Azahara siempre tenía
prisa a causa de la constante ansiedad que le había contagiado el entorno del
departamento de cultura en que trabajaba. Habiendo entrado relativamente joven
a ocupar ese cargo de confianza –que Carmen, la consejera, le ofreció por su
común amistad con Rosa, su profesora de crítica literaria en la universidad–,
tuvo que demostrar su valía a base de tesón y diligencia, con los que pensaba
que borraría ante sus compañeros su inexperiencia y su estigma de enchufada.
Trabajó denodadamente para ello, invirtiendo los fines de semana –que cualquier
joven de su edad ocupaba en tomar infinitos cafés con las amigas y copas en los
antros nocturnos– organizando actos en pueblos y comarcas, dándose a conocer a
alcaldes, concejales, presidentes vecinales y de asociaciones culturales. La
espontaneidad se le había perdido, inmolada en el altar del qué dirán y de las
conversaciones chismosas provocadas por el aburrimiento de una oficina carente
de líneas maestras, planeando con detalle la impresión que deseaba dar a sus
interlocutores.
Rosa seguía utilizando
para nombrarla el mote nacido de la deformación de su gracia, ya que, a partir
del poco habitual en esas latitudes Azahara, los amigos de la facultad la
habían rebautizado como Zahara –por el éxito súbito que cobró una población
gaditana para el veraneo de ciertos televisivos–. La inutilidad de esa sílaba
intercalada y su costumbre por vestirse a precios baratos en las tiendas de una
conocida cadena de ropa, la hizo merecedora de la reducción a dos sílabas de su
largo nombre de pila. Rosa, pues, la seguía llamando Zara a pesar de que los
más de 2.000 euros mensuales que recibía del departamento de Carmen en concepto
de salario la hubiesen hecho cambiar de hábitos vestimentarios, adoptando la
marca Desigual para hacerse valer como alguien de gusto personal en medio de
sus compañeras administrativas –quienes solían adoptar indumentarias modosas y
nada estridentes–.
Un pequeño cascabel se
dejaba oír en el interior del vehículo cada vez que Azahara cambiaba de
velocidad, amarrado a la palanca; y, con cada bandeo del coche, una pequeña
bolita de discoteca, colgada del espejo retrovisor, proyectaba sus espejeantes
destellos.
– Te has convertido en
una verdadera Fitipaldi –observó Rosa–: ¡150 km/h por autovía! Te aseguro que
no tengo prisa alguna por esperar en la sala de embarque...
– Yo tampoco tengo
prisa, pero es mi costumbre. Imagino que cuando me metan una buena multa me
acostumbraré a levantar el pie del pedal...
Rosa contestó con una
sonrisa a la sonrisa de su ex-alumna, incapaz de exigir que aminorara la marcha
a quien cortésmente se había prestado a llevarla al aeropuerto regional.
– Así que a
Fuerteventura... ¡Cómo vivís los profesores! En pleno curso, un viajecito
pagado a una isla con la excusa de participar en un congreso... No está nada
mal, ¿eh?
– La verdad es que estos
viajes no dejan de provocarme cargo de conciencia: la universidad no está como
para financiar inútiles viajes de sus profesores, y más ahora que le han
denegado la etiqueta de excelencia. El rector considera, sin embargo, que este
es el momento en que más profesores conferenciantes debe enviar a los centros
de investigación de todas partes, para que esa falta de excelencia
institucional se vea desmentida por el alto nivel de sus docentes
investigadores. Y en ello se está yendo una parte considerable de los ingresos
de la universidad, en una promoción encubierta. Digamos que los profesores que,
como yo, aceptamos las invitaciones de otras universidades para debatir sobre
cosas tan fútiles como la vigencia del estructuralismo como sistema crítico,
tranquilizamos nuestra conciencia convenciéndonos de que gastamos fondos
públicos en una buena causa.
– ¿Y lo consigues?
– Ni creo que la causa
sea buena ni que el estructuralismo merezca ya ninguna inversión. Y, para
responder a tu pregunta: no, no consigo tranquilizar mi conciencia. Me consuelo
diciéndome que, por lo menos, disminuyo el gasto de mi estancia alojándome en
casa de mi amigo Rafa en lugar de en el lujoso hotel que nos ha reservado la
organización del congreso. Pero el vuelo de ida y vuelta, sí: lo pagan las
donaciones de la caja de ahorros que tú ya sabes.
– Si eso sirve para
reducir aunque sea un poco los beneficios de esa caja, no me parece mal.
– A mí tampoco; pero no
hay que olvidar que esas donaciones les proporcionan importantes exenciones
fiscales: la famosa obra social –le aclaró Rosa, didáctica–. Ellos donan y,
donando, reducen impuestos, nos obligan a hacerles publicidad y consiguen
presentar su mejor cara ante la opinión pública, lo que contribuye a aumentar
su cartera de clientes. Una operación de marketing que, te aseguro, no les sale
demasiado cara.
– O sea, que si no he
entendido mal –preguntó Azahara en un tono entre mordaz e ingenuo–, no estás de
acuerdo con que los bancos financien determinadas actuaciones públicas. No te
parece bien, por ejemplo, que esa caja haya puesto el 40% del coste total del
último festival organizado por Cultura...
– ¿Me lo pregunta la
confiada amiga o la suspicaz técnica de cultura?
Azahara desvió la vista
de la carretera y, mirando a Rosa para buscar el tono de su pregunta, se rió
abiertamente al ver la pícara sonrisa de su antigua profesora.
– Eres mala, Rosa, y
perversa... Te lo pregunto buscando en ti, como siempre, respuesta a mis dudas
de más difícil solución. Te lo pregunta, por lo tanto, una técnica de cultura
que todavía hoy se preocupa por las consecuencias de lo que hace y que acude a
una amiga para compartir con ella sus cuitas y extraer de ello lección y
consejo.
Rosa lanzó una sonora
carcajada hacia el techo del automóvil, generando una onda de simpatía que
Azahara recogió y rubricó con su risa.
– ¿Y por qué dices de ti
misma, como con extrañeza –retomó Rosa tras la calma–, eso de que "todavía
hoy se preocupa"? ¿Acaso tus compañeros pasan de puntillas ante los
dilemas éticos de su trabajo?
– Decir que pasan de
puntillas sería concederles mucho: estas son cosas que no se plantean en el día
a día. Lo que suele importar es la incidencia mediática de lo que organizamos y
su posible utilidad para la proyección política de nuestra jefa. Los técnicos
no nos preguntamos nunca por la validez ideológica de los festivales, obras de
teatro, conciertos y recitales que programamos; o por lo menos no hablamos de
ello entre nosotros. Primero, porque la política la hacen ellos, los políticos,
quienes se supone que supervisan y dirigen lo que se hace; segundo, porque sólo
suele interesar que salga bien aquello en que hemos invertido tantas horas de
trabajo; y, tercero, porque, ¡qué quieres que te diga!: tenemos que justificar
nuestro sueldo proponiendo cosas, ya que nuestros dirigentes no nos indican qué
hacer, y mucho menos para qué.
– Entiendo –dijo Rosa–.
– Y, al final, como
nuestras actuaciones tienen por finalidad promocionar a nuestros jefes, optamos
casi sin excepción por aprovecharnos de nuestra posición y del presupuesto
concedido en promocionarnos a nosotros mismos. Cada cual rivaliza con sus
compañeros en lo novedoso de sus festivales, o en el cartel de nombres
programado o en su colaboración en foros, congresos y revistas sobre gestión
cultural, cultura pública o sobre arte y creación. Tiene mejor fama quien, además
de colar a su concejal o consejero de cultura un carísimo festival, consigue
traer a las estrellas más rutilantes o más originales del mundo del
espectáculo. Y todo ello afirmado y subrayado por su aparición en la prensa
nacional o incluso internacional.
– Y todo para satisfacer
tanto la vanidad del técnico como la promoción del político de turno...
– Pues sí. Y bien cara
que nos sale a los contribuyentes satisfacer la vanidad del técnico o financiar
la carrera del político... Hay veces en que me pregunto por el papel que cumple
en todo esto la ciudadanía...
– Yo diría que es doble
–propuso Rosa–, pues se espera de ella que cumpla como votante y como
espectadora. ¡Y además pagando!
– Sí: la cosa no deja de
ser irónica, ¿no te parece?
– Desde luego. Y yo me
sigo preguntando si las facilidades que da la cultura institucional a la
ciudadanía para asistir a espectáculos hace de ella, de la ciudadanía, una masa
más culta. Y, incluso en caso de que la cultura institucional se propusiese
como objetivo principal cultivar a la sociedad, no estoy segura de que eso lo
consiga mediante la programación de teatro, exposiciones, conciertos y
óperas... Simplemente, esa cultura institucional no se pregunta jamás cuál es
el medio más adecuado para contribuir a la formación de sus administrados. ¿Te
lo has preguntado tú alguna vez, Zara?
Azahara, sin apartar la
mirada de la carretera, como si en la discontinuidad de la línea central fuera
a encontrar la respuesta más acertada, suspiró, casi incomodada.
– Sí, claro que me lo he
preguntado. ¡Vaya que si lo he hecho! –añadió, tajante–. Sobre todo cuando me
digo que tanto dinero dilapidado en alimentar la oferta cultural autonómica
podía haber sido utilizado en otros fines realmente más útiles. ¡Cantidades
ingentes de dinero que se invierten en facilitar que la gente acuda al teatro,
o al cine, o a recitales de poesía! Si realmente nos comportáramos como meros
intermediarios, como simples propiciadores, y revirtiéramos el precio de cada
actuación en las entradas, ¡no creo que consiguiéramos ni la mitad de
espectadores!
– Ya. La gente asiste a los
espectáculos en parte porque vosotros pagáis un alto porcentaje del coste de la
entrada –razonó Rosa–. Y es precisamente la sociedad en general quien abona
indirectamente ese porcentaje.
– Y a base de bajar los
precios, nos hemos convertido en una competencia más que desleal para la
iniciativa privada. O, para decirlo de una manera más cruda: nos hemos cargado
el tejido de productores y promotores culturales que trabajaban en busca de
rendimiento económico. ¡No queda ya casi nadie que se atreva a competir con la
cultura institucional! Cualquier iniciativa reciente ha fracasado
estrepitosamente, y precisamente porque hemos acostumbrado al gran público a
pagar poco dinero por cualquier espectáculo. Así, ¡a ver quien invierte en
espectáculos!
Un repentino silencio se
apoderó del interior del vehículo, como si en su profundidad las dos amigas
hallaran conexión en las ideas.
– Lo realmente curioso
de todo esto, me parece a mí –añadió Rosa–, es que la cultura se haya
convertido en una necesidad de primer orden, que es lo que realmente ha
motivado que los poderes públicos se hagan cargo de ella.
– ¡Sí, sí, como si fuera
la sanidad o la educación...!
– Cuando se trata
únicamente de una necesidad realmente espúrea... ¿Realmente nuestra sociedad
precisa espectáculos y exposiciones artísticas para sentirse más realizada y
segura de sí misma? Porque en eso y en no otra cosa se ha convertido la cultura
institucional. Como si en ello se hallara la clave de la construcción de una
sociedad más libre, consciente de sí misma, justa y, por consiguiente,
crítica...
– Ya te digo ...
–resolvió Azahara con fatigada seguridad–. Y sin embargo, algunos políticos
defienden la idea de que la elección de una determinada línea de espectáculos
contribuirá a fomentar los valores cívicos en la ciudadanía... Obras teatrales
que ayuden a educar a la gente en, por ejemplo, la solidaridad...; o en la
cultura de paz...; o en la igualdad de género...
– ¿Me estás diciendo –inquirió
Rosa con tono cínico– que la cultura insitucional se propone la educación de la
ciudadanía más allá de la edad escolar? Eso significaría que la clase política
se erige a sí misma en portadora de grandes valores; que los técnicos de
cultura y programadores públicos se comportan como propiciadores de la
transmisión e inculcación de esos valores; y, finalmente, los artistas, en
transmisores. Suena bonito, incluso idílico, a pesar de ese inevitable tufillo
a dirigismo que desprende la idea.
– Ya –dijo Azahara con
timidez–. Yo tampoco creo demasiado en esa interpretación del hecho cultural
desde lo público. No creo que ni mi consejera, ni mi director general, ni
ninguno de los altos cargos políticos que rigen los designios de la cultura
institucional de esta Autonomía tengan claramente construido en su mente el
tipo de sociedad que desearían contribuir a crear, o en el que deseasen
vivir... Y estoy completamente segura de que los técnicos y programadores
tampoco. Y, si me empujas, ni siquiera los artistas, quienes están cada vez más
sujetos a las simpatías que generen entre quienes les han de dar de comer...
– Me estás dejando
anodadada con esas ideas, Zara. Si estás convencida de todo lo que me estás
diciendo, tu trabajo tiene que desarrollarse por fuerza en medio de un
conflicto interno devastador...
– Bueno, Rosa –aclaró
Azahara sonriendo tímidamente–, tampoco es que me plantee estas cosas
constantemente: una tiene que vivir..., y para ello hay que trabajar... E
intento que mis convicciones no interfieran demasiado en todo ello...
– Ya entiendo. Serían un
obstáculo.
– Pues sí, qué quieres
que te diga. Y aunque peinses que soy una cínica, no te quitaré la razón. Y soy
una cínica porque aun estando convencida de que todo lo que hemos dicho aquí es
cierto, sigo trabajando en cultura; sigo dilapidando enormes cantidades de
dinero para que la gente de la ciudad pase un estupendo fin de semana, o unas
incomparables fiestas patronales, o un animado mes de agosto. No en vano soy
una especie de animadora cultural, que propongo y dispongo para que la gente se
lo pase bien: para que se anime con la
cultura, si quieres. Y punto.
– Desde luego que eres
una cínica. Y cuando menos te lo voy a negar es ahora, después de lo que me
acabas de decir.
– Qué se le va a hacer,
querida profesora...
– ¡Cómo que qué se le va
a hacer! –exclamó Rosa con furia mitigada–. Está claro lo que hay que hacer. ¡Y
sobre todo, está claro lo que no hay que hacer, que no es otra cosa que lo que
estás haciendo en ese departamento de fiestas y espectáculos en que te colocó
Menchu!
– ¿Y por qué no se lo
dices directamente a ella, eh? ¿Acaso no es ella la que manda?
– ¿Tú crees que serviría
de algo? Ya sabes cómo es Menchu: nunca se ha planteado estas cosas, y, además,
está convencida de que lo que hace es lo correcto.
– Entonces no voy a ser
yo quien intente cambiar el orden de las cosas, oponiéndome incluso a lo que
dispongan mis jefes...
– Pues claro que sí,
Zara; se supone que eres tú quien debe proporcionar ideas a tus superiores:
esos políticos metidos a directores de asuntos en los que no tienen competencia
alguna. Y como ellos y ellas no tienen ni puta idea os contratan a vosotros,
técnicos y asesores, para que se las pongáis en bandeja de plata. ¡Desde luego
que tu función es importante, pues de ti depende no sólo la ejecución de las
órdenes, sino el germen de las mismas! Menchu y tu director general harán en
gran parte lo que tú les digas que vale la pena hacer, ¡ya que ellos no saben
de la misa la media! ¡Tu responsabilidad en la cultura pública de esta región
es enorme!
– Bueno, no tanto
–explicó Azahara–, que no soy la única técnico de cultura ni la única persona
que recomienda tal o cual cosa a Menchu y compañía...
– Pero en tu parcela de
poder, ¡seguro que puedes hacer que las cosas cambien! No, si ya sé que lo más
fácil es dejarse llevar por la corriente mayoritaria y no hacer nada diferente
ni discordante... Escúchame, Zara –añadió Rosa tras un breve silencio,
advirtiendo didáctica–: en el momento que te hayas acostumbrado a ese estado de
cosas y deje de inquietarte cuando te vas a dormir, en ese momento estarás
medio muerta. Serás entonces un autómata, como la inmensa mayoría, aceptando lo
inaceptable y, lo que es peor, propiciando su pervivencia.
– Venga, Rosa, no te
pongas estupenda, por favor...
– Ni estupenda ni
leches... No puedo aceptar que me decepciones de esa manera, Zara. ¿Dónde han
quedado tus ideas del pasado? ¿Qué ha sido de esa mujer hastiada y cabreada de
la política y los políticos? Y héte aquí haciéndoles el juego a todos ellos...
– ¿Sabes dónde están
esas ideas del pasado? ¡En el pasado! Que es muy duro ir a contracorriente,
Rosa, y desgasta mucho no sólo pensar y actuar de manera contraria a la gente
de tu entorno: mucho más demoledor es intentar convencer constantemente y a
todo el mundo de la validez de tus ideas divergentes. ¡Más vale reprogramarse y
vivir en paz! No, si ya sé que tú no estás de acuerdo...
– Las actitudes
acomodaticias no tienen por qué ser las más adecuadas, ni mucho menos. Tampoco
pretendo que estemos en una lucha constante contra los que piensan de manera
distinta a la nuestra, ni mucho menos...
– Entonces, qué
pretendes que haga: ¿modificar por completo las bases de la cultura
institucional? ¡Sabes que eso es casi imposible, con todas las inercias creadas
y asentadas ad eternum! Habría que
instalar una guillotina y deshacerse de un montón de gente que cree que lo que
hace está bien hecho. ¡Esa sería la única manera de hacer verdadera tabla rasa
y volver a empezar de cero! Concédeme por lo menos que desee vivir lo más a
gusto posible y sin demasiados inconvenientes morales por ganarme el pan como
lo hago...
– Qué puedo decirte que
tú no sepas, Zara, pero tu departamento es uno de los que más dinero malgasta y
el que, sin duda, cumple menos función social de todos los demás.Y eso no es
porque yo afirme que una consejería de cultura tiene que ser inútil por
definición; lo que afirmo es que, tal y como está planteada su función en la
sociedad, no sirve para nada –a no ser que consideremos que promocionar
mediáticamente a los políticos cumpla con una función social–. Con lo que hace,
ni contribuye a crear individuos más libres, ni más autónomos, ni más justos,
ni más solidarios... Los acostumbra a adoptar la actitud pasiva y comodísima del
consumidor de cultura, sin arte ni parte en lo que consume. Su única función,
como espectador que es, es degustar y deglutir lo que le presentáis y pasar así
un momento entretenido. ¡Qué lejos está eso de una sociedad de hombres y
mujeres libres y cultos! Y es que, además...
– Además qué, Rosa. Deja
ya de darme la chapa, de verdad... No sé qué tienes últimamente que todo te
hace saltar... ¡Menuda Pasionaria estás tú hecha...!
Rosa se quedó perpleja
por un instante, sorprendida por las palabras de Azahara. Sí, en efecto,
cualquier cosa la disparaba en los últimos tiempos; y quien pagaba la factura
de sus arrebatos eran sus amistades, quienes, como estaba dando fe Azahara,
empezaban a encajarlos a regañadientes. O ella había cambiado su manera de
decir las cosas o eran los demás quienes habían modificado su forma de pensar
el mundo. Lo último, aun sin consolarla del todo, le ayudaba a aferrarse a sus
convicciones; lo primero le preocupaba, ya que le hacía pensar que cada día se
estaba distanciando más de sus amigos y conocidos. Y, por otra parte, le
fastidiaba que Azahara la hubiese tildado de "Pasionaria" y remedase
así a Carmen cuando ésta no encontraba mejor salida a una conversación
encendida sobre ideología y política que compararla a la histórica líder comunista.
"Zara y Menchu en la misma longitud de onda...", pensó.
– Pasionaria o no
Pasionaria –prosiguió Rosa–, y aunque te lo plantee de manera más sosegada,
¡claro que hay algo que hacer para que Cultura sirva para algo más que para
adocenar al público! Yo, por lo menos, lo haría de otra manera...
– No, Rosa, por favor
–le increpó Azahara con un gesto de hartazgo–. Si ya hemos hablado de eso... Ya
sé todo eso de las diferencias entre democracia cultural y cultura democrática:
me lo has contado cientos de veces. Que si una va del rollo "la cultura
para todos" y la otra propone la apropiación de la cultura por parte de la
ciudadanía. ¡Todo muy bonito! Pero inviable. Principalmente porque estamos
todos ya educados sin remisión en la cultura del espectáculo y en la genialidad
del artista. No hay vuelta de hoja: la gente va a los espectáculos esperando
que el talento, el arte o, incluso, el glamour
de una celebrity la hagan vibrar. Y
eso cuando no va al teatro o a la sala de conciertos únicamente porque no tiene
otra cosa mejor que hacer, por matar el rato...
– Pues sí. Y además,
fíjate...
– Sí, ya sé –le
interrumpió Azahara–: que quien toma por costumbre matar el rato termina por
anular su tiempo y matarse a sí mismo... Te he oído decirle eso tantas veces a
Menchu que me lo sé de memoria.
– ¿Y saber todo eso de
memoria no te ayuda a ver más claro?
– Sí y no. Sí, porque
refuerza mi espíritu crítico y me obliga a preguntarme por el valor de lo que
hago y mejorarlo si es posible. Y no, porque me impide acercarme sin prejuicios
a las motivaciones de la gente que va a los espectáculos. O sea, que no me
ayuda a ver más claro, en definitiva.
– Yo creo que –empezó a
decir Rosa saliendo del marasmo de su derrota– los poderes públicos deberían
cumplir, en cultura, una función de...
– Facilitadores. Eso
también lo sé.
– Eso mismo –continuó
con aplomo Rosa–: facilitando que sea la propia sociedad la que decida con qué
desea alimentar su espíritu, o simplemente pasar un momento agradable, o, en el
mejor de los casos, buscar una respuesta a sus propios enigmas, o, yendo más
allá, dar respuesta a sus necesidades. Pero como vivimos en un sistema de
representación política, el individuo deja en manos de los poderes públicos esa
decisión. Delegando en ellos todas esas competencias que tendrían que ser
inalienables, la sociedad acepta de buen grado su propia alienación, se presta
con agrado a que la dirijan hasta en la gestión de su tiempo libre y cede la
responsabilidad de construir un mundo mejor a unos representantes que, en
realidad, no la representan.
– Sí, ya sé: deberíamos
fomentar la creación libre y autónoma en todos y cada uno de los miembros de la
sociedad. Pero: a) eso es muy laborioso, por no decir imposible; b) es mucho
más sencillo crear la convicción de que se convertirán en mejores personas y
ciudadanos si abarrotan los teatros y las salas de conciertos y exposiciones, y
c) conviene mucho más al poder, quien encuentra en la promoción cultural un
magnífico trampolín para su propia proyección. Las cuentas salen solas.
– Estás en lo cierto
–concluyó Rosa–. La verdadera enseñanza que se puede extraer de todo esto es
que nos han traicionado quienes se decían de izquierdas y aseguraban ser
depositarios de un programa de transformación social. La izquierda institucional
se ha dejado llevar por la inercia de lo fácil, y su labor está tan
desideologizada que la hace parecerse a lo que podrían proponer las derechas.
Pan y circo desde la Roma antigua, pasando por la mussoliniana y llegando
finalmente a esta socialdemocracia de pacotilla que ha confiado su permanencia
al poder del capital y al adocenamiento generalizado de la sociedad, instalada
cómodamente en su butaca de espectadora de todo lo que acontece.
– Yo creo que hubo un
tiempo en que la clase política sí que tenía un programa ideológico, así como
una idea del individuo en sociedad...
– Seguro. Pero ahora
sólo claman por la vuelta a la ideología los partidos minoritarios: y por eso
Menchu y tú me tacháis de Pasionaria... ¿O no? El PSOE y el PP, al fin y al
cabo, proponen lo mismo con ligeros matices de estilo que les distinguen; pero
ambos parecen centrados en beneficiar a las grandes empresas y a las altas
finanzas ya que consideran que sólo así se genera producción y trabajo. El PSOE
debería haberse quitado la 'O' de 'obrero' hace tiempo, como ya hicieron los
señoritos socialistas de Cataluña. Narcís Serra, Pasqual Maragall...: niñatos
de buena familia con mala conciencia social que se metieron, ¡alucina!, en
Estrella Roja, uno de los partidos revolucionarios de la España de los 70.
Franco fomentó ese tipo de incongruencias, pues la oposición democrática al
régimen se aglutinaba en torno al PC y aledaños. Pero, de ahí a militar en
partidos de extrema izquierda, esos "pijautos", como decía Sender... Tan poco sincero debía de parecer entonces
oírles entonar "La Internacional" (y aquello de "arriba los
pobres del mundo...") como ahora su posicionamiento mitinero a la
izquierda. Bueno..., afortunadamente, ya no mitinean: uno se ha retirado y al otro
le han hecho presidente del consejo de administración de una caja.
El coche iba
adentrándose en el dédalo de carreteras que desviaban al tráfico hacia el
aeropuerto, lo que obligó a las dos amigas a concentrarse en carteles y
señales. Un enorme estandarte recordaba a los automovilistas que en esa ciudad
se exponía la obra cerámica de Picasso.
– Imagino, Zara
–inquirió Rosa con timidez– que te habrás encontrado en tu trabajo a muchos
artistas que defiendan el compromiso político de su obra...
– Pues no creas que
muchos, la verdad... No es que lo político esté muy de moda entre el artisteo;
y menos todavía entre los artistas gráficos. Pero..., sí, alguno hay que te
habla de la carga de denuncia social de su producción, y que, por lo tanto,
facilitarle una exposición equivale a transmitir un mensaje liberador al
público...
– ¿Y tú cómo reaccionas?
–le preguntó Rosa esbozando una perversa sonrisa.
– Depende... –matizó
Azahara–. Suelo desconfiar de los más charlatanes, de quienes se creen
propietarios de una visión original e intransferible del mundo. Los más
asentados y seguros de sí mismos no te venden la moto en esos términos: saben
que están, ya, de entrada, protegidos por algún capitoste político, por lo que
dejan la interpretación de su obra a quienes se encargan de publicitarla en
folletos y guías culturales a disposición de los ciudadanos. Y esos me
fastidian especialmente, porque, fuera del mercadeo de su trabajo, se presentan
a sí mismos como enemigos del capital, revolucionarios incluso; pero no sepas
el precio que ponen a sus obras... ¡Me río yo de su enemistad con el
capital...!
– Sin contar con que su
programación en determinadas salas, o en determinadas instituciones, los
convierte en valedores de las mismas –sentenció Rosa–. Un izquierdista (o un
enemigo del capital, como tú lo dices) que exponga en los salones de un banco
se hace cómplice de los fines perseguidos por ese banco; sin quererlo, se
convierte en aliado y hasta cómplice de su gestión, de su política financiera y
de sus inversiones en todo el mundo. No puede cegarse ante esa evidencia...
– Sí. La verdad es que
resulta divertido ver formular mensajes antisistema a los artistas en, qué sé
yo, el concierto de un mitin o en la inauguración de una expo auspiciada por
una diputación...
– Yo diría incluso –añadió
Rosa– que resulta patético. Y no lo es menos cuando te imaginas a Miguel Bosé
en el concierto ése de La Habana junto a Juanes y otros... Miguel Bosé por la
dignidad del pueblo cubano...: ¡increíble! Por no decir ridículo...
– Pues sí. Y ten por
seguro que cualquiera del mundillo de la cultura que critique ese estado de
cosas y maneras de actuar se excluirá a sí mismo de las programaciones
públicas; lo que equivale a decir de todas partes. A no ser que sea como
Boadella y acepte trabajar a la órdenes del PP...
– La estética le ha
ganado el pulso histórico a la ética –concluyó Rosa cuando el coche de Azahara
ya entraba en el aparcamiento del aeropuerto–. Zara, que no hace falta que me
acompañes, que ya has hecho bastante trayéndome hasta aquí...
– Está bien, así me dará
tiempo para hacer unas compras por el centro... Bueno, querida profesora: a ver
si me pones firmes a tus compañeros estructuralistas...
– Y tú, a ver si haces
entrar en vereda a tus culturetas...
– Eso es –dijo Azahara
riendo– como hacer pasar un camello por el ojo de una aguja... ¡que se ha
perdido en un pajar...!
Las dos rieron de buena
gana y, entre besos, se despidieron.
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