Azahara entró en la
urbanización sin vacilar un instante ante los obstáculos que pusiera un
demasiado celoso servicio de seguridad; conocía de sobra el camino y no le fue
necesario preguntar a nadie por el chalé de la consejera. Aparcó su dinámico
utilitario delante de la puerta de Carmen, tras el BMW X-6 de la pareja y el
Mini Cooper que su mentora utilizaba para ir de compras. Enseguida apareció
Carmen en el quicio, saludándole con el brazo a media altura y moviendo la mano
en una discreta bienvenida; la articulación de la muñeca parecía hacer, al
moverse de un lado a otro, una extraña vibración –pensó Azahara–, hasta que se
percató de que el ruido provenía del sistema de desbloqueo de la puerta del
jardín.
– Hola, querida, ¿cómo
estás? –le preguntó una amigable Carmen, vestida con un polo Lacoste verde
pistacho sin mangas.
–
Pues muy bien. Pero..., ¿no tienes frío? –le preguntó la joven técnico de
Cultura.
–
La verdad es que sí –respondió mientras se frotaba los desnudos brazos–. Corre,
entra en casa, que se escapa el gato...
En
el interior del chalé la temperatura era altísima; por curiosidad, al tiempo
que avanzaba por el pasillo cubierto de grabados, litografías y óleos firmados,
vio en el termostato que la consejera y su marido vivían a 25ºC. "¡Y
nosotros, a 21ºC como máximo por orden ministerial!", pensó la técnico. Se
despojó de chaqueta y chaleco antes de entrar al lujoso salón, decorado con una
mezcla de moderno y clásico, y tomó asiento en el sillón que le indicó Carmen.
Esta le preguntó qué quería beber, tras lo cual sacó unas almendritas tostadas,
una Coca-cola light y una cerveza "sin" para sí misma.
–
Me encanta tu casa, Carmen: me parece que la has decorado con un gusto
exquisito –le aseguró mientras, con la mirada, recorría las paredes del salón,
también cubiertas de cuadros en aquellos espacios que dejaban libres dos
enormes estanterías de nogal, cuyos cristales protegían los más de treinta
tomos de la Enciclopedia Durban, la colección de Espasa-Calpe de los premios
Nobel y Planeta y un sinfín de cachivaches, posiblemente regalos interesados y
recuerdos de exóticos viajes. A media altura de una de las estanterías, una
foto en la que Carmen estrechaba la mano del rey bajo la sonriente mirada del
presidente de la comunidad autónoma, junto a otras en que aparecía posando en
compañía de personalidades de variado calibre–.
–
Mi trabajo me ha costado... –respondió la consejera– ¡y no poco dinero! ¿Ves
este Antonio López?: dos millones de pesetas. ¿Y este Barceló?: millón y medio.
Éste, no: el propio Beulas me lo regaló cuando inauguramos el museo.
Carmen
volvió a sentarse en torno a una mesita baja de cristal y cerezo donde se
calentaban los refrescos.
–
Bueno, y a ti, ¿qué tal te van las cosas, Zara querida!
–
No del todo mal... Con mucho trabajo últimamente, organizando los festivales
del verano.
–
¿Ya? ¿Tan pronto? –exclamó Carmen, sorprendida.
–
Pues sí: por iniciativa de Pascual, que quiere tenerlo todo bien atado y con
previsión de cualquier problema que pudiera presentarse. Lo cierto es que es un
director general de lo más trabajador que he visto en mucho tiempo...
–
Sí, es verdad: hicimos bien en ponerlo allí.... –aseguró Carmen–. Y, a
propósito, ¿te ha comentado algo del juicio sobre el concurso de Cultura?
–
No, nada. No creo que tenga tanta confianza conmigo como para expresarme sus
pesares a ese respecto...
–
Porque..., ya sabrás, Zara, que el juzgado dictó sentencia firme y declaró
ilegales unos cuantos proyectos presentados sobre la restauración de las
capillitas...
–
Sí, desde luego. Pero no conozco los detalles, la verdad.
Carmen
extendió el brazo para agarrar su pitillera y sacar un cigarrillo, que alumbró
con urgencia.
–
Como te has de enterar antes o después, más vale que los conozcas a través de
mí que gracias a los cotilleos de la consejería o de los periódicos. Pues
eso..., que han declarado ilegales algunas adjudicaciones, obligándonos a
retrotraer las actuaciones cuando fuera posible. Y lo peor es que eso convierte
en arbitrarias y no sujetas a derecho la orden y la resolución firmadas por
Pascual y por mí.
–
¿Y eso podría ser considerado como delito?
–
Sí: contemplado por el Código Penal –aclaró Carmen con la mirada fija en los
lentes de Azahara. La técnico guardó silencio y bebió un sorbo de su refresco.
–
Pero imagino que será necesario que alguien denuncie ese delito para que se
persiga, ¿no es así? Y no siendo tan grave, sino nada más que el fruto de un
exceso de confianza por vuestra parte, no creo que nadie sea tan...
–
Bastaría con que un fiscal poco amigo tomara cartas en el asunto y decidiera de
oficio llevar el tema adelante y solicitar inhabilitación para cargo público
para Pascual y para mí durante unos diez años...
–
¡Diez años! ¿Eso dice la ley?
La
consejera asintió con la mirada mientras propinaba una profunda calada a su
cigarrillo.
–
Pero no creo que ningún fiscal de la Comunidad desee llevar las cosas hasta tan
lejos –opinó Azahara esperando tranquilizar a su jefa máxima–. Además, tengo
entendido que, si no hay acusación popular, un juzgado no puede inculpar a
nadie...
–
Eso tengo entendido yo también. Lo que no sabemos es que si la misma persona
que logró que se declararan nulas algunas adjudicaciones querrá poner una
denuncia penal. Y tal vez no se sienta satisfecho con el proyecto que el juez
ha obligado a que le financiemos... Y eso que habíamos llegado a un acuerdo con
ese juez; pero se ha acobardado y no se ha atrevido a quitarle la razón al
artistucho ése. Debía de ser muy convincente su argumentación...
–
Un tal Conrado no sé qué, ¿no? –preguntó Azahara.
–
Sí, el mismo. ¿Sabes algo de él?
–
Lo conozco de oídas. Creo que hemos coincidido en algún sitio, o que incluso
tenemos amigos comunes. Sólo sé de él lo que se comenta en la oficina sobre el
juicio; y, bueno, algo sobre su obra.
–
Ya sabes que si arremete contra la comisión de evaluación de proyectos, tu
nombre puede ser investigado...
–
Sí, lo sé –contestó Azahara con seguridad–. Pero mi participación en las
discusiones fue tan banal que no creo que se me pueda atribuir ninguna
influencia decisiva en la elección de un proyecto en lugar de otro.
–
Tendrías que estar segura de que no se pueda demostrar que mantenías amistad
íntima o enemistad manifiesta con ninguno de los firmantes de los proyectos
presentados...
–
¿Y en caso de que no se pudiera? –inquirió la técnico.
–
En caso de que no se pudiera..., tendrías que haberte abstenido de participar
en esa comisión, como dice la Ley.
–
Pero, Carmen –replicó sorprendida Azahara–, fuiste tú quien me puso en esa
comisión; no sé si era para contar con alguien que te informara de todo lo que
se dijera en ella o para qué. Pero creo que eso, en principio, elimina toda
responsabilidad por mi parte sobre las decisiones tomadas.
La
consejera aplastó la colilla sobre el cenicero, como si así rematara una mosca
que agonizase entre la ceniza.
–
Ya sé que aceptaste formar parte de la comisión por fidelidad hacia mí. Pero
eso no te quita ni un miligramo de responsabilidad en las decisiones que tomara
la comisión y que tú hayas avalado con tu firma...
Azahara
se revolvió en el sillón.
–
Aunque eso no debe preocuparte, Zara querida –apuntó Carmen con cariñoso
aplomo–: te cubriré las espaldas en todo lo que fuera necesario. El partido te
protege, tenlo por seguro.
Se
hizo una pausa en la conversación, que ambas funcionarias aprovecharon para
beber de sus vasos y pelar un par de almendritas del plato que tan apenas
habían tocado. Masticando al unísono, se miraron en silencio, como esperando
que fuera la otra quien reiniciara la charla. Azahara, no obstante, sentía un
cierto resquemor ante lo dicho por la consejera, a quien no dejaba de atribuir
el cinismo de una política experimentada.
–
Debes confiar en mí, Zara. Por eso es importante que las dos sepamos qué se
coció en las reuniones de la comisión. Por eso y porque convendría saber la
implicación de los demás miembros en las adjudicaciones que el juez ha dado por
irregulares.
–
Las actas dan cuenta de las decisiones de la comisión...
–
Sí, pero no exactamente. Las actas no dicen quién ha votado qué y por qué, ni
detallan el tono de las discusiones, ni otras muchas cosas.
–
Es verdad –aceptó Azahara–. Poca información se puede extraer de ellas.
–
Por eso necesitamos saber más sobre el interés personal de cada miembro de la
comisión en que tales o cuales proyectos fueran aprobados. Si tú me aseguras
haber obrado limpiamente y que no has hecho más que aceptar lo que se decidía
entre los demás, la responsabilidad de esas decisiones ilegales será
estrictamente suya. Hay que defender que tu papel en la comisión ha sido
exclusivamente administrativo y que, por lo tanto, no has tenido nada que ver
en esas decisiones... digamos... injustas.
–
Pues claro, no tuve nada que ver en todo eso. No se puede decir lo mismo de los
otros, cuyos comentarios sobre los proyectos tuvieron más que ver con lo
personal que con lo artístico.
–
¿Por ejemplo? –preguntó Carmen, inquieta de repente.
–
Por lo pronto –inició Azahara–, nada más salir a colación el nombre de Conrado,
Pascual señaló que ese tío era un impresentable, y que no se merecía que le
ayudaran en lo más mínimo. Preguntó a los demás cuál era su opinión y Susana
Monge dijo haber estudiado su proyecto y que no le encontraba ni pies ni
cabeza. Lo mismo dijo Raúl Coscullano, añadiendo que se había cubierto de
gloria con esa instalación que hizo en el palacio de la diputación. Álvaro, el
de subvenciones, se asombró de que aún tuviera valor para presentar un proyecto
a subvención a la misma institución a la que puso a parir.
–
Y tú, ¿qué dijiste?
–
Me limité a aceptar la decisión de la mayoría.
–
Bien hecho –afirmó la consejera.
–
Después se pasó a valorar el proyecto de Lagarto, que Susana dijo que era
magnífico y que su alto coste estaba completamente justificado. Los demás
compartían esa opinión, con lo que Pascual, como director general de Cultura,
aconsejó concederle la totalidad de la cantidad solicitada. Yo asentí y no dije
nada.
–
Ese Juancho Lagarto es un buen elemento. Llegará lejos. Hay mucha gente que le
debe favores...
–
No entro a valorar –opinó Azahara con cautela– si lo que te voy a decir tiene
importancia o no, pero creo que este Juancho y Susana Monge son algo más que
amigos...
–
¿Cómo evitar tener amigos en ese mundillo en una comunidad tan pequeña como la
nuestra? Para evitar posibles amistades tendríamos que formar los tribunales y las
comisiones de valoración con gente venida de fuera. ¡Pues bueno se pondría el
gremio de cultura de nuestra tierra! Y, ¿sabes qué te digo?, que más vale que
las cosas se decidan entre amigos que entre enemigos. Además –añadió Carmen, en
un tono de cómplice interesada–, creo que este Juancho es... amiguete tuyo,
¿no?
–
Bueno... –contestó Azahara, dubitativa–, lo conozco, sí. Vive en Francia y,
alguna vez que viene por aquí, me pega un telefonazo para quedar...
–
¿Y qué tal es?
–
Es... una buena persona, que, como todo el mundo, se busca la vida...
Carmen
suspiró dando por terminados los comentarios sobre el tal Juancho.
–
¿Qué más me dices de los demás?
–
Pepe Susín –prosiguió Azahara– generó una corriente de simpatía entre los
miembros. Todo el mundo sonrió, por lo que Pascual dijo que le parecía que todo
el mundo estaba de acuerdo en que el proyecto de Susín era excelente y que, por
tanto, merecía la adjudicación. Hubo consenso, pues, sin que Raúl Coscullano
tuviera siquiera que defender la figura y la obra de su amigo.
–
No sabía yo que estos dos fueran compinches... –observó, sorprendida, Carmen.
–
Bueno, Susín formó parte de la comisión de las subvenciones a proyectos
audiovisuales, donde consiguió que se concediera la totalidad de lo solicitado
al proyecto en el que Coscullano era guionista. Y como el presupuesto era más
bien elevado, se dividió la cuantía total en tres subproyectos: Cuatro Cigüeñas I, II y III: algo poco usual pero que no provocó
ni protestas ni recursos entre los participantes. Ahora, ¡claro!, le tocaba a
Coscullano devolverle el favor a Susín en caso de que se hubieran presentado
problemas en la concesión.
–
Ya veo.
–
¿Quieres que siga?
–
Sí, por favor. Quiero que me cuentes si Pascual tuvo que defender algún
proyecto personalmente.
–
Pues sí –aclaró la técnico–. Hubo dos candidatos que merecieron un comentario
por su parte: Carlos Mendín y la Peña del Corral. Del primero, tan sólo dijo
que se trataba de un artista de
reconocido prestigio y trayectoria intachable, con lo que la comisión aceptó en
silencio concederle la obra. En cuanto a la segunda, Álvaro, el director de
subvenciones, observó que no veía demasiado claro que se permitiera a una
asociación cultural local elegir al artista y, por lo tanto, adjudicar la obra;
por mucho que la capilla objeto de la restauración estuviera en su municipio.
El silencio que provocó esa observación fue aprovechado por Pascual para
señalar la conveniencia de conceder la ayuda a la Peña del Corral, ya que el
conocimiento del territorio municipal era una garantía suficiente de que esa
asociación haría lo que debía. Se aprobó y se le dio la cuantía total
solicitada.
–
Entiendo –apuntó Carmen–. Y tú, ¿no dijiste nada al respecto?
–
No creo que mi función allí consistiera en decir a los demás cómo debían pensar
ni qué debían decidir...
–
Eso es verdad. Pero sí podrías haber sugerido, como representante de la
Administración que eres, que esa concesión podría ser problemática... Porque
imagino que sabrás que Pascual fue presidente de esa Peña del Corral, ¿no?, y
que sigue siendo socio...
–
Sí, algo sabía –aclaró Azahara, cautelosa–. Pero no creí acertado decirle al
director general de cultura cómo debía repartir sus influencias...
–
Tal vez debí decirte en qué debía consistir tu función en la comisión. Pensé
que adivinarías mis motivos... Siempre espero demasiado de los demás –añadió
Carmen, suspirando–; siempre creo que mis colaboradores van a saber cómo
actuar...
–
Pero..., Carmen –se defendió Azahara–, a mí no me dijiste nada de qué hacer, ni
de qué decir; tampoco me dijiste que esperabas de mí que actuara como freno de
los posibles excesos de Pascual o de quien fuera... Soy demasiado joven, y sin
autoridad: como para poner en su sitio a dos directores generales, animales
políticos y miembros destacados del partido... Concédeme eso, Carmen, por
favor.
–
Sí, tienes razón. Estoy tan ocupada siempre que debí de olvidar comentarte por
qué quería que estuvieses en la comisión. Lo que sí que debes tener presente es
que todo el mundo sabe que tú eres mi protegida, y que lo que tú digas en
cualquier órgano de decisión es la expresión de mis directivas.
–
Pero..., Carmen –replicó la técnico con miedo–: a mí jamás me has comunicado
cuáles son tus directivas, ni tus órdenes...
–
¡Pues tendrás que entender cuáles son a través de nuestras conversaciones! Creo
que eres suficientemente inteligente como para eso, ¿o no? Además, yo espero de
mis colaboradores que sepan, que lo adivinen si es preciso, qué espero de ellos
sin que yo tenga que perder el tiempo en decírselo expresamente.
Azahara
miraba fijamente a su superiora, sorprendida. Jamás había imaginado que su
trabajo consistiera en prever los deseos de la consejera antes de que ésta se
los diera a conocer. Como cargo de confianza, siempre había pensado que le
habían dado ese puesto para que desarrollara estrategias de dinamización
cultural. Creía que la influencia que Rosa había tenido en su nombramiento
estaba basada en sus competencias y habilidades para llevar a cabo ese tipo de
funciones, y que Carmen había confiado finalmente en ella para que la
consejería pusiera en marcha un ambicioso programa cultural. Lamentó averiguar
que gran parte de su trabajo tuviera que consistir en obedecer ciegamente las
insensatas órdenes de una cabeza loca, infatuada y enferma de soberbia por
tantos años de función política. De sopetón, la consejera le cayó mal, y empezó
a preguntarse si había hecho bien al aceptar el cargo y meterse en asuntos
políticos en lugar de asegurar sus posibilidades de colocación en la
universidad.
–
La verdad es que hay veces, Carmen, que no sé qué hago aquí, qué no sé para qué
valgo.
–
Te lo voy a decir. En primer lugar, para que propongas proyectos y actividades
que, por supuesto, tienen que gustarme. Es decir, que tienes que convencerme de
que lo que idees y quieras llevar adelante sea interesante. En segundo lugar,
que seas como... una extensión de mí misma; en este sentido, tu participación
en la comisión de selección de los proyectos para las capillitas consistía en
eso... Y por último, aunque no sea definitivo, estar a mis órdenes para poner
en marcha las iniciativas que a mí me parezcan válidas.
–
Acepto plenamente, pues me parece lógico. No obstante –añadió Azahara incisiva
y valiente–, no me negarás que nunca me has dado instrucción alguna para que yo
cumpliera con esas funciones como es debido.
–
Es verdad –replicó Carmen mientras encendía otro pitillo–. Tal vez habría
debido dejarte en manos de Pascual para que fuera él quien te guiara; pero,
como no le dije nada al respecto, él se ha desentendido un poco de ti. Y
acertadamente, pues prefiero que cada uno de los dos sea como mis dos manos
allí, independientes, sin que la una sepa qué hace la otra y que cada una de
las dos me rinda cuentas a mí en exclusiva. Es decir, que yo sea el órgano
motor; o el cerebro, si lo prefieres.
Azahara
pensó que si, en realidad, la consejera quería ser el órgano motor, más
convendría hablar de corazón que de cerebro. Y no sólo porque así su afirmación
poseería más lógica, sino porque en todas sus decisiones paracía haberse basado
más en corazonadas que en reflexiones. No conseguía ver a Carmen como una
pensadora cuyo trabajo contribuyera a renovar las bases ideológicas de su
partido y, por consiguiente, justificara su alta posición. No, Carmen era un
engranaje más, cercano, eso sí, al centro donde se tomaban realmente las
decisiones; y su situación en el escalafón de su partido se debía a eso y a que
resultaba una agradable compañía en restaurantes y salones. Por fuerza la
tenían que incluir en campañas y proyectos, ya que, de una manera u otra,
siempre estaba donde esas cosas se discutían y, por lo tanto, donde se
repartían los poderes.
–
Y... ¿qué te gustaría que hiciera en este asunto? ¿Qué esperas de mí?
–
Espero que no lo tomes como una incómoda orden de tu jefa –le explicaba la
consejera–, sino como el consejo de una amiga: de la amiga que soy. Por eso voy
a ser tan clara. Por eso y porque tú misma verás que es lo más conveniente para
todos, incluida tú misma. Quiero que te pongas en contacto con ese Conrado y le
sondees para saber qué quiere.
–
¿Cómo que qué quiere? –preguntó Azahara.
–
Sí, qué quiere, qué le haría feliz; y, sobre todo, qué le haría desistir de
denunciarnos en los juzgados.
–
Es decir, Carmen, que me estás otorgando un papel de negociadora...
–
Si prefieres llamarlo así me parece muy bien. Comprende que no voy a ser yo
quien llame a su puerta para preguntarle qué quiere a cambio de su promesa de
no llevarnos ante los tribunales.
–
No, claro –apostilló la técnico conciliadora–, si no sería...
–
Tu función consistirá en averiguar qué ambiciona. O dicho crudamente, cómo
podemos comprar su silencio. Qué sé yo: un cargo, un encargo, un empujón a su
carrera o simplemente un cheque en blanco. Cuando lo sepas, me lo dices, y ya
decidiré yo qué se le puede conceder. A ti, gracias a tus contactos en el
mundillo de la cultureta, no te costaría mucho trabajo saber más sobre él y de
qué pie cojea. Además, tu juventud y tu aspecto así, un poco... enrollado,
podrán evitar que el encuentro tenga un inconveniente tufillo oficial.
–
Carmen, como técnico de cultura conocida y reconocida que soy –le explicó
Azahara–, ya nadie disocia mis funciones de mi persona... Tal vez no sea yo la
más indicada para iniciar una negociación con un artista...
–
No temas: aprenderás rápido a aceptar la sospecha de que la gente relacionada
con tu trabajo sólo te vea como alguien capacitada para favorecer proyectos y
ambiciones. Pero me da igual: quiero que seas tú y nadie más quien se acerque
al Conrado ése de las narices.
–
¿No crees que Pascual sería un interlocutor más creíble que yo? Un director
general le haría sentirse más importante y halagaría más fácilmente su
vanidad... Pascual podría invitarle a un buen restaurante y desplegar así toda
la seducción del poder; yo, sin embargo, tendría que quedar con él en una
cafetería y esperar que un carajillo cargado o un coñac le predispusiera
positivamente hacia mí... ¡Las diferencias son claras!
–
Prefiero, Zara querida, que Pascual no intervenga en este asunto, y te voy a
explicar por qué. Primero, porque un director general de cultura haría creer a
nuestro amigo que damos a sus posibles amenazas más importancia de la que
tienen; tal vez se sintiera tentado de pedir más de lo que merece. Pero si eres
tú la mediadora se le quita importancia al acto de negociación; todo es más
llano y sencillo al ser dos iguales los que hablan de sus cosas. A ti no se
atreverá a pedir el oro y el moro porque sabrá que no está en tus manos
concederle lo que quiera. A Pascual, podría sentirse tentado a exigirle algo de
mayor enjundia, algo más acorde a las responsabilidades de su cargo. El
artistucho éste será consciente de que tú poder de decisión es limitado, y, por
eso mismo, creo que se cortará a la hora de pedirte algo: te verá como a
alguien cercano a él, como a una igual, y, por simpatía y colegueo, no se
atreverá a ponerte en una situación comprometida ante tu jefa...
–
Quien me pone en una situación comprometida ante mi jefa es mi propia jefa...
–añadió Azahara mirando hacia otro lado.
–
Eso deberías haberlo tenido en cuenta al aceptar un cargo de confianza: este
puesto te convierte de inmediato en política, y en el puesto va incluida una
serie de obligaciones con los dirigentes del partido que te puso aquí. Y eso, o
se toma o se deja.
–
Pero... yo no firmé con ningún partido –protestó la técnico–, sino con una
amiga, que dijo querer ayudarme a abrirme paso en el mundo laboral... No sé,
Carmen, tu amistad con Rosa me hizo pensar que compartíais una misma ética, y
que su firmeza era la tuya.
–
La firmeza de Rosa le impide precisamente ser flexible cuando es necesario. Y
esa necesidad se presenta casi todos los días cuando una tiene que tomar
decisiones. Hay que ser pragmática, porque nos enfrentamos a hechos y no a
ideas. El pensamiento sirve de poco cuando toca atajar un problema, y en
dificultades es la ética de la supervivencia la que cuenta.
–
Pero...
–
Veo, Azahara –le interrumpió la consejera–, que voy a tener que prescindir de
ti para este asunto. Tus impedimentos morales son como obstáculos para mí. Yo
necesito contar con gente adulta que, en situaciones difíciles, sepa tomar
decisiones difíciles. Así que, si esa es tu última palabra...
La
técnico no se había negado todavía a cumplir con la orden de su jefa, por lo
que intuyó que era obediencia ciega, sin fisuras ni discusión lo que esperaba
Carmen de sus subordinados. Y aún así se atrevió a pedirle que le diera tiempo
para pensar.
–
¿Tengo que darte mi contestación ahora mismo?
El
teléfono sonó encima del mueble de diseño sobre el que descansaba. Carmen se
levantó y, con el aparato en la mano, sin haber contestado todavía, le dijo
tajante y seria:
–
Te doy hasta mañana por la mañana.
Y
contestó. Su "diga" fue firme, seco, pero su tono de voz se tornó
alegre, incluso encantador, al reconocer a la persona al otro lado del hilo.
Había pasado de la difícil tensión anterior a la distensión amable de una
conversación entre amigos, lo que no dejó de maravillar a Azahara, sentada sin
apoyar la espalda en el respaldo del caro sofá. La consejera se despedía, tras
unos tres minutos de animadísima charla, con expresiones de afecto, promesas de
encuentro y muchos besos telefónicos.
–
¡Ay, esta Amelia, cómo es! –dijo con una amplia sonrisa Carmen al tiempo que
volvía a ocupar su sillón.
–
Ya me lo he pensado, Carmen. Acepto, y mediaré con Conrado para solucionar este
asunto.
–
¡Bravo! –celebró la consejera–. Ponte a ello mañana mismo.
–
Bueno..., mañana es... sábado.
–
Ay, sí..., qué cabeza la mía. Entonces como quieras: si prefieres esperar hasta
el lunes, no veo inconveniente. Aunque en fin de semana, la gente está más
relajada...
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