El director de La Voz del Pueblo, Alejandro, volvió a
recurrir a Eloísa para llorar sus penas, aun a pesar de saber de antemano que
la estricta feminista le fustigaría duramente antes de consolarle. La amistad
es así en ocasiones.
– ¡Alejandro! ¡Playboy
incorregible! –saludó Eloísa al abrir la puerta de su piso.
– Hola, qué tal, Elo
–contestó un compungido periodista.
– ¡Pero bueno, qué es esto!
¿Se puede saber por qué traes esa cara de entierro?
– Estoy muy mal; ¡no veas lo
que estoy sufriendo! –le aseguró.
– ¡No será para tanto!
¡Seguro que se trata otra vez de alguno de esos líos tuyos de faldas! Anda,
pasa y siéntate que te prepararé algo para picar.
Alejandro se despojó de su
chaquetón y, en mangas de camisa y tirantes, se sentó en un sofá ante la mesa
baja. Eloísa empezó a revolver en los armarios de la vecina cocina.
– ¿Cómo están Iván y el
niño? –le gritó el periodista.
– Bien. No te preocupes –le
dijo desde el umbral de la puerta de la cocina–: Iván ha ido a la guardería y
luego a ver a la abuela. ¡Tenemos un par de horas para que me cuentes tus
movidas!
El periodista se arrellanó
en el sofá con una leve sensación de bienestar que le hizo sonreír cuando vio
llegar a su amiga con un platito de jamón, otro de queso y una botella de vino
con dos copas en una bandeja.
– Vamos a ponernos a tono
con esto, que imagino que te sentará bien.
– No sé si podré tragar
bocado: tengo un nudo en el estómago.
– ¡Mira que eres exagerado!
Venga, brindemos por tus problemas –le dijo risueñamente Eloísa–, ya que, por
lo menos, hacen que tú y yo nos veamos de vez en cuando.
Los dos bebieron y empezaron
a comer de los platitos frugal, pausadamente.
– Ya verás cómo te gusta
este queso. Lo fabrica una cooperativa de mujeres de la montaña con la leche de
sus propias cabras. Si quieres, algún día podemos organizar una escapadita para
ir a visitar sus instalaciones: ¡son unas artesanas de lo más estimulante...!
– Sí, para estímulos estoy
yo...
– Bueno..., a ver, ¿qué es
lo que te pasa? ¿Quién te ha dado calabazas esta vez?
Ante el tono inquisitivo de
Eloísa, el periodista levantó una doliente mirada que hizo que su amiga se
corrigiera.
– Bueno..., prometo no
cebarme contigo... Pero, es que tus líos de faldas..., ¡ya sabes que me sacan
de quicio! ¡No haces más que caer una vez y otra en la misma trampa! Que ya no
eres un niño, Alejandro...
– La verdad es que..., si es
así como pretendes no cebarte conmigo...
– Tienes razón. Perdona.
Intentaré no expresar mis opiniones mientras no me haya hecho una idea global
del asunto. ¿Qué te ha pasado?
– No, si tienes razón. Es...
lo mismo de siempre. Coral se llama.
– ¿Una becaria del
periódico?
– Sí.
– Y..., ¿qué ha pasado: te
has encaprichado de ella, te ha dado calabazas...?
– Coral es una mujer
estupenda, bellísima y con un futuro envidiable por delante. Pero..., sí, me
tiene cogido por donde más duele.
– Al corazón te refieres, ¿no?
–preguntó irónica la feminista.
– Si quieres decirlo de ese
modo... Lo cierto es que juntos hemos pasado momentos deliciosos, y me ha hecho
sentir de nuevo como el hombre más importante del mundo. Y reconozco que no fue
fácil, porque al principio se mostró de lo más esquiva y difícil.
– ¿Y qué hiciste, encargarle
algún reportaje que le obligara a trabajar contigo codo con codo?
– Sí, tuve que obligarla a
acostumbrarse a mi cercanía, a que aceptara acompañarme a un par de eventos
semioficiales al cabo del último de los cuales, y tras una agradable e informal
cena en la barra de un bar, logré convencerla para tomar una copa en mi pisito
del centro. ¡Qué divina juventud! ¡Qué frescura! ¡Qué capacidad de entrega! ¡Un
paraíso entre sus brazos, te lo aseguro, Elo!
– Sí, sí, te creo –le
confirmó su amiga intentando reprimir una sonrisa desdeñosa.
– Y luego, ese par de viajes
que hicimos juntos, uno a esquiar y otro a un lujoso spa andorrano... Me daba
un poco de vergüenza que me vieran junto a una chica tan joven; tanto que, en
Andorra, reservamos dos habitaciones en lugar de una sola. ¡Y a la mañana
siguiente tuvimos que deshacer la cama de una de ellas para salvar las
apariencias...! ¡Qué risas! ¡Qué dulzura de joven!
– Veo que la becaria te ha
pegado fuerte... ¿Y después, qué, ha aparecido algún novio, o se ha enterado tu
mujer?
– No, Marta no sabe nada...
todavía. ¡Y ojalá no se entere!
– ¡Pobre mujer! La tienes
engañada...
– Bueno, qué quieres que te
diga: son las cosas de la vida en pareja. La pasión decrece, y uno siente que
hay tanta belleza en el mundo que no puede evitar...
– ¡No sigas por ahí, anda,
Alejandro, que me pones enferma con tus justificaciones!
– Tienes razón: no merezco
la mujer que tengo; por eso no querría que se enterase de nada de esto. Y el
caso es que es eso lo que puede pasar: Coral me está amenazando con contárselo
todo si no permito que incluya en La voz
un reportaje suyo.
– ¡Vaya con la dulzura de
joven! Cómo juegan contigo, Alejandro; te engatusan y hacen de ti lo que
quieren, como con un corderillo. ¡Al lobo de la prensa local! No, es increíble.
– Sí, reconozco que tengo
ese punto débil: puedo ser inflexible en asuntos de trabajo, pero cuando
conquistan mi corazón me convierto en un juguete incapaz de reaccionar.
– Pues le publicas el
reportaje y ya está, ¿no? ¡Y santas pascuas!
– No lo tengo yo tan claro.
De entrada, porque aceptar una primera vez el chantaje sería arriesgarme a que
siempre lo utilizase en mi contra para sacar provecho de mi miedo al escándalo.
Y después, porque el temita del reportaje se las trae...
– ¿Y qué tema era ése, si
puede saberse?
– Es un asunto un pelín
complicadito. Pero estoy seguro de que lo entenderás rápidamente.
– Bueno, ¡gracias por
confiar en mi inteligencia –dijo con sorna Eloísa.
– Vale. Pues te cuento. No
sé si te acordarás de unas subvenciones de cultura que se concedieron a varios
artistas de por aquí para la restauración de unas capillitas de montaña...
– Sí, que luego fueron
echadas atrás por un juzgado porque encontraron varias irregularidades...
– Esas mismas. Pues bien. No
sé si conocerás a una tal Azahara, técnico de cultura...
– Permíteme que te corrija
–le interrumpió Eloísa–: técnica de
cultura...
– Esta bien. Pues una tal
Azahara, que era técnica de
cultura...
– Sí que la conozco. Zara:
una mujer estupenda, aunque tal vez no en el mismo sentido que tú aplicas ese
adjetivo...
– Eso no lo sé. Bueno, la
cuestión es que esta Azahara declaró contra sus superiores en un juicio que se
les abrió por las irregularidades cometidas en esa adjudicación: prevaricación,
falsedad documental y otras lindezas que no recuerdo ahora. Y parece que su
testimonio fue de peso para la acusación.
– Jolín, ¡vaya valentía la
de esta Zara! No sabía nada.
– Sí, la verdad es que le
echó un par de ovarios al asunto. Y más si oyes lo que te voy a contar. Tu
amiga logró impedir que la echaran del trabajo, aun siendo un cargo de
confianza. Pero, como era de esperar, el nivel de sus competencias decayó
visiblemente. Un buen día, con el pretexto de que iban a reformar su oficina,
la trasladaron provisionalmente a otra parte de la consejería, yendo a parar
con su mesa y su ordenador a recepción, junto a la fotocopiadora. El tiempo
pasó, la oficina se reformó del todo y fue ocupada por dos nuevos técnicos a
quienes empezaron a asignarle los temas de los que había venido encargándose la
tal Azahara hasta el momento. Y no la reincorporaron a su oficina, sino que
siguió en recepción y sin encargos a la vista.
– Parece un caso de
mobbing... de libro –opinó Eloísa.
– Desde luego... La chica,
pues, aguantó como pudo en esa situación, sin hacer nada, pero, como temía que
en cualquier momento pudieran revisarle el ordenador para comprobar si estaba
ocupándose de asuntos de tipo personal durante su horario de trabajo, allí
estaba: de brazos cruzados y observando el vuelo de las moscas... Soportó un
par de meses hasta que cayó enferma. Entonces llegaron las elecciones y
amortizaron su puesto.
– Entiendo. ¿Y qué tiene que
ver Coral en todo esto?
– Muy sencillo. Por lo que
me contó, conoció a Azahara una noche en un bar, quien le relató sus vivencias.
A Coral le parecieron interesantísimas, no sólo porque, como decía ella,
"siempre se pone de parte de los que sufren", sino porque la
técnico...
– La técnica... –le corrigió de nuevo Eloísa.
– Por que la técnica puso a su disposición un buen
montón de documentos que avalaban sus acusaciones contra sus superiores y que
motivaron el mobbing que le hicieron padecer. Y con todo ello, Coral hizo un
reportaje bastante bueno, con elementos multimedia que incluso habríamos podido
colgar en la web de La voz del pueblo.
Un reportaje excelente, eso sí, ¡pero impublicable!
– Ahí sí que no entiendo por
qué, Alejandro. ¿Si era tan bueno...?
– Porque si La Voz
sacaba todo eso a la luz, me ganaría la enemistad de por vida de la plana mayor
del PSOE. Y..., ¿qué quieres?, una parte sustancial de los ingresos de
cualquier periódico se compone de publicidad...
– Ya entiendo. Si La voz publicase todo eso, adiós a la
publicidad institucional.
– Y a reportajes pagados
sobre acontecimientos mil. Mi periódico no se lo puede permitir. Tal vez de una
jugada como ésa, más de un trabajador tendría que irse a la calle: algo que hay
que evitar como sea.
– Ya veo cuál es el
problema entonces: si lo publicas, mal; y si no lo publicas, mal también.
– Eso mismo. Y, la
verdad, no sé qué hacer. Y Coral, ¡venga a insistir! Que si estaría bien que
publicase ese reportaje no sólo porque así haría justicia social, sino porque,
como dice ella, "pondría algo de verdad en mi vida".
– Ya. Imagino que en el
periodismo debe de haber mucho de componendas y de medias verdades...
– Pues qué quieres. La
verdad no es siempre redonda y clara, sino que está repleta de aristas que la
hacen irregular e imperfecta. Pero eso no lo quiere ver ella; o no lo sabe ver,
es demasiado joven. Así, que ése es mi dilema: si publico el reportaje,
conservo a Coral pero pierdo una parte importantísima de la financiación de mi
periódico; y si no lo publico y Coral hace efectiva su amenaza, se entera mi
mujer y pierdo gran parte de mis activos en la vida social de esta ciudad. ¡Ay,
Dios mío, no sé qué hacer!
– Sí, la cosa está
difícil, la verdad...
Eloísa cogió un trocito
de jamón de la bandeja, que acompañó con un sorbo de vino de su copa.
Meditativa, con la mirada extraviada en las molduras del techo del salón,
paladeó desanimadamente su aperitivo, masticando con desgana.
– ¿Y sabes qué ha sido
de esos cargos de la consejería?
– Sí. La consejera y el
director general fueron condenados a unos años de inhabilitación para
desempeñar cualquier cargo público; pero la sentencia fue recurrida en
apelación y, por consiguiente, no la aplicarían hasta que fuera definitivamente
firme. Se mantuvieron en sus puestos hasta que llegaron las elecciones
autonómicas; y, entonces, no sé si por decencia o por verdadera renovación de
los cargos, fueron relevados por otros miembros del partido. Ellos dos pasaron
a formar parte de la ejecutiva del PSOE: él, como responsable del área de
comunicaciones, y ella, como secretaria de organización regional.
– ¡Toma ya! –exclamó
Eloísa–. O sea, como si no pasara nada: menos responsabilidades y seguro que el
mismo sueldo...
– No sé si, en el caso
de él, su nuevo puesto le reportará los mismos beneficios que de director
general. Pero ella, seguro que no habrá perdido casi nada de su poder
adquisitivo. O tal vez le han subido el sueldo por aguantar toda la tormenta
sin delatar a quien estuviera encubriendo...
– ¿Tú crees que encubría
a alguien, que había alguien detrás de todo el chanchullo?
– ¡Y yo qué sé! –dijo
con despectivo hartazgo el periodista.
– Y la técnica, ¿qué ha
sido de ella? ¿Lo sabes?
– Ni lo sé ni me
importa. Y perdona que hable así de una conocida tuya, pero es que no me he
interesado. Si quieres, le puedo preguntar a Coral, por si sabe algo. Pero
seguro que ya puede despedirse de trabajar en lo público en esta región: Roma
no paga traidores, eso está claro. Así que..., igual está lamentándose de lo
hecho mientras se pudre en algún infraempleo...
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