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domingo, 6 de septiembre de 2015

1. ALEJANDRO Y ELOÍSA

Alejandro sentía que estaba atravesando una crisis. No era la primera vez que encajaba mal la ruptura con una de las becarias del periódico; sin embargo, en esta ocasión, el abandono de la joven Berta le estaba sumiendo en un estado de ánimo que él identificaba con una depresión y que, además, estaba afectando a su identidad viril. Con 48 años, Alejandro creía estar percibiendo el derrumbe de su vida, que entraba –irremediablemente, según pensaba él– en la decadencia propia de su edad. Era consciente de que Berta le había hecho vivir un espejismo, introduciendo en su baldío corazón las semillas de una juvenil esperanza. Sus escapadas a bonitos hoteles de la costa, el carácter furtivo de su relación y, sobre todo, la facilidad con que la joven despertaba su deseo –que ya antes de conocerla considerara finalizado–, le habían insuflado nuevas fuerzas y unas terribles ganas de vivir junto a la bella Berta. La joven, de 22 años, con la carrera de Periodismo recién terminada, era todo lo guapa y sumisa que el talante de Alejandro, acostumbrado a que nada ni nadie se le resistiera, podía desear. Ni tres días tardó el director de La voz del pueblo en seducir a la guapa aspirante a redactora. Primero, declaró querer ocuparse personalmente del desarrollo de sus prácticas –como ya había hecho con todas las becarías elegidas por él mismo–; segundo, la confinó a su despacho, donde pudo desplegar todos los encantos del poder; tercero, prometió apoyo incondicional a su futuro profesional y le aseguró la proyección de su carrera; y, por fin, la hizo suya para asegurarse la coincidencia de sus intereses. Su relación, tímida al principio, torrencial al cabo de los primeros diez días, duró casi tres meses: ese fue el tiempo que necesitó la joven e inexperta Berta para darse cuenta de que su futuro como profesional del periodismo consistiría en ser la secretaria y querida del director hasta que a éste le entrara por los ojos otra guapa becaria. Así que, antes de que eso ocurriera, Berta dio un ultimátum a su amante, consistente en, por una parte, la amenaza de abandonarlo y, por la otra, de airearlo todo para que la sociedad local y su intachable familia se enteraran de sus líos de faldas. Alejandro reaccionó con un arranque de orgullosa furia que casi le hizo tirar la casa por la ventana; pero la contemplación del bello rostro de la becaria, el amor que ésta no había dejado de inyectar en su aburrido corazón y un resto de solidaridad con la víctima que aún decoraba, como medalla al mérito, su cínica armadura de hombre hecho a todas las batallas, le hicieron aceptar las condiciones de su amante. Con un par de llamadas de teléfono, puso a disposición de Berta dos puestos de redactora en otros tantos importantes periódicos de la capital regional, desde donde la licenciada podría soñar con alcanzar los bellos ideales que hinchaban su sólido pecho cada vez que hablaba con su novio de toda la vida de la función social del periodista. Berta se colocó ventajosamente en La gaceta ilustrada y, sintiéndose segura en su puesto, rechazó cualquier nueva invitación de Alejandro, lo que éste atribuyó al declive de su atractivo sexual para una joven con miras más altas y, desde luego, más solidas.
Era la primera vez que se saldaba de esa manera una de sus historias de erótica laboral, quedándose por ello sin recursos para contrarrestar las consecuencias de la no deseada ruptura. Pensó en hacer uso de sus poderes en el periódico para resarcirse mediante la seducción de una nueva becaria, pero ésta no le gustaba: como no fue él quien se ocupó de la selección, al hallarse en ese momento de vacaciones agostinas y despreocupado de todo lo que no tuviera que ver con Berta, no pudo evitar que el redactor-jefe contratara a alguien que despuntara por su oficio antes que por su físico. Así que veía imposible que hallara en el periódico, en su periódico, en La voz del pueblo, consuelo a su tristeza y freno a la pendiente por la que se lanzaba su ánimo.
Concibió reconstruir su aburrida vida conyugal para encontrar apoyo en el calor del redil, pues estaba seguro de que Marta, su esposa, sabría posicionarse a su lado mediando una difusa promesa de participación en la proyección de la pareja. Su esposa le parecía, sin embargo, tan aburrida, tan falsa, sólo preocupada de su aspecto físico, de modas y decoración, y de la credibilidad de la familia como una unidad de destino en lo social, que vio imposible encontrar en ella la comprensión y el afecto que estaba necesitando su corazón herido.
Se le ocurrió que tal vez la amistad de su hijo sirviera de linimento a su alma, pues se había despreocupado de él y de su educación desde que éste empezara a manifestar personalidad propia y deseos completamente ajenos a los intereses de su padre. Óscar contaba en ese momento con 15 años, una estupenda edad para sentar las bases de una amistad duradera con él; pero también se hallaba en una disposición naturalmente negativa hacia cualquier torpe acercamiento de un mayor. Alejandro no era consciente de ello, por lo que fue hacia su hijo con la osadía del padre que considera a la familia como un territorio más de su poder; el chaval le dio un tremendo corte, se rió de sus amenazas de cortarle el grifo de las propinas semanales y salió dando un portazo de la bonita casa con jardín para juntarse con sus colegas.
El periodista decidió recurrir a una antigua compañera de instituto para hallar consuelo y consejo.
– Hola, Elo, ¿cómo estás?
– ¡Alejandro! ¡Cuánto tiempo sin saber de ti! ¿Cómo te van las cosas?
– Bueno...: así asá... ¿Te importaría que nos viéramos para tomar algo y... charlar? Hace mucho que no hablamos, ¿verdad?
La voz aguda aunque segura de Eloísa pronunció la aceptación a la invitación, viendo que su antiguo amigo de francachelas y confidencias de casi toda la vida estaba atravesando un mal momento. Con todos los desplantes que le diera Alejandro perdonados y olvidados, le propuso pasar esa noche o cuando quisiera por su casa, pues el niño pequeño tenía un dormir irregular y solía requerir el pecho de su madre con frecuencia.
– ¿No le parecerá mal a Iván? –preguntó preocupado el periodista.
– No te preocupes por él, que sabrá dejarnos a nuestras anchas.
Esa misma noche, después de la cena, apareció Alejandro en casa de Eloísa. A petición muda de él, se fundieron los dos en un largo abrazo que comprendía el tiempo transcurrido desde el último encuentro, el afecto que ambos sentían, y, sobre todo, la necesidad de apoyo del despechado amante.
– No estoy nada bien, Elo –le espetó Alejandro tras los saludos, preguntas y respuestas de rigor–. Aquí me ves, con casi 50 años, director del periódico más importante de la ciudad, padre de familia respetadísimo, envidiado por todas partes..., y, sin embargo, abandonado bochornosamente por una bella y estupenda mujer.
Eloísa no contemporizó con el semblante y la voz dolientes de su antiguo amigo; ninguna empatía despertaban en ella las aventuras extramatrimoniales del periodista.
– Ya sabes que no me gustan nada tus historias de ligues. Marta no se merece, ¡ni mucho menos!, sufrir lo que sufre con tus devaneos. Abusas de la confianza que ella pone en ti así como de tu posición de poder en el periódico. Déjame imaginar qué es lo que te ha pasado: te has liado, como tantas otras veces, con una jovencita; te ha dado puerta y tú te has sentido despechado; y todo lo has achacado a que tu atractivo y tu juventud están de capa caída y que ya nada vale la pena. ¡Sigues siendo un estúpido colegial, Alejandro! Así que no me cuentes nada de tus historias de faldas, ¡que no me interesan!
La que antaño fuera confidente y amiga del periodista se había convertido con el tiempo en una reivindicativa feminista, quien atribuía al imperio viril, en una fácil y simplista reducción, la culpabilidad de todos los males de la civilización. Desde el agotamiento de los recursos naturales, hasta la explotación del hombre por el hombre, pasando por la globalización económica, todo se debía, a ojos de Eloísa y de sus amigas del Grupo Crítico Femenino, a la manera masculina de apoderarse del mundo. Con cuatro años menos que Alejandro, una amistad nacida en la cafetería del instituto de Secundaria donde se conocieron propiciaron que ella se uniera a la banda de amigotes de él para salir por los bares y tabernas del casco antiguo de la ciudad; la diferencia de edad tal vez fomentara la docilidad primera de Eloísa, quien, una vez emancipada de la influencia de sus compañeros de juergas, desarrolló un discurso combativo en pro de la autonomía y la independencia femeninas, que fácilmente arremetía contra la actitud interesada de los hombres a la hora de callar ante los excesos del machismo de la sociedad. Negó el saludo amistoso que siempre había ofrecido a sus amigos hombres y lo limitó a sus amigas mujeres, siempre dispuesta a la rápida reivindicación y a la emisión de consignas y eslóganes a poco que el saludo, el encuentro y la charla lo propiciaran. Ella reconocía que eso le había agriado el carácter y enturbiado su manera de relacionarse con los demás. Casada, para sorpresa de propios y extraños, con un tranquilo agricultor, llevaba dos años alternando los períodos de baja por maternidad con el desempeño de su puesto de profesora de Lengua y Literatura españolas, desde donde pretendía divulgar la filosofía feminista de la sospecha, el ataque y el derribo del patriarcado. A Alejandro no le extrañó, por consiguiente, la reacción de su amiga.
– No me martirices, Elo, que, si tú me fallas también..., ¡no sé a qué tablón agarrarme! ¡El suelo se hunde bajo mis pies!
Eloísa comprendió que parte del papel que se esperaba de ella como mujer feminista era el de procurar el cuidado de la gente que dependía de ella. Ser una combativa agente del cambio de la sociedad no podía cumplirse sin el cultivo de las capacidades amatorias y comprensivas de las mujeres. Así que ordenó un cambio a sus facciones y las dispuso de manera que su amigo se sintiera reconfortado y apoyado.
– No sólo es una cuestión de faldas, Elo, sino que todo aquello en lo que creía se tambalea. ¿Qué he estado haciendo durante todos estos años? ¡Desaprovechar lo que la Fortuna me ha deparado y servido en bandeja de plata! Sí, de acuerdo con que me he aprovechado de mi posición para hacer de mi capa un sayo y he abusado de las jovencitas que han llamado a las puertas de La voz solicitando un hueco.
– Ya iba siendo hora de que te arrepintieras de lo que has hecho, y de que te dieras cuenta de que el periódico podría haberte servido para algo más que para acostarte con chiquillas...
– ¡Es verdad! Siento como si en todos estos años de periodismo fácil y barato no hubiese hecho más que perder el tiempo. Y la última chica, Berta, que me ha dado una buena lección, no sólo me ha obligado a comerme mi chulería... Esas becarias, quiénes más quiénes menos, llegan al periódico –¡no sé qué les enseñan en la facultad!– con unas ideas que por fuerza chocan con las mías y con las de la sociedad establecida. Vienen con la convicción de que el periodismo tiene que servir a la causa del pueblo. Informando a la población, creen que conseguirán despertarla de su marasmo y movilizarla para acabar con la desigualdad de la que es víctima... Un idealismo que, al principio, yo acojo con una sonrisa bondadosa, pensando que ya se les pasará. Pero, ¡es tan fuerte, es tan poderosa su ilusión!, que yo me siento a veces indigno del cargo que ocupo, incompetente en el papel que ellas me conceden. Y tal vez en parte se deba a eso que Berta se haya ido, en busca de un lugar desde el que gritar sus cuatro verdades a los poderosos del capital y la política. Y eso que parecía una mosquita muerta, tan dócil y tan dispuesta...
El talante pedagógico de Eloísa se despertó, creyendo necesario aprovechar esa circunstancia para subrayar el error en que siempre había vivido su antiguo compañero de noches de alcohol. Era difícil que la militante cediera el puesto a la amiga, pues se sentía en la necesidad de cambiar el mundo empezando por su porción más cercana.
– No sé si te consolará algo lo que voy a decirte, pero creo que esa Berta te ha hecho reflexionar en positivo; te ha dado una lección que no sé si olvidarás, pero que seguro ha hecho que te replantees tu función en el mundo y hasta dónde puedes llegar. Creo que debes extraer de todo esto una enseñanza muy saludable que ya se está manifestando en tu manera de pensar y en toda tu persona. Sé consciente de que estás asistiendo... ¡a tu propia metamorfosis!
Alejandro no acogió esas palabras con el mismo entusiasmo con que fueron pronunciadas por su amiga; esperaba que Eloísa le diera su apoyo sin condiciones en lugar de amartillar la estaca que sentía clavada en el pecho. Pero, en parte, tenía razón: tal vez Berta le había hecho abrir por fin los ojos, y, en definitiva, darse cuenta del ridículo que había estado haciendo durante toda su vida adulta. No obstante, no era esa convicción lo que había ido a buscar a casa de Eloísa; Alejandro necesitaba ayuda, y, a pesar del empeño reivindicativo de su amiga, aún esperaba que ella se lo brindara.
– Todo se me aparece como una tremenda estupidez, Elo. ¿De qué me ha servido ganarme el liderazgo en la comunicación en esta ciudad? Te lo voy a decir: para pegarme cuatro comilonas y otras tantas juergas con quien estuviera al frente de la Cámara de Comercio, con quien presidiera la Asociación de Comerciantes, con el alcalde y con los altos cargos del gobierno autonómico. ¡Todos ellos unos gilipollas que no saben hacer la O con un canuto y que se creen el centro del mundo! Algún que otro regalo –una bonita pluma, un reloj de marca, unas vacaciones a todo tren en Salou...– y el dudoso privilegio de sentarme a su lado en las inauguraciones... ¡Eso es todo! Pero, de verdad, ¿eso es todo a lo que yo podía aspirar? A ti te lo pregunto, Elo, que eres una mujer completa y que siempre me has dicho cómo tengo que pensar.
– No lo sé, Alejandro. Dicen que el periodismo es el cuarto poder y que...
– ¡Quita, qué cuarto poder ni que...! Yo me sentaba ahí, al lado de los politicastros, y me daba la impresión que era más lo que unía a mi mujer con las suyas –cócteles, ropa, vacaciones lujosas y elegantes...– que lo que me unía a mí con ellos. Y, de vuelta a casa, en el coche, Marta me decía que la mujer de tal era divina –"¡qué clase tiene, y qué naturalidad!"–, y que la de cual era perfecta –"¡tienes que hacer lo imposible para que venga a ver nuestros Beulas!"–. Y Marta no era así antes: he hecho de ella una perfecta estúpida, sin conversación ninguna, sin interés por nada que no sea la apariencia y la construcción de una imagen impoluta. ¡Estoy casado con una imbécil, con la que ya no puedo hablar de nada y... no digamos nada de la cama! En fin, que estoy solo: ¡solo del todo! ¡Imposible estar más solo!
Alejandro se levantó y, como un imán, se dirigió a la parte del armario del salón donde él recordaba –o imaginaba– que se hallaría el mueble-bar. Lo abrió, y entre botellas de vino rancio sin etiqueta, una de pacharán, otra de Frangelico y una más de aguardiente de hierbas, localizó la del caro whisky de malta que les había enviado él mismo por Navidad y que tan apenas estaba empezada. "¡Necesito un trago!", y se sirvió un lingotazo en un vaso ancho que vació de un solo golpe. El licor pareció devolverle la continencia, permitiéndole un respiro en la narración de sus sinsabores.
– Menos mal que Óscar sale un poco de ese esquema: es un chaval magnífico del que deberías sentirte algo más que orgulloso. ¡Las horas que nos hemos pasado juntos discutiendo sobre lo divino y lo humano...! Es tanto lo que atesora ese chaval que tal vez deberías acercarte a él...
– Imposible: el tiempo que está en casa se lo pasa en su cuarto, ya sea leyendo, ya sea con internet en su ordenador...
– No me extraña lo que me cuentas...: si me lo permites, Álex, con una madre tan superficial y un padre ausente..., ¡cómo no va a refugiarse en su mundo! Pero estoy seguro de que , si su padre le pide ayuda, él sabrá estar a la altura. ¡Respondo de él!
– Pero..., si el otro día logré cogerlo por banda y que nos sentarámos frente a frente en la mesa de la cocina: ¡no veas cómo me costó reternerlo más de dos minutos! No tenemos nada que decirnos, Elo, nada que nos una ni que podamos compartir... ¿Le encargaste tú que leyera el libro ése de 1984?
– Bueno, sí...: es una propuesta conjunta entre la profesora de ética y yo. Creo que es una buena novela para un adolescente que desee comprender parte del mecanismo político de nuestra sociedad. Se trata de un caso extremo, ya lo sé, pero puede resultar tan revelador...
– Ya, ya –le cortó Alejandro ante la inminencia de un discurso–. Pues figúrate que, tras esa conversación de dos minutos en la cocina, se levantó y, antes de desaparecer por la puerta, me preguntó algo así como: "Oye , Papá, ¿tú crees que la información la dictan los poderosos, los que mandan en el país?" Yo me quedé de piedra y le respondí preguntándole que cómo se le había ocurrido eso. "En 1984 se habla de un ministerio en el que reescriben la Historia según le parece al partido en el poder". "Pero eso es una novela, hijo mío", le dije. "Sí, pero como tú eres periodista y diriges un periódico, quería saber tu opinión". Me quedé mudo, de verdad; no supe qué decirle, y antes que decir una gilipollez, me quedé callado. No quería que descubriera que su padre no había leído ese libro, lo que tal vez me empequeñecería ante sus ojos, y preferí no decir nada. "Ya hablaremos de eso en otro momento, que ahora tengo que hacer", le dije, escurriendo el bulto. Imagino que verás en ello una prueba más de mi condición de padre ausente, ¿no es verdad?
– Bueno, tampoco hay que ponerse así –contestó Eloísa, casi satisfecha de que el hijo golpeara al padre en su línea de flotación–. Un hombre no puede saberlo todo...: ¡y mucho menos haberlo leído todo!
– Sí, ya lo sé; pero, aun así, me hice con el libro y lo leí –¡aunque sólo fuera para estar a la altura de Óscar, lo confieso!–. Y no está mal, todo hay que decirlo. A ese libro le vendría muy bien una película...
– Ya la hay; y una serie para televisión.
– ¡Vaya!, tendré que verla. La cuestión es que me leí la novela en tres patadas, ¡y me quedé peor que antes! Me invadió la convicción profunda e irrebatible de no haber hecho más que el imbécil durante toda mi vida. En lugar de hacer honor al título de mi periódico y contar a mis lectores cómo se reían de ellos y los utilizaban los bancos, los comerciantes, las grandes empresas y el poder, no he hecho sino cubrir las espaldas de los poderosos, reírles los chistes, y, en fin, hacer todo lo posible para mostrarlos con su mejor cara, eliminando de sus retratos las imperfecciones y las contradicciones en que constantemente han incurrido. ¡Y todo para asegurarme los anuncios oficiales, la publicidad de ayuntamientos, diputaciones, departamentos, consejerías, grandes almacenes, cajas de ahorrro, automóviles...! ¡Menuda mierda: he convertido a mi periódico en un folleto comercial!
Eloísa asistía asombrada al cambio experimentado por su amigo, quien nunca hasta ese momento se habría atrevido a pronunciar un discurso semejante, que ponía en duda la validez de los medios que le habían procurado el bienestar material del que disfrutaba.
– Está muy bien lo que me dices, Alejandro. Pero, digamos que la opción que elegiste –en lugar de ser de verdad la voz del pueblo– te ha reportado numerosos beneficios, muchas ventajas y..., aún diría más: unos privilegios que siempre has creído merecer. Me estás dejando anodadada, de verdad te lo digo. Y tampoco veo claro cómo ha podido turbarte 1984 hasta ese punto...
– Lo del nombre del periódico importa poco fuera del aspecto meramente comercial de la cosa: el responsable de comunicación de La voz podría decirte muchas cosas al respecto. Con 1984 y ese ministerio de información que reescribía los periódicos antiguos y la Historia, me vi reflejado a mí mismo cuando optaba por no comentar ni criticar la pasmosa capacidad de nuestros gobernantes para olvidar lo prometido; para ceñirse al "donde dije digo, digo diego" que demuestran cada vez que llega a término un ejercicio tetranual; para reformular sus propios compromisos con tal de que no sean cogidos en una mentira.
– ¿Por ejemplo?
– ¿Un ejemplo? Recuerdo cuando el presidente autonómico prometió, ante tus colegas profesores en un congreso sobre enseñanza de idiomas, que si era reelegido implantaría una segunda lengua en colegios e institutos. En la última campaña electoral volvió a decir lo mismo: mi deber, como servidor de la verdad, habría sido recalcar esa repetición e insistir no sólo en la incapacidad del presidente para cumplir sus propias promesas, sino también en el cinismo con el que repite fórmulas que él sabe –y el tiempo así lo subraya– de imposible cumplimiento. Venden humo, y yo se lo publicito; a cambio, me llenan espacios de publicidad –que les vendo caros, he de confesarlo– y yo, por mi parte, coloco a mis lectores un producto defectuoso bajo su mejor luz. No soy un periodista, ¡sino un mercader de los cojones!
– Bueno, Alejandro, no emplees expresiones machistas, que nada tienen que ver tus testículos con la política.
Alejandro miró sorprendido a su amiga. Sabía ya que no iba a hallar ningún consuelo en Eloísa, pero eso no le impidió utilizarla como confesora de todos los reparos que se estaba poniendo a sí mismo.
– ¡Lo de la política es la leche! Aunque sepan ellos y ellas que nuestro sistema nos ofrece elegirlos a ellos y ellas para que dirijan nuestra sociedad, se empeñan en seguir una inercia de hacer cosas, acometer obras, inaugurar palacios, agrandar la ciudad sin que exista la más mínima necesidad para ello, dejando de lado, por otra parte, aquello que sí que necesitaría arreglo en nuestra ciudad y en la Comunidad. Pero, claro, su propósito no es ser aplaudido por la gente –sobre todo porque ésta difícilmente aprecia lo que le es útil, y cuya realización le parece evidente (¡cómo agradecer algo que hay que hacer porque sí!)–, sino ir acumulando una serie de acciones que, en conjunto, les muestre como artífices del estado actual de la sociedad. Y ese conjunto no ha de ser interpretado por sus electores, sino por sus propios dirigentes, quienes se basarán además en lo que hayan reflejado los periódicos sobre ello. ¡La prensa posee un enorme potencial de transformación de la sociedad! ¡Y desde luego que la transformamos según nuestros intereses! En lugar de criticar, aplaudimos sus festivales, sus enormes rotondas, sus innecesarias rondas de circunvalación, sus mastodónticas autovías, y apostamos, en definitiva, por su vago concepto de progreso en lugar de preguntarles por qué hacen eso de esa manera y no de esa otra.
– Yo creo que, alguna vez, sí que criticáis, ¿no, Alejandro? Recuerda cómo iniciasteis una campaña de información sobre el Palacio de Congresos de la ciudad y su desmesurado coste final...
– Sí, pero he de decir para tu desencanto que esas campañas forman parte de una estrategia. Con valentía fingida, el periodista empieza a criticar para preocupar a la población y, junto a ella, a la clase dirigente; ésta reacciona haciéndonos partícipe de sus temores y proponiéndonos una participación en los beneficios si, en lugar de continuar con nuestra investigación crítica, apoyamos el pretendido valor de esa iniciativa. Y así hicimos con el Palacio de Congresos: gracias a eso, tenemos asegurados tres años seguidos de publicidad institucional por parte de ayuntamiento, diputación provincial y gobierno autonómico, a razón de unos 10.000 € semanales. ¿Acaso no es esa una manera de reescribir los hechos? Damos voz a lo positivo y hacemos invisible lo negativo: el mundo se vuelve de color de rosa; la Historia juzgará esos hechos de manera equivocada, ¡y todo gracias a irresponsables como yo!

El llanto lejano de un niño vino a turbar la excitación de Alejandro, quien participó de la atención que Eloísa ponía en identificarlo. En medio del silencio que se creó en el salón, apareció Iván con el berreante chaval en brazos, al que entregó a su solícita madre. Obviando la presencia de Alejandro, extraña en ese intercambio entre madre e hijo, Eloísa descubrió su enorme seno derecho, al que se agarró como una lapa el crío. Ya era noche avanzada, y ningún sonido venía ni del vecindario ni de la apaciguada calle; el ruido de la succión del niño dominaba el salón: música celestial para el padre y la madre, quienes miraban embelesados y sonrientes a su retoño mientras Alejandro, presa todavía de su turbación, se servía un segundo malta que agotó de un trago. Como nadie le prestaba atención, se sintió de más y, sin apenas depedirse de su amiga y de Iván, desapareció tras la puerta.

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