La consejera llegó
voluntariamente con retraso a la cita con su amiga Rosa en un restaurante del
centro de la ciudad; no sería conveniente que alguien de su cargo debiera
esperar, sola, a la mesa de un local, lo que tal vez restara importancia a su
persona. Hace años ya, y desde el comienzo de su vida política, le pidió a Rosa
que, cuando llegara al lugar donde hubiesen quedado, le hiciera una llamada
perdida para avisarle; Rosa cumplió sólo las dos primeras veces, estimando que
una amiga no debía andarse con tantos miramientos por muy importante que fuera.
Ello no impidió que la consejera dejara de quedar con ella, pues no deseaba de
ningún modo perder ese asidero a la vida real y a la política de verdad: Rosa
no era sólo amiga, sino un oráculo poderosísimo al que la consejera acudía en
busca de consuelo y consejo ideológico.
Al entrar, pues, en el
local, el maître le avisó de que su amiga le estaba esperando ya en el comedor
superior, más tranquilo y apto para las conversaciones reposadas. Y allí estaba
Rosa, con su sempiterno pelo corto, coloreado ya por numerosísimas canas, su
camisa arremangada y sus vaqueros, sin hacer concesión alguna a la moda
femenina que se estilaba. La amiga se levantó y besó lentamente a la consejera
en ambas mejillas, mientras alababa lo guapa que la encontraba.
– ¿De verdad que me ves
bien?
– Desde luego que sí: da
gusto verte, Menchu. Nadie diría que tú y yo somos compañeras de promoción: tú,
radiante como un sol, y yo...
– Mujer..., lo que pasa
es que tú nunca has dado importancia a las cosas del vestir y de la moda, pues
siempre has apostado por tu belleza natural. A mí, sin embargo, mi cargo me
exige estar siempre impecable; ¡y no creas que es incómodo no poder nunca
soltarse el pelo! Y tú, con dos cosas que te pongas que medio casen bien..., ya
estás hecha un pimpollo. ¡No creas que no me das envidia a veces...!
– Venga, Menchu, ¡menos
lobos que a mí no me la das con queso! Yo soy como soy y tú has conseguido ser como quieres ser. Y no hace falta que te regale la oreja, porque tú
ya sabes que eres una cincuentona estupenda...
– ¡Ya estamos con la
edad! –replicó jocosa la consejera–. Si yo fuera un hombre seguro que no la
sacabas a colación...
– Quita, que yo estoy
segura y convencida de valer mucho más que dos de veinticinco...
Las dos reían de buena
gana cuando llegó el maître a proponerles las sugerencias del día, así como
unos aperitivos mientras esperaban.
– Yo tomaré el aperitivo
y un pescado –dijo en tono responsable la consejera–, que esta tarde tengo
trabajo.
– ¿Y te vas a quedar sin
probar un suculento revuelto de boletus? –le recriminó el maître–. ¡Me estás
comiendo muy poco últimamente, Carmen...! –dijo, sonriendo, mientras lanzaba
una mirada cómplice a su compañera, tras lo cual rió–. No, de verdad, pide lo
que quieras, pero sobre todo disfruta.
– Bueno... –aceptó la
consejera–. Ponnos los boletus como entrante para compartir y yo pediré la
lubina. ¿Y tú, Rosa?
Mientras ésta preguntaba
por tal o cual plato, la consejera recibió una llamada en su móvil, a la que
atendió en voz baja durante unos pocos minutos. El maître abandonó la mesa y
dejó a Rosa callada frente a su amiga, complaciéndose en observar cómo
destacaba ahora la melenita rubia de la consejera sobre el fondo negro de su
bonita blusa de marca; algo que sólo quedaba patente cuando se quitaba la
chaqueta de cuero beige claro que reposaba ahora sobre uno de los ganchos del
perchero. Debía de estar hablando con alguien de confianza, pues permitía
Carmen que asomara en su conversación alguno que otro vocablo del terruño –lo
que ella sabía que no se permitía a sí misma cuando se enfrentaba a alguien que
pudiera poner en duda la finura y la urbanidad de sus modales–. Pero ya hacía
largos años que Menchu había dejado atrás la educación recibida en el pueblo.
Con la excusa de estudiar, marchó a la ciudad para cursar Filología hispánica a
pesar de que siempre confesó que lo suyo no eran los libros; por eso eligió la
rama de Lingüística, sin llegar a terminar, pues aún le quedaba un par de
asignaturas de 5º cuando un diputado provincial, amigo de la familia, la
convenció para que fuera su secretaria personal. Desde entonces, su carrera
había sido imparable –y lo seguía siendo, pues pretendía llegar a lo más alto
que su sexo y su origen le debían permitir ascender en la política española–.
– Ya perdonarás, querida
–le pidió la consejera–. Voy a apagar el teléfono si no, no me dejarán en paz.
Bueno..., ¿y qué tal te va todo, cómo estás?
– No me va mal del
todo... Las cosas van bien con Quique..., la menopausia me está sentando
estupendamente bien...., y en el trabajo parece que tampoco me va mal... Estoy
dudando entre presentarme a catedrática o no.
– ¿Y qué te hace dudar?
Tendrías un mejor sueldo, menos horas lectivas y más influencia en la
universidad...
– Sí, por ese lado, la
respuesta parece clara. Pero mis reservas son de otro tipo. Llámame idealista,
romántica o lo que quieras, pero creo que aún tengo manera de influir
positivamente en los alumnos que vienen a mis clases y tutorías; además, el
contacto con ellos me tonifica como si estuviera en un continuado parque de
atracciones. ¡Ellos son mi fuente de la eterna juventud! Por el contrario,
siendo catedrática, mi carga lectiva disminuiría ostensiblemente y debería
compensarla mediante gestión interna e investigaciones varias.
– Pero es eso lo que
siempre te ha gustado, ¿no?: leer, investigar, escribir...
– Sí, es verdad, pero
dentro de unos límites que yo estimo saludables. No quiero entrar en esa
espiral a congresos que conozco por los informes de investigación y
publicaciones a los que asisten mis compañeros para presentar los temas más
peregrinos; todo eso acarrea un gasto inmenso a la universidad sin que revierta
positivamente ni en los alumnos, ni en la institución, ni siquiera, si me
estiras, en los estudios literarios. Prefiero, la verdad, pensar que lo que
hago tiene una repercusión clara entre los estudiantes, y que los temas de
investigación que yo elija por motivación propia sean de verdad útiles a la
comunidad científica.
– Comprendo
perfectamente lo que dices. Pero, ¿no crees que podrías hacer algo que
repercutiera directamente en los estudiantes siendo catedrática y asumiendo,
por ejemplo, alguna función en el vicerrectorado de actividades culturales?
Ahí, ten por seguro que yo te apoyaría en lo que hiciera falta.
– Me temo que mi manera
de entender las actividades culturales chocaría de lleno con la actual política
cultural de la universidad –añadió Rosa con un gesto de disgusto–. Tengo una
visión tal vez demasiado libertaria de cómo deberían organizarse y programarse
las actividades para la idiosincrasia no sólo de mis compañeros profesores,
sino también del alumnado en general.
– Ya sé por dónde vas,
Rosa –señaló la consejera con gesto de desgana–: todo eso de que la cultura se
ha convertido en una mera gestión de espectáculos y entretenimiento, negando la
participación activa del público... ¡Me lo has dicho ya cientos de veces!
– Y sé lo que te
fastidia que sea tan machacona con eso... No te preocupes: no voy a amargarte
la comida con estos temas. Pero es que..., los hemos acostumbrado de tal manera
a que su colaboración en la vida cultural se limite a asistir a un concierto de
rock, o a una obra de teatro, o a una exposición; a aplaudir sin excepción a
cualquier artista o escritor porque su nombre venga refrendado por las buenas críticas
de los periódicos o de las emisoras de radio... Tú lo sabes igual que yo pues
estábamos las dos allí, pero la universidad era diferente cuando nosotras
estudiábamos.
– De acuerdo, era muy
diferente; pero hay que tener en cuenta que entonces todo estaba muy
politizado. No había manera de que Franco la palmara, la cultura oficial era
ideológicamente sospechosa por el simple hecho de ser oficial: era normal que
todo lo contestatario fuera aceptado y alabado, ya que protesta equivalía a
antifranquismo. Hoy día, todo ha cambiado para bien: ¡y me alegro muchísimo!
– Plenamente conforme
con lo que dices, pero la diferencia con respecto a aquellos años es que la
cultura oficial ya no despierta esas ansias de protesta y de contestación; y
eso que la cultura difundida actualmente por los canales públicos ha crecido de
manera exponencial...
– Pero es que la cultura
que los poderes públicos ponemos al alcance de la ciudadanía está libre ya de
ataduras ideológicas. El artista ya no tiene que exponer su credo político para
que su obra sea interpretada con unas claves determinadas. La creación se ha
liberado, y también la manera en que el público se acerca a ella: atenta,
desprejuiciada, festiva, alegre... ¡No volvamos, por favor, a aquellos tiempos
en que el artista tenía que ser un intelectual y su obra una reflexión sobre
las instancias más profundas de la esencia humana...!
– Te doy la razón sólo
en parte, querida Menchu –añadió Rosa, conciliadora–. Es verdad que la mayor
parte de los productos culturales apelan antes al espíritu lúdico del público
que a su capacidad de reflexión; tal vez sea un signo de los tiempos en que
vivimos. No coincido contigo, sin embargo, cuando aseguras que la cultura
pública es ideológicamente neutra: hay una selección, que desde el exterior
parece evidente, de los contenidos programados en función no sólo de su
pretendida modernidad o de su poder innovador, sino también de la adscripción
política de sus creadores. La cultura socialista sólo parece favorecer a dos
tipos de artistas: aquéllos a cuya obra resulta imposible aplicarle una lectura
política –por lo tanto, inofensivos–, o aquéllos que se posicionan expresamente
a favor de las tesis del partido –que, amén de inofensivos, son beneficiosos–.
– Me parece estar
escuchando algún programa de la COPE tipo La
linterna u otro por el estilo. Rosa, no me hablarás ahora de los cineastas
comprados a golpe de subvención que tan machaconamente repite la radio
episcopal, ¿verdad?
Mientras se enzarzaban
en su habitual discusión, habían dado ya buena cuenta de los boletus y se
disponían, ahora, a afrontar sendos pescados. La consejera solicitó con la
mirada una tregua a su amiga para degustar el plato y el vino para acompañarlo
que les había recomendado el maître. No obstante, Carmen observaba con una
sonrisa a su compañera de facultad, camarada de tantas manifestaciones y
convincente ideóloga del grupo de amigas de idénticas inquietudes políticas.
Era consciente de la superior inteligencia de Rosa, aunque veía en su arrojo un
importante obstáculo para su colocación institucional. Se alegraba de que su
amiga hubiese devuelto el carné del PSOE y de que, por otra parte, no tuviera
que auparle a ningún cargo de responsabilidad dentro de su consejería. La
universidad..., tal vez no pague más, pero sí asegura una cierta independencia
difícilmente alcanzable en la política.
Rosa, por su lado,
sonreía a su amiga mientras saboreaba su propio plato, recriminándose una vez
más predicar en el desierto ante una mujer como Carmen: cariñosa, cercana,
comprensiva y muy protectora; pero cerrada como un candado. Realmente la quería
y la tenía en gran estima, pero no precisamente por haber llegado a consejera y
más allá a poco que se lo propusiera: los oropeles, las guirnaldas y las
medallas concedidas por el poder habían dejado de impresionarle hacía mucho
tiempo ya. Lamentaba que fuera precisamente Carmen la encargada de dirigir la
Cultura autonómica y tal vez llegara a dirigir la estatal; una mujer que, por
mucho que se hubiera licenciado en filología, creía que Elsinor era un pueblo
de Mallorca, Rabelais un cocinero francés e Ibsen un tenista noruego, hablaba
de las afinidades "selectivas" con total aplomo y superponía la letra
de Miguel Ríos cada vez que escuchaba la 9ª de Beethoven..., sólo podía ser la
máxima responsable de la cultura de un país en una novela paródica. Pero esas
limitaciones, de las que Carmen era perfectamente consciente, hacían poca mella
en ella; prefería dejar hablar a los demás antes que formarse su intelecto con
algo más que el suplemento dominical de El
País, los comentarios del Cosmopolitan
y las novelas que le obligaba a leer el Círculo de Lectores. Quedaba patente
para Rosa que su amiga se había elevado sobre la clase económica de sus padres
pero, en lo cultural, sus hábitos no señalaban elevación ninguna, sino su
permanencia en la misma clase.
Su labor como responsable
cultural autonómica –y en eso Rosa le reconocía una sabiduría de la que ella
carecía– se ejercía en los despachos, en el ministerio, en la ejecutiva
federal, donde bastaba con dibujar las grandes líneas del discurso del partido
para que la considerasen un importante baluarte político. Su condición de
mujer, su facilidad para dirigirse a los medios y su imagen hacían el resto.
Pero, por encima de todo
eso, Rosa veía en Carmen a su mejor amiga, a su mejor y más sabia confidente, a
su apoyo más solido frente a las adversidades por las que había atravesado su
vida personal. Eso le impedía esbozar en público la más mínima crítica a la
gestión socialista de la Cultura autonómica, por miedo de perjudicar, por poco
que fuera, a su querida amiga.
– ¿Así que tú también
crees que el PSOE compra a intelectuales y artistas a golpe de subvención? –le
lanzó la consejera, entre traviesa y corrosiva–. No sé qué decirte, la verdad.
Pero tienes que saber que esos que siguen criticando a los artistas que se
manifestaron en el "No a la guerra" de hace unos años, los del PP y
los de la COPE, callan como putas sobre las subvenciones que ha seguido
manteniendo el gobierno estatal a la fundación "Francisco Franco" y
similares. ¡Dudo mucho de que el PP hiciera lo mismo! Para comparar basta con
mirar las cuentas de la fundación "Pablo Iglesias" durante la
presidencia de Aznar...
Rosa, que ya había dado
por zanjada la discusión, entró de nuevo con un cierto desánimo.
– No puedo más que darte
la razón sobre lo que estás diciendo: tanto el PSOE como el PP subvencionan las
actividades de sus "amigos" de manera más o menos evidente, con la
diferencia que tú subrayas de que cuando están en el poder los socialistas
mantienen las subvenciones a quienes no pasarían por ser "amigos" y
que, en cambio, los del PP las utilizan más aviesamente. Es eso si no he
entendido mal, ¿no?
– Mujer, si quieres
decirlo así por recapitular, ¡de acuerdo!, dejémoslo así. Aunque seguro que
existen excepciones a esa regla tanto a nivel autonómico, como municipal y,
aquí, comarcal...
– A ese respecto –le
apuntó Rosa con una sonrisa maliciosa en los labios–, tú estás mucho mejor
posicionada que yo para saber si se dan esas excepciones en el territorio bajo
tu responsabilidad...
– Bueno..., no sé qué
decirte... –balbuceó la consejera–, tal vez se den aquí, sí...
– O sea, que sí que
existen esas excepciones y tú lo sabes de buena tinta... Las subvenciones se
reparten, exclusivamente, entre entidades y artistas afines a tu partido; y si
no es exclusivamente, sí que las concedéis a quien no es afín pero con
cuentagotas; y siempre y cuando no las utilicen para menoscabar vuestra imagen
política y social... ¿Es eso?
– Sería un sinsentido
subvencionar actividades que fueran en contra del modelo de sociedad que
aspiramos a alcanzar los socialistas, ¿no te parece? Es decir, que teniendo en
cuenta eso, tendemos a promocionar la creación artística en general –siempre y
cuando esa creación no promueva una ideología que vaya en contra de los
derechos humanos, la igualdad y el pacifismo–.
Rosa se percató de nuevo
del poder de convicción de su amiga cuando ésta se ponía
"programática"; entonces, su voz adquiría un tono persuasivo que
resultaba muy difícil eludir y que era el que utilizaba normalmente ante los
medios de comunicación. "Tal vez", pensó Rosa, "se trata de una
deformación profesional...".
– Todo eso me parece muy
bonito, dicho así como lo dices; y no lo pongo en duda, de evidente que
resulta. Porque está claro que no vais a subvencionar las actividades de una
asociación de inmigrantes senegaleses que pretendan explicar los beneficios de
la ablación femenina... Desde luego que no. Sin embargo, al complejo asunto de
las subvenciones, yo suelo pensar en varios inconvenientes que me obligan a
contemplarlo como algo inevitablemente sospechoso.
– Cuéntame tus
reticencias, pues seguro que algo aprendo... –le pidió la consejera con una
sonrisa casi burlona–.
– Aunque te rías de mí,
déjame que te las exponga; te aseguro que no voy a amargarte el postre –pues
vio que su amiga había empezado a atacar el pan perdido que le habían traído–.
En primer lugar, tengamos en cuenta que toda asociación, fundación u otra
persona jurídica puede necesitar la colaboración de algunas personas para
llevar a cabo la actividad subvencionada; esas personas serán remuneradas, y,
por lo tanto –y en la medida en que esa asociación quiere permanecer dentro de
la legalidad–, contratadas. Los criterios por los que esas personas son
contratadas son establecidos por la asociación en cuestión y no por la
consejería de Cultura, así como la remuneración que van a percibir. Es decir –y
aquí nace mi primera reticencia–, que con dinero público se financia el pago a
trabajadores en unas condiciones distintas de las que rigen los contratos
públicos –entiéndeme: los que establece la Administración con sus trabajadores
y que deben respetar una serie de normas consensuadas a nivel político y
legislativo–. Y en el proceso de selección, contrato y remuneración de sus
trabajadores, una asociación hace en realidad lo que le da la gana, haciendo
caso omiso de las reglas que rigen en lo público
a pesar de ser pagados con dinero público.
Creo que me entiendes, ¿verdad?
– Claro y diáfano como
el día. Te diré que eso es así, y lo es de la misma manera que se produce en el
seno de las empresas que trabajan para la Administración: ellas seleccionan,
contratan y remuneran a sus trabajadores en unas condiciones negociadas por
ellos mismos –y que, en principio, cumplen estrictamente la legislación
vigente–. Y esas condiciones pueden ser diferentes de las que operan en el seno
de la Administración...
– Con lo que la
Administración –le interrumpió Rosa– promueve, con el dinero de todos, que
existan diferencias entre los trabajadores públicos que trabajan para ella y
los trabajadores privados que también
trabajan para ella.
– Es una fórmula
habitual en las empresas participadas o en la ingente cantidad de empresas
privadas que contrata la Administración para acometer tantas y tantas obras de
interés público. Y es que el Estado no dispone de suficientes recursos humanos
como para acometer por sí mismo tantas y tantas carreteras como es necesario
hacer... Necesita apoyarse en la iniciativa privada, la cual se ve también
beneficiada, así como sus trabajadores.
– O lo que es lo mismo
que decir que favorecéis la existencia de la iniciativa privada, necesaria en
una economía de mercado como la nuestra...
– Es algo innegable que
vivimos en una economía de mercado, y pensar en que cualquier gobierno de
cualquier Estado actual adopte un modelo distinto de ése... A no ser que
hablemos de regímenes totalitarios en los que el Estado lo hace todo...
– El quid de la cuestión no es ése, Carmen, a
pesar de que tú esperes, como en otras conversaciones que hemos tenido, llevar
el asunto hacia la nostalgia de la economía planificada que dices que tenemos
los de la izquierda clásica –le indicó la profesora–. El quid de la cuestión está en que, si el Estado –o cualquier Administración–
promueve una obra determinada porque considera que se trata de un bien de
interés general, lo haga recurriendo a sus propios medios o a medios ajenos. Un
ejemplo. La sanidad, considerada como un bien de interés general y asunto de
primera necesidad, es frecuentemente asumida por la Administración, que
selecciona, contrata y paga a los trabajadores que requiere en unas condiciones
que le son propias y que incluyen los requisitos básicos de igualdad y
transparencia, y, sobre todo, en base a unas necesidades verdaderas. Sin embargo, si la sanidad es gestionada de manera
externa, la Administración se limita a entregar una cantidad de dinero X a una
empresa del sector que selecciona, contrata y paga a sus trabajadores en un
marco de referencia diferente al de lo público, eliminando los requisitos de
igualdad y transparencia propios de la Administración. Esos trabajadores
ejercen su actividad con una protección laboral diferente de la de los
trabajadores públicos –mayor precariedad y temporalidad, así como un salario
frecuentemente menor y sólo sometido al convenio firmado entre instancias
privadas como son empresa y sindicatos–. Es decir, que un asunto de interés
general es dejado en manos de una empresa que ya no persigue la satisfacción de
ese interés general, sino su exclusiva rentabilidad: procurará conseguir un
máximo de beneficio con los menores medios, ya sea a costa del trato dispensado
a sus pacientes, de sus instalaciones o del salario de sus empleados.
– De acuerdo con lo que
dices. Pero date cuenta de que si, en esa persecución de sus exclusivos y
únicos intereses económicos, esa empresa desatiende las funciones encomendadas,
no será contratada en el ejercicio siguiente. Por consiguiente, le interesa
conseguir rentabilidad, sí, pero nunca a costa del servicio dispensado al
conjunto de la sociedad.
– Lo que dices tiene su
lógica, y es posible que se produzca de esa manera. No obstante, no podemos
olvidar que con dinero público se pueda estar infrapagando a trabajadores que,
en esencia, son públicos (ya que trabajan persiguiendo un interés general, o,
lo que es lo mismo, público), pero que ni cobran ni están protegidos como los
trabajadores que trabajen real y directamente
para y en lo público.
La consejera pareció
cavilar un instante y, recolocando con su mano la rubia melenita tras su oreja
izquierda, pareció dar la razón a su amiga.
– De acuerdo. Esa es
entonces la única diferencia entre la gestión directa y la gestión externa.
Pero no olvidemos las enormes cantidades de dinero que se ahorra la
Administración gracias a la gestión externa...
– A costa de los
trabajadores –le espetó Rosa–, que, en este caso, están siendo considerados por
un partido de izquierdas como objetos de usar y tirar... En eso, creo que
habéis asumido y hecho vuestra la idiosincrasia de la patronal y de la economía
de mercado pura y dura...
– ¿No crees que exageras
un poco?
– Yo creo que no. Y lo
mismo que en sanidad, en educación. Los centros privados concertados, bien: el
dinero que reciben de las autonomías o del Estado les obliga tan sólo a
respetar las grandes líneas de las leyes educativas en vigor y, como no podía
ser de otra forma, la normativa vigente sobre contratación. Pero, en lo demás,
hacen lo que les da la gana: los procesos de selección no son ni igualitarios
ni transparentes, si un director quiere contratar a su prima lo hace porque
tiene plenos poderes para ello... Y, sobre todo, pagan lo que les dé la gana
siempre y cuando cumplan con esa normativa. Y eso es lo que les distingue
principalmente de sus colegas en lo público: procesos de selección y salarios.
¡La diferencia de sueldo entre un maestro de escuela privada y otro de escuela
pública puede llegar a ser del 50%! Pero ambos ejercen una actividad de interés
general, de primera necesidad, y ambos (uno indirecta y otro directamente) son
pagados por la Administración.
– ¡Acabáramos! ¡como si
no pasara tres cuartos de lo mismo o incluso peor en la universidad para la que
tú trabajas! –contraatacó la consejera, enfadada–. Oscuros procesos de
selección, diferencias abismales de salario entre profesores asociados y
titulares, temporalidad extrema...
– Pero, Menchu, que eso
ocurra en la universidad en la que yo trabajo no lo hace positivo... Estamos
intentando describir y analizar una serie de procesos que se producen en la
órbita de la Administración... ¡y nada más! No te pongas a la defensiva, por
favor...
– Sí, pero es que hemos
empezado hablando por las subvenciones y parece que estás poniendo en tela de
juicio todo lo que hace mi partido...
– Lo que nos ha ocurrido
es que, para explicar el tema, he tenido que hacer una introducción muy prolija
pero necesaria para hacerte comprender mi punto de vista...
– Vale... Ya no sé ni
cuál era el asunto...
– Lo que estaba
intentando hacer era exponerte mis reticencias sobre las subvenciones de
Cultura, y la primera de ellas pasaba por el hecho de que las asociaciones que
financian sus actividades con el dinero público recibido en subvención
contratan y pagan en unas condiciones distintas a las que impone la Administración.
O sea, que, a mi modo de ver, es dinero público mal gestionado, pues se permite
que sea gestionado por asociaciones de gente que no se siente tan vinculada
como la Administración a respetar las normas que ésta impone en su casa.
– Si esas asociaciones
no respetan la normativa vigente en materia de contratación se arriesgan a
sanciones administrativas y económicas importantes... ¡Esa es la única
salvaguarda de la legalidad que te puedo ofrecer...! El resto..., es todo
perfectamente legal.
Rosa lanzó un ligero
soplido con el que quiso comunicar a su amiga el esfuerzo que le estaba
costando argumentar como lo estaba haciendo.
– Ya veo, Menchu, que no
vas a dar tu brazo a torcer...
En efecto, la consejera
era una dura oponente en los debates ideológicos, con argumentos siempre
dispuestos para desbaratar la dialéctica de su contrincante.
– Mi segunda reticencia,
si tu cansancio me permite que te la exponga, se centra en los criterios que se
siguen para conceder una subvención a tal asociación en lugar de a tal otra y
la cuantía concedida.
– Acepto. Pero eso no se
hará sin que nos sirvan el café. Me harás esa gracia, ¿no es así, incisiva
amiga?
La sonrisa de la
consejera permitió que se instalara de nuevo la camaradería en la conversación;
el clima se había ido enrareciendo y las opiniones, encrespando. Un camarero
les trajo unos cafés para que, mientras removían el negro líquido de la taza,
Rosa retomara su hilo argumentativo.
– Pues eso, Carmenchu:
que mi otra reticencia tiene que ver con los criterios de adjudicación. Me
explico brevemente: además de los criterios de adjudicación que son publicados
en las bases, existen otros criterios "extras" no explicitados y que
resultan terriblemente injustos. Me refiero a que un proyecto se apruebe y una
subvención se conceda porque lo decida así un alto cargo: presidente,
directores generales, consejeros o viceconsejeros, e-te-cé. Es decir, ese
criterio se verificaría en caso de que, en tu consejería, tú recomendases a tu
gente que aprobase el proyecto presentado por una asociación del pueblo de tus
padres, o de amigos tuyos, o simples vecinos de tu urbanización.
– Eso, querida Rosa, que
se llama prevaricación, es fácilmente demostrable por cualquiera que
investigase en los documentos del procedimiento de adjudicación: las actas de
las distintas comisiones y los propios proyectos muestran suficientemente el
cumplimiento de los criterios objetivos necesario para recibir una subvención
determinada. Por eso mismo te garantizo que lo que me dices no se da precisamente
porque cualquier juez podría comprobar un defecto de ese tipo y meternos un
paquete importante.
– Tampoco sería un
paquete tan grande, porque, en caso de descubrirse el pastel, tu consejería
podría alegar un error de apreciación y, mientras recompusierais el asunto, ahí
se acababa vuestra responsabilidad penal o administrativa. U otra posibilidad
sería que un juez os instara a buscar responsables, ya que había quedado
acreditado que había existido fraude: la potestad sancionadora sería vuestra y,
con tal de acallar el escándalo, no sancionaríais a nadie –o sí, pero con una
compensación tal que satisfiera al chivo expiatorio–.
– Hay que ver lo
intrigante que eres, Rosita, viendo manipulaciones por todas partes...
– Lo mismo se trata de
una deformación profesional, pues en la universidad se ven tantas cosas que una
ya se cree que en todas partes cuecen habas...
– No puede ser que veas
al enemigo por todas partes...
– Pero no se trata del
enemigo, como tú dices, sino de hacer las cosas bien y, cuando una tiene
responsabilidad sobre un número importante de personas, de hacer que las cosas
se hagan bien...
– Ya –soltó por toda
respuesta la consejera, tan lacónica como irónica.
– Y aún te digo más: en
el caso de que alguien –qué sé yo: un participante en vuestra convocatoria de
subvenciones enfadado por no estar entre los elegidos– pretendiera consultar
esa documentación que tú dices que deja tan claro el grado de cumplimiento de
los criterios de un proyecto, ¡estoy segura de que haríais todo lo posible por
impedirle su consulta! Y además, arguyendo los motivos más insostenibles.
– Mira, Rosa: si eso se
ha dado en alguna ocasión durante el tiempo que llevo a cargo de la consejería,
te aseguro que ni ha sido decisión mía ni lo he propiciado.
– Quiero creerte,
Menchu: ojalá el cinismo habitual de los altos cargos políticos no se apodere
de ti y siempre seas honesta contigo misma, con tus amigos, y, sobre todo, con
la ciudadanía que se supone que te ha puesto donde estás...
– Me obligarás a no
poder delegar en los asuntos de subvenciones: con lo que me estás contando,
deberé hacerme cargo de vigilar que todo se haga debidamente... ¿Tú sabes
cuántas horas de trabajo supondrá eso? ¡Te las pienso cobrar a base de cenas,
te lo aseguro!
– También quiero creerte
en esto, pues si lo llevas a cabo tendré la oportunidad de verte más a menudo
que durante estos últimos tiempos...
– Te prometo que no te
saldrá nada barato –le replicó Carmen con humor–.
– Pero..., ¡déjame ir
todavía un poco más allá! –le disparó Rosa, impaciente–. Imaginemos que te
pones a ello y, revisando, te das cuenta de que, por ejemplo, el director
general de Cultura, cargo político, miembro del partido, ha beneficiado
ilegalmente a una asociación de... los amigos del jamón de su pueblo. ¿Crees
que dispones de tanto poder dentro del partido como para obligarle a retrotraer
su decisión y quitarle la satisfacción de beneficiar a sus amigos del terruño?
¿Qué me dices?
– Hummm, sería
complicado, la verdad. No sé, realmente no sé cómo llevaría el asunto. Lo más
seguro sería exponérselo al presidente y que él me aconsejara...
– ¿Ves como tienes las
manos atadas? O déjame ponerme en otra tesitura: imagina que tú no descubres
una prevaricación de ese tipo, la cosa prospera, se pagan las subvenciones, se
realizan las actividades de los proyectos, y, entonces, un juez, impelido por
una denuncia, investiga entre vuestros papeles. Tú tomas cartas en el asunto,
ordenas a alguien de confianza que te revele si ha existido o no ha existido
trato de favor con la asociación esa de amigos del jamón, y descubres que sí:
que si el juez hace bien su trabajo deberá empapelar a alguien. ¿Qué pasaría?
– Es un ejemplo muy
complicado, Rosa...
– Nada complicado...
Todo consiste en decidir si apoyar al director general ése, miembro del
partido, que ha propiciado el fraude, o si, por el contrario, se haría lo
posible por que el juez no siguiera adelante...
La consejera articuló
una expresión de sorpresa perfectamente creíble, de estupor incluso, mientras
mostraba a su amiga cómo estaba buscando una contestación lo más convincente
posible. Pero el revuelo de sus ojos denotaba una inquietud poco habitual.
– Lo que me preguntas es
igualito a lo que de jóvenes llamábamos el juego del dilema: la solución era
siempre complicadísima, y antes de encontrarla se rendía hasta el más
obstinado. ¡No lo sé! Supongo que cada caso tiene sus particularidades, y por
eso mismo merecería un tratamiento específico. De todas maneras, querida Rosa,
ten por segura una cosa: la legislación protege a la Administración, sobre todo
a los altos cargos. Hace falta disponer de pruebas muy claras para atreverse a
incriminar a alguien importante, y no sólo porque la judicatura tienda
habitualmente a ponerse de lado del que manda, sino porque todos los obstáculos
de la jurisprudencia se interponen entre la ciudadanía de a pie y las altas
esferas de la Administración.
– Menchu, el café te
está poniendo requetecínica. ¿Tienes prisa por terminar esta charla, que me
sales por la tangente de quien sabe que tiene la sartén por el mango? Tú y yo
sabemos que lo que me cuentas es cierto; pero no pretendo que me expliques qué es lo que pasa sino por qué pasa.
– ¡Si es que es así...!
Recuerdo un caso que se produjo parecido al caso que me planteas: pongamos que
quedó patente que un director general hizo lo posible para conceder
indebidamente una subvención a... ¿cómo has dicho?... los amigos del jamón de
su pueblo. Un cantazo, vaya. Una asociación nos puso un contencioso contando
con que, en primera instancia, un juicio de tipo administrativo sería gratuito.
Pero el juzgado se declaró no competente y derivó el asunto al tribunal
superior, en el que, ¡maravillas de nuestra ordenamiento jurídico!, hay que
abonar unos importantes costes procesales. Y como en defensa de la intimidad de
los concurrentes a las subvenciones no se permitió que esa asociación
consultara el expediente del procedimiento, los demandantes se vieron ante la
tesitura de pagar por un juicio al que tenían que presentarse sin conocer
siquiera las pruebas que apoyarían sus sospechas. No tuvimos que hacer nada:
los juzgados nos lo evitaron.
– Entiendo lo que me
dices... Y, esa asociación, ¿volvió a presentar algún proyecto a subvención?
– Sí, pero como si nada.
Cultura siguió sin darles un euro y, tras dos años de no conseguir nada,
dejaron de intentarlo. ¡Más les tocaría a los demás, qué caramba!
– Todo lo cual se puede
resumir en la siguiente frase: sólo hay que repartir entre los amiguetes. ¡Todo
un ejemplo de pluralidad!
– ¿Qué quieres que te
diga? La política es en parte eso también; y nuestra permanencia como líderes
depende de esos pequeños favores que contribuyen a crear una red de individuos
contentos con nuestro quehacer que no sólo nos votarán, sino que convencerán a
otros tantos de que hagan como ellos.
– No sé de qué me
extraño –se lamentó Rosa, mientras agachaba la cabeza y pasaba una mano por sus
cortos cabellos–: la democracia se ha convertido definitivamente en un simple
mercadeo de votos, y, como los publicistas, los políticos en meros manipuladores
de la opinión pública. Es triste, ¿no?, que
nuestros grandes propósitos de la juventud se hayan transformado en
esto... Y eso no es lo peor, sino que lo aceptemos sin sonrojarnos...
– Si te digo la verdad,
querida Rosa –añadió Carmen, superiora–, yo ya ni siquiera pienso en eso.
Nuestras aspiraciones juveniles eran tan bien intencionadas como mal
formuladas; de esa pobreza intelectual proviene el estado actual de nuestra
política. Y además..., el tiempo no es que corra, ¡vuela!: es necesario adaptarse
sin cesar a lo que se nos presenta. Por eso no nos sirven ya los grandes y
etéreos axiomas del pasado para una gestión de la realidad que requiere de
constantes arreglos y componendas. Y las bellas frases que leíamos juntas en la
trastienda de los comités provinciales no sirven más que para rellenar las
pancartas en las manifestaciones. Y tú pareces estar convencida de lo
contrario. Y no creas que no te envidio por ello, Rosa: es importante conservar
la capacidad de embriagarse con las ideas. Yo ya no sé hacerlo.
La consejera mantuvo la
mirada puesta en los ojos de su amiga durante unos breves segundos, como si con
ello quisiera dar validez y credibilidad al aserto que acababa de lanzar. La
desvió para atrapar su bolso y hurgar en su interior y, en silencio, extraer de
él una cartera de piel blanca en la que dio con una tarjeta de crédito que
mostró al maître para indicarle que le trajera la cuenta.
– Bueno, Rosa, me vas a
perdonar, pero debería volver a la consejería a tramitar unos asuntos. Ya sabes
que las discusiones ideológicas siempre me parecen interesantísimas, aunque no
aporten a mi quehacer político diario más que unos vagos remordimientos..., que
intento apagar como dios me ha dado a entender... –rubricó al tiempo que
ofrecía una sonora carcajada a su amiga, deseando ya zanjar la cuestión y
despedirse de ella con una sonrisa en los labios, para disipar así cualquier
desavenencia que las discusiones arrebatadas suelen acarrear.
– ¿No estarás pagando
con la visa del gobierno autonómico? –le espetó Rosa pícaramente preocupada.
– ¡Ojalá pudiera! Pero
me es imposible: ¡pues buena es mi secretaria, que cada vez que cargo un pago a
la tarjeta parece que me fulmina con la mirada...! Si quisiera invitarte a
cargo de los presupuestos, no habríamos quedado en este restaurante, tenlo por
seguro...
Carmen rió y Rosa
secundó su humor con una sonrisa, sin saber demasiado si su amiga estaba
haciendo uso de su habitual sarcasmo o si le estaba invitando a compartir la
ingenua broma. Se dieron dos besos mientras se prometían un nuevo encuentro en
breve y se deseaban los mejores augurios. Y como Rosa, tras separarse de su
amiga, diera a pasar por un quiosco callejero, consultó al vuelo las portadas
de algunos periódicos, en uno de los cuales encontró a la consejera retratada
estrechando la mano del presidente de la principal caja de la región.
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