Conrado se sentía muy
orgulloso de la parte tan importante que, en su formación, dependía de su
autodidactismo. Eso hizo que en la facultad de Bellas Artes despuntara como
alguien acostumbrado a encontrar soluciones rápidas a ciertos problemas que
planteaba la ejecución de una obra; su experiencia en el taller era en mucho
superior a la de sus compañeros, quienes, mayoritariamente, habían cursado esa
carrera en pos de un difuso sueño de celebridad. Conrado fue artesano antes que
artista y, aunque considerara que ambos conceptos se solapaban, no dejaba de
considerar que sus trabajos personales eran fruto del tesón y del saber hacer.
Con 35 años, Conrado era
ya un profesional establecido, con un estudio-taller propio y con un nivel de
ventas que le permitía una existencia relativamente holgada, ajena a las
preocupaciones de la bohemia artística al uso. Tras recorrerse todas las
galerías privadas de la capital y su provincia, tomó posesión discretamente de
los centros de exposición y museos de la capital autonómica, normalmente reacia
a cualquier intrusión periférica. Convencido de que era difícil ser profeta en
su propia tierra, amplió su listado de galerías amigas al extranjero,
especialmente al sur de Francia, norte de Italia y Suiza, donde creía haberse
ganado una gran seguridad en las ventas. Eso le proporcionaba un aplomo
peculiar, una gallardía simpar, un carácter impermeable a los corrillos
políticos en donde se repartían los sabrosos encargos institucionales; no los
necesitaba, pero eso no impedía que le invadiera un ligero resquemor cuando se
enteraba de que tal o cual compañero, de técnica e ideas muy inferiores a las
suyas, se hacía con un jugoso contrato público.
En su ciudad natal, las
galerías habían desaparecido casi por completo, fagocitadas o arruinadas por el
sector público, especialmente municipal, que había conseguido protagonizar en
exclusiva la oferta cultural y arrumbar así la posible competencia generada por
la iniciativa privada. Existía en esa ciudad, además, una escasa, casi
inexistente tradición a la hora de adquirir obras de arte; la gente prefería de
lejos –y los hechos parecían empeñados en demostrarlo– cualquier objeto
estético que tuviera una finalidad decorativa. Los pintores costumbristas,
especializados en la plasmación de rincones emblemáticos de la ciudad o en
paisajes claramente reconocibles por sus habitantes, triunfaban –siempre y
cuando sus cuadros no presentaran estridencias de mal tono–. Un reducido número
de aficionados gustaba, sin embargo, de decorar sus salones con obras firmadas
por los artistas "cultos", como si la firma de los mismos prestigiara
de rebote el lugar donde quedaba expuesto y, por ende, a su propietario.
Conrado no se engañaba a
sí mismo, pues sabía que el valor de su obra dependía de su proyección
personal, mucho más incluso que la capacidad de sugerencia que poseyeran sus
cuadros. Sabía con exactitud cuánto costaba un lienzo de determinadas
dimensiones pintado con X kilos de pintura al óleo; a ese coste había que
añadirle el valor artístico de la obra, compuesto, en principio, por la
maduración y la reflexión del creador, pero, en realidad, computable en horas
de la misma manera que el trabajo de un artesano. El precio de un cuadro, en
definitiva, dependía de la situación del creador en el mercado de arte, fuera
éste de las dimensiones que fuera: local, provincial, estatal, internacional...
Y también de ello dependía el grado de aceptación de cualquier producto,
subproducto o simple ocurrencia que se le antojara presentar en una sala de
exposiciones amiga.
Laurent Schwarz,
galerista en Arles, a la vista de la buena salida que tenían sus cuadros en la
ciudad del Ródano, le propuso completar su propuesta con piezas de tres
dimensiones: escultura, cerámica, alfarería..., lo que mejor le pareciera.
Conrado se lo pensó y unió al siguiente conjunto de obras sobre lienzo una
piedra de arenisca, limada y pulimentada por el agua, que presentaba un curioso
hueco en su parte frontal. Huelga decir que esa piedra fue hallada por Conrado
en uno de sus paseos por el entorno de su ciudad; pero el simple hecho de proponerla
como un objeto digno de contemplación estética, firmada, titulada y presentada
sobre una bella peana, le confería su estatus de obra de arte. Y como tal se
vendió en la galería de Arles a un atrevido precio sugerido por Laurent –quien
se encargó de glosar su importancia en la obra de Conrado con enormes
ditirambos y referencias post-estructuralistas–, haciendo desear a los
aficionados que el artista ahondase en esa vía y produjera más objetos como
aquél. Dicho y hecho: la siguiente exposición presentó un número superior de
objetos –entre los ready-mades y las verdaderas manufacturas– que de cuadros.
Todo un éxito. Lo mismo en Bérgamo y en Basilea.
Pero no por ello Conrado
se sentía habitado por un genio especial, ni dotado de unas cualidades que lo diferenciaran
del resto de los mortales: él trabajaba en un mercado que funcionaba según unas
reglas muy determinadas, en el que había contado con la colaboración
indispensable de sus mentores galeristas –tan interesados como él en que fuera
considerado como alguien tocado por la mano de dios–. Ya hacía tiempo que
evitaba cualquier conversación en la que necesitara convencer a aficionados y
amigos de que él era un artista, porque le era en todo punto imposible sostener
que su obra fuera una emanación pura de su espíritu. "¿Y por qué crees que
el contenido de tus reflexiones pueda interesar a alguien?", le preguntó
en una ocasión un alumno de la facultad, a la que acudió invitado para dar una
charla; se quedó de piedra, incapaz de sacar pecho y afirmar algo como que el
artista, por el simple hecho de serlo, está en contacto con lo más oculto del
ser –o una frase en un tono similar, tan del gusto de redactores de catálogos y
de libros de arte–.
Descreído como estaba, y
consciente de que su éxito de ventas se debía principalmente al apoyo de quien,
con un aquilatado prestigio de conocedor, se enriquecía como él, rechazaba
trabajar en el ámbito de lo público. Pensar que las condiciones en que su
trabajo era apreciado –la ley de la oferta y la demanda, hábilmente manejada
por Laurent y otros galeristas– se convertiesen en parte del patrimonio común
le daba escalofríos. Las ventajas ofrecidas por el gobierno autonómico, o por
el ayuntamiento, eran ciertamente muy golosas en el sentido de que no debía
trabajar para vender: su libertad como creador de objetos era total. Pero esa
misma libertad le asustaba, pues ya no se debía a un público ávido de decorar
sus salones con un cuadro estampado con su firma, sino a otro obligado, ya que
imposibilitado para hacerse materialmente con la obra, a apreciarla por su
valor artístico. "¡Y eso qué es!", se preguntaba en voz alta.
Aun así, aceptó un
primer encargo, sobre todo para indagar en las reacciones de ese público no
comprador que, sin embargo, tendría que estimar su obra con argumentos no
mercantiles. Exigió que la difusión de su propio retrato fuera mínima, pues él
deseaba estudiar a su público mientras deambulaba en la amplia sala de
exposiciones municipal. Y presenció todo tipo de reacciones: rebuscadas
lecturas, analogías asombrosas, sucios improperios, mutismo absoluto...
"¡Tendríamos que traer aquí los dibujos de Antoñito!", decía un padre
sorprendido ante un grabado; "¡una mierda pinchada en un palo..., pero sin
el palo!", señalaba un joven ante una informe terracotta en una urna.
Conrado se enfadó consigo mismo por haber aceptado la invitación, a pesar de
que esa exposición le hubiera permitido ganar no poco dinero.
El arte era, exclusivamente
aquello que era colgado en las salas de exposiciones. Y punto. Fuera de allí,
sin peanas, ni marcos, ni firmas, ni vitrinas, sus objetos eran inservibles.
Monos de feria. "¡Y yo no soy más que otro mono de feria!", se
gritaba a sí mismo. Y como tal decidió comportarse en la siguiente exposición
que le iba a montar el gobierno de su comunidad autónoma. Y como la condición
de arte de los objetos presentados era conferida, principalmente, por la
voluntad del espectador, decidió implicarlo.
Diseñó una instalación en la
que, bajo un equívoco título de "Homo sacer", se prestaba, embutido
en cuero, al sadismo de los visitantes; estos participaban arrojando al inerme
artista huevos, tomates y fruta pasada, al tiempo que eran filmados por una
cámara que recogía la expresión de sus rostros al cebarse con la víctima y la
proyectaba en una pantalla en el lado opuesto de la sala. A la inauguración
oficial de la exposición acudieron algunas autoridades, entre las cuales el
presidente autonómico. Invitado a iniciar el juego, el más alto político de la
región fue filmado lanzando huevos con verdadera pasión, como si en ello le
fuera el puesto; y tras él, el vicepresidente, la consejera de cultura y hasta
el alcalde de la ciudad. Las imágenes le parecieron tan representativas de lo
que quería señalar que decidió proyectarlas durante todo el tiempo que durase
la exposición en una pantalla dispuesta a ese efecto. Cuando la técnica de
cultura de la institución autonómica, avisada por un guardia de seguridad, se
percató de que sus jefes estaban siendo utilizados como elementos artísticos de
dudosa conveniencia, requirió al artista para que detuviera la proyección y la
sacara de allí definitivamente. Conrado se negó, aferrándose a la libertad de
obra que le habían prometido al invitarle; y, empeñado, enfadado con su oficio
y con los dispositivos de donde emanaba tanta miseria intelectual, se encadenó
al proyector y a la pantalla y, desde el suelo, telefonéo a los medios de
comunicación enemigos del partido en el poder –La voz del pueblo no acudió–. El escándalo fue mayúsculo.
A pesar de que sabía que las
puertas de lo público permanecerían cerradas para él mientras se mantuviera ese
mismo partido en el poder, Conrado participó en un concurso que le pareció
interesante. El gobierno autonómico se propuso redecorar con gusto
contemporáneo algunas capillas del patrimonio regional a las que no había
llegado la restauración histórica. Pretendían con ello recabar los aplausos que
las catedrales de Palma de Mallorca y de la Iglesia de los Catalanes de Palermo
habían conseguido al contratar a Miquel Barceló, al tiempo que fomentaban la
creación artística en el territorio y se ganaban la adhesión acrítica del
mundillo del arte. Conrado visitó las capillas en cuestión y presentó un
proyecto ambicioso, que, como en parte esperaba, fue denegado. Pero ya fuera
porque se tomó en serio la concepción de su obra –dejando de lado su feroz
anticlericalismo y sus propios intentos por poetizar su sentido de la
existencia–, ya porque los proyectos seleccionados se hallaran a años luz del
suyo, decidió impugnar la resolución de la consejera autonómica de cultura y
rebatir cualquier argumento que le presentaran para defenderla.
Tras los preceptivos
recursos, solicitó la documentación en la que se justificaba la elección de la
comisión evaluadora así como los proyectos seleccionados. Le facilitaron el
primer documento, que, en tan sólo tres páginas, pretendía separar el grano de
la paja de entre las 30 propuestas presentadas a concurso; en cuanto a los
proyectos ganadores, 12 en total, se le denegó su consulta con el pretexto de
que en ellos figuraba información de carácter reservado e íntimo de los
participantes. Y como le estaban negando el pan y la sal, recurrió a los
tribunales.
Conrado estaba seguro de que
la lectura de esos proyectos revelaría toda una red de clientelismo creada por
Cultura en el territorio autonómico. Las subvenciones y los encargos públicos
eran frecuentemente salarios encubiertos a familiares y amigos, pago de favores
y prebendas a colaboradores en la sombra; todos ellos alimentados por el maná
institucional y a cargo del erario público. Si lograba demostrar vínculos de
ese tipo entre los artistas elegidos y los altos cargos de la consejería, las
acusaciones de prevaricación y cohecho podrían ser fácilmente asumibles por
cualquier fiscal. Conrado se sintió invadido por un arrojo quijotesco y
romántico, parecido al que sentía cuando, adolescente, aspiraba a cambiar el
mundo con su arte; y, de la misma manera que sus padres intentaron, hacía más
de 20 años, hacerle desistir de estudiar Bellas Artes, sus íntimos y amigos le
animaron a olvidarse del asunto; como entonces, Conrado siguió adelante con sus
propósitos.
El juez de uno de los
juzgados de lo contencioso de la ciudad fijó fecha 10 meses más tarde: 8 meses
después de que se fuera a dirimir en tribunales la denuncia por violencia de
género en la que estaba acusado. Demasiados juicios para alguien que jamás
había tenido que ponerse a disposición de la más alta autoridad, capacitada
para dirimir el bien del mal y lo fútil de lo punible.
Pocos días después de que se
citara a las partes a la vista, Conrado recibió una llamada desde un número
oculto. En contra de su costumbre, pues siempre temía ofertas comerciales
escudadas en el anonimato, descolgó pensando en que tal vez fuera el abogado de
Marisa quien le llamaba para anunciarle que habían retirado la denuncia. Una
voz masculina trucada sonó al otro lado del hilo:
– Escucha, idiota: ¡vas a
morder el polvo! ¡Cuando te metan en la cárcel por violador se te quitarán las
ganas de pintar y hasta de vivir, pringao
de los cojones! A ver si así dejas de menear la mierda y no te metes en donde
no te llaman. Te aviso: retira la demanda contra Cultura o te irá mal..., ¡muy
mal! Ya sabes lo que les hacen a los violadores nada más llegan a la cárcel,
¿verdad?
Conrado se amedrentó: nunca
en su vida había recibido amenazas tan claras de desahucio absoluto de su
persona; jamás se sintió objeto de un aviso tan contundente. Todo su mundo se
tambaleó con ello.
No obstante su miedo,
consultó a un abogado, a quien comentó ambos casos en profundidad. Javier, su
letrado, le animó a que hiciera caso omiso de la amenaza telefónica y que
siguiera adelante; que si los avisos se repetían, ya habría tiempo de acudir a
la policía a dar parte. Conrado se dejó convencer y, a pesar de competer a
diferentes instancias, contrató al abogado para que le representara en los dos
casos.
Javier era de la misma edad
que su defendido, aunque perteneciente a un universo completamente distinto. La
facultad de Derecho había modelado tempranamente su imagen, su actitud ante la
vida y su manera de pensar, dispuesto como estaba a medrar en un ámbito en el
que las apariencias lo son todo y donde un discurso hueco pero bien hilvanado
puede tener mayores posibilidades de éxito que un denso razonamiento. Gafas de
pasta fina, camisa de cuadros con un jugador de polo sobre el pecho, pantalón
azul marino de pinzas...; ése era el atuendo informal de Javier, que se
transformaba los días de oficio en un oscuro y bien cortado terno que cubría
con una cara toga de su propiedad, que llevaba desde su despacho y no compartía
con ninguno de los compañeros del colegio de abogados.
Conrado no dejó nunca de
pensar que Javier sospechaba de su culpabilidad como maltratador: tal es la
ignominia que, como una pátina, cubre al acusado en esos asuntos. No obstante,
la elevada minuta y una profesionalidad a toda prueba llevaba al abogado a no
cuestionar jamás a su defendido, y a limitarse a consignar lo que éste le
refiriese. Conrado, aun a pesar de su miedo a sentirse acusado incluso por
quien debía defenderle de esa terrible denuncia, rechazó la práctica de algunas
pruebas que podrían provocar una gran ansiedad sobre Marisa –y ello aunque así
se lograra rebajar la credibilidad de su acusación.
Lo cierto es que le costaba
trabajo –siempre le costó, desde el principio– dar crédito al hecho de que su
ex-novia le llevase a los tribunales culpándole de acoso moral y psicológico,
cuando era precisamente él quien se sentía abandonado y sustituido por otro
hombre a lo largo de un doloroso proceso de separación en el que Conrado
pensaba que Marisa había estado jugando con él, con su paciencia y su buena
disposición. ¿Acaso compartir a su compañera con un amante conocido y aceptado
no le supuso a él un coste psicológico importante, por el que su amor propio y su
confianza en sí mismo se vieron terriblemente menoscabados? ¿No salió él de esa
relación con el alma partida, habiendo agotado su resistencia al dolor a fuerza
de sinsabores, pequeñas traiciones y verdades a medias? Había momentos en que
una rabia enorme se apoderaba de él, engañado como se sentía por una persona en
cuyos sentimientos se había volcado y a la que había dado todo cuanto había
sido capaz de dar. Pensar simplemente en que había apostado ingenuamente por
que su generosidad se viera recompensada con la más positiva de las actitudes y
la mejor conducta de su compañera y que sólo hubiese conseguido ser larga y
definitivamente insultado le revolvía las tripas, obligándole a levantarse de
donde estuviera sentado para dar un frenético paseo por el salón de su casa.
Afortunadamente, la calma seguía a la impotente rabia, y lograba a base de
altas esperanzas, de ambiciosos proyectos, de planes de vino y rosas, curarse
de sus enfados. Aunque..., "¡qué futuro me espera si el juez me manda a
galeras!", se preguntaba apesadumbrado. Comprendía perfectamente que, en
verdaderos casos de malos tratos, la víctima viese su ánimo y su concepto de sí
segados de un golpe de guadaña, y que la ley debiera reprogramar al causante de
esas penas a través de la comprensión en sus propias carnes del daño infligido
a su víctima. Pero, él, ¿merecía él ese castigo, cuando sabía perfectamente que
jamás hizo nada a Marisa que no fuera desde el más absoluto respeto? ¿Podía él
hacer daño a alguien a quien había querido, cuando ese amor necesitaba del
respeto de la persona amada para verificarse? ¡Cuántas veces argumentó de esa
manera ante Marisa, incluso para explicarle por qué aceptaba de buen grado que
se liase con Fabián!
Nada de todo ese
argumentario serviría para su defensa, ya que el abogado Javier lo declaro de
nula importancia para su exposición en un juzgado. Arrepentimiento, sumisión y
absoluto sometimiento debían quedar patentes ante el juez, como si de un rasgo
fisionómico se tratara, antes incluso de que Conrado pudiera abrir la boca. En
eso tenía que consistir, insistía el abogado, la construcción de su personaje
de víctima –y ésa era la base de la defensa que el letrado había ideado
componer–.
Llegó el día del juicio y
por fin vio a Marisa en la sala de espera del juzgado. Triste, llorosa incluso,
no parecían convencerle ni la compostura de su abogada, ni los susurros
depositados en su oído por Eloísa, ni la presencia de algunas mujeres del CGF;
acompañada por Fabián, rompió el cerco que la rodeaba y se acercó hacia el banco
donde había tomado asiento Conrado. Javier se levantó y, estirando el brazo
defensor, le advirtió de que ese no era el lugar para resolver sus diferencias,
sino ante el juez. Marisa se detuvo y le dijo, preocupada:
– No te preocupes, que voy a
hacer que esto acabe enseguida.
Conrado la observó asombrado
mientras ella, sin dejar de mirarle, se refugiaba de nuevo en el círculo de
mujeres que la acompañaban. Javier se sentó a su lado e intentó calmarle,
intentando que conservara la sangre fría que había demostrado hasta allí,
necesaria para interpretar su papel ante el juez.
Fueron llamados a la sala y
tomaron asiento frente al juez. El juez Mata tendría unos 45 años, alto, de
unos 90 kilos, calvo aunque con unos cuantos pelos pretendiera cubrir parte de
su cráneo, pesadas gafas de pasta y una tez lechosa que debía de haber
adquirido durante las larguísimas sesiones de estudio para aprobar las temibles
oposiciones de judicatura. Cuando, tras leer el tipo de procedimiento y las
personas implicadas, se dirigió a los letrados de ambas partes con un hilillo
de voz tartamudeante, incluso insegura, Conrado tuvo la certeza de que iba a
ser condenado por ese caballerete que tan diferente era de él, tan divergentes
sus motivaciones y manera de contemplar la existencia, y que seguro que
intentaría vengarse de todas las privaciones sufridas durante la preparación de
sus oposiciones castigando a un vividor y a un jeta. Su ánimo se derrumbó
súbitamente.
El juicio se inició con la
exposición de la abogada de la otra parte, quien describió a Conrado como a una
bestia de violencia incontenible y de vida licenciosa y carente de toda
moralidad. Todo eso explicaba que hubiese maltratado a Marisa a lo largo de
toda su relación, cortando todas sus aspiraciones a la autonomía, criticando
constantemente su forma de relacionarse con los demás, insultando a sus
familiares y a sus amigas...; todo ello, en base a un firme propósito de
dirigir su voluntad y someterla a sus propios designios. Tras un falso relato
de cómo se había producido la ruptura entre ellos, solicitó la comparecencia de
Eloísa, como amiga íntima de la víctima acusadora, confidente y conocedora de
todos los detalles de la relación.
Eloísa se perdió en una
larguísima narración de las circunstancias en que había conocido a Conrado,
que, aunque no tuvieran nada que ver con el asunto, no fueron interrumpidas en
ningún momento por el juez. Con su voz aguda y de bajo volumen –que incluso
disminuía cuando su frase se hacía demasiado larga–, Eloísa refirió todos los
accesos de mal humor del acusado que ella había presenciado. Lo conoció en una
excursión montañera con amigos comunes y, a partir de ahí, nunca lo vio como
trigo limpio: encuentros –que ella destacó como interesados–, desencuentros
–con ella y con todo el mundo–, enfrentamientos constantes con todas y cada una
de las personas que ambos conocían. Mal conversador y peor escuchador, Conrado
era el perfecto ejemplo de un machista que pensaba que los hombres debían
alabar su inteligencia y las mujeres ponerse a sus pies como servidoras y
esclavas sexuales. Por eso, cuando se enteró de que se había liado con Marisa,
ella misma inició una campaña para desprestigiarlo ante los ojos de su buena
amiga. Pero Marisa estaba, claro, cegada por el amor que Conrado siempre fue
hábil para inspirar en sus mujeres... Y cuando su amiga, víctima propiciatoria
en el altar del ego de ese monstruo, quiso brillar por sí misma, ser en
definitiva "alguien", él se empeñó en hacerle la vida imposible...
Marisa se levantó de su
asiento para interrumpir a Eloísa. Pero el juez la hizo callar, pues no iba a
permitir que nadie contraviniese el procedimiento. Hubo que esperar a que el
abogado de Conrado la llamara a testificar para que la ex-compañera del pintor
se despachase a gusto:
– Señoría, permítame pedirle
que acepte que retire la denuncia contra el acusado, ya que me veo incapaz de
mantener ninguno de los motivos que me llevaron a acusarle...
La abogada de Marisa se
levantó como un resorte para protestar y pedir al juez que le permitiera hablar
un instante a solas con su representada:
– Es evidente que mi cliente
–dijo la letrada con patente nerviosismo– está padeciendo un acceso de piedad
por quien la sometió durante largos meses. Pero ello no elimina la gravedad de
los hechos cometidos y que estamos intentando demostrar en esta sala. Nos
hallamos en presencia de un claro ejemplo de peligrosa conmiseración por el
destino de un maltratador por parte de ...
El juez Mata parecía no
hacer mucho caso de lo que la vociferante abogada le estaba largando. Más asombrado
que otra cosa, calmó sus ojos abiertos como platos, se retiró las gafas, que
limpió con su pañuelo en un gesto maquinal, y volvió a dirigir su mirada a la
sala.
– Señora letrada, por favor
–solicitó en un entrecortado tartamudeo–, tenga la bondad de permitir que la
señorita manifieste su opinión. Continúe, si es usted tan amable.
– Señor Juez, he de
confesarle que me he dejado llevar por el despecho, y que todo esto no ha sido
más que un montaje en el que no he hecho sino seguir al pie de la letra lo que
me estaban dictando las mujeres del Grupo Crítico Feminista. Eloísa y sus
amigas me han querido convencer de que Conrado me había maltratado
psicológicamente, a pesar de que yo no hiciera más que negarlo con argumentos
que de nada valían ante su insistencia. Han difundido rumores completamente
infundados entre mis conocidos para que me volvieran a mí en forma de insultos
contra Conrado, de anécdotas magnificadas y sacadas de contexto para hacerme
ver que mi ex-novio era un monstruo. Todo ha sido una enorme mentira, señor
Juez, y si hay alguien aquí que merezca ser juzgada y acusada, ésa soy yo, por
calumnias. Le pido que exculpe al acusado de sus cargos, porque son todos
falsos.
Un silencio recorrió la
sala. Tras unos 30 segundos durante los cuales los allí presentes debieron de
recomponer sus ideas, el juez preguntó a las partes si tenían algo que añadir;
su negativa condujo a que el caso fuera declarado visto para sentencia y la
sala desalojada.
La sentencia fue remitida
por Javier diez días más tarde: Conrado quedaba absuelto de todos los cargos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario