total del último festival organizado por Cultura...
         – ¿Me lo pregunta la confiada amiga o la suspicaz técnica de cultura?
         Azahara desvió la vista de la carretera y, mirando a Rosa para buscar el tono de su pregunta, se rió abiertamente al ver la pícara sonrisa de su antigua profesora.
         – Eres mala, Rosa, y perversa... Te lo pregunto buscando en ti, como siempre, respuesta a mis dudas de más difícil solución. Te lo pregunta, por lo tanto, una técnica de cultura que todavía hoy se preocupa por las consecuencias de lo que hace y que acude a una amiga para compartir con ella sus cuitas y extraer de ello lección y consejo.
         Rosa lanzó una sonora carcajada hacia el techo del automóvil, generando una onda de simpatía que Azahara recogió y rubricó con su risa.
         – ¿Y por qué dices de ti misma, como con extrañeza –retomó Rosa tras la calma–, eso de que "todavía hoy se preocupa"? ¿Acaso tus compañeros pasan de puntillas ante los dilemas éticos de su trabajo?
         – Decir que pasan de puntillas sería concederles mucho: estas son cosas que no se plantean en el día a día. Lo que suele importar es la incidencia mediática de lo que organizamos y su posible utilidad para la proyección política de nuestra jefa. Los técnicos no nos preguntamos nunca por la validez ideológica de los festivales, obras de teatro, conciertos y recitales que programamos; o por lo menos no hablamos de ello entre nosotros. Primero, porque la política la hacen ellos, los políticos, quienes se supone que supervisan y dirigen lo que se hace; segundo, porque sólo suele interesar que salga bien aquello en que hemos invertido tantas horas de trabajo; y, tercero, porque, ¡qué quieres que te diga!: tenemos que justificar nuestro sueldo proponiendo cosas, ya que nuestros dirigentes no nos indican qué hacer, y mucho menos para qué.
         – Entiendo –dijo Rosa–.
         – Y, al final, como nuestras actuaciones tienen por finalidad promocionar a nuestros jefes, optamos casi sin excepción por aprovecharnos de nuestra posición y del presupuesto concedido en promocionarnos a nosotros mismos. Cada cual rivaliza con sus compañeros en lo novedoso de sus festivales, o en el cartel de nombres programado o en su colaboración en foros, congresos y revistas sobre gestión cultural, cultura pública o sobre arte y creación. Tiene mejor fama quien, además de colar a su concejal o consejero de cultura un carísimo festival, consigue traer a las estrellas más rutilantes o más originales del mundo del espectáculo. Y todo ello afirmado y subrayado por su aparición en la prensa nacional o incluso internacional.
         – Y todo para satisfacer tanto la vanidad del técnico como la promoción del político de turno...
         – Pues sí. Y bien cara que nos sale a los contribuyentes satisfacer la vanidad del técnico o financiar la carrera del político... Hay veces en que me pregunto por el papel que cumple en todo esto la ciudadanía...
         – Yo diría que es doble –propuso Rosa–, pues se espera de ella que cumpla como votante y como espectadora. ¡Y además pagando!
         – Sí: la cosa no deja de ser irónica, ¿no te parece?
         – Desde luego. Y yo me sigo preguntando si las facilidades que da la cultura institucional a la ciudadanía para asistir a espectáculos hace de ella, de la ciudadanía, una masa más culta. Y, incluso en caso de que la cultura institucional se propusiese como objetivo principal cultivar a la sociedad, no estoy segura de que eso lo consiga mediante la programación de teatro, exposiciones, conciertos y óperas... Simplemente, esa cultura institucional no se pregunta jamás cuál es el medio más adecuado para contribuir a la formación de sus administrados. ¿Te lo has preguntado tú alguna vez, Zara?
Azahara, sin apartar la mirada de la carretera, como si en la discontinuidad de la línea central fuera a encontrar la respuesta más acertada, suspiró, casi incomodada.
– Sí, claro que me lo he preguntado. ¡Vaya que si lo he hecho! –añadió, tajante–. Sobre todo cuando me digo que tanto dinero dilapidado en alimentar la oferta cultural autonómica podía haber sido utilizado en otros fines realmente más útiles. ¡Cantidades ingentes de dinero que se invierten en facilitar que la gente acuda al teatro, o al cine, o a recitales de poesía! Si realmente nos comportáramos como meros intermediarios, como simples propiciadores, y revirtiéramos el precio de cada actuación en las entradas, ¡no creo que consiguiéramos ni la mitad de espectadores!
– Ya. La gente asiste a los espectáculos en parte porque vosotros pagáis un alto porcentaje del coste de la entrada –razonó Rosa–. Y es precisamente la sociedad en general quien abona indirectamente ese porcentaje.
         – Y a base de bajar los precios, nos hemos convertido en una competencia más que desleal para la iniciativa privada. O, para decirlo de una manera más cruda: nos hemos cargado el tejido de productores y promotores culturales que trabajaban en busca de rendimiento económico. ¡No queda ya casi nadie que se atreva a competir con la cultura institucional! Cualquier iniciativa reciente ha fracasado estrepitosamente, y precisamente porque hemos acostumbrado al gran público a pagar poco dinero por cualquier espectáculo. Así, ¡a ver quien invierte en espectáculos!
         Un repentino silencio se apoderó del interior del vehículo, como si en su profundidad las dos amigas hallaran conexión en las ideas.
         – Lo realmente curioso de todo esto, me parece a mí –añadió Rosa–, es que la cultura se haya convertido en una necesidad de primer orden, que es lo que realmente ha motivado que los poderes públicos se hagan cargo de ella.
         – ¡Sí, sí, como si fuera la sanidad o la educación...!
         – Cuando se trata únicamente de una necesidad realmente espúrea... ¿Realmente nuestra sociedad precisa espectáculos y exposiciones artísticas para sentirse más realizada y segura de sí misma? Porque en eso y en no otra cosa se ha convertido la cultura institucional. Como si en ello se hallara la clave de la construcción de una sociedad más libre, consciente de sí misma, justa y, por consiguiente, crítica...
         – Ya te digo ... –resolvió Azahara con fatigada seguridad–. Y sin embargo, algunos políticos defienden la idea de que la elección de una determinada línea de espectáculos contribuirá a fomentar los valores cívicos en la ciudadanía... Obras teatrales que ayuden a educar a la gente en, por ejemplo, la solidaridad...; o en la cultura de paz...; o en la igualdad de género...
         – ¿Me estás diciendo –inquirió Rosa con tono cínico– que la cultura insitucional se propone la educación de la ciudadanía más allá de la edad escolar? Eso significaría que la clase política se erige a sí misma en portadora de grandes valores; que los técnicos de cultura y programadores públicos se comportan como propiciadores de la transmisión e inculcación de esos valores; y, finalmente, los artistas, en transmisores. Suena bonito, incluso idílico, a pesar de ese inevitable tufillo a dirigismo que desprende la idea.
         – Ya –dijo Azahara con timidez–. Yo tampoco creo demasiado en esa interpretación del hecho cultural desde lo público. No creo que ni mi consejera, ni mi director general, ni ninguno de los altos cargos políticos que rigen los designios de la cultura institucional de esta Autonomía tengan claramente construido en su mente el tipo de sociedad que desearían contribuir a crear, o en el que deseasen vivir... Y estoy completamente segura de que los técnicos y programadores tampoco. Y, si me empujas, ni siquiera los artistas, quienes están cada vez más sujetos a las simpatías que generen entre quienes les han de dar de comer...
         – Me estás dejando anodadada con esas ideas, Zara. Si estás convencida de todo lo que me estás diciendo, tu trabajo tiene que desarrollarse por fuerza en medio de un conflicto interno devastador...
         – Bueno, Rosa –aclaró Azahara sonriendo tímidamente–, tampoco es que me plantee estas cosas constantemente: una tiene que vivir..., y para ello hay que trabajar... E intento que mis convicciones no interfieran demasiado en todo ello...
         – Ya entiendo. Serían un obstáculo.
         – Pues sí, qué quieres que te diga. Y aunque peinses que soy una cínica, no te quitaré la razón. Y soy una cínica porque aun estando convencida de que todo lo que hemos dicho aquí es cierto, sigo trabajando en cultura; sigo dilapidando enormes cantidades de dinero para que la gente de la ciudad pase un estupendo fin de semana, o unas incomparables fiestas patronales, o un animado mes de agosto. No en vano soy una especie de animadora cultural, que propongo y dispongo para que la gente se lo pase bien: para que se anime con la cultura, si quieres. Y punto.
         – Desde luego que eres una cínica. Y cuando menos te lo voy a negar es ahora, después de lo que me acabas de decir.
         – Qué se le va a hacer, querida profesora...
         – ¡Cómo que qué se le va a hacer! –exclamó Rosa con furia mitigada–. Está claro lo que hay que hacer. ¡Y sobre todo, está claro lo que no hay que hacer, que no es otra cosa que lo que estás haciendo en ese departamento de fiestas y espectáculos en que te colocó Menchu!
         – ¿Y por qué no se lo dices directamente a ella, eh? ¿Acaso no es ella la que manda?
         – ¿Tú crees que serviría de algo? Ya sabes cómo es Menchu: nunca se ha planteado estas cosas, y, además, está convencida de que lo que hace es lo correcto.
         – Entonces no voy a ser yo quien intente cambiar el orden de las cosas, oponiéndome incluso a lo que dispongan mis jefes...
         – Pues claro que sí, Zara; se supone que eres tú quien debe proporcionar ideas a tus superiores: esos políticos metidos a directores de asuntos en los que no tienen competencia alguna. Y como ellos y ellas no tienen ni puta idea os contratan a vosotros, técnicos y asesores, para que se las pongáis en bandeja de plata. ¡Desde luego que tu función es importante, pues de ti depende no sólo la ejecución de las órdenes, sino el germen de las mismas! Menchu y tu director general harán en gran parte lo que tú les digas que vale la pena hacer, ¡ya que ellos no saben de la misa la media! ¡Tu responsabilidad en la cultura pública de esta región es enorme!
         – Bueno, no tanto –explicó Azahara–, que no soy la única técnico de cultura ni la única persona que recomienda tal o cual cosa a Menchu y compañía...
         – Pero en tu parcela de poder, ¡seguro que puedes hacer que las cosas cambien! No, si ya sé que lo más fácil es dejarse llevar por la corriente mayoritaria y no hacer nada diferente ni discordante... Escúchame, Zara –añadió Rosa tras un breve silencio, advirtiendo didáctica–: en el momento que te hayas acostumbrado a ese estado de cosas y deje de inquietarte cuando te vas a dormir, en ese momento estarás medio muerta. Serás entonces un autómata, como la inmensa mayoría, aceptando lo inaceptable y, lo que es peor, propiciando su pervivencia.
         – Venga, Rosa, no te pongas estupenda, por favor...
         – Ni estupenda ni leches... No puedo aceptar que me decepciones de esa manera, Zara. ¿Dónde han quedado tus ideas del pasado? ¿Qué ha sido de esa mujer hastiada y cabreada de la política y los políticos? Y héte aquí haciéndoles el juego a todos ellos...
         – ¿Sabes dónde están esas ideas del pasado? ¡En el pasado! Que es muy duro ir a contracorriente, Rosa, y desgasta mucho no sólo pensar y actuar de manera contraria a la gente de tu entorno: mucho más demoledor es intentar convencer constantemente y a todo el mundo de la validez de tus ideas divergentes. ¡Más vale reprogramarse y vivir en paz! No, si ya sé que tú no estás de acuerdo...
         – Las actitudes acomodaticias no tienen por qué ser las más adecuadas, ni mucho menos. Tampoco pretendo que estemos en una lucha constante contra los que piensan de manera distinta a la nuestra, ni mucho menos...
         – Entonces, qué pretendes que haga: ¿modificar por completo las bases de la cultura institucional? ¡Sabes que eso es casi imposible, con todas las inercias creadas y asentadas ad eternum! Habría que instalar una guillotina y deshacerse de un montón de gente que cree que lo que hace está bien hecho. ¡Esa sería la única manera de hacer verdadera tabla rasa y volver a empezar de cero! Concédeme por lo menos que desee vivir lo más a gusto posible y sin demasiados inconvenientes morales por ganarme el pan como lo hago...
         – Qué puedo decirte que tú no sepas, Zara, pero tu departamento es uno de los que más dinero malgasta y el que, sin duda, cumple menos función social de todos los demás.Y eso no es porque yo afirme que una consejería de cultura tiene que ser inútil por definición; lo que afirmo es que, tal y como está planteada su función en la sociedad, no sirve para nada –a no ser que consideremos que promocionar mediáticamente a los políticos cumpla con una función social–. Con lo que hace, ni contribuye a crear individuos más libres, ni más autónomos, ni más justos, ni más solidarios... Los acostumbra a adoptar la actitud pasiva y comodísima del consumidor de cultura, sin arte ni parte en lo que consume. Su única función, como espectador que es, es degustar y deglutir lo que le presentáis y pasar así un momento entretenido. ¡Qué lejos está eso de una sociedad de hombres y mujeres libres y cultos! Y es que, además...
         – Además qué, Rosa. Deja ya de darme la chapa, de verdad... No sé qué tienes últimamente que todo te hace saltar... ¡Menuda Pasionaria estás tú hecha...!
         Rosa se quedó perpleja por un instante, sorprendida por las palabras de Azahara. Sí, en efecto, cualquier cosa la disparaba en los últimos tiempos; y quien pagaba la factura de sus arrebatos eran sus amistades, quienes, como estaba dando fe Azahara, empezaban a encajarlos a regañadientes. O ella había cambiado su manera de decir las cosas o eran los demás quienes habían modificado su forma de pensar el mundo. Lo último, aun sin consolarla del todo, le ayudaba a aferrarse a sus convicciones; lo primero le preocupaba, ya que le hacía pensar que cada día se estaba distanciando más de sus amigos y conocidos. Y, por otra parte, le fastidiaba que Azahara la hubiese tildado de "Pasionaria" y remedase así a Carmen cuando ésta no encontraba mejor salida a una conversación encendida sobre ideología y política que compararla a la histórica líder comunista. "Zara y Menchu en la misma longitud de onda...", pensó.
         – Pasionaria o no Pasionaria –prosiguió Rosa–, y aunque te lo plantee de manera más sosegada, ¡claro que hay algo que hacer para que Cultura sirva para algo más que para adocenar al público! Yo, por lo menos, lo haría de otra manera...
         – No, Rosa, por favor –le increpó Azahara con un gesto de hartazgo–. Si ya hemos hablado de eso... Ya sé todo eso de las diferencias entre democracia cultural y cultura democrática: me lo has contado cientos de veces. Que si una va del rollo "la cultura para todos" y la otra propone la apropiación de la cultura por parte de la ciudadanía. ¡Todo muy bonito! Pero inviable. Principalmente porque estamos todos ya educados sin remisión en la cultura del espectáculo y en la genialidad del artista. No hay vuelta de hoja: la gente va a los espectáculos esperando que el talento, el arte o, incluso, el glamour de una celebrity la hagan vibrar. Y eso cuando no va al teatro o a la sala de conciertos únicamente porque no tiene otra cosa mejor que hacer, por matar el rato...
         – Pues sí. Y además, fíjate...
         – Sí, ya sé –le interrumpió Azahara–: que quien toma por costumbre matar el rato termina por anular su tiempo y matarse a sí mismo... Te he oído decirle eso tantas veces a Menchu que me lo sé de memoria.
         – ¿Y saber todo eso de memoria no te ayuda a ver más claro?
         – Sí y no. Sí, porque refuerza mi espíritu crítico y me obliga a preguntarme por el valor de lo que hago y mejorarlo si es posible. Y no, porque me impide acercarme sin prejuicios a las motivaciones de la gente que va a los espectáculos. O sea, que no me ayuda a ver más claro, en definitiva.
         – Yo creo que –empezó a decir Rosa saliendo del marasmo de su derrota– los poderes públicos deberían cumplir, en cultura, una función de...
         – Facilitadores. Eso también lo sé.
         – Eso mismo –continuó con aplomo Rosa–: facilitando que sea la propia sociedad la que decida con qué desea alimentar su espíritu, o simplemente pasar un momento agradable, o, en el mejor de los casos, buscar una respuesta a sus propios enigmas, o, yendo más allá, dar respuesta a sus necesidades. Pero como vivimos en un sistema de representación política, el individuo deja en manos de los poderes públicos esa decisión. Delegando en ellos todas esas competencias que tendrían que ser inalienables, la sociedad acepta de buen grado su propia alienación, se presta con agrado a que la dirijan hasta en la gestión de su tiempo libre y cede la responsabilidad de construir un mundo mejor a unos representantes que, en realidad, no la representan.
         – Sí, ya sé: deberíamos fomentar la creación libre y autónoma en todos y cada uno de los miembros de la sociedad. Pero: a) eso es muy laborioso, por no decir imposible; b) es mucho más sencillo crear la convicción de que se convertirán en mejores personas y ciudadanos si abarrotan los teatros y las salas de conciertos y exposiciones, y c) conviene mucho más al poder, quien encuentra en la promoción cultural un magnífico trampolín para su propia proyección. Las cuentas salen solas.
         – Estás en lo cierto –concluyó Rosa–. La verdadera enseñanza que se puede extraer de todo esto es que nos han traicionado quienes se decían de izquierdas y aseguraban ser depositarios de un programa de transformación social. La izquierda institucional se ha dejado llevar por la inercia de lo fácil, y su labor está tan desideologizada que la hace parecerse a lo que podrían proponer las derechas. Pan y circo desde la Roma antigua, pasando por la mussoliniana y llegando finalmente a esta socialdemocracia de pacotilla que ha confiado su permanencia al poder del capital y al adocenamiento generalizado de la sociedad, instalada cómodamente en su butaca de espectadora de todo lo que acontece.
         – Yo creo que hubo un tiempo en que la clase política sí que tenía un programa ideológico, así como una idea del individuo en sociedad...
         – Seguro. Pero ahora sólo claman por la vuelta a la ideología los partidos minoritarios: y por eso Menchu y tú me tacháis de Pasionaria... ¿O no? El PSOE y el PP, al fin y al cabo, proponen lo mismo con ligeros matices de estilo que les distinguen; pero ambos parecen centrados en beneficiar a las grandes empresas y a las altas finanzas ya que consideran que sólo así se genera producción y trabajo. El PSOE debería haberse quitado la 'O' de 'obrero' hace tiempo, como ya hicieron los señoritos socialistas de Cataluña. Narcís Serra, Pasqual Maragall...: niñatos de buena familia con mala conciencia social que se metieron, ¡alucina!, en Estrella Roja, uno de los partidos revolucionarios de la España de los 70. Franco fomentó ese tipo de incongruencias, pues la oposición democrática al régimen se aglutinaba en torno al PC y aledaños. Pero, de ahí a militar en partidos de extrema izquierda, esos "pijautos", como decía Sender...  Tan poco sincero debía de parecer entonces oírles entonar "La Internacional" (y aquello de "arriba los pobres del mundo...") como ahora su posicionamiento mitinero a la izquierda. Bueno..., afortunadamente, ya no mitinean: uno se ha retirado y al otro le han hecho presidente del consejo de administración de una caja.
         El coche iba adentrándose en el dédalo de carreteras que desviaban al tráfico hacia el aeropuerto, lo que obligó a las dos amigas a concentrarse en carteles y señales. Un enorme estandarte recordaba a los automovilistas que en esa ciudad se exponía la obra cerámica de Picasso.
         – Imagino, Zara –inquirió Rosa con timidez– que te habrás encontrado en tu trabajo a muchos artistas que defiendan el compromiso político de su obra...
         – Pues no creas que muchos, la verdad... No es que lo político esté muy de moda entre el artisteo; y menos todavía entre los artistas gráficos. Pero..., sí, alguno hay que te habla de la carga de denuncia social de su producción, y que, por lo tanto, facilitarle una exposición equivale a transmitir un mensaje liberador al público...
         – ¿Y tú cómo reaccionas? –le preguntó Rosa esbozando una perversa sonrisa.
         – Depende... –matizó Azahara–. Suelo desconfiar de los más charlatanes, de quienes se creen propietarios de una visión original e intransferible del mundo. Los más asentados y seguros de sí mismos no te venden la moto en esos términos: saben que están, ya, de entrada, protegidos por algún capitoste político, por lo que dejan la interpretación de su obra a quienes se encargan de publicitarla en folletos y guías culturales a disposición de los ciudadanos. Y esos me fastidian especialmente, porque, fuera del mercadeo de su trabajo, se presentan a sí mismos como enemigos del capital, revolucionarios incluso; pero no sepas el precio que ponen a sus obras... ¡Me río yo de su enemistad con el capital...!
         – Sin contar con que su programación en determinadas salas, o en determinadas instituciones, los convierte en valedores de las mismas –sentenció Rosa–. Un izquierdista (o un enemigo del capital, como tú lo dices) que exponga en los salones de un banco se hace cómplice de los fines perseguidos por ese banco; sin quererlo, se convierte en aliado y hasta cómplice de su gestión, de su política financiera y de sus inversiones en todo el mundo. No puede cegarse ante esa evidencia...
         – Sí. La verdad es que resulta divertido ver formular mensajes antisistema a los artistas en, qué sé yo, el concierto de un mitin o en la inauguración de una expo auspiciada por una diputación...
         – Yo diría incluso –añadió Rosa– que resulta patético. Y no lo es menos cuando te imaginas a Miguel Bosé en el concierto ése de La Habana junto a Juanes y otros... Miguel Bosé por la dignidad del pueblo cubano...: ¡increíble! Por no decir ridículo...
         – Pues sí. Y ten por seguro que cualquiera del mundillo de la cultura que critique ese estado de cosas y maneras de actuar se excluirá a sí mismo de las programaciones públicas; lo que equivale a decir de todas partes. A no ser que sea como Boadella y acepte trabajar a la órdenes del PP...
         – La estética le ha ganado el pulso histórico a la ética –concluyó Rosa cuando el coche de Azahara ya entraba en el aparcamiento del aeropuerto–. Zara, que no hace falta que me acompañes, que ya has hecho bastante trayéndome hasta aquí...
         – Está bien, así me dará tiempo para hacer unas compras por el centro... Bueno, querida profesora: a ver si me pones firmes a tus compañeros estructuralistas...
         – Y tú, a ver si haces entrar en vereda a tus culturetas...
         – Eso es –dijo Azahara riendo– como hacer pasar un camello por el ojo de una aguja... ¡que se ha perdido en un pajar...!

         Las dos rieron de buena gana y, entre besos, se despidieron.

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