Alejandro sentía que estaba
atravesando una crisis. No era la primera vez que encajaba mal la ruptura con
una de las becarias del periódico; sin embargo, en esta ocasión, el abandono de
la joven Berta le estaba sumiendo en un estado de ánimo que él identificaba con
una depresión y que, además, estaba afectando a su identidad viril. Con 48
años, Alejandro creía estar percibiendo el derrumbe de su vida, que entraba
–irremediablemente, según pensaba él– en la decadencia propia de su edad. Era
consciente de que Berta le había hecho vivir un espejismo, introduciendo en su
baldío corazón las semillas de una juvenil esperanza. Sus escapadas a bonitos
hoteles de la costa, el carácter furtivo de su relación y, sobre todo, la
facilidad con que la joven despertaba su deseo –que ya antes de conocerla
considerara finalizado–, le habían insuflado nuevas fuerzas y unas terribles
ganas de vivir junto a la bella Berta. La joven, de 22 años, con la carrera de
Periodismo recién terminada, era todo lo guapa y sumisa que el talante de
Alejandro, acostumbrado a que nada ni nadie se le resistiera, podía desear. Ni
tres días tardó el director de La voz del
pueblo en seducir a la guapa aspirante a redactora. Primero, declaró querer
ocuparse personalmente del desarrollo de sus prácticas –como ya había hecho con
todas las becarías elegidas por él mismo–; segundo, la confinó a su despacho,
donde pudo desplegar todos los encantos del poder; tercero, prometió apoyo
incondicional a su futuro profesional y le aseguró la proyección de su carrera;
y, por fin, la hizo suya para asegurarse la coincidencia de sus intereses. Su
relación, tímida al principio, torrencial al cabo de los primeros diez días,
duró casi tres meses: ese fue el tiempo que necesitó la joven e inexperta Berta
para darse cuenta de que su futuro como profesional del periodismo consistiría
en ser la secretaria y querida del director hasta que a éste le entrara por los
ojos otra guapa becaria. Así que, antes de que eso ocurriera, Berta dio un
ultimátum a su amante, consistente en, por una parte, la amenaza de abandonarlo
y, por la otra, de airearlo todo para que la sociedad local y su intachable
familia se enteraran de sus líos de faldas. Alejandro reaccionó con un arranque
de orgullosa furia que casi le hizo tirar la casa por la ventana; pero la
contemplación del bello rostro de la becaria, el amor que ésta no había dejado
de inyectar en su aburrido corazón y un resto de solidaridad con la víctima que
aún decoraba, como medalla al mérito, su cínica armadura de hombre hecho a
todas las batallas, le hicieron aceptar las condiciones de su amante. Con un
par de llamadas de teléfono, puso a disposición de Berta dos puestos de
redactora en otros tantos importantes periódicos de la capital regional, desde
donde la licenciada podría soñar con alcanzar los bellos ideales que hinchaban
su sólido pecho cada vez que hablaba con su novio de toda la vida de la función
social del periodista. Berta se colocó ventajosamente en La gaceta ilustrada y, sintiéndose segura en su puesto, rechazó
cualquier nueva invitación de Alejandro, lo que éste atribuyó al declive de su
atractivo sexual para una joven con miras más altas y, desde luego, más
solidas.
Era la primera vez que se
saldaba de esa manera una de sus historias de erótica laboral, quedándose por
ello sin recursos para contrarrestar las consecuencias de la no deseada
ruptura. Pensó en hacer uso de sus poderes en el periódico para resarcirse
mediante la seducción de una nueva becaria, pero ésta no le gustaba: como no
fue él quien se ocupó de la selección, al hallarse en ese momento de vacaciones
agostinas y despreocupado de todo lo que no tuviera que ver con Berta, no pudo
evitar que el redactor-jefe contratara a alguien que despuntara por su oficio
antes que por su físico. Así que veía imposible que hallara en el periódico, en
su periódico, en La voz del pueblo,
consuelo a su tristeza y freno a la pendiente por la que se lanzaba su ánimo.
Concibió reconstruir su
aburrida vida conyugal para encontrar apoyo en el calor del redil, pues estaba
seguro de que Marta, su esposa, sabría posicionarse a su lado mediando una
difusa promesa de participación en la proyección de la pareja. Su esposa le
parecía, sin embargo, tan aburrida, tan falsa, sólo preocupada de su aspecto
físico, de modas y decoración, y de la credibilidad de la familia como una
unidad de destino en lo social, que vio imposible encontrar en ella la
comprensión y el afecto que estaba necesitando su corazón herido.
Se le ocurrió que tal vez la
amistad de su hijo sirviera de linimento a su alma, pues se había despreocupado
de él y de su educación desde que éste empezara a manifestar personalidad
propia y deseos completamente ajenos a los intereses de su padre. Óscar contaba
en ese momento con 15 años, una estupenda edad para sentar las bases de una
amistad duradera con él; pero también se hallaba en una disposición
naturalmente negativa hacia cualquier torpe acercamiento de un mayor. Alejandro
no era consciente de ello, por lo que fue hacia su hijo con la osadía del padre
que considera a la familia como un territorio más de su poder; el chaval le dio
un tremendo corte, se rió de sus amenazas de cortarle el grifo de las propinas
semanales y salió dando un portazo de la bonita casa con jardín para juntarse
con sus colegas.
El periodista decidió
recurrir a una antigua compañera de instituto para hallar consuelo y consejo.
– Hola, Elo, ¿cómo estás?
– ¡Alejandro! ¡Cuánto tiempo
sin saber de ti! ¿Cómo te van las cosas?
– Bueno...: así asá... ¿Te
importaría que nos viéramos para tomar algo y... charlar? Hace mucho que no
hablamos, ¿verdad?
La voz aguda aunque segura
de Eloísa pronunció la aceptación a la invitación, viendo que su antiguo amigo
de francachelas y confidencias de casi toda la vida estaba atravesando un mal
momento. Con todos los desplantes que le diera Alejandro perdonados y
olvidados, le propuso pasar esa noche o cuando quisiera por su casa, pues el
niño pequeño tenía un dormir irregular y solía requerir el pecho de su madre
con frecuencia.
– ¿No le parecerá mal a
Iván? –preguntó preocupado el periodista.
– No te preocupes por él,
que sabrá dejarnos a nuestras anchas.
Esa misma noche, después de
la cena, apareció Alejandro en casa de Eloísa. A petición muda de él, se
fundieron los dos en un largo abrazo que comprendía el tiempo transcurrido
desde el último encuentro, el afecto que ambos sentían, y, sobre todo, la
necesidad de apoyo del despechado amante.
– No estoy nada bien, Elo
–le espetó Alejandro tras los saludos, preguntas y respuestas de rigor–. Aquí
me ves, con casi 50 años, director del periódico más importante de la ciudad,
padre de familia respetadísimo, envidiado por todas partes..., y, sin embargo,
abandonado bochornosamente por una bella y estupenda mujer.
Eloísa no contemporizó con
el semblante y la voz dolientes de su antiguo amigo; ninguna empatía
despertaban en ella las aventuras extramatrimoniales del periodista.
– Ya sabes que no me gustan
nada tus historias de ligues. Marta no se merece, ¡ni mucho menos!, sufrir lo
que sufre con tus devaneos. Abusas de la confianza que ella pone en ti así como
de tu posición de poder en el periódico. Déjame imaginar qué es lo que te ha
pasado: te has liado, como tantas otras veces, con una jovencita; te ha dado
puerta y tú te has sentido despechado; y todo lo has achacado a que tu
atractivo y tu juventud están de capa caída y que ya nada vale la pena. ¡Sigues
siendo un estúpido colegial, Alejandro! Así que no me cuentes nada de tus
historias de faldas, ¡que no me interesan!
La que antaño fuera
confidente y amiga del periodista se había convertido con el tiempo en una
reivindicativa feminista, quien atribuía al imperio viril, en una fácil y
simplista reducción, la culpabilidad de todos los males de la civilización.
Desde el agotamiento de los recursos naturales, hasta la explotación del hombre
por el hombre, pasando por la globalización económica, todo se debía, a ojos de
Eloísa y de sus amigas del Grupo Crítico Femenino, a la manera masculina de
apoderarse del mundo. Con cuatro años menos que Alejandro, una amistad nacida
en la cafetería del instituto de Secundaria donde se conocieron propiciaron que
ella se uniera a la banda de amigotes de él para salir por los bares y tabernas
del casco antiguo de la ciudad; la diferencia de edad tal vez fomentara la
docilidad primera de Eloísa, quien, una vez emancipada de la influencia de sus
compañeros de juergas, desarrolló un discurso combativo en pro de la autonomía
y la independencia femeninas, que fácilmente arremetía contra la actitud
interesada de los hombres a la hora de callar ante los excesos del machismo de
la sociedad. Negó el saludo amistoso que siempre había ofrecido a sus amigos
hombres y lo limitó a sus amigas mujeres, siempre dispuesta a la rápida
reivindicación y a la emisión de consignas y eslóganes a poco que el saludo, el
encuentro y la charla lo propiciaran. Ella reconocía que eso le había agriado
el carácter y enturbiado su manera de relacionarse con los demás. Casada, para sorpresa
de propios y extraños, con un tranquilo agricultor, llevaba dos años alternando
los períodos de baja por maternidad con el desempeño de su puesto de profesora
de Lengua y Literatura españolas, desde donde pretendía divulgar la filosofía
feminista de la sospecha, el ataque y el derribo del patriarcado. A Alejandro
no le extrañó, por consiguiente, la reacción de su amiga.
– No me martirices, Elo,
que, si tú me fallas también..., ¡no sé a qué tablón agarrarme! ¡El suelo se
hunde bajo mis pies!
Eloísa comprendió que parte
del papel que se esperaba de ella como mujer feminista era el de procurar el
cuidado de la gente que dependía de ella. Ser una combativa agente del cambio
de la sociedad no podía cumplirse sin el cultivo de las capacidades amatorias y
comprensivas de las mujeres. Así que ordenó un cambio a sus facciones y las
dispuso de manera que su amigo se sintiera reconfortado y apoyado.
– No sólo es una cuestión de
faldas, Elo, sino que todo aquello en lo que creía se tambalea. ¿Qué he estado
haciendo durante todos estos años? ¡Desaprovechar lo que la Fortuna me ha
deparado y servido en bandeja de plata! Sí, de acuerdo con que me he
aprovechado de mi posición para hacer de mi capa un sayo y he abusado de las
jovencitas que han llamado a las puertas de La
voz solicitando un hueco.
– Ya iba siendo hora de que
te arrepintieras de lo que has hecho, y de que te dieras cuenta de que el
periódico podría haberte servido para algo más que para acostarte con
chiquillas...
– ¡Es verdad! Siento como si
en todos estos años de periodismo fácil y barato no hubiese hecho más que
perder el tiempo. Y la última chica, Berta, que me ha dado una buena lección,
no sólo me ha obligado a comerme mi chulería... Esas becarias, quiénes más
quiénes menos, llegan al periódico –¡no sé qué les enseñan en la facultad!– con
unas ideas que por fuerza chocan con las mías y con las de la sociedad
establecida. Vienen con la convicción de que el periodismo tiene que servir a
la causa del pueblo. Informando a la población, creen que conseguirán
despertarla de su marasmo y movilizarla para acabar con la desigualdad de la
que es víctima... Un idealismo que, al principio, yo acojo con una sonrisa
bondadosa, pensando que ya se les pasará. Pero, ¡es tan fuerte, es tan poderosa
su ilusión!, que yo me siento a veces indigno del cargo que ocupo, incompetente
en el papel que ellas me conceden. Y tal vez en parte se deba a eso que Berta
se haya ido, en busca de un lugar desde el que gritar sus cuatro verdades a los
poderosos del capital y la política. Y eso que parecía una mosquita muerta, tan
dócil y tan dispuesta...
El talante pedagógico de
Eloísa se despertó, creyendo necesario aprovechar esa circunstancia para
subrayar el error en que siempre había vivido su antiguo compañero de noches de
alcohol. Era difícil que la militante cediera el puesto a la amiga, pues se
sentía en la necesidad de cambiar el mundo empezando por su porción más
cercana.
– No sé si te consolará algo
lo que voy a decirte, pero creo que esa Berta te ha hecho reflexionar en
positivo; te ha dado una lección que no sé si olvidarás, pero que seguro ha
hecho que te replantees tu función en el mundo y hasta dónde puedes llegar.
Creo que debes extraer de todo esto una enseñanza muy saludable que ya se está
manifestando en tu manera de pensar y en toda tu persona. Sé consciente de que
estás asistiendo... ¡a tu propia metamorfosis!
Alejandro no acogió esas
palabras con el mismo entusiasmo con que fueron pronunciadas por su amiga;
esperaba que Eloísa le diera su apoyo sin condiciones en lugar de amartillar la
estaca que sentía clavada en el pecho. Pero, en parte, tenía razón: tal vez
Berta le había hecho abrir por fin los ojos, y, en definitiva, darse cuenta del
ridículo que había estado haciendo durante toda su vida adulta. No obstante, no
era esa convicción lo que había ido a buscar a casa de Eloísa; Alejandro
necesitaba ayuda, y, a pesar del empeño reivindicativo de su amiga, aún
esperaba que ella se lo brindara.
– Todo se me aparece como
una tremenda estupidez, Elo. ¿De qué me ha servido ganarme el liderazgo en la
comunicación en esta ciudad? Te lo voy a decir: para pegarme cuatro comilonas y
otras tantas juergas con quien estuviera al frente de la Cámara de Comercio,
con quien presidiera la Asociación de Comerciantes, con el alcalde y con los
altos cargos del gobierno autonómico. ¡Todos ellos unos gilipollas que no saben
hacer la O con un canuto y que se creen el centro del mundo! Algún que otro
regalo –una bonita pluma, un reloj de marca, unas vacaciones a todo tren en
Salou...– y el dudoso privilegio de sentarme a su lado en las inauguraciones...
¡Eso es todo! Pero, de verdad, ¿eso es todo a lo que yo podía aspirar? A ti te
lo pregunto, Elo, que eres una mujer completa y que siempre me has dicho cómo
tengo que pensar.
– No lo sé, Alejandro. Dicen
que el periodismo es el cuarto poder y que...
– ¡Quita, qué cuarto poder
ni que...! Yo me sentaba ahí, al lado de los politicastros, y me daba la
impresión que era más lo que unía a mi mujer con las suyas –cócteles, ropa,
vacaciones lujosas y elegantes...– que lo que me unía a mí con ellos. Y, de
vuelta a casa, en el coche, Marta me decía que la mujer de tal era divina
–"¡qué clase tiene, y qué naturalidad!"–, y que la de cual era
perfecta –"¡tienes que hacer lo imposible para que venga a ver nuestros
Beulas!"–. Y Marta no era así antes: he hecho de ella una perfecta
estúpida, sin conversación ninguna, sin interés por nada que no sea la
apariencia y la construcción de una imagen impoluta. ¡Estoy casado con una
imbécil, con la que ya no puedo hablar de nada y... no digamos nada de la cama!
En fin, que estoy solo: ¡solo del todo! ¡Imposible estar más solo!
Alejandro se levantó y, como
un imán, se dirigió a la parte del armario del salón donde él recordaba –o
imaginaba– que se hallaría el mueble-bar. Lo abrió, y entre botellas de vino
rancio sin etiqueta, una de pacharán, otra de Frangelico y una más de
aguardiente de hierbas, localizó la del caro whisky de malta que les había
enviado él mismo por Navidad y que tan apenas estaba empezada. "¡Necesito
un trago!", y se sirvió un lingotazo en un vaso ancho que vació de un solo
golpe. El licor pareció devolverle la continencia, permitiéndole un respiro en
la narración de sus sinsabores.
– Menos mal que Óscar sale
un poco de ese esquema: es un chaval magnífico del que deberías sentirte algo
más que orgulloso. ¡Las horas que nos hemos pasado juntos discutiendo sobre lo
divino y lo humano...! Es tanto lo que atesora ese chaval que tal vez deberías
acercarte a él...
– Imposible: el tiempo que
está en casa se lo pasa en su cuarto, ya sea leyendo, ya sea con internet en su
ordenador...
– No me extraña lo que me
cuentas...: si me lo permites, Álex, con una madre tan superficial y un padre
ausente..., ¡cómo no va a refugiarse en su mundo! Pero estoy seguro de que , si
su padre le pide ayuda, él sabrá estar a la altura. ¡Respondo de él!
– Pero..., si el otro día
logré cogerlo por banda y que nos sentarámos frente a frente en la mesa de la
cocina: ¡no veas cómo me costó reternerlo más de dos minutos! No tenemos nada
que decirnos, Elo, nada que nos una ni que podamos compartir... ¿Le encargaste
tú que leyera el libro ése de 1984?
– Bueno, sí...: es una
propuesta conjunta entre la profesora de ética y yo. Creo que es una buena
novela para un adolescente que desee comprender parte del mecanismo político de
nuestra sociedad. Se trata de un caso extremo, ya lo sé, pero puede resultar
tan revelador...
– Ya, ya –le cortó Alejandro
ante la inminencia de un discurso–. Pues figúrate que, tras esa conversación de
dos minutos en la cocina, se levantó y, antes de desaparecer por la puerta, me
preguntó algo así como: "Oye , Papá, ¿tú crees que la información la
dictan los poderosos, los que mandan en el país?" Yo me quedé de piedra y
le respondí preguntándole que cómo se le había ocurrido eso. "En 1984 se habla de un ministerio en el que
reescriben la Historia según le parece al partido en el poder". "Pero
eso es una novela, hijo mío", le dije. "Sí, pero como tú eres
periodista y diriges un periódico, quería saber tu opinión". Me quedé
mudo, de verdad; no supe qué decirle, y antes que decir una gilipollez, me
quedé callado. No quería que descubriera que su padre no había leído ese libro,
lo que tal vez me empequeñecería ante sus ojos, y preferí no decir nada.
"Ya hablaremos de eso en otro momento, que ahora tengo que hacer", le
dije, escurriendo el bulto. Imagino que verás en ello una prueba más de mi
condición de padre ausente, ¿no es verdad?
– Bueno, tampoco hay que
ponerse así –contestó Eloísa, casi satisfecha de que el hijo golpeara al padre
en su línea de flotación–. Un hombre no puede saberlo todo...: ¡y mucho menos
haberlo leído todo!
– Sí, ya lo sé; pero, aun
así, me hice con el libro y lo leí –¡aunque sólo fuera para estar a la altura
de Óscar, lo confieso!–. Y no está mal, todo hay que decirlo. A ese libro le
vendría muy bien una película...
– Ya la hay; y una serie
para televisión.
– ¡Vaya!, tendré que verla.
La cuestión es que me leí la novela en tres patadas, ¡y me quedé peor que
antes! Me invadió la convicción profunda e irrebatible de no haber hecho más
que el imbécil durante toda mi vida. En lugar de hacer honor al título de mi
periódico y contar a mis lectores cómo se reían de ellos y los utilizaban los
bancos, los comerciantes, las grandes empresas y el poder, no he hecho sino cubrir
las espaldas de los poderosos, reírles los chistes, y, en fin, hacer todo lo
posible para mostrarlos con su mejor cara, eliminando de sus retratos las
imperfecciones y las contradicciones en que constantemente han incurrido. ¡Y
todo para asegurarme los anuncios oficiales, la publicidad de ayuntamientos,
diputaciones, departamentos, consejerías, grandes almacenes, cajas de ahorrro,
automóviles...! ¡Menuda mierda: he convertido a mi periódico en un folleto
comercial!
Eloísa asistía asombrada al
cambio experimentado por su amigo, quien nunca hasta ese momento se habría
atrevido a pronunciar un discurso semejante, que ponía en duda la validez de
los medios que le habían procurado el bienestar material del que disfrutaba.
– Está muy bien lo que me
dices, Alejandro. Pero, digamos que la opción que elegiste –en lugar de ser de
verdad la voz del pueblo– te ha reportado numerosos beneficios, muchas ventajas
y..., aún diría más: unos privilegios que siempre has creído merecer. Me estás
dejando anodadada, de verdad te lo digo. Y tampoco veo claro cómo ha podido
turbarte 1984 hasta ese punto...
– Lo del nombre del
periódico importa poco fuera del aspecto meramente comercial de la cosa: el
responsable de comunicación de La voz
podría decirte muchas cosas al respecto. Con 1984 y ese ministerio de información que reescribía los periódicos
antiguos y la Historia, me vi reflejado a mí mismo cuando optaba por no
comentar ni criticar la pasmosa capacidad de nuestros gobernantes para olvidar
lo prometido; para ceñirse al "donde dije digo, digo diego" que
demuestran cada vez que llega a término un ejercicio tetranual; para reformular
sus propios compromisos con tal de que no sean cogidos en una mentira.
– ¿Por ejemplo?
– ¿Un ejemplo? Recuerdo
cuando el presidente autonómico prometió, ante tus colegas profesores en un
congreso sobre enseñanza de idiomas, que si era reelegido implantaría una
segunda lengua en colegios e institutos. En la última campaña electoral volvió
a decir lo mismo: mi deber, como servidor de la verdad, habría sido recalcar
esa repetición e insistir no sólo en la incapacidad del presidente para cumplir
sus propias promesas, sino también en el cinismo con el que repite fórmulas que
él sabe –y el tiempo así lo subraya– de imposible cumplimiento. Venden humo, y yo
se lo publicito; a cambio, me llenan espacios de publicidad –que les vendo
caros, he de confesarlo– y yo, por mi parte, coloco a mis lectores un producto
defectuoso bajo su mejor luz. No soy un periodista, ¡sino un mercader de los
cojones!
– Bueno, Alejandro, no
emplees expresiones machistas, que nada tienen que ver tus testículos con la
política.
Alejandro miró sorprendido a
su amiga. Sabía ya que no iba a hallar ningún consuelo en Eloísa, pero eso no
le impidió utilizarla como confesora de todos los reparos que se estaba
poniendo a sí mismo.
– ¡Lo de la política es la
leche! Aunque sepan ellos y ellas que nuestro sistema nos ofrece elegirlos a
ellos y ellas para que dirijan nuestra sociedad, se empeñan en seguir una
inercia de hacer cosas, acometer obras, inaugurar palacios, agrandar la ciudad
sin que exista la más mínima necesidad para ello, dejando de lado, por otra
parte, aquello que sí que necesitaría arreglo en nuestra ciudad y en la
Comunidad. Pero, claro, su propósito no es ser aplaudido por la gente –sobre
todo porque ésta difícilmente aprecia lo que le es útil, y cuya realización le
parece evidente (¡cómo agradecer algo que hay que hacer porque sí!)–, sino ir
acumulando una serie de acciones que, en conjunto, les muestre como artífices
del estado actual de la sociedad. Y ese conjunto no ha de ser interpretado por
sus electores, sino por sus propios dirigentes, quienes se basarán además en lo
que hayan reflejado los periódicos sobre ello. ¡La prensa posee un enorme
potencial de transformación de la sociedad! ¡Y desde luego que la transformamos
según nuestros intereses! En lugar de criticar, aplaudimos sus festivales, sus
enormes rotondas, sus innecesarias rondas de circunvalación, sus mastodónticas
autovías, y apostamos, en definitiva, por su vago concepto de progreso en lugar
de preguntarles por qué hacen eso de esa manera y no de esa otra.
– Yo creo que, alguna vez,
sí que criticáis, ¿no, Alejandro? Recuerda cómo iniciasteis una campaña de
información sobre el Palacio de Congresos de la ciudad y su desmesurado coste
final...
– Sí, pero he de decir para
tu desencanto que esas campañas forman parte de una estrategia. Con valentía
fingida, el periodista empieza a criticar para preocupar a la población y,
junto a ella, a la clase dirigente; ésta reacciona haciéndonos partícipe de sus
temores y proponiéndonos una participación en los beneficios si, en lugar de
continuar con nuestra investigación crítica, apoyamos el pretendido valor de
esa iniciativa. Y así hicimos con el Palacio de Congresos: gracias a eso,
tenemos asegurados tres años seguidos de publicidad institucional por parte de
ayuntamiento, diputación provincial y gobierno autonómico, a razón de unos
10.000 € semanales. ¿Acaso no es esa una manera de reescribir los hechos? Damos
voz a lo positivo y hacemos invisible lo negativo: el mundo se vuelve de color
de rosa; la Historia juzgará esos hechos de manera equivocada, ¡y todo gracias
a irresponsables como yo!
El llanto lejano de un niño
vino a turbar la excitación de Alejandro, quien participó de la atención que
Eloísa ponía en identificarlo. En medio del silencio que se creó en el salón,
apareció Iván con el berreante chaval en brazos, al que entregó a su solícita
madre. Obviando la presencia de Alejandro, extraña en ese intercambio entre
madre e hijo, Eloísa descubrió su enorme seno derecho, al que se agarró como
una lapa el crío. Ya era noche avanzada, y ningún sonido venía ni del
vecindario ni de la apaciguada calle; el ruido de la succión del niño dominaba
el salón: música celestial para el padre y la madre, quienes miraban
embelesados y sonrientes a su retoño mientras Alejandro, presa todavía de su
turbación, se servía un segundo malta que agotó de un trago. Como nadie le
prestaba atención, se sintió de más y, sin apenas depedirse de su amiga y de
Iván, desapareció tras la puerta.
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