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domingo, 6 de septiembre de 2015

5. CARMEN Y ROSA

         La consejera llegó voluntariamente con retraso a la cita con su amiga Rosa en un restaurante del centro de la ciudad; no sería conveniente que alguien de su cargo debiera esperar, sola, a la mesa de un local, lo que tal vez restara importancia a su persona. Hace años ya, y desde el comienzo de su vida política, le pidió a Rosa que, cuando llegara al lugar donde hubiesen quedado, le hiciera una llamada perdida para avisarle; Rosa cumplió sólo las dos primeras veces, estimando que una amiga no debía andarse con tantos miramientos por muy importante que fuera. Ello no impidió que la consejera dejara de quedar con ella, pues no deseaba de ningún modo perder ese asidero a la vida real y a la política de verdad: Rosa no era sólo amiga, sino un oráculo poderosísimo al que la consejera acudía en busca de consuelo y consejo ideológico.
         Al entrar, pues, en el local, el maître le avisó de que su amiga le estaba esperando ya en el comedor superior, más tranquilo y apto para las conversaciones reposadas. Y allí estaba Rosa, con su sempiterno pelo corto, coloreado ya por numerosísimas canas, su camisa arremangada y sus vaqueros, sin hacer concesión alguna a la moda femenina que se estilaba. La amiga se levantó y besó lentamente a la consejera en ambas mejillas, mientras alababa lo guapa que la encontraba.
         – ¿De verdad que me ves bien?
         – Desde luego que sí: da gusto verte, Menchu. Nadie diría que tú y yo somos compañeras de promoción: tú, radiante como un sol, y yo...
         – Mujer..., lo que pasa es que tú nunca has dado importancia a las cosas del vestir y de la moda, pues siempre has apostado por tu belleza natural. A mí, sin embargo, mi cargo me exige estar siempre impecable; ¡y no creas que es incómodo no poder nunca soltarse el pelo! Y tú, con dos cosas que te pongas que medio casen bien..., ya estás hecha un pimpollo. ¡No creas que no me das envidia a veces...!
         – Venga, Menchu, ¡menos lobos que a mí no me la das con queso! Yo soy como soy y tú has conseguido ser como quieres ser. Y no hace falta que te regale la oreja, porque tú ya sabes que eres una cincuentona estupenda...
         – ¡Ya estamos con la edad! –replicó jocosa la consejera–. Si yo fuera un hombre seguro que no la sacabas a colación...
         – Quita, que yo estoy segura y convencida de valer mucho más que dos de veinticinco...
         Las dos reían de buena gana cuando llegó el maître a proponerles las sugerencias del día, así como unos aperitivos mientras esperaban.
         – Yo tomaré el aperitivo y un pescado –dijo en tono responsable la consejera–, que esta tarde tengo trabajo.
         – ¿Y te vas a quedar sin probar un suculento revuelto de boletus? –le recriminó el maître–. ¡Me estás comiendo muy poco últimamente, Carmen...! –dijo, sonriendo, mientras lanzaba una mirada cómplice a su compañera, tras lo cual rió–. No, de verdad, pide lo que quieras, pero sobre todo disfruta.
         – Bueno... –aceptó la consejera–. Ponnos los boletus como entrante para compartir y yo pediré la lubina. ¿Y tú, Rosa?
         Mientras ésta preguntaba por tal o cual plato, la consejera recibió una llamada en su móvil, a la que atendió en voz baja durante unos pocos minutos. El maître abandonó la mesa y dejó a Rosa callada frente a su amiga, complaciéndose en observar cómo destacaba ahora la melenita rubia de la consejera sobre el fondo negro de su bonita blusa de marca; algo que sólo quedaba patente cuando se quitaba la chaqueta de cuero beige claro que reposaba ahora sobre uno de los ganchos del perchero. Debía de estar hablando con alguien de confianza, pues permitía Carmen que asomara en su conversación alguno que otro vocablo del terruño –lo que ella sabía que no se permitía a sí misma cuando se enfrentaba a alguien que pudiera poner en duda la finura y la urbanidad de sus modales–. Pero ya hacía largos años que Menchu había dejado atrás la educación recibida en el pueblo. Con la excusa de estudiar, marchó a la ciudad para cursar Filología hispánica a pesar de que siempre confesó que lo suyo no eran los libros; por eso eligió la rama de Lingüística, sin llegar a terminar, pues aún le quedaba un par de asignaturas de 5º cuando un diputado provincial, amigo de la familia, la convenció para que fuera su secretaria personal. Desde entonces, su carrera había sido imparable –y lo seguía siendo, pues pretendía llegar a lo más alto que su sexo y su origen le debían permitir ascender en la política española–.
         – Ya perdonarás, querida –le pidió la consejera–. Voy a apagar el teléfono si no, no me dejarán en paz. Bueno..., ¿y qué tal te va todo, cómo estás?
         – No me va mal del todo... Las cosas van bien con Quique..., la menopausia me está sentando estupendamente bien...., y en el trabajo parece que tampoco me va mal... Estoy dudando entre presentarme a catedrática o no.
         – ¿Y qué te hace dudar? Tendrías un mejor sueldo, menos horas lectivas y más influencia en la universidad...
         – Sí, por ese lado, la respuesta parece clara. Pero mis reservas son de otro tipo. Llámame idealista, romántica o lo que quieras, pero creo que aún tengo manera de influir positivamente en los alumnos que vienen a mis clases y tutorías; además, el contacto con ellos me tonifica como si estuviera en un continuado parque de atracciones. ¡Ellos son mi fuente de la eterna juventud! Por el contrario, siendo catedrática, mi carga lectiva disminuiría ostensiblemente y debería compensarla mediante gestión interna e investigaciones varias.
         – Pero es eso lo que siempre te ha gustado, ¿no?: leer, investigar, escribir...
         – Sí, es verdad, pero dentro de unos límites que yo estimo saludables. No quiero entrar en esa espiral a congresos que conozco por los informes de investigación y publicaciones a los que asisten mis compañeros para presentar los temas más peregrinos; todo eso acarrea un gasto inmenso a la universidad sin que revierta positivamente ni en los alumnos, ni en la institución, ni siquiera, si me estiras, en los estudios literarios. Prefiero, la verdad, pensar que lo que hago tiene una repercusión clara entre los estudiantes, y que los temas de investigación que yo elija por motivación propia sean de verdad útiles a la comunidad científica.
         – Comprendo perfectamente lo que dices. Pero, ¿no crees que podrías hacer algo que repercutiera directamente en los estudiantes siendo catedrática y asumiendo, por ejemplo, alguna función en el vicerrectorado de actividades culturales? Ahí, ten por seguro que yo te apoyaría en lo que hiciera falta.
         – Me temo que mi manera de entender las actividades culturales chocaría de lleno con la actual política cultural de la universidad –añadió Rosa con un gesto de disgusto–. Tengo una visión tal vez demasiado libertaria de cómo deberían organizarse y programarse las actividades para la idiosincrasia no sólo de mis compañeros profesores, sino también del alumnado en general.
         – Ya sé por dónde vas, Rosa –señaló la consejera con gesto de desgana–: todo eso de que la cultura se ha convertido en una mera gestión de espectáculos y entretenimiento, negando la participación activa del público... ¡Me lo has dicho ya cientos de veces!
         – Y sé lo que te fastidia que sea tan machacona con eso... No te preocupes: no voy a amargarte la comida con estos temas. Pero es que..., los hemos acostumbrado de tal manera a que su colaboración en la vida cultural se limite a asistir a un concierto de rock, o a una obra de teatro, o a una exposición; a aplaudir sin excepción a cualquier artista o escritor porque su nombre venga refrendado por las buenas críticas de los periódicos o de las emisoras de radio... Tú lo sabes igual que yo pues estábamos las dos allí, pero la universidad era diferente cuando nosotras estudiábamos.
         – De acuerdo, era muy diferente; pero hay que tener en cuenta que entonces todo estaba muy politizado. No había manera de que Franco la palmara, la cultura oficial era ideológicamente sospechosa por el simple hecho de ser oficial: era normal que todo lo contestatario fuera aceptado y alabado, ya que protesta equivalía a antifranquismo. Hoy día, todo ha cambiado para bien: ¡y me alegro muchísimo!
         – Plenamente conforme con lo que dices, pero la diferencia con respecto a aquellos años es que la cultura oficial ya no despierta esas ansias de protesta y de contestación; y eso que la cultura difundida actualmente por los canales públicos ha crecido de manera exponencial...
         – Pero es que la cultura que los poderes públicos ponemos al alcance de la ciudadanía está libre ya de ataduras ideológicas. El artista ya no tiene que exponer su credo político para que su obra sea interpretada con unas claves determinadas. La creación se ha liberado, y también la manera en que el público se acerca a ella: atenta, desprejuiciada, festiva, alegre... ¡No volvamos, por favor, a aquellos tiempos en que el artista tenía que ser un intelectual y su obra una reflexión sobre las instancias más profundas de la esencia humana...!
         – Te doy la razón sólo en parte, querida Menchu –añadió Rosa, conciliadora–. Es verdad que la mayor parte de los productos culturales apelan antes al espíritu lúdico del público que a su capacidad de reflexión; tal vez sea un signo de los tiempos en que vivimos. No coincido contigo, sin embargo, cuando aseguras que la cultura pública es ideológicamente neutra: hay una selección, que desde el exterior parece evidente, de los contenidos programados en función no sólo de su pretendida modernidad o de su poder innovador, sino también de la adscripción política de sus creadores. La cultura socialista sólo parece favorecer a dos tipos de artistas: aquéllos a cuya obra resulta imposible aplicarle una lectura política –por lo tanto, inofensivos–, o aquéllos que se posicionan expresamente a favor de las tesis del partido –que, amén de inofensivos, son beneficiosos–.
         – Me parece estar escuchando algún programa de la COPE tipo La linterna u otro por el estilo. Rosa, no me hablarás ahora de los cineastas comprados a golpe de subvención que tan machaconamente repite la radio episcopal, ¿verdad?
         Mientras se enzarzaban en su habitual discusión, habían dado ya buena cuenta de los boletus y se disponían, ahora, a afrontar sendos pescados. La consejera solicitó con la mirada una tregua a su amiga para degustar el plato y el vino para acompañarlo que les había recomendado el maître. No obstante, Carmen observaba con una sonrisa a su compañera de facultad, camarada de tantas manifestaciones y convincente ideóloga del grupo de amigas de idénticas inquietudes políticas. Era consciente de la superior inteligencia de Rosa, aunque veía en su arrojo un importante obstáculo para su colocación institucional. Se alegraba de que su amiga hubiese devuelto el carné del PSOE y de que, por otra parte, no tuviera que auparle a ningún cargo de responsabilidad dentro de su consejería. La universidad..., tal vez no pague más, pero sí asegura una cierta independencia difícilmente alcanzable en la política.
         Rosa, por su lado, sonreía a su amiga mientras saboreaba su propio plato, recriminándose una vez más predicar en el desierto ante una mujer como Carmen: cariñosa, cercana, comprensiva y muy protectora; pero cerrada como un candado. Realmente la quería y la tenía en gran estima, pero no precisamente por haber llegado a consejera y más allá a poco que se lo propusiera: los oropeles, las guirnaldas y las medallas concedidas por el poder habían dejado de impresionarle hacía mucho tiempo ya. Lamentaba que fuera precisamente Carmen la encargada de dirigir la Cultura autonómica y tal vez llegara a dirigir la estatal; una mujer que, por mucho que se hubiera licenciado en filología, creía que Elsinor era un pueblo de Mallorca, Rabelais un cocinero francés e Ibsen un tenista noruego, hablaba de las afinidades "selectivas" con total aplomo y superponía la letra de Miguel Ríos cada vez que escuchaba la 9ª de Beethoven..., sólo podía ser la máxima responsable de la cultura de un país en una novela paródica. Pero esas limitaciones, de las que Carmen era perfectamente consciente, hacían poca mella en ella; prefería dejar hablar a los demás antes que formarse su intelecto con algo más que el suplemento dominical de El País, los comentarios del Cosmopolitan y las novelas que le obligaba a leer el Círculo de Lectores. Quedaba patente para Rosa que su amiga se había elevado sobre la clase económica de sus padres pero, en lo cultural, sus hábitos no señalaban elevación ninguna, sino su permanencia en la misma clase.
Su labor como responsable cultural autonómica –y en eso Rosa le reconocía una sabiduría de la que ella carecía– se ejercía en los despachos, en el ministerio, en la ejecutiva federal, donde bastaba con dibujar las grandes líneas del discurso del partido para que la considerasen un importante baluarte político. Su condición de mujer, su facilidad para dirigirse a los medios y su imagen hacían el resto.
         Pero, por encima de todo eso, Rosa veía en Carmen a su mejor amiga, a su mejor y más sabia confidente, a su apoyo más solido frente a las adversidades por las que había atravesado su vida personal. Eso le impedía esbozar en público la más mínima crítica a la gestión socialista de la Cultura autonómica, por miedo de perjudicar, por poco que fuera, a su querida amiga.
         – ¿Así que tú también crees que el PSOE compra a intelectuales y artistas a golpe de subvención? –le lanzó la consejera, entre traviesa y corrosiva–. No sé qué decirte, la verdad. Pero tienes que saber que esos que siguen criticando a los artistas que se manifestaron en el "No a la guerra" de hace unos años, los del PP y los de la COPE, callan como putas sobre las subvenciones que ha seguido manteniendo el gobierno estatal a la fundación "Francisco Franco" y similares. ¡Dudo mucho de que el PP hiciera lo mismo! Para comparar basta con mirar las cuentas de la fundación "Pablo Iglesias" durante la presidencia de Aznar...
         Rosa, que ya había dado por zanjada la discusión, entró de nuevo con un cierto desánimo.
         – No puedo más que darte la razón sobre lo que estás diciendo: tanto el PSOE como el PP subvencionan las actividades de sus "amigos" de manera más o menos evidente, con la diferencia que tú subrayas de que cuando están en el poder los socialistas mantienen las subvenciones a quienes no pasarían por ser "amigos" y que, en cambio, los del PP las utilizan más aviesamente. Es eso si no he entendido mal, ¿no?
         – Mujer, si quieres decirlo así por recapitular, ¡de acuerdo!, dejémoslo así. Aunque seguro que existen excepciones a esa regla tanto a nivel autonómico, como municipal y, aquí, comarcal...
         – A ese respecto –le apuntó Rosa con una sonrisa maliciosa en los labios–, tú estás mucho mejor posicionada que yo para saber si se dan esas excepciones en el territorio bajo tu responsabilidad...
         – Bueno..., no sé qué decirte... –balbuceó la consejera–, tal vez se den aquí, sí...
         – O sea, que sí que existen esas excepciones y tú lo sabes de buena tinta... Las subvenciones se reparten, exclusivamente, entre entidades y artistas afines a tu partido; y si no es exclusivamente, sí que las concedéis a quien no es afín pero con cuentagotas; y siempre y cuando no las utilicen para menoscabar vuestra imagen política y social... ¿Es eso?
         – Sería un sinsentido subvencionar actividades que fueran en contra del modelo de sociedad que aspiramos a alcanzar los socialistas, ¿no te parece? Es decir, que teniendo en cuenta eso, tendemos a promocionar la creación artística en general –siempre y cuando esa creación no promueva una ideología que vaya en contra de los derechos humanos, la igualdad y el pacifismo–.
         Rosa se percató de nuevo del poder de convicción de su amiga cuando ésta se ponía "programática"; entonces, su voz adquiría un tono persuasivo que resultaba muy difícil eludir y que era el que utilizaba normalmente ante los medios de comunicación. "Tal vez", pensó Rosa, "se trata de una deformación profesional...".
         – Todo eso me parece muy bonito, dicho así como lo dices; y no lo pongo en duda, de evidente que resulta. Porque está claro que no vais a subvencionar las actividades de una asociación de inmigrantes senegaleses que pretendan explicar los beneficios de la ablación femenina... Desde luego que no. Sin embargo, al complejo asunto de las subvenciones, yo suelo pensar en varios inconvenientes que me obligan a contemplarlo como algo inevitablemente sospechoso.
         – Cuéntame tus reticencias, pues seguro que algo aprendo... –le pidió la consejera con una sonrisa casi burlona–.
         – Aunque te rías de mí, déjame que te las exponga; te aseguro que no voy a amargarte el postre –pues vio que su amiga había empezado a atacar el pan perdido que le habían traído–. En primer lugar, tengamos en cuenta que toda asociación, fundación u otra persona jurídica puede necesitar la colaboración de algunas personas para llevar a cabo la actividad subvencionada; esas personas serán remuneradas, y, por lo tanto –y en la medida en que esa asociación quiere permanecer dentro de la legalidad–, contratadas. Los criterios por los que esas personas son contratadas son establecidos por la asociación en cuestión y no por la consejería de Cultura, así como la remuneración que van a percibir. Es decir –y aquí nace mi primera reticencia–, que con dinero público se financia el pago a trabajadores en unas condiciones distintas de las que rigen los contratos públicos –entiéndeme: los que establece la Administración con sus trabajadores y que deben respetar una serie de normas consensuadas a nivel político y legislativo–. Y en el proceso de selección, contrato y remuneración de sus trabajadores, una asociación hace en realidad lo que le da la gana, haciendo caso omiso de las reglas que rigen en lo público a pesar de ser pagados con dinero público. Creo que me entiendes, ¿verdad?
         – Claro y diáfano como el día. Te diré que eso es así, y lo es de la misma manera que se produce en el seno de las empresas que trabajan para la Administración: ellas seleccionan, contratan y remuneran a sus trabajadores en unas condiciones negociadas por ellos mismos –y que, en principio, cumplen estrictamente la legislación vigente–. Y esas condiciones pueden ser diferentes de las que operan en el seno de la Administración...
         – Con lo que la Administración –le interrumpió Rosa– promueve, con el dinero de todos, que existan diferencias entre los trabajadores públicos que trabajan para ella y los trabajadores privados que también trabajan para ella.
         – Es una fórmula habitual en las empresas participadas o en la ingente cantidad de empresas privadas que contrata la Administración para acometer tantas y tantas obras de interés público. Y es que el Estado no dispone de suficientes recursos humanos como para acometer por sí mismo tantas y tantas carreteras como es necesario hacer... Necesita apoyarse en la iniciativa privada, la cual se ve también beneficiada, así como sus trabajadores.
         – O lo que es lo mismo que decir que favorecéis la existencia de la iniciativa privada, necesaria en una economía de mercado como la nuestra...
         – Es algo innegable que vivimos en una economía de mercado, y pensar en que cualquier gobierno de cualquier Estado actual adopte un modelo distinto de ése... A no ser que hablemos de regímenes totalitarios en los que el Estado lo hace todo...
         – El quid de la cuestión no es ése, Carmen, a pesar de que tú esperes, como en otras conversaciones que hemos tenido, llevar el asunto hacia la nostalgia de la economía planificada que dices que tenemos los de la izquierda clásica –le indicó la profesora–. El quid de la cuestión está en que, si el Estado –o cualquier Administración– promueve una obra determinada porque considera que se trata de un bien de interés general, lo haga recurriendo a sus propios medios o a medios ajenos. Un ejemplo. La sanidad, considerada como un bien de interés general y asunto de primera necesidad, es frecuentemente asumida por la Administración, que selecciona, contrata y paga a los trabajadores que requiere en unas condiciones que le son propias y que incluyen los requisitos básicos de igualdad y transparencia, y, sobre todo, en base a unas necesidades verdaderas. Sin embargo, si la sanidad es gestionada de manera externa, la Administración se limita a entregar una cantidad de dinero X a una empresa del sector que selecciona, contrata y paga a sus trabajadores en un marco de referencia diferente al de lo público, eliminando los requisitos de igualdad y transparencia propios de la Administración. Esos trabajadores ejercen su actividad con una protección laboral diferente de la de los trabajadores públicos –mayor precariedad y temporalidad, así como un salario frecuentemente menor y sólo sometido al convenio firmado entre instancias privadas como son empresa y sindicatos–. Es decir, que un asunto de interés general es dejado en manos de una empresa que ya no persigue la satisfacción de ese interés general, sino su exclusiva rentabilidad: procurará conseguir un máximo de beneficio con los menores medios, ya sea a costa del trato dispensado a sus pacientes, de sus instalaciones o del salario de sus empleados.
         – De acuerdo con lo que dices. Pero date cuenta de que si, en esa persecución de sus exclusivos y únicos intereses económicos, esa empresa desatiende las funciones encomendadas, no será contratada en el ejercicio siguiente. Por consiguiente, le interesa conseguir rentabilidad, sí, pero nunca a costa del servicio dispensado al conjunto de la sociedad.
         – Lo que dices tiene su lógica, y es posible que se produzca de esa manera. No obstante, no podemos olvidar que con dinero público se pueda estar infrapagando a trabajadores que, en esencia, son públicos (ya que trabajan persiguiendo un interés general, o, lo que es lo mismo, público), pero que ni cobran ni están protegidos como los trabajadores que trabajen real y directamente para y en lo público.
         La consejera pareció cavilar un instante y, recolocando con su mano la rubia melenita tras su oreja izquierda, pareció dar la razón a su amiga.
         – De acuerdo. Esa es entonces la única diferencia entre la gestión directa y la gestión externa. Pero no olvidemos las enormes cantidades de dinero que se ahorra la Administración gracias a la gestión externa...
         – A costa de los trabajadores –le espetó Rosa–, que, en este caso, están siendo considerados por un partido de izquierdas como objetos de usar y tirar... En eso, creo que habéis asumido y hecho vuestra la idiosincrasia de la patronal y de la economía de mercado pura y dura...
         – ¿No crees que exageras un poco?
         – Yo creo que no. Y lo mismo que en sanidad, en educación. Los centros privados concertados, bien: el dinero que reciben de las autonomías o del Estado les obliga tan sólo a respetar las grandes líneas de las leyes educativas en vigor y, como no podía ser de otra forma, la normativa vigente sobre contratación. Pero, en lo demás, hacen lo que les da la gana: los procesos de selección no son ni igualitarios ni transparentes, si un director quiere contratar a su prima lo hace porque tiene plenos poderes para ello... Y, sobre todo, pagan lo que les dé la gana siempre y cuando cumplan con esa normativa. Y eso es lo que les distingue principalmente de sus colegas en lo público: procesos de selección y salarios. ¡La diferencia de sueldo entre un maestro de escuela privada y otro de escuela pública puede llegar a ser del 50%! Pero ambos ejercen una actividad de interés general, de primera necesidad, y ambos (uno indirecta y otro directamente) son pagados por la Administración.
         – ¡Acabáramos! ¡como si no pasara tres cuartos de lo mismo o incluso peor en la universidad para la que tú trabajas! –contraatacó la consejera, enfadada–. Oscuros procesos de selección, diferencias abismales de salario entre profesores asociados y titulares, temporalidad extrema...
         – Pero, Menchu, que eso ocurra en la universidad en la que yo trabajo no lo hace positivo... Estamos intentando describir y analizar una serie de procesos que se producen en la órbita de la Administración... ¡y nada más! No te pongas a la defensiva, por favor...
         – Sí, pero es que hemos empezado hablando por las subvenciones y parece que estás poniendo en tela de juicio todo lo que hace mi partido...
         – Lo que nos ha ocurrido es que, para explicar el tema, he tenido que hacer una introducción muy prolija pero necesaria para hacerte comprender mi punto de vista...
         – Vale... Ya no sé ni cuál era el asunto...
         – Lo que estaba intentando hacer era exponerte mis reticencias sobre las subvenciones de Cultura, y la primera de ellas pasaba por el hecho de que las asociaciones que financian sus actividades con el dinero público recibido en subvención contratan y pagan en unas condiciones distintas a las que impone la Administración. O sea, que, a mi modo de ver, es dinero público mal gestionado, pues se permite que sea gestionado por asociaciones de gente que no se siente tan vinculada como la Administración a respetar las normas que ésta impone en su casa.
         – Si esas asociaciones no respetan la normativa vigente en materia de contratación se arriesgan a sanciones administrativas y económicas importantes... ¡Esa es la única salvaguarda de la legalidad que te puedo ofrecer...! El resto..., es todo perfectamente legal.
         Rosa lanzó un ligero soplido con el que quiso comunicar a su amiga el esfuerzo que le estaba costando argumentar como lo estaba haciendo.
         – Ya veo, Menchu, que no vas a dar tu brazo a torcer...
         En efecto, la consejera era una dura oponente en los debates ideológicos, con argumentos siempre dispuestos para desbaratar la dialéctica de su contrincante.
         – Mi segunda reticencia, si tu cansancio me permite que te la exponga, se centra en los criterios que se siguen para conceder una subvención a tal asociación en lugar de a tal otra y la cuantía concedida.
         – Acepto. Pero eso no se hará sin que nos sirvan el café. Me harás esa gracia, ¿no es así, incisiva amiga?
         La sonrisa de la consejera permitió que se instalara de nuevo la camaradería en la conversación; el clima se había ido enrareciendo y las opiniones, encrespando. Un camarero les trajo unos cafés para que, mientras removían el negro líquido de la taza, Rosa retomara su hilo argumentativo.
         – Pues eso, Carmenchu: que mi otra reticencia tiene que ver con los criterios de adjudicación. Me explico brevemente: además de los criterios de adjudicación que son publicados en las bases, existen otros criterios "extras" no explicitados y que resultan terriblemente injustos. Me refiero a que un proyecto se apruebe y una subvención se conceda porque lo decida así un alto cargo: presidente, directores generales, consejeros o viceconsejeros, e-te-cé. Es decir, ese criterio se verificaría en caso de que, en tu consejería, tú recomendases a tu gente que aprobase el proyecto presentado por una asociación del pueblo de tus padres, o de amigos tuyos, o simples vecinos de tu urbanización.
         – Eso, querida Rosa, que se llama prevaricación, es fácilmente demostrable por cualquiera que investigase en los documentos del procedimiento de adjudicación: las actas de las distintas comisiones y los propios proyectos muestran suficientemente el cumplimiento de los criterios objetivos necesario para recibir una subvención determinada. Por eso mismo te garantizo que lo que me dices no se da precisamente porque cualquier juez podría comprobar un defecto de ese tipo y meternos un paquete importante.
         – Tampoco sería un paquete tan grande, porque, en caso de descubrirse el pastel, tu consejería podría alegar un error de apreciación y, mientras recompusierais el asunto, ahí se acababa vuestra responsabilidad penal o administrativa. U otra posibilidad sería que un juez os instara a buscar responsables, ya que había quedado acreditado que había existido fraude: la potestad sancionadora sería vuestra y, con tal de acallar el escándalo, no sancionaríais a nadie –o sí, pero con una compensación tal que satisfiera al chivo expiatorio–.
         – Hay que ver lo intrigante que eres, Rosita, viendo manipulaciones por todas partes...
         – Lo mismo se trata de una deformación profesional, pues en la universidad se ven tantas cosas que una ya se cree que en todas partes cuecen habas...
         – No puede ser que veas al enemigo por todas partes...
         – Pero no se trata del enemigo, como tú dices, sino de hacer las cosas bien y, cuando una tiene responsabilidad sobre un número importante de personas, de hacer que las cosas se hagan bien...
         – Ya –soltó por toda respuesta la consejera, tan lacónica como irónica.
         – Y aún te digo más: en el caso de que alguien –qué sé yo: un participante en vuestra convocatoria de subvenciones enfadado por no estar entre los elegidos– pretendiera consultar esa documentación que tú dices que deja tan claro el grado de cumplimiento de los criterios de un proyecto, ¡estoy segura de que haríais todo lo posible por impedirle su consulta! Y además, arguyendo los motivos más insostenibles.
         – Mira, Rosa: si eso se ha dado en alguna ocasión durante el tiempo que llevo a cargo de la consejería, te aseguro que ni ha sido decisión mía ni lo he propiciado.
         – Quiero creerte, Menchu: ojalá el cinismo habitual de los altos cargos políticos no se apodere de ti y siempre seas honesta contigo misma, con tus amigos, y, sobre todo, con la ciudadanía que se supone que te ha puesto donde estás...
         – Me obligarás a no poder delegar en los asuntos de subvenciones: con lo que me estás contando, deberé hacerme cargo de vigilar que todo se haga debidamente... ¿Tú sabes cuántas horas de trabajo supondrá eso? ¡Te las pienso cobrar a base de cenas, te lo aseguro!
         – También quiero creerte en esto, pues si lo llevas a cabo tendré la oportunidad de verte más a menudo que durante estos últimos tiempos...
         – Te prometo que no te saldrá nada barato –le replicó Carmen con humor–.
– Pero..., ¡déjame ir todavía un poco más allá! –le disparó Rosa, impaciente–. Imaginemos que te pones a ello y, revisando, te das cuenta de que, por ejemplo, el director general de Cultura, cargo político, miembro del partido, ha beneficiado ilegalmente a una asociación de... los amigos del jamón de su pueblo. ¿Crees que dispones de tanto poder dentro del partido como para obligarle a retrotraer su decisión y quitarle la satisfacción de beneficiar a sus amigos del terruño? ¿Qué me dices?
         – Hummm, sería complicado, la verdad. No sé, realmente no sé cómo llevaría el asunto. Lo más seguro sería exponérselo al presidente y que él me aconsejara...
         – ¿Ves como tienes las manos atadas? O déjame ponerme en otra tesitura: imagina que tú no descubres una prevaricación de ese tipo, la cosa prospera, se pagan las subvenciones, se realizan las actividades de los proyectos, y, entonces, un juez, impelido por una denuncia, investiga entre vuestros papeles. Tú tomas cartas en el asunto, ordenas a alguien de confianza que te revele si ha existido o no ha existido trato de favor con la asociación esa de amigos del jamón, y descubres que sí: que si el juez hace bien su trabajo deberá empapelar a alguien. ¿Qué pasaría?
         – Es un ejemplo muy complicado, Rosa...
         – Nada complicado... Todo consiste en decidir si apoyar al director general ése, miembro del partido, que ha propiciado el fraude, o si, por el contrario, se haría lo posible por que el juez no siguiera adelante...
         La consejera articuló una expresión de sorpresa perfectamente creíble, de estupor incluso, mientras mostraba a su amiga cómo estaba buscando una contestación lo más convincente posible. Pero el revuelo de sus ojos denotaba una inquietud poco habitual.
         – Lo que me preguntas es igualito a lo que de jóvenes llamábamos el juego del dilema: la solución era siempre complicadísima, y antes de encontrarla se rendía hasta el más obstinado. ¡No lo sé! Supongo que cada caso tiene sus particularidades, y por eso mismo merecería un tratamiento específico. De todas maneras, querida Rosa, ten por segura una cosa: la legislación protege a la Administración, sobre todo a los altos cargos. Hace falta disponer de pruebas muy claras para atreverse a incriminar a alguien importante, y no sólo porque la judicatura tienda habitualmente a ponerse de lado del que manda, sino porque todos los obstáculos de la jurisprudencia se interponen entre la ciudadanía de a pie y las altas esferas de la Administración.
         – Menchu, el café te está poniendo requetecínica. ¿Tienes prisa por terminar esta charla, que me sales por la tangente de quien sabe que tiene la sartén por el mango? Tú y yo sabemos que lo que me cuentas es cierto; pero no pretendo que me expliques qué es lo que pasa sino por qué pasa.
         – ¡Si es que es así...! Recuerdo un caso que se produjo parecido al caso que me planteas: pongamos que quedó patente que un director general hizo lo posible para conceder indebidamente una subvención a... ¿cómo has dicho?... los amigos del jamón de su pueblo. Un cantazo, vaya. Una asociación nos puso un contencioso contando con que, en primera instancia, un juicio de tipo administrativo sería gratuito. Pero el juzgado se declaró no competente y derivó el asunto al tribunal superior, en el que, ¡maravillas de nuestra ordenamiento jurídico!, hay que abonar unos importantes costes procesales. Y como en defensa de la intimidad de los concurrentes a las subvenciones no se permitió que esa asociación consultara el expediente del procedimiento, los demandantes se vieron ante la tesitura de pagar por un juicio al que tenían que presentarse sin conocer siquiera las pruebas que apoyarían sus sospechas. No tuvimos que hacer nada: los juzgados nos lo evitaron.
         – Entiendo lo que me dices... Y, esa asociación, ¿volvió a presentar algún proyecto a subvención?
         – Sí, pero como si nada. Cultura siguió sin darles un euro y, tras dos años de no conseguir nada, dejaron de intentarlo. ¡Más les tocaría a los demás, qué caramba!
         – Todo lo cual se puede resumir en la siguiente frase: sólo hay que repartir entre los amiguetes. ¡Todo un ejemplo de pluralidad!
         – ¿Qué quieres que te diga? La política es en parte eso también; y nuestra permanencia como líderes depende de esos pequeños favores que contribuyen a crear una red de individuos contentos con nuestro quehacer que no sólo nos votarán, sino que convencerán a otros tantos de que hagan como ellos.
         – No sé de qué me extraño –se lamentó Rosa, mientras agachaba la cabeza y pasaba una mano por sus cortos cabellos–: la democracia se ha convertido definitivamente en un simple mercadeo de votos, y, como los publicistas, los políticos en meros manipuladores de la opinión pública. Es triste, ¿no?, que  nuestros grandes propósitos de la juventud se hayan transformado en esto... Y eso no es lo peor, sino que lo aceptemos sin sonrojarnos...
         – Si te digo la verdad, querida Rosa –añadió Carmen, superiora–, yo ya ni siquiera pienso en eso. Nuestras aspiraciones juveniles eran tan bien intencionadas como mal formuladas; de esa pobreza intelectual proviene el estado actual de nuestra política. Y además..., el tiempo no es que corra, ¡vuela!: es necesario adaptarse sin cesar a lo que se nos presenta. Por eso no nos sirven ya los grandes y etéreos axiomas del pasado para una gestión de la realidad que requiere de constantes arreglos y componendas. Y las bellas frases que leíamos juntas en la trastienda de los comités provinciales no sirven más que para rellenar las pancartas en las manifestaciones. Y tú pareces estar convencida de lo contrario. Y no creas que no te envidio por ello, Rosa: es importante conservar la capacidad de embriagarse con las ideas. Yo ya no sé hacerlo.
         La consejera mantuvo la mirada puesta en los ojos de su amiga durante unos breves segundos, como si con ello quisiera dar validez y credibilidad al aserto que acababa de lanzar. La desvió para atrapar su bolso y hurgar en su interior y, en silencio, extraer de él una cartera de piel blanca en la que dio con una tarjeta de crédito que mostró al maître para indicarle que le trajera la cuenta.
         – Bueno, Rosa, me vas a perdonar, pero debería volver a la consejería a tramitar unos asuntos. Ya sabes que las discusiones ideológicas siempre me parecen interesantísimas, aunque no aporten a mi quehacer político diario más que unos vagos remordimientos..., que intento apagar como dios me ha dado a entender... –rubricó al tiempo que ofrecía una sonora carcajada a su amiga, deseando ya zanjar la cuestión y despedirse de ella con una sonrisa en los labios, para disipar así cualquier desavenencia que las discusiones arrebatadas suelen acarrear.
         – ¿No estarás pagando con la visa del gobierno autonómico? –le espetó Rosa pícaramente preocupada.
         – ¡Ojalá pudiera! Pero me es imposible: ¡pues buena es mi secretaria, que cada vez que cargo un pago a la tarjeta parece que me fulmina con la mirada...! Si quisiera invitarte a cargo de los presupuestos, no habríamos quedado en este restaurante, tenlo por seguro...

         Carmen rió y Rosa secundó su humor con una sonrisa, sin saber demasiado si su amiga estaba haciendo uso de su habitual sarcasmo o si le estaba invitando a compartir la ingenua broma. Se dieron dos besos mientras se prometían un nuevo encuentro en breve y se deseaban los mejores augurios. Y como Rosa, tras separarse de su amiga, diera a pasar por un quiosco callejero, consultó al vuelo las portadas de algunos periódicos, en uno de los cuales encontró a la consejera retratada estrechando la mano del presidente de la principal caja de la región.

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