Tras despedirse de los
conserjes desde el quicio de la puerta del instituto, Eloísa salió del centro
con el ánimo encendido. Había mantenido una enconada discusión con los dos
profesores de ética alrededor del programa conjunto de explotación didáctica de
1984, en el que ella aportaba la
visión más literaria. Sus argumentos giraban en torno a la obligación en que
ella se sentía de hacer una lectura feminista junto con sus alumnos; y esperaba
que esa obligación fuera sentida asimismo por sus compañeros. Pero no era así,
pues los "éticos" privilegiaban los comentarios anti-sistema de la
obra en detrimento de cualquier otra consideración. Eloísa pretendía hacerles
ver que cualquier lectura feminista era, por definición, anti-sistema, y, por
consiguiente, tremendamente crítica: algo que necesitaban y parecían pedir a
gritos los adolescentes de ese instituto. Argumentaban los "éticos"
que si se analizaba desde una óptica feminista, 1984 perdería gran parte de su poder, pues Orwell parecía no
haberse planteado siquiera que las mujeres debieran cumplir con otro papel que
el de comparsas de los hombres. Eloísa exigía que ese aspecto fuera considerado
en la lectura y comentario de la obra, y, por lo tanto, incluido en los
papeles; sus compañeros arguyeron que, aunque tuviera razón, incluir ese
aspecto recargaría demasiado la propuesta y, lo que era peor, pondría en
peligro la necesaria aquiescencia del inspector de Educación y del Director
Provincial.
A punto estuvieron de
deshacer el programa conjunto, pero, al final, Eloísa cedió al precio de
infligirse una terrible violencia a sí misma; pensó que, una vez más, moderaba
sus exigencias para que el discurso machista imperante le permitiera incluir
alguna cuña. Era, desde luego, un comienzo, que parecía prometer un lento pero
definitivo desmoronamiento de la ideología patriarcal; sin embargo, la
paciencia de Eloísa era limitada y no se conformaba con que las ínfimas cuñas
de discurso feminista que le permitían introducir sus compañeros fueran de tan
limitado alcance.
En medio de estas
cavilaciones se hallaba la profesora cuando se cruzó en su camino con Marisa,
quien ni siquiera la vio.
– ¡Marisa! ¡Eh, Marisa!
La joven se percató de la
llamada y giró un melancólico rostro en la dirección de donde venían los
gritos. Ni siquiera reconocer a Eloísa le alegró la expresión.
– ¡Marisa! ¡Cuánto
tiempo sin verte! ¿Cómo estás? –le preguntó al tiempo que besaba sus mejillas.
– Tirando: sólo tirando
–respondió en un tono apesadumbrado.
– ¿Cómo es eso? ¿Qué te
pasa? Otra vez el dichoso Conrado: ¿a que sí?
Marisa asintió
levemente, con la mirada baja, que sólo levantó cuando Eloísa le pasó la mano
por el cabello en señal de apaciguamiento.
– ¿Quieres que hablemos?
–le consultó la profesora, aunque se dijera que le apetecía bien poco en ese
momento escuchar los problemas sentimentales de su amiga: siempre le había
advertido de que liarse con ese Conrado no iba a traerle más que quebraderos de
cabeza. Ante el triste asentimiento de Marisa, Eloísa la cogió suave pero
decididamente del brazo para llevarla hacia una cafetería cercana, en cuya
terraza exterior se sentaron. Pidieron algo de beber, y, tras el primer sorbo,
Marisa empezó la narración de sus pesares.
– Lo hemos dejado de
nuevo; y esta vez creo que definitivamente. Y sé que es lo mejor que puedo
hacer, que tengo que alejarme de él porque juntos no podemos estar. Pero no
puedo evitar que se me desgarre algo por dentro al pensar que ya no estaremos
juntos nunca más, y que por mucho daño que me haga estar con él lo echaré de
menos.
– Bueno, es lo que
debías hacer; y no sólo porque te lo recomendara encarecidamente tu psicóloga:
todas tus amigas estábamos de acuerdo en que tenías que romper con él, pues te
estaba anulando del todo como persona.
– Vale: acepto que me
digas eso. Pero yo siempre he pensado que la influencia que ejercía Conrado
sobre mí era positiva; que si me veíais diferente era porque me estaba ayudando
a cambiar, a madurar; que si veíais que había cambiado mi opinión sobre las
cosas y sobre la vida era porque empezaba a ver el mundo desde una perspectiva
que jamás había sido la mía. Es lo mismo que tú has hecho con Iván: ¡si hay
veces que al oírle hablar creo estar oyéndote a ti a través de sus palabras!
– Aunque no venga al
caso lo que me estás diciendo, creo que eres injusta: no se puede comparar la
manera en que yo he convencido a Iván de algunas cosas que yo consideraba
importantes y la manera en que Conrado ha intentado hacerlo contigo...Yo he
utilizado con Iván..., no sé..., otro tipo de técnicas: una persuasión
diferente, más cariñosa, más suave. Mientras que Conrado ha intentado separarte
de tus amigas con la excusa de que éramos nocivas para ti... ¿O me equivoco?
– Eso no es del todo
cierto, Elo. Él me decía que el tipo de amistad que cultivábamos entre nosotras
era falso, que era una perversión de la idea que él se hacía de la verdadera
amistad. La lista de ejemplos que me ofrecía era tan amplia que por fuerza me
convencía. Pero, por otra parte, me aconsejaba que no dejara de veros, porque
en ello me iba parte de mis afectos; y que comprendía que deseara estar con
vosotras, pero que el tiempo me haría ver y me convencería de la poca
importancia que tenía en una vida éticamente responsable mantener relaciones de
ese tipo. Así que no es que me dijera que no os viera, sino que me replanteara
mi contacto con los demás, y, sobre todo, mis motivos íntimos.
– Entiendo –atajó
tajante Eloísa–: lo que intentaba era lavarte el cerebro y hacerte creer que la
responsabilidad era tuya. ¡Menudo cobarde! Mira, Marisa: Conrado no quiso hacer
de ti más que una marioneta a su gusto y que terminaras pensando lo mismo que
él y diciendo lo que a él le parecía que dijeras. No era a ti a quien quería,
sino a ti como proyecto. ¡Menudo Pigmalión de las narices! Jamás se le ocurrió
pensar en ti: ¡jamás!
– Yo creo que sí, que me
quería. Y tanto era así que su amor estaba dispuesto a pasar por encima de
todas las dificultades.
– Venga, Marisa, ¡no me
vengas con pamplinas de novelita rosa...!
– Te digo yo que sí. ¿O
puedes tú imaginar que Iván hubiese reaccionado como reaccionó Conrado cuando
le conté que me había liado con Fabián? No, no, Elo: ahí Conrado estuvo
soberbio, a pesar de que yo intentara tensar la cuerda hasta el extremo. ¡Pero
qué imbécil que fui! Me enrollo con Fabián, se lo cuento a Conrado, y éste
reacciona con total naturalidad, asegurándome que no le da ninguna importancia
siempre y cuando le asegure que a quien realmente quiero es a él. ¡Y yo voy y
me cojo un cabreo de mil demonios, convencida de que, si él había reaccionado
así era porque, en realidad, no me quería! Y nada, seguí viéndome con Fabián
esperando alguna reacción enérgica por parte de Conrado; y yo se lo contaba
todo al detalle, como compartiendo mi aventura con él. Hasta que, ¡claro!, se
cansó y me mandó a freír puñetas...
– ¿Y no era eso lo que
tú querías? –le replicó Eloísa–. ¿O es que, en principio, no utilizaste a
Fabián como el trampolín que consiguiera alejarte de tu puñetero novio? Porque
todas te estábamos recomendando que te apartaras de él...
– Sí, pero era porque no
lo conocíais bien... No lo conocíais como yo, que me di cuenta enseguida de lo
gilipollas que había sido y volví con él. Pero, ¡qué quieres!, tras un par de
semanas viendo cómo pintaba en su estudio, ajeno a todo y a todos, empecé a
aburrirme y procuraba veros todos los días. Y él..., no es que me dijera nada;
pero llegó un momento en que no le podía contar nada de mis salidas con
vosotras, ni nuestros chismes, sin que torciera el gesto. Yo creo que él
esperaba que yo cambiase de vida y que tuviese otras aspiraciones; pero no
contaba con que yo no soy como él y que es muy difícil hacer cambiar a la
gente.
– Y has terminado por
hartarte, ¿no?
– La verdad es que he
seguido viendo a Fabián, y a Antonio, el de los caballos; y yo voy y, tonta de
mí, voy y se lo digo.
– ¡Qué valiente has
sido, Marisa!
– Demasiado y todo. Pero
él también se cansó, y me lanzó un ultimátum: "tendrás que elegir",
me dijo.
– ¡La oportunidad que estabas
esperando!
– Sí, es posible que, en
mi fuero interno, esperase eso: que él me pusiera entre la espada y la pared y
me hiciera tomar una decisión.
– Y elegiste mandarlo al
garete, ¿no?
– Sí: le dije llorando
que, en ese momento, prefería cultivar esas relaciones en lugar de quedarme con
él; que de ello dependía mi felicidad y mis necesidades de expansión. Y tal y
como se lo conté, me pidió que me llevara mis cosas cuanto antes y que esperaba
que, al volver, no quedase ya ni rastro de mí en su casa. Estuve llorando a
lágrima viva, sola, durante más de veinte minutos, repasando los momentos más
importantes de nuestra relación, enfadándome por perder lo bueno y
reafirmándome en mi decisión al recordar lo malo. Lo empaqueté todo y ¡adiós,
muy buenas!
– Hiciste muy bien,
Marisa: te has liberado del influjo de un hombre que quería hacer de ti lo que
no eras y te martirizaba cuando no conseguía lo que esperaba...
– No lo sé, de verdad:
no sé si he salido de Guatemala para ir a parar a Guatepeor.
– Todos los cambios son
provechosos, Marisa...
– Es posible. Pero, qué
puedo decirte. No tardé ni dos días en llamarlo otra vez, en pedirle que nos
viéramos para darle una explicación. Como si nada, pues me aseguraba que la
decisión tomada era la mejor para mí, y que quería que yo me diera cuenta de
que su amor por mí le obligaba a dejarme marchar en busca de lo que yo
necesitara...
– ¡Paparruchas! Se
estaba haciendo la víctima. Y seguro que esperaba además que consideraras su
gesto como de gran generosidad, digna de un alma superior...
– ¡Es que lo fue, Elo,
es que lo fue! Y eso es lo que me empujó a llamarlo un par de veces más, y a
insistir en que teníamos que hablar. Él se negó en las dos ocasiones y, en
respuesta, me envió un par de cartas en las que repasaba nuestra relación,
todos sus altibajos, todo lo que nos prometimos y nos dijimos: era como si lo
hubiera conservado todo en una grabación... ¡Qué estúpida había sido! ¡Cuántas
tonterías!
– Pero..., ¿no te das
cuenta, Marisa, de que pretendía así salir victorioso de la pelea y hacer que
tú cargaras con toda la culpa? Así estás tú ahora, incapaz de quitarte los
remordimientos de la cabeza...
En ese mismo instante,
dio a pasar por la terraza de aquella cafetería Julia, amiga común de ambas,
quien tomó asiento a la mesa.
– Hola, Julia... –le
dijo Eloísa con pesadumbre para hacerle ver que el momento era de confidencias.
Julia se percató del ambiente era de lo más triste.
– ¿Qué está pasando
aquí? ¿Qué os ocurre, queridas?
– Nada, que Marisa me ha
contado cómo le ha estado maltratando su novio durante estas últimas semanas...
– ¿Cómo que
"maltratando"? –preguntó, asombrada, Julia.
– No creo que pueda
decirse eso de Conrado... –apuntilló con tristeza Marisa.
– ¡Ya lo creo que sí!
–replicó Eloísa–. Conrado te ha estado maltratando psicológicamente durante
todo el tiempo que habéis estado juntos, con el único fin de doblegar tu
voluntad a la suya, y de convertirte en una especie de esclava de sus deseos.
– ¡Qué fuerte! –exclamó
Julia–. ¿Quieres decir que...
– ¡Desde luego que sí
–aseguró Eloísa–. Ese cabrón la ha estado martirizando, y si no ha llegado a
las manos es que porque tú has sabido cortar a tiempo. No utilizó violencia
física, ¡pero ha sido violento psicológicamente contigo como tres y tres son seis!
– Creo que exageras,
Elo: Conrado no es un maltratador, ni psicológico ni nada...
– ¡Cómo que no! –añadió
Eloísa–. ¡La cosa está más que clara...!
La profesora de Lengua y
Literatura se extendió durante unos pocos minutos en su comentario de los hechos
ante Julia, quien debió, no obstante, levantarse para celebrar el paso por ahí
de una compañera del Grupo Crítico Feminino: el café se hallaba de camino entre
el centro y el local social de la asociación, y esa tarde había reunión. Julia
saludó con dos besos a la nueva llegada, quien se acercó a la mesa para decir
hola a Eloísa, quien, a su vez, le presentó a Marisa; las tres componentes del
Grupo Crítico Femenino invitaron a la despechada amante a asistir a la reunión,
invitación que fue declinada poniendo por pretexto su estado de ánimo. Eloísa
se levantó, hizo levantar a Marisa y le dio un largo abrazo entre las sillas de
la terraza.
– Si me necesitas no
tienes más que llamarme. Sabes que puedes contar conmigo como amiga.
Marisa recogió sus
pertenencias y, cabizbaja, se fue por una de las estrechas calles del centro de la ciudad. Las tres
militantes iniciaron el camino hacia el local del Grupo Crítico, donde ya las
estaba esperando el resto de activistas convocadas a esa reunión. Tras los
saludos, abrazos y besos de rigor, se sentaron todas en torno a la mesa central
y la moderadora leyó el orden del día, que sólo tenía cinco puntos, terminando
con el habitual "ruegos y preguntas". Eloísa solicitó tomar la
palabra.
– Quiero proponeros,
compañeras, que incluyamos un punto más en nuestra reunión, pues una amiga
nuestra ha sufrido un incidente de violencia machista.
La propuesta fue
aceptada y, tras su exposición, debatida profundamente en el seno del Grupo. El
posicionamiento de sus integrantes al respecto era claro y tajante, y, como ya
era conocido por todas ellas, fue expuesto recurriendo a abstracciones
filosóficas y planteamientos teóricos que se alejaron por completo de la
narración con que Eloísa había introducido el asunto. Marisa y Conrado dejaron
de ser protagonistas del incidente, para pasar a convertirse en meros
personajes de una trama de la que, por su repetición, todas ellas conocían el
desenlace.
Dos días después de la
reunión del Grupo Crítico Femenino, Julia se topó en la calle con Lucía, una
buena amiga, a quien saludó brevemente al verla acompañada de Conrado, al que
ni siquiera dedicó una mirada aunque llevara tratándolo amistosamente desde
hacía más de tres años. Al día siguiente, ya en la oficina, Julia comentó con
su compañera Silvia que había visto a Lucía, su amiga íntima, con Conrado,
"en actitud de franca camaradería". Al preguntarle si estaban
saliendo juntos, Silvia refirió no saber nada.
– Pues que tenga cuidado
–le señaló Julia–, ya que Conrado es un maltratador.
Aunque Silvia no diera
mucho crédito a lo que le contara Julia, se vio en la obligación de
comunicárselo a Lucía:
– Chica, no es que crea
que sea verdad, pues ya conoces a Julia... Pero, bueno, tenías que saberlo
antes de tomar cualquier decisión...
La noticia contrarió a
Lucía, quien empezaba a albergar sentimientos positivos hacia Conrado. En su
siguiente encuentro, el pintor recibió la acusación a quemarropa:
– ¿Sabes qué dicen de
ti?: que eres un maltratador.
Conrado se enfadó, en
gran parte por la ligereza con que Lucía le había hecho partícipe de un rumor
tan grave como infundado. Le preguntó por quién le había contado semejante
barbaridad y ella le refirió la lista de mensajeros. El pintor sintió un
escalofrío recorriéndole la espalda, pues era consciente de que las
posibilidades de extensión de una noticia como ésa, generada por las airadas
mujeres del GCF, eran inmensas. Pronto Conrado estuvo ojo avizor de las
reacciones de los conocidos que tenía en común con la gente del Grupo, y creyó
adivinar una mirada inquisitorial en todas las pupilas; poco después, se dio
cuenta de que algunas personas, principalmente mujeres –y algunos hombres del
Colectivo Antisexista– giraban la cabeza a su paso en lugar de recibirle con
una sonrisa. Eloísa y Julia le negaron definitivamente el saludo. Cuando una
amiga de toda la vida –vecina de escalera, compañera de juegos infantiles y
estudiante con él de Bellas Artes– le preguntó que qué había de verdad en lo
que había llegado a sus oídos –a saber: que le había dado una paliza a Marisa
por haberse enrollado con un tipo–, Conrado supo que la bola de nieve era ya
imparable y que por mucho que defendiera su credibilidad ante su amiga, ese
ambiente tan chafardero en el que se había movido en los últimos años no
merecía siquiera el gasto de saliva necesario para deshacer el rumor. Decidió
refugiarse en los pocos amigos en los que realmente confiaba y, sobre todo, en
el cultivo de su oficio; y rehuyó el contacto con los movimientos ciudadanos de
la ciudad.
A los dos meses del
encuentro con su amiga de la infancia, Conrado recibió en su casa una citación
judicial, en la que era conminado a comparecer como acusado en una denuncia por
violencia de género.
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