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domingo, 6 de septiembre de 2015

2. ELOÍSA Y MARISA

Tras despedirse de los conserjes desde el quicio de la puerta del instituto, Eloísa salió del centro con el ánimo encendido. Había mantenido una enconada discusión con los dos profesores de ética alrededor del programa conjunto de explotación didáctica de 1984, en el que ella aportaba la visión más literaria. Sus argumentos giraban en torno a la obligación en que ella se sentía de hacer una lectura feminista junto con sus alumnos; y esperaba que esa obligación fuera sentida asimismo por sus compañeros. Pero no era así, pues los "éticos" privilegiaban los comentarios anti-sistema de la obra en detrimento de cualquier otra consideración. Eloísa pretendía hacerles ver que cualquier lectura feminista era, por definición, anti-sistema, y, por consiguiente, tremendamente crítica: algo que necesitaban y parecían pedir a gritos los adolescentes de ese instituto. Argumentaban los "éticos" que si se analizaba desde una óptica feminista, 1984 perdería gran parte de su poder, pues Orwell parecía no haberse planteado siquiera que las mujeres debieran cumplir con otro papel que el de comparsas de los hombres. Eloísa exigía que ese aspecto fuera considerado en la lectura y comentario de la obra, y, por lo tanto, incluido en los papeles; sus compañeros arguyeron que, aunque tuviera razón, incluir ese aspecto recargaría demasiado la propuesta y, lo que era peor, pondría en peligro la necesaria aquiescencia del inspector de Educación y del Director Provincial.
A punto estuvieron de deshacer el programa conjunto, pero, al final, Eloísa cedió al precio de infligirse una terrible violencia a sí misma; pensó que, una vez más, moderaba sus exigencias para que el discurso machista imperante le permitiera incluir alguna cuña. Era, desde luego, un comienzo, que parecía prometer un lento pero definitivo desmoronamiento de la ideología patriarcal; sin embargo, la paciencia de Eloísa era limitada y no se conformaba con que las ínfimas cuñas de discurso feminista que le permitían introducir sus compañeros fueran de tan limitado alcance.
En medio de estas cavilaciones se hallaba la profesora cuando se cruzó en su camino con Marisa, quien ni siquiera la vio.
– ¡Marisa! ¡Eh, Marisa!
La joven se percató de la llamada y giró un melancólico rostro en la dirección de donde venían los gritos. Ni siquiera reconocer a Eloísa le alegró la expresión.
         – ¡Marisa! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo estás? –le preguntó al tiempo que besaba sus mejillas.
         – Tirando: sólo tirando –respondió en un tono apesadumbrado.
         – ¿Cómo es eso? ¿Qué te pasa? Otra vez el dichoso Conrado: ¿a que sí?
         Marisa asintió levemente, con la mirada baja, que sólo levantó cuando Eloísa le pasó la mano por el cabello en señal de apaciguamiento.
         – ¿Quieres que hablemos? –le consultó la profesora, aunque se dijera que le apetecía bien poco en ese momento escuchar los problemas sentimentales de su amiga: siempre le había advertido de que liarse con ese Conrado no iba a traerle más que quebraderos de cabeza. Ante el triste asentimiento de Marisa, Eloísa la cogió suave pero decididamente del brazo para llevarla hacia una cafetería cercana, en cuya terraza exterior se sentaron. Pidieron algo de beber, y, tras el primer sorbo, Marisa empezó la narración de sus pesares.
         – Lo hemos dejado de nuevo; y esta vez creo que definitivamente. Y sé que es lo mejor que puedo hacer, que tengo que alejarme de él porque juntos no podemos estar. Pero no puedo evitar que se me desgarre algo por dentro al pensar que ya no estaremos juntos nunca más, y que por mucho daño que me haga estar con él lo echaré de menos.
         – Bueno, es lo que debías hacer; y no sólo porque te lo recomendara encarecidamente tu psicóloga: todas tus amigas estábamos de acuerdo en que tenías que romper con él, pues te estaba anulando del todo como persona.
         – Vale: acepto que me digas eso. Pero yo siempre he pensado que la influencia que ejercía Conrado sobre mí era positiva; que si me veíais diferente era porque me estaba ayudando a cambiar, a madurar; que si veíais que había cambiado mi opinión sobre las cosas y sobre la vida era porque empezaba a ver el mundo desde una perspectiva que jamás había sido la mía. Es lo mismo que tú has hecho con Iván: ¡si hay veces que al oírle hablar creo estar oyéndote a ti a través de sus palabras!
         – Aunque no venga al caso lo que me estás diciendo, creo que eres injusta: no se puede comparar la manera en que yo he convencido a Iván de algunas cosas que yo consideraba importantes y la manera en que Conrado ha intentado hacerlo contigo...Yo he utilizado con Iván..., no sé..., otro tipo de técnicas: una persuasión diferente, más cariñosa, más suave. Mientras que Conrado ha intentado separarte de tus amigas con la excusa de que éramos nocivas para ti... ¿O me equivoco?
         – Eso no es del todo cierto, Elo. Él me decía que el tipo de amistad que cultivábamos entre nosotras era falso, que era una perversión de la idea que él se hacía de la verdadera amistad. La lista de ejemplos que me ofrecía era tan amplia que por fuerza me convencía. Pero, por otra parte, me aconsejaba que no dejara de veros, porque en ello me iba parte de mis afectos; y que comprendía que deseara estar con vosotras, pero que el tiempo me haría ver y me convencería de la poca importancia que tenía en una vida éticamente responsable mantener relaciones de ese tipo. Así que no es que me dijera que no os viera, sino que me replanteara mi contacto con los demás, y, sobre todo, mis motivos íntimos.
         – Entiendo –atajó tajante Eloísa–: lo que intentaba era lavarte el cerebro y hacerte creer que la responsabilidad era tuya. ¡Menudo cobarde! Mira, Marisa: Conrado no quiso hacer de ti más que una marioneta a su gusto y que terminaras pensando lo mismo que él y diciendo lo que a él le parecía que dijeras. No era a ti a quien quería, sino a ti como proyecto. ¡Menudo Pigmalión de las narices! Jamás se le ocurrió pensar en ti: ¡jamás!
         – Yo creo que sí, que me quería. Y tanto era así que su amor estaba dispuesto a pasar por encima de todas las dificultades.
         – Venga, Marisa, ¡no me vengas con pamplinas de novelita rosa...!
         – Te digo yo que sí. ¿O puedes tú imaginar que Iván hubiese reaccionado como reaccionó Conrado cuando le conté que me había liado con Fabián? No, no, Elo: ahí Conrado estuvo soberbio, a pesar de que yo intentara tensar la cuerda hasta el extremo. ¡Pero qué imbécil que fui! Me enrollo con Fabián, se lo cuento a Conrado, y éste reacciona con total naturalidad, asegurándome que no le da ninguna importancia siempre y cuando le asegure que a quien realmente quiero es a él. ¡Y yo voy y me cojo un cabreo de mil demonios, convencida de que, si él había reaccionado así era porque, en realidad, no me quería! Y nada, seguí viéndome con Fabián esperando alguna reacción enérgica por parte de Conrado; y yo se lo contaba todo al detalle, como compartiendo mi aventura con él. Hasta que, ¡claro!, se cansó y me mandó a freír puñetas...
         – ¿Y no era eso lo que tú querías? –le replicó Eloísa–. ¿O es que, en principio, no utilizaste a Fabián como el trampolín que consiguiera alejarte de tu puñetero novio? Porque todas te estábamos recomendando que te apartaras de él...
         – Sí, pero era porque no lo conocíais bien... No lo conocíais como yo, que me di cuenta enseguida de lo gilipollas que había sido y volví con él. Pero, ¡qué quieres!, tras un par de semanas viendo cómo pintaba en su estudio, ajeno a todo y a todos, empecé a aburrirme y procuraba veros todos los días. Y él..., no es que me dijera nada; pero llegó un momento en que no le podía contar nada de mis salidas con vosotras, ni nuestros chismes, sin que torciera el gesto. Yo creo que él esperaba que yo cambiase de vida y que tuviese otras aspiraciones; pero no contaba con que yo no soy como él y que es muy difícil hacer cambiar a la gente.
         – Y has terminado por hartarte, ¿no?
         – La verdad es que he seguido viendo a Fabián, y a Antonio, el de los caballos; y yo voy y, tonta de mí, voy y se lo digo.
         – ¡Qué valiente has sido, Marisa!
         – Demasiado y todo. Pero él también se cansó, y me lanzó un ultimátum: "tendrás que elegir", me dijo.
         – ¡La oportunidad que estabas esperando!
         – Sí, es posible que, en mi fuero interno, esperase eso: que él me pusiera entre la espada y la pared y me hiciera tomar una decisión.
         – Y elegiste mandarlo al garete, ¿no?
         – Sí: le dije llorando que, en ese momento, prefería cultivar esas relaciones en lugar de quedarme con él; que de ello dependía mi felicidad y mis necesidades de expansión. Y tal y como se lo conté, me pidió que me llevara mis cosas cuanto antes y que esperaba que, al volver, no quedase ya ni rastro de mí en su casa. Estuve llorando a lágrima viva, sola, durante más de veinte minutos, repasando los momentos más importantes de nuestra relación, enfadándome por perder lo bueno y reafirmándome en mi decisión al recordar lo malo. Lo empaqueté todo y ¡adiós, muy buenas!
         – Hiciste muy bien, Marisa: te has liberado del influjo de un hombre que quería hacer de ti lo que no eras y te martirizaba cuando no conseguía lo que esperaba...
         – No lo sé, de verdad: no sé si he salido de Guatemala para ir a parar a Guatepeor.
         – Todos los cambios son provechosos, Marisa...
         – Es posible. Pero, qué puedo decirte. No tardé ni dos días en llamarlo otra vez, en pedirle que nos viéramos para darle una explicación. Como si nada, pues me aseguraba que la decisión tomada era la mejor para mí, y que quería que yo me diera cuenta de que su amor por mí le obligaba a dejarme marchar en busca de lo que yo necesitara...
         – ¡Paparruchas! Se estaba haciendo la víctima. Y seguro que esperaba además que consideraras su gesto como de gran generosidad, digna de un alma superior...
         – ¡Es que lo fue, Elo, es que lo fue! Y eso es lo que me empujó a llamarlo un par de veces más, y a insistir en que teníamos que hablar. Él se negó en las dos ocasiones y, en respuesta, me envió un par de cartas en las que repasaba nuestra relación, todos sus altibajos, todo lo que nos prometimos y nos dijimos: era como si lo hubiera conservado todo en una grabación... ¡Qué estúpida había sido! ¡Cuántas tonterías!
         – Pero..., ¿no te das cuenta, Marisa, de que pretendía así salir victorioso de la pelea y hacer que tú cargaras con toda la culpa? Así estás tú ahora, incapaz de quitarte los remordimientos de la cabeza...
         En ese mismo instante, dio a pasar por la terraza de aquella cafetería Julia, amiga común de ambas, quien tomó asiento a la mesa.
         – Hola, Julia... –le dijo Eloísa con pesadumbre para hacerle ver que el momento era de confidencias. Julia se percató del ambiente era de lo más triste.
         – ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué os ocurre, queridas?
         – Nada, que Marisa me ha contado cómo le ha estado maltratando su novio durante estas últimas semanas...
         – ¿Cómo que "maltratando"? –preguntó, asombrada, Julia.
         – No creo que pueda decirse eso de Conrado... –apuntilló con tristeza Marisa.
         – ¡Ya lo creo que sí! –replicó Eloísa–. Conrado te ha estado maltratando psicológicamente durante todo el tiempo que habéis estado juntos, con el único fin de doblegar tu voluntad a la suya, y de convertirte en una especie de esclava de sus deseos.
         – ¡Qué fuerte! –exclamó Julia–. ¿Quieres decir que...
         – ¡Desde luego que sí –aseguró Eloísa–. Ese cabrón la ha estado martirizando, y si no ha llegado a las manos es que porque tú has sabido cortar a tiempo. No utilizó violencia física, ¡pero ha sido violento psicológicamente contigo como tres y tres son seis!
         – Creo que exageras, Elo: Conrado no es un maltratador, ni psicológico ni nada...
         – ¡Cómo que no! –añadió Eloísa–. ¡La cosa está más que clara...!
         La profesora de Lengua y Literatura se extendió durante unos pocos minutos en su comentario de los hechos ante Julia, quien debió, no obstante, levantarse para celebrar el paso por ahí de una compañera del Grupo Crítico Feminino: el café se hallaba de camino entre el centro y el local social de la asociación, y esa tarde había reunión. Julia saludó con dos besos a la nueva llegada, quien se acercó a la mesa para decir hola a Eloísa, quien, a su vez, le presentó a Marisa; las tres componentes del Grupo Crítico Femenino invitaron a la despechada amante a asistir a la reunión, invitación que fue declinada poniendo por pretexto su estado de ánimo. Eloísa se levantó, hizo levantar a Marisa y le dio un largo abrazo entre las sillas de la terraza.
         – Si me necesitas no tienes más que llamarme. Sabes que puedes contar conmigo como amiga.
         Marisa recogió sus pertenencias y, cabizbaja, se fue por una de las estrechas  calles del centro de la ciudad. Las tres militantes iniciaron el camino hacia el local del Grupo Crítico, donde ya las estaba esperando el resto de activistas convocadas a esa reunión. Tras los saludos, abrazos y besos de rigor, se sentaron todas en torno a la mesa central y la moderadora leyó el orden del día, que sólo tenía cinco puntos, terminando con el habitual "ruegos y preguntas". Eloísa solicitó tomar la palabra.
         – Quiero proponeros, compañeras, que incluyamos un punto más en nuestra reunión, pues una amiga nuestra ha sufrido un incidente de violencia machista.
         La propuesta fue aceptada y, tras su exposición, debatida profundamente en el seno del Grupo. El posicionamiento de sus integrantes al respecto era claro y tajante, y, como ya era conocido por todas ellas, fue expuesto recurriendo a abstracciones filosóficas y planteamientos teóricos que se alejaron por completo de la narración con que Eloísa había introducido el asunto. Marisa y Conrado dejaron de ser protagonistas del incidente, para pasar a convertirse en meros personajes de una trama de la que, por su repetición, todas ellas conocían el desenlace.
         Dos días después de la reunión del Grupo Crítico Femenino, Julia se topó en la calle con Lucía, una buena amiga, a quien saludó brevemente al verla acompañada de Conrado, al que ni siquiera dedicó una mirada aunque llevara tratándolo amistosamente desde hacía más de tres años. Al día siguiente, ya en la oficina, Julia comentó con su compañera Silvia que había visto a Lucía, su amiga íntima, con Conrado, "en actitud de franca camaradería". Al preguntarle si estaban saliendo juntos, Silvia refirió no saber nada.
         – Pues que tenga cuidado –le señaló Julia–, ya que Conrado es un maltratador.
         Aunque Silvia no diera mucho crédito a lo que le contara Julia, se vio en la obligación de comunicárselo a Lucía:
         – Chica, no es que crea que sea verdad, pues ya conoces a Julia... Pero, bueno, tenías que saberlo antes de tomar cualquier decisión...
         La noticia contrarió a Lucía, quien empezaba a albergar sentimientos positivos hacia Conrado. En su siguiente encuentro, el pintor recibió la acusación a quemarropa:
         – ¿Sabes qué dicen de ti?: que eres un maltratador.
         Conrado se enfadó, en gran parte por la ligereza con que Lucía le había hecho partícipe de un rumor tan grave como infundado. Le preguntó por quién le había contado semejante barbaridad y ella le refirió la lista de mensajeros. El pintor sintió un escalofrío recorriéndole la espalda, pues era consciente de que las posibilidades de extensión de una noticia como ésa, generada por las airadas mujeres del GCF, eran inmensas. Pronto Conrado estuvo ojo avizor de las reacciones de los conocidos que tenía en común con la gente del Grupo, y creyó adivinar una mirada inquisitorial en todas las pupilas; poco después, se dio cuenta de que algunas personas, principalmente mujeres –y algunos hombres del Colectivo Antisexista– giraban la cabeza a su paso en lugar de recibirle con una sonrisa. Eloísa y Julia le negaron definitivamente el saludo. Cuando una amiga de toda la vida –vecina de escalera, compañera de juegos infantiles y estudiante con él de Bellas Artes– le preguntó que qué había de verdad en lo que había llegado a sus oídos –a saber: que le había dado una paliza a Marisa por haberse enrollado con un tipo–, Conrado supo que la bola de nieve era ya imparable y que por mucho que defendiera su credibilidad ante su amiga, ese ambiente tan chafardero en el que se había movido en los últimos años no merecía siquiera el gasto de saliva necesario para deshacer el rumor. Decidió refugiarse en los pocos amigos en los que realmente confiaba y, sobre todo, en el cultivo de su oficio; y rehuyó el contacto con los movimientos ciudadanos de la ciudad.

         A los dos meses del encuentro con su amiga de la infancia, Conrado recibió en su casa una citación judicial, en la que era conminado a comparecer como acusado en una denuncia por violencia de género.

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