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domingo, 6 de septiembre de 2015

11. ELOÍSA Y ALEJANDRO

El director de La Voz del Pueblo, Alejandro, volvió a recurrir a Eloísa para llorar sus penas, aun a pesar de saber de antemano que la estricta feminista le fustigaría duramente antes de consolarle. La amistad es así en ocasiones.
– ¡Alejandro! ¡Playboy incorregible! –saludó Eloísa al abrir la puerta de su piso.
– Hola, qué tal, Elo –contestó un compungido periodista.
– ¡Pero bueno, qué es esto! ¿Se puede saber por qué traes esa cara de entierro?
– Estoy muy mal; ¡no veas lo que estoy sufriendo! –le aseguró.
– ¡No será para tanto! ¡Seguro que se trata otra vez de alguno de esos líos tuyos de faldas! Anda, pasa y siéntate que te prepararé algo para picar.
Alejandro se despojó de su chaquetón y, en mangas de camisa y tirantes, se sentó en un sofá ante la mesa baja. Eloísa empezó a revolver en los armarios de la vecina cocina.
– ¿Cómo están Iván y el niño? –le gritó el periodista.
– Bien. No te preocupes –le dijo desde el umbral de la puerta de la cocina–: Iván ha ido a la guardería y luego a ver a la abuela. ¡Tenemos un par de horas para que me cuentes tus movidas!
El periodista se arrellanó en el sofá con una leve sensación de bienestar que le hizo sonreír cuando vio llegar a su amiga con un platito de jamón, otro de queso y una botella de vino con dos copas en una bandeja.
– Vamos a ponernos a tono con esto, que imagino que te sentará bien.
– No sé si podré tragar bocado: tengo un nudo en el estómago.
– ¡Mira que eres exagerado! Venga, brindemos por tus problemas –le dijo risueñamente Eloísa–, ya que, por lo menos, hacen que tú y yo nos veamos de vez en cuando.
Los dos bebieron y empezaron a comer de los platitos frugal, pausadamente.
– Ya verás cómo te gusta este queso. Lo fabrica una cooperativa de mujeres de la montaña con la leche de sus propias cabras. Si quieres, algún día podemos organizar una escapadita para ir a visitar sus instalaciones: ¡son unas artesanas de lo más estimulante...!
– Sí, para estímulos estoy yo...
– Bueno..., a ver, ¿qué es lo que te pasa? ¿Quién te ha dado calabazas esta vez?
Ante el tono inquisitivo de Eloísa, el periodista levantó una doliente mirada que hizo que su amiga se corrigiera.
– Bueno..., prometo no cebarme contigo... Pero, es que tus líos de faldas..., ¡ya sabes que me sacan de quicio! ¡No haces más que caer una vez y otra en la misma trampa! Que ya no eres un niño, Alejandro...
– La verdad es que..., si es así como pretendes no cebarte conmigo...
– Tienes razón. Perdona. Intentaré no expresar mis opiniones mientras no me haya hecho una idea global del asunto. ¿Qué te ha pasado?
– No, si tienes razón. Es... lo mismo de siempre. Coral se llama.
– ¿Una becaria del periódico?
– Sí.
– Y..., ¿qué ha pasado: te has encaprichado de ella, te ha dado calabazas...?
– Coral es una mujer estupenda, bellísima y con un futuro envidiable por delante. Pero..., sí, me tiene cogido por donde más duele.
– Al corazón te refieres, ¿no? –preguntó irónica la feminista.
– Si quieres decirlo de ese modo... Lo cierto es que juntos hemos pasado momentos deliciosos, y me ha hecho sentir de nuevo como el hombre más importante del mundo. Y reconozco que no fue fácil, porque al principio se mostró de lo más esquiva y difícil.
– ¿Y qué hiciste, encargarle algún reportaje que le obligara a trabajar contigo codo con codo?
– Sí, tuve que obligarla a acostumbrarse a mi cercanía, a que aceptara acompañarme a un par de eventos semioficiales al cabo del último de los cuales, y tras una agradable e informal cena en la barra de un bar, logré convencerla para tomar una copa en mi pisito del centro. ¡Qué divina juventud! ¡Qué frescura! ¡Qué capacidad de entrega! ¡Un paraíso entre sus brazos, te lo aseguro, Elo!
– Sí, sí, te creo –le confirmó su amiga intentando reprimir una sonrisa desdeñosa.
– Y luego, ese par de viajes que hicimos juntos, uno a esquiar y otro a un lujoso spa andorrano... Me daba un poco de vergüenza que me vieran junto a una chica tan joven; tanto que, en Andorra, reservamos dos habitaciones en lugar de una sola. ¡Y a la mañana siguiente tuvimos que deshacer la cama de una de ellas para salvar las apariencias...! ¡Qué risas! ¡Qué dulzura de joven!
– Veo que la becaria te ha pegado fuerte... ¿Y después, qué, ha aparecido algún novio, o se ha enterado tu mujer?
– No, Marta no sabe nada... todavía. ¡Y ojalá no se entere!
– ¡Pobre mujer! La tienes engañada...
– Bueno, qué quieres que te diga: son las cosas de la vida en pareja. La pasión decrece, y uno siente que hay tanta belleza en el mundo que no puede evitar...
– ¡No sigas por ahí, anda, Alejandro, que me pones enferma con tus justificaciones!
– Tienes razón: no merezco la mujer que tengo; por eso no querría que se enterase de nada de esto. Y el caso es que es eso lo que puede pasar: Coral me está amenazando con contárselo todo si no permito que incluya en La voz un reportaje suyo.
– ¡Vaya con la dulzura de joven! Cómo juegan contigo, Alejandro; te engatusan y hacen de ti lo que quieren, como con un corderillo. ¡Al lobo de la prensa local! No, es increíble.
– Sí, reconozco que tengo ese punto débil: puedo ser inflexible en asuntos de trabajo, pero cuando conquistan mi corazón me convierto en un juguete incapaz de reaccionar.
– Pues le publicas el reportaje y ya está, ¿no? ¡Y santas pascuas!
– No lo tengo yo tan claro. De entrada, porque aceptar una primera vez el chantaje sería arriesgarme a que siempre lo utilizase en mi contra para sacar provecho de mi miedo al escándalo. Y después, porque el temita del reportaje se las trae...
– ¿Y qué tema era ése, si puede saberse?
– Es un asunto un pelín complicadito. Pero estoy seguro de que lo entenderás rápidamente.
– Bueno, ¡gracias por confiar en mi inteligencia –dijo con sorna Eloísa.
– Vale. Pues te cuento. No sé si te acordarás de unas subvenciones de cultura que se concedieron a varios artistas de por aquí para la restauración de unas capillitas de montaña...
– Sí, que luego fueron echadas atrás por un juzgado porque encontraron varias irregularidades...
– Esas mismas. Pues bien. No sé si conocerás a una tal Azahara, técnico de cultura...
– Permíteme que te corrija –le interrumpió Eloísa–: técnica de cultura...
– Esta bien. Pues una tal Azahara, que era técnica de cultura...
– Sí que la conozco. Zara: una mujer estupenda, aunque tal vez no en el mismo sentido que tú aplicas ese adjetivo...
– Eso no lo sé. Bueno, la cuestión es que esta Azahara declaró contra sus superiores en un juicio que se les abrió por las irregularidades cometidas en esa adjudicación: prevaricación, falsedad documental y otras lindezas que no recuerdo ahora. Y parece que su testimonio fue de peso para la acusación.
– Jolín, ¡vaya valentía la de esta Zara! No sabía nada.
– Sí, la verdad es que le echó un par de ovarios al asunto. Y más si oyes lo que te voy a contar. Tu amiga logró impedir que la echaran del trabajo, aun siendo un cargo de confianza. Pero, como era de esperar, el nivel de sus competencias decayó visiblemente. Un buen día, con el pretexto de que iban a reformar su oficina, la trasladaron provisionalmente a otra parte de la consejería, yendo a parar con su mesa y su ordenador a recepción, junto a la fotocopiadora. El tiempo pasó, la oficina se reformó del todo y fue ocupada por dos nuevos técnicos a quienes empezaron a asignarle los temas de los que había venido encargándose la tal Azahara hasta el momento. Y no la reincorporaron a su oficina, sino que siguió en recepción y sin encargos a la vista.
– Parece un caso de mobbing... de libro –opinó Eloísa.
– Desde luego... La chica, pues, aguantó como pudo en esa situación, sin hacer nada, pero, como temía que en cualquier momento pudieran revisarle el ordenador para comprobar si estaba ocupándose de asuntos de tipo personal durante su horario de trabajo, allí estaba: de brazos cruzados y observando el vuelo de las moscas... Soportó un par de meses hasta que cayó enferma. Entonces llegaron las elecciones y amortizaron su puesto.
– Entiendo. ¿Y qué tiene que ver Coral en todo esto?
– Muy sencillo. Por lo que me contó, conoció a Azahara una noche en un bar, quien le relató sus vivencias. A Coral le parecieron interesantísimas, no sólo porque, como decía ella, "siempre se pone de parte de los que sufren", sino porque la técnico...
– La técnica... –le corrigió de nuevo Eloísa.
– Por que la técnica puso a su disposición un buen montón de documentos que avalaban sus acusaciones contra sus superiores y que motivaron el mobbing que le hicieron padecer. Y con todo ello, Coral hizo un reportaje bastante bueno, con elementos multimedia que incluso habríamos podido colgar en la web de La voz del pueblo. Un reportaje excelente, eso sí, ¡pero impublicable!
– Ahí sí que no entiendo por qué, Alejandro. ¿Si era tan bueno...?
         – Porque si La Voz sacaba todo eso a la luz, me ganaría la enemistad de por vida de la plana mayor del PSOE. Y..., ¿qué quieres?, una parte sustancial de los ingresos de cualquier periódico se compone de publicidad...
         – Ya entiendo. Si La voz publicase todo eso, adiós a la publicidad institucional.
         – Y a reportajes pagados sobre acontecimientos mil. Mi periódico no se lo puede permitir. Tal vez de una jugada como ésa, más de un trabajador tendría que irse a la calle: algo que hay que evitar como sea.
         – Ya veo cuál es el problema entonces: si lo publicas, mal; y si no lo publicas, mal también.
         – Eso mismo. Y, la verdad, no sé qué hacer. Y Coral, ¡venga a insistir! Que si estaría bien que publicase ese reportaje no sólo porque así haría justicia social, sino porque, como dice ella, "pondría algo de verdad en mi vida".
         – Ya. Imagino que en el periodismo debe de haber mucho de componendas y de medias verdades...
         – Pues qué quieres. La verdad no es siempre redonda y clara, sino que está repleta de aristas que la hacen irregular e imperfecta. Pero eso no lo quiere ver ella; o no lo sabe ver, es demasiado joven. Así, que ése es mi dilema: si publico el reportaje, conservo a Coral pero pierdo una parte importantísima de la financiación de mi periódico; y si no lo publico y Coral hace efectiva su amenaza, se entera mi mujer y pierdo gran parte de mis activos en la vida social de esta ciudad. ¡Ay, Dios mío, no sé qué hacer!
         – Sí, la cosa está difícil, la verdad...
         Eloísa cogió un trocito de jamón de la bandeja, que acompañó con un sorbo de vino de su copa. Meditativa, con la mirada extraviada en las molduras del techo del salón, paladeó desanimadamente su aperitivo, masticando con desgana.
         – ¿Y sabes qué ha sido de esos cargos de la consejería?
         – Sí. La consejera y el director general fueron condenados a unos años de inhabilitación para desempeñar cualquier cargo público; pero la sentencia fue recurrida en apelación y, por consiguiente, no la aplicarían hasta que fuera definitivamente firme. Se mantuvieron en sus puestos hasta que llegaron las elecciones autonómicas; y, entonces, no sé si por decencia o por verdadera renovación de los cargos, fueron relevados por otros miembros del partido. Ellos dos pasaron a formar parte de la ejecutiva del PSOE: él, como responsable del área de comunicaciones, y ella, como secretaria de organización regional.
         – ¡Toma ya! –exclamó Eloísa–. O sea, como si no pasara nada: menos responsabilidades y seguro que el mismo sueldo...
         – No sé si, en el caso de él, su nuevo puesto le reportará los mismos beneficios que de director general. Pero ella, seguro que no habrá perdido casi nada de su poder adquisitivo. O tal vez le han subido el sueldo por aguantar toda la tormenta sin delatar a quien estuviera encubriendo...
         – ¿Tú crees que encubría a alguien, que había alguien detrás de todo el chanchullo?
         – ¡Y yo qué sé! –dijo con despectivo hartazgo el periodista.
         – Y la técnica, ¿qué ha sido de ella? ¿Lo sabes?

         – Ni lo sé ni me importa. Y perdona que hable así de una conocida tuya, pero es que no me he interesado. Si quieres, le puedo preguntar a Coral, por si sabe algo. Pero seguro que ya puede despedirse de trabajar en lo público en esta región: Roma no paga traidores, eso está claro. Así que..., igual está lamentándose de lo hecho mientras se pudre en algún infraempleo...

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